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viernes, 6 de junio de 2008

Petróleo


Oigo hablar todos estos días de los acuerdos de Manchester sobre la fiscalidad del petróleo. A ellos se refieren todos los políticos que buscan justificaciones para no meter mano a la situación del crudo en los mercados internacionales. La verdad es que estoy sorprendido. Yo estuve allí, en Mánchester, en septiembre de 2005 y aquella no fue una reunión en la que se adoptaran decisiones formales. Era un Ecofin informal (una reunión de ministros de Economía y Finanzas en la que no se toman decisiones, porque esa formación del Consejo de la UE no tiene capacidad jurídica para adoptarlas), en la que sí se discutió del precio del crudo. Se reiteró allí la doctrina al uso en la UE desde los años 70, cuando los primeros ‘choques’ del petróleo. Nada nuevo: que los europeos tienen que pagar la energía que consumen. Con el producto caro y con impuestos. Es un modelo asumido en Europa que, sin embargo, no contemplaba, cuando lo inventaron, disparates como los que estamos presenciando en nuestros días: que los mercados de futuros tiren hacia arriba del precio del crudo, creando burbujas financieras que son el caldo ideal para los especuladores.
Todos estos años atrás, cuando el precio del petróleo se ha disparado, en Europa la Comisión y los ministros del Ecofin han hablado de la necesidad de dar transparencia a los mercados internacionales de crudo. A la hora de la verdad, las cosas siguen estando igual de oscuras.
Mientras tanto, del petróleo recaudan todos: los países productores, los especuladores y los gobiernos, que necesitan de la renta de los hidrocarburos para sacar recursos con los que atender a un gasto público siempre voraz y muchas veces acrecentado sin justificaciones claras.
La doctrina de los años 70 no debería ser inamovible: las circunstancias cambian y los políticos deberían tener cintura para adaptarse a ellas.
Les adjunto un tráfico de la OPEP, la Organización de Países Exportadores de Petróleo, que se me antoja revelador sobre las causas finales del precio del petróleo. Otro día, con más tiempo, les presentaré mis propios gráficos sobre el mismo asunto, que son incluso más espectaculares.

domingo, 18 de mayo de 2008

Intoxicación


Desde que los americanos se empeñaran en lo de la globalización, todo en este mundo es global: la contaminación, los pollos belgas con dioxina que se descubren un día en Flandes y al siguiente hay ni se sabe cuántas toneladas de ellos en Tarragona y las mentiras, puras intoxicaciones, que gracias a Internet viajan hasta los lugares más recónditos del planeta en un pis pas.
Tengo dos anécdotas que contarles, para que desconfíen de lo que llegue hasta ustedes a través de la dichosa Red global.
De la primera supe por mi buzón de correo electrónico hace ya unos años. Enterado de que estaba escribiendo esto, un amigo me cuenta que el bulo continúa activo aún estos días, pero bajo otro formato informático: como un fichero “Powerpoint”. Era la época de los escándalos alimentarios: las vacas locas, los pollos con dioxina y así. El mensaje, cuyo origen geográfico no pude identificar fehacientemente, ni siquiera empleando los útiles de rastreo al uso, daba cuenta de un drama acaecido en Bretaña: un ejecutivo se había hecho a la mar un fin de semana a bordo de su yate con unos amigos. En alta mar se puso enfermo y sus compañeros de escapada, entre los que estaba la novia,  pusieron rumbo a puerto, donde le esperaba una ambulancia. Todo fue en vano; el infortunado falleció camino del hospital. La autopsia que le fue practicada reveló que la causa de la muerte eran ciertas toxinas de rata halladas en las latas de cola que el fallecido había adquirido en un supermercado para el viaje. La investigación (todo aparecía detallado en el mensaje de correo electrónico),  había localizado el origen de las toxinas en un almacén de la cadena de logística del supermercado, donde había ratas que orinaban y defecaban en cualquier sitio, encima de las latas de bebidas, por ejemplo.
El tema me llamó la atención. Latas de cola venenosas, cómo decirles. El mensaje ofrecía un par de números de teléfono de París y el nombre de una publicación científica francesa, donde el caso había sido documentado. En los teléfonos no respondía nadie, de modo que me fui a la web de la revista, donde tuve que registrarme para entrar. Era un proceso lento porque la publicación reclamaba muchos datos. Ya dentro, introduje las referencias científicas del caso (también citadas en el correo electrónico) para recuperar el artículo en el que se detallaba el problema. No obtuve ningún retorno de la base de datos. Cambié los términos del francés al inglés y al latín (un idioma que sigue siendo lingua franca  en algunos ámbitos, como la pesca –para la denominación de especies- o la Medicina), con idénticos resultados. El artículo mencionado en el correo electrónico parecía no existir.
No me di por satisfecho y llamé por teléfono a la publicación. Este género de revistas no cuentan con plantilla fija; se nutren de colaboraciones y los que las ensamblan aparecen por la oficina de tanto en cuanto. Tardé 14 días en dar con alguien que respondiera. Me confirmó lo que ya temía: que aquella revista no había publicado jamás un artículo sobre el caso de un ejecutivo envenenado por heces de rata. Y que a ver qué me creía; que aquello era una casa seria… La mujer aquella se puso como una moto.
La segunda intoxicación resultó, si cabe, más espectacular y data de hace menos tiempo. Me la transmitió un conocido mío, funcionario de la Comisión europea pero no de la Dirección General de Agricultura. Era también un correo electrónico. Anunciaba que un cargamento de plátanos procedentes de Ecuador con destino al puerto de Amberes había sido confiscado en alta mar por autoridades sanitarias estadounidenses, después de cruzar el Canal de Panamá.  Existía evidencia de que la carga estaba contaminada con algo que se denomina la “bacteria come carne”. Otra vez el mensaje incluía gran profusión de detalles: un sitio web que explicaba lo que era la bacteria en cuestión y el teléfono del departamento de Microbiología de una universidad norteamericana, de donde había partido la alarma.
Fui a la web mencionada en el correo electrónico. Me recibió un mensaje: “lo que va usted a ver no es agradable; si ha llegado aquí por casualidad, no siga. La información gráfica contenida en esta web tiene propósitos científicos y puede repugnar”. Entré. Existe, por lo que allí se decía, una bactería que come la carne de quienes la contraen. A razón de hasta un centímetro diario. Es una enfermedad tropical rara. Las fotos eran espantosas.
Llamé a la universidad americana, por aquello de la verificación. Comprobé previamente el número por Internet; no fuera que llamara a saber quién sabe dónde. El teléfono comunicaba constantemente. Al cabo de dos días de intentos infructuosos obtuve respuesta. Un contestador automático me ladró al oído: “si usted llama por lo de la bacteria come carne y el cargamento de plátanos de Ecuador, sepa que se trata de un bulo. Este Departamento no tiene nada que ver con la operación mencionada. La bacteria en cuestión no sobrevive en los plátanos”.
¿De dónde salieron esos mensajes?. Mis rastreadores no lograron identificar sus orígenes. la traza se perdía en alguno de los grandes nodos de distribución de datos por Internet. ¿A quién servían?. Vaya usted a saber: desde luego, no a los fabricantes de latas de refrescos ni a Ecuador.
En la era de la información global, yo les he contado esto para se fíen ustedes de los periodistas y desconfíen de los mensajes. Aunque parezcan dignos de todo crédito, pues hay gente lista que crea apariencias para hacer creíbles grandes engaños.

domingo, 2 de marzo de 2008

Pinchos de Bombón


Bélgica tiene una serie de patentes de marca que la identifican por encima de la fronda política del reino, que es espesa como el chocolate.
Los responsables belgas del turismo suelen quejarse de que quienes aquí vienen se traen dos o tres ideas básicas del país, y que apenas hacen esfuerzos para trascenderlas. En lo de los bombones, a los turistas no les falta razón porque son magníficos. Media docena larga de grandes nombres con proyección mundial vienen proclamándolo a los cuatro vientos desde hace más de un siglo pero de un tiempo a esta parte, hacer plarinés artesanales se ha convertido en una salida personal para gente apasionada por esas pequeñas fantasías de cacao evolucionado y es una muestra de connaiseur presentarse en la casa de alguien con una caja de bombones de una marca no comercial, y contarles a los anfitriones la historia de quien los fabrica. Yo suelo apostar por los de una mujer que, abandonada pronto por el marido y con dos hijos a cuestas, se puso a elaborar bombones porque le gustaban y ha tenido un éxito arrollador. Perdido su comercio en una de esas callejuelas anónimas de Bruselas, apenas da abasto a una clientela que le es mucho más fiel que el cónyuge huido. Conozco también a otra mujer abandonada por el marido pero esta, en lugar de darle al chocolate, sirve comidas –ensaladas, cosas frías, sopas y algún otro plato caliente, todo sin grandes pretensiones- en el gran salón del otrora domicilio familiar. Contada así, la cosa no parece muy espectacular, pero es que hay que oírla cantando airas de opera mientras lleva los platos a las mesas.
Gente recia, estas mujeres belgas a los que los maridos abandonan…
Pues el caso es que el chocolate está otra vez de moda en Bélgica. Después de haber regado el mundo de tiendas Neuhaus, Godiva, Leónidas, Callebaut, Marcolini o Côte d’Or, las zonas turísticas de la ciudad están viendo abrirse escaparates que exhiben fuentes de chocolate líquido, con más capacidad adherente para la curiosidad de los viandantes que las tiras de papel atrapamoscas. En el interior, la gente escoge lo que quiere, se lo pesan (y pesan un demonio esas piezas, 3no sé qué le meten al chocolate), y allá se va el personal, a ver el Manneken Pis con un cucurucho que parece de castañas, pero que lleva dentro otras delicias.
Por cierto que las cajas de bombones son un invento belga. Empezaron a embalar el género así a comienzos del siglo pasado porque en los cucuruchos, los delicados pralinés se les aplastaban.
En España la cocina, antes de entregarse a las pastas y la pizza, que dan mucho más margen comercial que la merluza o el chuletón de Villagodio, está cultivando la cultura del pincho, escrito pintxo, que está rico y que no consume mucho género caro en la elaboración. Pues en Bélgica están con los pintxos de bombón. Marcolini, que fue hace poco más de 10 años campeón del mundo de pastelería y que antes de emanciparse trabajó en Wittamer, proveedora de la Casa Real, fundó su triunfo en el praliné de 8 gramos. Nada más que 8 gramos de aromas, perfumes, texturas y presencias sutiles.
A los grandes templos de la chocolatería belga se los reconoce enseguida por la cantidad de japoneses que atraen. Y eso que el producto no mana líquido de una fuente o una cascada artificial en sus escaparates, como sucede en las inmediaciones de la Grand Place. Pero con esto de que a los caprichosos neoyorquinos, los árabes del reloj de oro y los manirrotos de Tokio los pralinés belgas les van, la visita les resulta obligada a todos ellos cuando vienen a la metrópolis del bombón. Los árabes y los neoyorquinos van de pocos en pocos, o hasta solos y en pareja, de modo que pasan inadvertidos, pero los japoneses se presentan en manada, y con un guía al frente que enarbola un paraguas a guisa de ancla visual para que nadie del grupo se pierda y resultan la mar de aparentes. Además, compran un montón de cosas y se las van mostrando unos a otros entre parloteos incomprensibles mientras no pierden de vista al del paraguas. Se les nota mucho, pero tampoco les importa.
Hace pocas semanas abrieron un local de una de las grandes marcas belgas de chocolate en un enclave de lujo de la ciudad. Está al lado de un concesionario de Mercedes. El chocolatero tiene más clientes. Posiblemente por la variedad: es más difícil cambiar la serie de limusinas que darle otro rizo al penacho del praliné. Y eso que hay bomboneros belgas que se han aliado con floristas de reputación para crear series florales de sus productos. O con calígrafos japoneses para introducir motivos Kaori en sus creaciones. Si es que lo de las manadas y el paraguas tiene su explicación.
Por detrás gran chocolate belga de glamour está la producción artesanal de mi amiga del extrarradio, que todavía no atrae a japoneses, árabes o neoyorquinos.
Afortunadamente.

domingo, 13 de enero de 2008

De Tiendas


Europa se está construyendo una imagen de marca desesperantemente anodina. Excepto en el paisaje -y no siempre-, nuestras ciudades se parecen cada vez más unas a otras. Hace una veintena de años la Rue Neuve de Bruselas, una calle peatonal de compras, mostraba escaparates con personalidad propia y una oferta distinta que la ropa estándar y los zapatos chinos de marca europea que hoy inundan todos los espacios comerciales de nuestra Europa de los mercaderes. Recorrer estos días sus 600 metros se ha convertido en un ejercicio banal. Paseas por ella y encuentras poco más o menos lo mismo que en Preciados, o en Colón de Larreátegui. Hay más negros y árabes y menos bares en Bruselas, pero en conjunto es un déjà vue. Un salteado de franquicias. Aquí una tienda de teléfonos, allí una de ropa joven para ellas, cuarenta metros más adelante lo mismo pero esta vez para él, en medio una pizzería y al final un gran almacén con montones y montones de lo mismo. Y todo bajo una iluminación feroz que produce un horroroso dolor de cabeza, y que hace a la gente moverse como a impulsos de luz estroboscópica, llenando y vaciando tiendas a un ritmo de tsunami que, desde luego no por azar, reafirman unos altavoces distorsionados de los que no surge otra cosa que los alaridos de los infortunados arrastrados por la marea.
Hace una treintena larga de años compré una lámpara de techo en un comercio de Licenciado Poza. Estaba la lámpara –y está- compuesta por grandes y gruesas piezas de cristal tallado. Una de ellas se desprendió un día y cayó sobre una mesa, causando destrozos considerables. Había pasado una veintena de años pero un verano, de vuelta en Bilbao, me fui al comercio de Pozas, con la vaga esperanza de reponer la loseta. Me atendió un hombre de edad indefinida como el comercio quien, tras escucharme y sin alterarse un ápice, me dijo: “se trata de una lámpara de cristal alemán. Hice dos y me quedan tres cristales”. Se dio media vuelta y tiró de un cajetín de madera, de los muchos que cuadriculaban el muro a su espalda, y sacó las tres piezas en cuestión. “¿Cuántas quiere?. Las tres. ¿Está seguro?. No sabe usted cuánto”.
Aquel hombre había demostrado, con un minuto de atención al cliente y medio giro de cuerpo, un control sobre un cuarto de siglo de trabajo sencillamente estremecedor. Suelo pensar en él cuando los deberes forzosos de la vida me llevan a uno de esos comercios de franquicia, donde hay que sufrir a esas empleadas moninas con contrato de fin de semana, que han entrado en la tienda a las 10 de la mañana pero que se han levantado a las 5 para vestirse y acicalarse y que, medio dormidas, apenas aciertan a guiarse entre el género estrepitosamente iluminado por sus colores. Cuando la moda impone tonos sombríos, este género de profesionales de la venta suele perderse entre las estanterías y emerge otra vez a la vuelta de la temporada, con una sonrisa fucsia o mandarina en los labios.
Me digo que debe ser cosa del negocio de la luz esto del tiempo pasado que fue indudablemente mejor porque hace un par de semanas, llevado otra vez por la necesidad, tuve que adentrarme en esa Bruselas que se encuentra tan alejada del halógeno y las franquicias, nada fashion, en busca de pantallas para lámparas. Vine a dar con el comercio de Philippe, que está en la rue Blaes, a tiro de piedra de la Porte d’Hal, un vestigio soberbio e imponente de la vieja muralla que protegía el burgo bruselense antes de que la expansión urbana y la estabilidad vecinal aconsejaran derribarla. Construyeron sobre su planta una carretera de circunvalación, el peripherique, que satisface cien veces mejor que las viejas piedras el cometido de aislamiento del centro urbano. A ver quién se atreve a cruzarlo. Pues el caso es que Philippe tenía un operario limpiando, cristalito a cristalito, una de esas viejas arañas de cristal, que aquí llaman lustres porque refulgen (o deberían, de ahí lo de limpiarlas). No era una pieza excepcional y se lo hice notar: “Es mucho trabajo, sí, pero qué haríamos si no con esas lámparas?. ¿Tirarlas?. ¿Por qué, si son bonitas y traen recuerdos?”
De modo que Philippe, en la cosmopolita Bruselas, es otro gozoso registro de un pasado en el que el tiempo no transcurría a golpes de flash estroboscóbico y los comerciantes no atrapaban con explosiones de luz a los clientes, como su fueran polillas en la oscuridad  A mí, este ejemplar es el último que me queda porque el de Bilbao echó la persiana. Le hago notar a Philippe lo caro que es tener un operario brochando cristalitos y me dice que sí; que le asfixian las cargas sociales, los impuestos municipales y el de la Renta, y que está tentado de tirar la toalla. Lo dice bajito, de espaldas a su madre, una mujer entrada en años y carnes con mala circulación en las piernas que, sin embargo, es capaz de encontrar al otro extremo del comercio, entre un centenar de cachivaches, la pequeña pieza que falta en la vieja lámpara. Y de ofrecértela con la mejor de las sonrisas.
- Pues que le bajen a usted los impuestos, hombre; que le pongan un IVA reducido. A fin de cuentas, lo suyo es casi una función social…
- Parece que no conozca usted el percal.
- Sí, sí que lo conozco. Y le digo que por este camino nos vamos a quedar sin artesanos.
Los defensores de la modernidad a ultranza suelen alegar, cuando se suscitan sentimientos de pérdida, que pasado y presente terminan ofreciendo, en nuestra civilización, síntesis de gran provecho para la sociedad. Acaso se refieran a los zapatos made in China que los grandes distribuidores compran en Shangai o en Cantón a 8 euros (dato de la Comisión europea),  y que luego venden en los grandes centros comerciales de Occidente a 120. Es una diferencia de valor, esta, que da lustre a toda una enorme cadena de comercialización en la que caben la gerencia del centro comercial, el alquiler de la lonja, el canon de la franquicia, los sueldos de los empleados y el margen del detallista, además de los costos de transporte, almacenamiento y etiquetado. Y los impuestos.
Claro que al final te preguntas si lo que se vende no es un factor marginal y lo que cuenta es la cadena comercial, que lo mismo vende –o puede vender- zapatos que tiras de carne de perro en salazón, (por poner otra producción típica china, esta última más antigua) pero que, desde luego, no restaura lustres.
En Bruselas hay, por lo de los cajetines, una síntesis modernista del  comercio de Bilbao: un restaurante acondicionado en lo que una vez fue una enorme ferretería. Son tres plantas, quizás cuatro, con paredes de madera atiborradas de pequeños compartimentos que un día albergaron tornillos, tuercas, arandelas y todo género de quincallas. Se llama, claro, la Quincallerie. Un reloj enorme preside la estancia. Pero parece que, en él, el tiempo transcurra al menos cuatro veces más rápido que en la tienda de lámparas de Pozas.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Los Rios de Bruselas


Las aceras de Bélgica son una caja de sorpresas. No tanto porque, a falta de contenedores, las basuras sean depositadas directamente sobre ellas. Ni siquiera porque registren frecuentemente el paso ligero de los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, grandes cínicos en el teatro de la vida, o de otros dignatarios internacionales, que vienen aquí a enjugar miserias ajenas provocadas no pocas veces por la incompetencia y la venalidad propias. No. Las aceras de Bélgica son una caja de sorpresas porque albergan uno de los hatos de conducciones más tupido del planeta.
Las hay de todo tipo. Basta asomarse a una de las múltiples zanjas abiertas en la ciudad para descubrir en ella una nervadura que para sí la quisieran los efectos especiales de Spiderman. Están, por supuesto, las tuberías que transportan la electricidad. En las principales urbes del país, y desde luego en la capital, los postes del tendido eléctrico han desaparecido hace lustros. Va también enterrado el gas natural. El agua y el alcantarillado, claro. Y el cable del teléfono. Y la fibra óptica. Y les ha dado por renovar todo al mismo tiempo. Incluso las aceras. Gallardón no sabe lo que se pierde.
Bruselas lleva años con las tripas al aire. La IBDE, que es la empresa de aguas, decidió hace ya tiempo que la capital de Europa no podía figurar como un punto negro en la relación de ciudades con más conducciones de plomo. Le persuadió en sus consideraciones, sin duda, la Directiva de Potables de 1998, que daba de plazo hasta 2002 para trasponer la norma al ordenamiento interno, y 15 años más para aplicarla. En 1993, a Bélgica le calculaban una inversión de 3.348 millones de euros para sustituir todas sus tuberías de plomo, una cifra, esta, ciertamente menor que los 8.453 que se apuntaban entonces para España, pero es que el país tiene una cuarta parte de habitantes.
De modo que calle a calle, barrio a barrio, la IBDE va sustituyendo el plomo por un plástico inerte y perenne.
Los colectores de residuales para las depuradoras de nueva construcción están haciendo también de las suyas. De pronto aparece una excavadora, y te corta una calle por tres o cuatro años. Como el diseño de Bruselas es radial, no resulta difícil desviar el tráfico por las callejuelas anexas, pero eso sólo se ve así sobre el papel; en la práctica, los vehículos encuentran difícil desenvolverse por entornos que fueron pensados poco más que para el paso de carruajes tirados por caballos.
Los del gas andan también metidos en gastos y están sustituyendo tuberías. Sustituyendo y haciendo más densa la red, de modo que una avería en uno de sus tramos no deje sin suministro a otras áreas de la ciudad, situadas “aguas abajo” del flujo.
A la telefónica local le pasa algo parecido, aunque tiene sus trabajos muy avanzados. Belgacom, principal proveedor de telefonía fija y móvil, obtuvo hace ya tiempo permiso de la Administración para difundir programas de televisión, y tuvo que reforzar toda su red de cable para ofrecer el “trío de ases” de todos los operadores telefónicos: teléfono, televisión e Internet.
Pero esto sucede en Bruselas que, en su día, fue una de las primeras ciudades de Europa totalmente cableadas. Los operadores del cable, que vivían cómodamente instalados en el cobre, han tenido que ponerse las pilas para hacer frente a la nueva competencia que les surgía en la propia casa. ¿Resultados?: más agujeros para meter más cables,  por los que también fluyen otros “tríos de ases”.
Las empresas de cable se tienen repartida la ciudad en áreas de influencia. Otro tanto sucede en el resto del país. Sólo Belgacom llega  indistintamente a todas partes. La competencia entre operadores se encuentra, por lo tanto, relativamente limitada. La oferta de Internet a 100 megas” de Coditel (un operador del centro y el norte de Bruselas), no alcanza a los usuarios de Brutele (sur y este), mientras que los 17 megas que Belgacom oferta para su VDSL se van extendiendo por el territorio a medida que avanza la activación de las redes más modernas de la compañía, con la instalación de los adecuados equipos de cabecera.
De modo que bajo las aceras de Bruselas fluyen un montón de ríos, líquidos, eléctricos y electrónicos, cuya condición hay que revisar periódicamente porque se susciten averías o porque lo exija el protocolo de mantenimiento. El subsuelo arenoso de la ciudad resulta la mar de conveniente para estos cometidos: la piqueta separa los ladrillos de las aceras con gran facilidad y luego no hace falta más que hurgar un poco con la pala para poner al descubierto toda esa fecundia subterránea.
Porque, a falta de galerías con accesos espaciados a toda esta parafernalia, en Bruselas no hay otra cosa que el subsuelo de arena, por el que se entrecruzan señales electrónicas y eléctricas, gas y aguas potables y usadas. Bien es cierto que hay niveles para cada cosa, pero no será muy frecuente en el mundo un lecho arenoso tan aprovechado como este.
Los inconvenientes los padecen los peatones. No pasa mucho tiempo tras una de estas historias de cables sin que los ladrillos de las aceras, depositados sobre un lecho de tierra estabilizada y compactados con arena, comiencen a moverse. Le llega el turno entonces al chorrito de agua mezclado con arena sucia, que trepa bajo la pernera del pantalón hasta alturas insospechadas cuando el viandante pisa una losa vacilante, y que a los más mayores les hace pensar que la incontinencia les ha jugado una mala pasada.
Los calcetines embarrados por el dichoso chorrito del clinker son en esta ciudad tan habituales como las barreras amarillas y azules de las obras de mantenimiento.
Al uno y a las otras bien que se las podría llevar el viento.

domingo, 7 de octubre de 2007

A Vueltas con el Vinilo


La verdad es que nunca llegaron a irse del todo, pero estos días experimentan un retorno en tromba: los vinilos, los viejos discos de 33, 45 y 78 revoluciones por minuto están otra vez de moda.
En la era del mp3 y cuando las grandes multinacionales de la electrónica y la música (que suelen ser las mismas), nos amenazan con nuevos formatos que harán inútiles los aparatos que con tanta fatiga hemos alcanzado a instalar en el salón, resulta que las viejas galletas de microsurcos son, según los puristas, el no va más de la calidad de sonido.
Por lo visto, los CDs transmiten una especie de estrés al interpretar los “unos” y “ceros” a los que la música, con todos sus matices, se ve reducida en los discos de 12 centímetros. Es algo relacionado con una cosa que llaman “convertidor digital-analógico” que traduce números en impulsos eléctricos y que después, una vez tratados por el amplificador, van a parar a los altavoces. Hay “convertidores” que llegan a restituir muy bien el sonido, pero son extremadamente caros. Háganse una idea: 22.000 euros para el lector, 4.000 ó 5.000 para el convertidor. Más el amplificador, de otros 20.000, más los altavoces, de unos 30.000 euros. Las vibraciones de la aguja en el fondo del microsurco, en cambio, no generan ningún estrés electrónico y la música fluye natural hasta nuestros oídos.
Bueno, natural, natural… Hay que ver los nuevos tocadiscos que extraen hasta la quintaesencia del microsurco: parecen refinerías, con poleas y contrapesos para el brazo que sustenta a la aguja lectora en su cápsula, motores separados del plato (que pesa un montón de kilos para que la fuerza de la inercia esté perfectamente equilibrada) a fin de no “parasitar” la lectura del disco, tensores diversos para variar el grado de inclinación de la aguja, y así…
Y hay que ver a los amantes del vinilo en acción. Son como aquellos fumadores de pipa para los que fumar formaba parte –y era indisociable de- todo un ritual: se calzan guantes de lino para no dejar huellas en el disco, inclinan la testuz para verificar que la aguja está, efectivamente, sobre el borde del disco y le dan a la palanquita que activa el mecanismo hidráulico gracias al cual el artilugio se posa sobre el disco con una presión de gramo y medio. No más, ni tampoco menos.
Y a la media hora, vuelta a empezar porque los vinilos tienen dos caras.¿Se acuerdan? La generación del mp3, la que lleva miles de canciones en una caja de cerillas mejorada, difícilmente podrá comprender que hubo un tiempo en el que la música venía repartida en “caras”, la “A” y la “B” en la escuela clásica, y la “1” y la “2” en la de los rompedores. Pero fue así.
Y vuelve a ser. En Bruselas, ciudad de funcionarios y empleados de multinacionales bien pagados, gente de posibles en fin, hay un mercado para el vinilo. Por el Boulevard Anspach, cerca del edificio de la Bolsa, el trasiego es enorme. De un lado vienen los chavales del mp3 con la herencia que han recibido del abuelo o el padre fallecido recientemente, para liquidarla y comprarse un Ipod, y del otro los que tienen instalada la refinería esa en el salón. Y todos se van tan contentos. El chaval a la Fnac, a por su Ipod, y el melómano con un saco de discos de a 5 euros la pieza.
Luego hay que quitarles el polvo y la estática a los vinilos. Un poco de agua tibia y jabón neutro hacen maravillas, pero hay también máquinas limpia discos que funcionan como lavadoras. Otros tropecientos euros que sumar a la factura.
Corren leyendas de melómanos desmesurados, la mayoría de ellos japoneses, que tienen instalaciones de lectura de vinilos imposibles de imaginar, con altavoces gigantescos encastrados en bloques de cemento armado, en locales aislados del mundanal ruido para mejor dejarse envolver por el tremendismo de Wagner.
Pero el trapicheo de Anspach es, normalmente, ajeno a esas sofisticaciones. La gente busca su música porque –y esa es la principal perversión de las sociedades de autores-, la música también es de quien la oye, no sólo de quien la compone o interpreta. Menos de quien la administra. El lugar, el momento, la compañía, la circunstancia personal en fin, son claves en la apropiación que realizamos de “nuestra” música.
Por eso, Anspach es, primero y por encima de todo, un enorme cementerio de emociones, en el que reposan, ordenadamente apiladas, las ensoñaciones de aquella señora que adoraba a Dean Martin o a Harry Belafonte, o las levitaciones de aquel señor que se sentía transportado por la música de órgano. A la una y el otro sus respectivos vástagos los han terminado arrumbando en una estantería de saldos, al lado del edificio de una Bolsa en la que se trafica con títulos electrónicos, porque el papel ya no es exigible. La verdad siempre se negocia en el universo de lo intangible.

domingo, 19 de agosto de 2007

A la Playa con Impermeable


El que carece de algo se las ingenia para conseguirlo. Los bruselenses no tienen playa, aunque sí gaviotas, que suben como que no quiere la cosa desde el mar, distante un centenar largo de kilómetros, por los canales que comunican la costa con el interior de Bélgica y que ponen una mota blanca de contraste a los lustrosos patos de los aristocráticos estanques Melaerts, en los que la madre de mi amigo cubano, que debió llegar un día por esos canales, encontró una vez consuelo para la cazuela.
De modo que la municipalidad les ha puesto una playa a los bruselenses. Junto al canal, claro, en lo que llaman el Quai Béco. Tres mil toneladas de blanca arena y unas duchas de agua pulverizada, camufladas bajo falsas palmeras, pretenden crear la ilusión de mar abierto, salitre, brisa marina y reverberación de cuerpos rendidos al  inmisericorde sol estival.
Bien es verdad que el horizonte, en el Quai Béco, es una imponente fachada tan larga como la playa, coronada por un gigantesco rótulo de “Citroen”; que los belgas no depuran todavía sus aguas residuales y que mejor que no haya brisa porque, si no, huele, y no precisamente a salitre; y que lo del inmisericorde sol estival… Este julio ha habido inundaciones lo mismo en Flandes que en Valonia; el clima hermana más que la política y sus oficiantes.
Pero las duchas, esas, funcionan, y los críos se lo pasan de miedo dejándose calar por el agua pulverizada. No se comprende muy bien el motivo de tanto júbilo: el resto del año es igual.
Los promotores de la iniciativa, que cumbre este año su quinta edición, esperaban captar medio millón de visitantes. El 15 de julio hizo sol y elevaron la previsión a 750.000, porque la playa fue visitada, ese día, por 40.000 personas. El alcalde de Bruselas, Freddy Thielemans, estaba radiante. Luego llegó el monzón.
Bruxelles-les-Bains (Brussel Bad en flamenco), que así se llama formalmente el invento, tiene este año por tema “Prenez des couleurs” (“Cojan color”). No sé si perciben la fina ironía.
Color, ciertamente, lo hay, porque el recinto, que está abierto de 11 de la mañana a 10 de la noche, del 13 de julio al 12 de agosto salvo los lunes, alberga medio centenar largo de cabañas de aire tropical, en las que se ofrecen cocktails exóticos, marisco, parriladas y una gran variedad de pequeños recuerdos, que la gente compra sin tino ni tasa. Brasil, por lo visto cercano desde la visita de Lula, está muy presente en toda esta fanfarria, con banderas y chozas en las que adolescentes que despuntan por escotes en pico ofrecen caipirinhas y bebidas “aphrodisiaques”, ante la curiosa chavalería multicolor.
Los que tienen playa desde siempre no suelen preocuparse por revalorizar lo que ya está donde siempre ha estado. De eso se ocupan los hoteles de los alrededores. Pero en Bruxelles-les-Bains no es lo mismo de modo que, y ante la incertidumbre meteorológica, los organizadores se han cuidado muy mucho de llenar la agenda de la playa con un amplio catálogo de diversiones. Escuela de circo, magia, baile, boley, disco, rock, funk, tango, merengue, salsa, ska, un cementerio de buques con piratas embozados… de todo hay para cautivar a una asistencia que llega con el traje de baño y el impermeable a cuestas, y que no decide hasta el último minuto cuál de las dos prendas se pone primero.
Aseguran los que controlan la afluencia a Bruxelles-les-Bains que por las mañanas, hacia el mediodía, son sobre todo empleados de las empresas cercanas los que se acercan al lugar para comer algo en un ambiente distinto. Después, hacia las 2, comienzan a llegar las familias. La verdad es que a la gente se la ve a gusto y que agradece el espacio de distensión que se les ofrece. La alternativa, las playas de la costa, es complicada: la autopista está siempre saturada, los radares de tráfico te hacen la vida imposible y al final encuentras un arenal agitado por el viento y un Mar del Norte de espumas marrones que dicen que es estupendo, pero que a los que hemos visto otras olas no nos convence del todo.
Además, en Bruxelles-les-Bains hay acceso a Internet por un “hotspot” de Wi-Fi gratuito para los abonados al servicio más común en Bélgica, que es el del operador clásico
De modo que la playa de Bruselas tiene una respuesta garantizada; un “mercado cautivo”, que dirían los economistas. Son centenares de miles los habitantes de esta ciudad que ni se van a Knokke-le-Zoute, o a De Haan, a chapotear en las olas de espuma marrón, o a protegerse de los remolinos tras los cortavientos a rayas azules y blancas, diligentemente dispuestos por la oficina de turismo local.
Bruxelles-les-Bains es, incluso, un puerto de recalada temprana para gente que aún no ha emprendido su largo peregrinaje hacia el sur para las vacaciones de agosto. Por eso, aquel día, pudo oírse en el Quai Béco ese grito profundo y atávico, tan evocador: “¡Chicaaaas. Tengo tortillaaaaa!.
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