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miércoles, 5 de noviembre de 2008

Iniciados o espabilados


El ministro belga de Exteriores, Karel De Gucht, está en medio de una tormenta política. Pocas horas antes de que Holanda nacionalizara los activos nederlandeses de Fortis, el gran banco belgo-holandés depositario de las esencias de Bélgica (antes se denominó la Societé Générale de Banque, y formaba parte de un holding del que se decía que sus actividades se correspondían con el 25% del PIB belga), su mujer vendió un paquete de acciones de la entidad de un valor cercano al medio millón de euros. Otras personas del círculo próximo del ministro hicieron otro tanto. Poco horas después de estas operaciones, los títulos de Fortis se desfondaban en Bolsa. Ahora, lo que les quedaba a los belgas de aquel gran imperio financiero es francés, a través de BNP, aunque Bélgica diga que dispone de una minoría de control en el Consejo.
El caso es que a De Gucht le acusan de delito de iniciados. El lo niega, pero la revista que ha destapado el escándalo, la nederlandesa Humo, ha sido retirada de los kioskos por orden judicial.
Al ministro lo entrevistaron cuando estaba en el Congo de visita oficial por este asunto. Contestó, según la prensa belga, que él no había vendido nada; que quizás lo había hecho alguien de su familia, pero que él no estaba al corriente. El ministro dice guardar sus títulos de Fortis, de los que no se ha desprendido. Lo vendido por su mujer lo habría heredado ella de su madre.
Para el común de los belgas, la debacle de Fortis ha sido mucho más que un problema económico. El cuño de Fortis equivalía, en este país, a una especie de garantía incuestionable de seriedad, honradez y solvencia.
Pero resulta que altos ejecutivos de la entidad recibieron sumas millonarias en concepto de “paracaídas dorados”, después de cortas -y desastrosas- gestiones, siguiendo las prácticas generalizadas entre los ejecutivos de alto nivel, que cobraban muchísimo lo hicieran bien o mal.
Otro motivo para el desencanto de los belgas: el valor más seguro del país ha hecho aguas, y la mujer del ministro de Exteriores vendió sus titulos pocas horas antes de que se conociera una noticia que dio con el precio de las acciones de Fortis por los suelos. El disgusto está por las nubes. De Gucht responde la semana que viene ante el Parlamento, donde ha sido interpelado con motivo de este asunto.

lunes, 28 de julio de 2008

Delación Dos


No crean que me he olvidado de este blog. Llevo unas semanas bastante complicadas, y no he podido dedicarle el tiempo que se merece.

La noticia que daba lugar a mi Post “Delación” ha tenido muchas secuelas. Voy a contárselas.

En primer lugar, y como uno de mis atentos lectores se ha preocupado en precisar, ha habido reacciones dentro de la propia Flandes contra la iniciativa de Overijse. Mario Keulen, ministro flamenco del Interior, condenó la medida, juzgándola “medieval”. Inmediatamente fue criticado por otros políticos flamencos. Como Keulen es liberal, y quienes le criticaron militaban en las filas de la extrema derecha flamenca, o en el radicalizado movimiento socialcristiano del norte del país, cabe preguntarse si tras la reacción no había un puro y simple oportunismo político.

Verán, tanto da. Los idiomas, en Bélgica, no son sólo vehículos de comunicación de ideas y sentimientos, sino también instrumentos políticos para marcar diferencias. Llevo muchísimos años escuchando las muy buenas razones de los políticos que defienden en Bélgica una fórmula lingüística, o su contraria, y he llegado a la conclusión de que es un problema que no tiene solución. Este país nació con este problema. La buena fe que explicó el establecimiento de la frontera lingüística es hoy demasiado frecuentemente sustituida por una arrogancia de cortísimas miras, hija de la soberbia y la incompetencia a partes iguales. En el norte del país como en el sur, porque conviene saber que las primeras demandas de independencia las formularon los valones, no los flamencos.

Verdaderamente, esto es una pena. Bélgica, que es un país estupendo lleno de gente magnífica, culta, rica y creativa, se desgañita en peleas provincianas. Lo viene haciendo desde siempre. El norte se pasa la vida buscando la manera de afianzar una identidad distinta que la del sur, bajo la presión de un nacionalismo radical de derechas o de izquierdas, que no mata, pero que le hace la vida imposible a la gente. El “Walen Buiten”, (“Valones fuera”) con el que por la fuerza los extremistas flamencos quebraron la ley que permitía la existencia de una sección francófona en la Universidad de Lovaina, caída del lado flamenco de la frontera, es decir, de Leuven, está ahí, en la historia de los hechos acontecidos. Los historiadores nacionalistas flamencos se refieren a aquellos episodios como “los incidentes”, y pasan por encima de ellos sin levantar la alfombra, para que no se les alborote el polvo que hay debajo. Lo de los rótulos de Overijse es una manifestación más de una cultura de la exclusión por la vía de la afirmación única de lo propio. Hay otras: los bandos municipales de algunos ayuntamientos flamencos que exigen a los niños no hablar en francés en el recreo, las disposiciones municipales que impiden que el cable televisivo subterráneo dé tránsito a canales francófonos por territorio flamenco, y así.

Una de las discusiones más duras de estos días en la crisis política belga es la escisión del distrito electoral que forman Bruselas y los cantones de Hal y Vilvorde. Los flamencos, sobre todo los radicales coaligados con los socialcristianos, quieren a toda costa esa escisión, que consagraría el territorio flamenco impoluto y libre de cualquier tinte francés. Bueno, la frontera lingüística fue establecida en Bélgica para crear territorios lingüísticos homogéneos, en función de las necesidades de la gente. Pero no era una frontera estática, como la que separa a Francia de España. Podía cambiar, si lo que un día estaba del lado flamenco, al cabo de unos años merecía estar del lado francófono, porque la gente se expresara mayoritariamente en francés. El fiel de esa balanza eran las encuestas censales, en las que se incluía una pregunta muy concreta: “¿En qué idioma habla usted?”. El censo de 1947 fue el último que incluyó la pregunta. Con motivo del de 1960, 200 alcaldes flamencos exigieron que la pregunta de la lengua no fuera incluida en el censo y un ministro socialcristiano como el actual primer ministro, Arthur Gilson, se lo concedió. De manera que no hay forma hoy de saber cuánta gente hay en Hal, o en Vilvorde, hablando francés. Pero se presupone que es mucha.

domingo, 13 de julio de 2008

Delación


Supongo que ya saben que Bélgica está sumida en un desagradable debate político sobre el modelo de Estado. Hasta ahora, y desde 1993, es federal, pero los partidos políticos flamencos quieren evolucionar hacia un modelo confederal.
El factor diferenciador de las comunidades flamenca y valona es la lengua. Desde los años 60, el país está dividido por una frontera lingüística. Bruselas, que se encuentra en pleno territorio flamenco, tiene un estatuto bilingüe.
Pero la capital de Bélgica es muy dinámica, y la gente que la puebla se expande por los alrededores. El francés es una lengua de uso muy extendido entre la comunidad diplomática y funcionarial de Bruselas, lo mismo que el inglés o el alemán, de modo que no es infrecuente que personal internacional se termine asentando en comunas flamencas del entorno de Bruselas.
Una de ellas es Overidje, que se encuentra en las lindes del perímetro de la capital. Es una comuna flamenca. Como la gente que allí vive procede, en buena parte, de entornos diplomáticos, y el Ayuntamiento no quiere saber nada con las lenguas extranjeras, no se les ha ocurrido otra cosa a los regidores municipales que poner en marcha un mecanismo de delación, para que los vecinos denuncien a los tenderos que anuncien sus productos no ya en francés, sino en cualquiera otra lengua que no sea el flamenco.
El tal mecanismo es una dirección de correo electrónico bastante anónima (utiliza el servidor de Google). En ella, los vecinos celosos (¿paranoicos?) de su lengua, denuncian asus convecinos comerciantes que venden en otros idiomas que el de la tierra.
No sé cómo lo verán ustedes, pero a mí, estas cosas me parecen de otro tiempo, triste y que creía superado.

viernes, 6 de junio de 2008

Petróleo


Oigo hablar todos estos días de los acuerdos de Manchester sobre la fiscalidad del petróleo. A ellos se refieren todos los políticos que buscan justificaciones para no meter mano a la situación del crudo en los mercados internacionales. La verdad es que estoy sorprendido. Yo estuve allí, en Mánchester, en septiembre de 2005 y aquella no fue una reunión en la que se adoptaran decisiones formales. Era un Ecofin informal (una reunión de ministros de Economía y Finanzas en la que no se toman decisiones, porque esa formación del Consejo de la UE no tiene capacidad jurídica para adoptarlas), en la que sí se discutió del precio del crudo. Se reiteró allí la doctrina al uso en la UE desde los años 70, cuando los primeros ‘choques’ del petróleo. Nada nuevo: que los europeos tienen que pagar la energía que consumen. Con el producto caro y con impuestos. Es un modelo asumido en Europa que, sin embargo, no contemplaba, cuando lo inventaron, disparates como los que estamos presenciando en nuestros días: que los mercados de futuros tiren hacia arriba del precio del crudo, creando burbujas financieras que son el caldo ideal para los especuladores.
Todos estos años atrás, cuando el precio del petróleo se ha disparado, en Europa la Comisión y los ministros del Ecofin han hablado de la necesidad de dar transparencia a los mercados internacionales de crudo. A la hora de la verdad, las cosas siguen estando igual de oscuras.
Mientras tanto, del petróleo recaudan todos: los países productores, los especuladores y los gobiernos, que necesitan de la renta de los hidrocarburos para sacar recursos con los que atender a un gasto público siempre voraz y muchas veces acrecentado sin justificaciones claras.
La doctrina de los años 70 no debería ser inamovible: las circunstancias cambian y los políticos deberían tener cintura para adaptarse a ellas.
Les adjunto un tráfico de la OPEP, la Organización de Países Exportadores de Petróleo, que se me antoja revelador sobre las causas finales del precio del petróleo. Otro día, con más tiempo, les presentaré mis propios gráficos sobre el mismo asunto, que son incluso más espectaculares.

domingo, 18 de mayo de 2008

Intoxicación


Desde que los americanos se empeñaran en lo de la globalización, todo en este mundo es global: la contaminación, los pollos belgas con dioxina que se descubren un día en Flandes y al siguiente hay ni se sabe cuántas toneladas de ellos en Tarragona y las mentiras, puras intoxicaciones, que gracias a Internet viajan hasta los lugares más recónditos del planeta en un pis pas.
Tengo dos anécdotas que contarles, para que desconfíen de lo que llegue hasta ustedes a través de la dichosa Red global.
De la primera supe por mi buzón de correo electrónico hace ya unos años. Enterado de que estaba escribiendo esto, un amigo me cuenta que el bulo continúa activo aún estos días, pero bajo otro formato informático: como un fichero “Powerpoint”. Era la época de los escándalos alimentarios: las vacas locas, los pollos con dioxina y así. El mensaje, cuyo origen geográfico no pude identificar fehacientemente, ni siquiera empleando los útiles de rastreo al uso, daba cuenta de un drama acaecido en Bretaña: un ejecutivo se había hecho a la mar un fin de semana a bordo de su yate con unos amigos. En alta mar se puso enfermo y sus compañeros de escapada, entre los que estaba la novia,  pusieron rumbo a puerto, donde le esperaba una ambulancia. Todo fue en vano; el infortunado falleció camino del hospital. La autopsia que le fue practicada reveló que la causa de la muerte eran ciertas toxinas de rata halladas en las latas de cola que el fallecido había adquirido en un supermercado para el viaje. La investigación (todo aparecía detallado en el mensaje de correo electrónico),  había localizado el origen de las toxinas en un almacén de la cadena de logística del supermercado, donde había ratas que orinaban y defecaban en cualquier sitio, encima de las latas de bebidas, por ejemplo.
El tema me llamó la atención. Latas de cola venenosas, cómo decirles. El mensaje ofrecía un par de números de teléfono de París y el nombre de una publicación científica francesa, donde el caso había sido documentado. En los teléfonos no respondía nadie, de modo que me fui a la web de la revista, donde tuve que registrarme para entrar. Era un proceso lento porque la publicación reclamaba muchos datos. Ya dentro, introduje las referencias científicas del caso (también citadas en el correo electrónico) para recuperar el artículo en el que se detallaba el problema. No obtuve ningún retorno de la base de datos. Cambié los términos del francés al inglés y al latín (un idioma que sigue siendo lingua franca  en algunos ámbitos, como la pesca –para la denominación de especies- o la Medicina), con idénticos resultados. El artículo mencionado en el correo electrónico parecía no existir.
No me di por satisfecho y llamé por teléfono a la publicación. Este género de revistas no cuentan con plantilla fija; se nutren de colaboraciones y los que las ensamblan aparecen por la oficina de tanto en cuanto. Tardé 14 días en dar con alguien que respondiera. Me confirmó lo que ya temía: que aquella revista no había publicado jamás un artículo sobre el caso de un ejecutivo envenenado por heces de rata. Y que a ver qué me creía; que aquello era una casa seria… La mujer aquella se puso como una moto.
La segunda intoxicación resultó, si cabe, más espectacular y data de hace menos tiempo. Me la transmitió un conocido mío, funcionario de la Comisión europea pero no de la Dirección General de Agricultura. Era también un correo electrónico. Anunciaba que un cargamento de plátanos procedentes de Ecuador con destino al puerto de Amberes había sido confiscado en alta mar por autoridades sanitarias estadounidenses, después de cruzar el Canal de Panamá.  Existía evidencia de que la carga estaba contaminada con algo que se denomina la “bacteria come carne”. Otra vez el mensaje incluía gran profusión de detalles: un sitio web que explicaba lo que era la bacteria en cuestión y el teléfono del departamento de Microbiología de una universidad norteamericana, de donde había partido la alarma.
Fui a la web mencionada en el correo electrónico. Me recibió un mensaje: “lo que va usted a ver no es agradable; si ha llegado aquí por casualidad, no siga. La información gráfica contenida en esta web tiene propósitos científicos y puede repugnar”. Entré. Existe, por lo que allí se decía, una bactería que come la carne de quienes la contraen. A razón de hasta un centímetro diario. Es una enfermedad tropical rara. Las fotos eran espantosas.
Llamé a la universidad americana, por aquello de la verificación. Comprobé previamente el número por Internet; no fuera que llamara a saber quién sabe dónde. El teléfono comunicaba constantemente. Al cabo de dos días de intentos infructuosos obtuve respuesta. Un contestador automático me ladró al oído: “si usted llama por lo de la bacteria come carne y el cargamento de plátanos de Ecuador, sepa que se trata de un bulo. Este Departamento no tiene nada que ver con la operación mencionada. La bacteria en cuestión no sobrevive en los plátanos”.
¿De dónde salieron esos mensajes?. Mis rastreadores no lograron identificar sus orígenes. la traza se perdía en alguno de los grandes nodos de distribución de datos por Internet. ¿A quién servían?. Vaya usted a saber: desde luego, no a los fabricantes de latas de refrescos ni a Ecuador.
En la era de la información global, yo les he contado esto para se fíen ustedes de los periodistas y desconfíen de los mensajes. Aunque parezcan dignos de todo crédito, pues hay gente lista que crea apariencias para hacer creíbles grandes engaños.

domingo, 2 de marzo de 2008

Pinchos de Bombón


Bélgica tiene una serie de patentes de marca que la identifican por encima de la fronda política del reino, que es espesa como el chocolate.
Los responsables belgas del turismo suelen quejarse de que quienes aquí vienen se traen dos o tres ideas básicas del país, y que apenas hacen esfuerzos para trascenderlas. En lo de los bombones, a los turistas no les falta razón porque son magníficos. Media docena larga de grandes nombres con proyección mundial vienen proclamándolo a los cuatro vientos desde hace más de un siglo pero de un tiempo a esta parte, hacer plarinés artesanales se ha convertido en una salida personal para gente apasionada por esas pequeñas fantasías de cacao evolucionado y es una muestra de connaiseur presentarse en la casa de alguien con una caja de bombones de una marca no comercial, y contarles a los anfitriones la historia de quien los fabrica. Yo suelo apostar por los de una mujer que, abandonada pronto por el marido y con dos hijos a cuestas, se puso a elaborar bombones porque le gustaban y ha tenido un éxito arrollador. Perdido su comercio en una de esas callejuelas anónimas de Bruselas, apenas da abasto a una clientela que le es mucho más fiel que el cónyuge huido. Conozco también a otra mujer abandonada por el marido pero esta, en lugar de darle al chocolate, sirve comidas –ensaladas, cosas frías, sopas y algún otro plato caliente, todo sin grandes pretensiones- en el gran salón del otrora domicilio familiar. Contada así, la cosa no parece muy espectacular, pero es que hay que oírla cantando airas de opera mientras lleva los platos a las mesas.
Gente recia, estas mujeres belgas a los que los maridos abandonan…
Pues el caso es que el chocolate está otra vez de moda en Bélgica. Después de haber regado el mundo de tiendas Neuhaus, Godiva, Leónidas, Callebaut, Marcolini o Côte d’Or, las zonas turísticas de la ciudad están viendo abrirse escaparates que exhiben fuentes de chocolate líquido, con más capacidad adherente para la curiosidad de los viandantes que las tiras de papel atrapamoscas. En el interior, la gente escoge lo que quiere, se lo pesan (y pesan un demonio esas piezas, 3no sé qué le meten al chocolate), y allá se va el personal, a ver el Manneken Pis con un cucurucho que parece de castañas, pero que lleva dentro otras delicias.
Por cierto que las cajas de bombones son un invento belga. Empezaron a embalar el género así a comienzos del siglo pasado porque en los cucuruchos, los delicados pralinés se les aplastaban.
En España la cocina, antes de entregarse a las pastas y la pizza, que dan mucho más margen comercial que la merluza o el chuletón de Villagodio, está cultivando la cultura del pincho, escrito pintxo, que está rico y que no consume mucho género caro en la elaboración. Pues en Bélgica están con los pintxos de bombón. Marcolini, que fue hace poco más de 10 años campeón del mundo de pastelería y que antes de emanciparse trabajó en Wittamer, proveedora de la Casa Real, fundó su triunfo en el praliné de 8 gramos. Nada más que 8 gramos de aromas, perfumes, texturas y presencias sutiles.
A los grandes templos de la chocolatería belga se los reconoce enseguida por la cantidad de japoneses que atraen. Y eso que el producto no mana líquido de una fuente o una cascada artificial en sus escaparates, como sucede en las inmediaciones de la Grand Place. Pero con esto de que a los caprichosos neoyorquinos, los árabes del reloj de oro y los manirrotos de Tokio los pralinés belgas les van, la visita les resulta obligada a todos ellos cuando vienen a la metrópolis del bombón. Los árabes y los neoyorquinos van de pocos en pocos, o hasta solos y en pareja, de modo que pasan inadvertidos, pero los japoneses se presentan en manada, y con un guía al frente que enarbola un paraguas a guisa de ancla visual para que nadie del grupo se pierda y resultan la mar de aparentes. Además, compran un montón de cosas y se las van mostrando unos a otros entre parloteos incomprensibles mientras no pierden de vista al del paraguas. Se les nota mucho, pero tampoco les importa.
Hace pocas semanas abrieron un local de una de las grandes marcas belgas de chocolate en un enclave de lujo de la ciudad. Está al lado de un concesionario de Mercedes. El chocolatero tiene más clientes. Posiblemente por la variedad: es más difícil cambiar la serie de limusinas que darle otro rizo al penacho del praliné. Y eso que hay bomboneros belgas que se han aliado con floristas de reputación para crear series florales de sus productos. O con calígrafos japoneses para introducir motivos Kaori en sus creaciones. Si es que lo de las manadas y el paraguas tiene su explicación.
Por detrás gran chocolate belga de glamour está la producción artesanal de mi amiga del extrarradio, que todavía no atrae a japoneses, árabes o neoyorquinos.
Afortunadamente.

domingo, 13 de enero de 2008

De Tiendas


Europa se está construyendo una imagen de marca desesperantemente anodina. Excepto en el paisaje -y no siempre-, nuestras ciudades se parecen cada vez más unas a otras. Hace una veintena de años la Rue Neuve de Bruselas, una calle peatonal de compras, mostraba escaparates con personalidad propia y una oferta distinta que la ropa estándar y los zapatos chinos de marca europea que hoy inundan todos los espacios comerciales de nuestra Europa de los mercaderes. Recorrer estos días sus 600 metros se ha convertido en un ejercicio banal. Paseas por ella y encuentras poco más o menos lo mismo que en Preciados, o en Colón de Larreátegui. Hay más negros y árabes y menos bares en Bruselas, pero en conjunto es un déjà vue. Un salteado de franquicias. Aquí una tienda de teléfonos, allí una de ropa joven para ellas, cuarenta metros más adelante lo mismo pero esta vez para él, en medio una pizzería y al final un gran almacén con montones y montones de lo mismo. Y todo bajo una iluminación feroz que produce un horroroso dolor de cabeza, y que hace a la gente moverse como a impulsos de luz estroboscópica, llenando y vaciando tiendas a un ritmo de tsunami que, desde luego no por azar, reafirman unos altavoces distorsionados de los que no surge otra cosa que los alaridos de los infortunados arrastrados por la marea.
Hace una treintena larga de años compré una lámpara de techo en un comercio de Licenciado Poza. Estaba la lámpara –y está- compuesta por grandes y gruesas piezas de cristal tallado. Una de ellas se desprendió un día y cayó sobre una mesa, causando destrozos considerables. Había pasado una veintena de años pero un verano, de vuelta en Bilbao, me fui al comercio de Pozas, con la vaga esperanza de reponer la loseta. Me atendió un hombre de edad indefinida como el comercio quien, tras escucharme y sin alterarse un ápice, me dijo: “se trata de una lámpara de cristal alemán. Hice dos y me quedan tres cristales”. Se dio media vuelta y tiró de un cajetín de madera, de los muchos que cuadriculaban el muro a su espalda, y sacó las tres piezas en cuestión. “¿Cuántas quiere?. Las tres. ¿Está seguro?. No sabe usted cuánto”.
Aquel hombre había demostrado, con un minuto de atención al cliente y medio giro de cuerpo, un control sobre un cuarto de siglo de trabajo sencillamente estremecedor. Suelo pensar en él cuando los deberes forzosos de la vida me llevan a uno de esos comercios de franquicia, donde hay que sufrir a esas empleadas moninas con contrato de fin de semana, que han entrado en la tienda a las 10 de la mañana pero que se han levantado a las 5 para vestirse y acicalarse y que, medio dormidas, apenas aciertan a guiarse entre el género estrepitosamente iluminado por sus colores. Cuando la moda impone tonos sombríos, este género de profesionales de la venta suele perderse entre las estanterías y emerge otra vez a la vuelta de la temporada, con una sonrisa fucsia o mandarina en los labios.
Me digo que debe ser cosa del negocio de la luz esto del tiempo pasado que fue indudablemente mejor porque hace un par de semanas, llevado otra vez por la necesidad, tuve que adentrarme en esa Bruselas que se encuentra tan alejada del halógeno y las franquicias, nada fashion, en busca de pantallas para lámparas. Vine a dar con el comercio de Philippe, que está en la rue Blaes, a tiro de piedra de la Porte d’Hal, un vestigio soberbio e imponente de la vieja muralla que protegía el burgo bruselense antes de que la expansión urbana y la estabilidad vecinal aconsejaran derribarla. Construyeron sobre su planta una carretera de circunvalación, el peripherique, que satisface cien veces mejor que las viejas piedras el cometido de aislamiento del centro urbano. A ver quién se atreve a cruzarlo. Pues el caso es que Philippe tenía un operario limpiando, cristalito a cristalito, una de esas viejas arañas de cristal, que aquí llaman lustres porque refulgen (o deberían, de ahí lo de limpiarlas). No era una pieza excepcional y se lo hice notar: “Es mucho trabajo, sí, pero qué haríamos si no con esas lámparas?. ¿Tirarlas?. ¿Por qué, si son bonitas y traen recuerdos?”
De modo que Philippe, en la cosmopolita Bruselas, es otro gozoso registro de un pasado en el que el tiempo no transcurría a golpes de flash estroboscóbico y los comerciantes no atrapaban con explosiones de luz a los clientes, como su fueran polillas en la oscuridad  A mí, este ejemplar es el último que me queda porque el de Bilbao echó la persiana. Le hago notar a Philippe lo caro que es tener un operario brochando cristalitos y me dice que sí; que le asfixian las cargas sociales, los impuestos municipales y el de la Renta, y que está tentado de tirar la toalla. Lo dice bajito, de espaldas a su madre, una mujer entrada en años y carnes con mala circulación en las piernas que, sin embargo, es capaz de encontrar al otro extremo del comercio, entre un centenar de cachivaches, la pequeña pieza que falta en la vieja lámpara. Y de ofrecértela con la mejor de las sonrisas.
- Pues que le bajen a usted los impuestos, hombre; que le pongan un IVA reducido. A fin de cuentas, lo suyo es casi una función social…
- Parece que no conozca usted el percal.
- Sí, sí que lo conozco. Y le digo que por este camino nos vamos a quedar sin artesanos.
Los defensores de la modernidad a ultranza suelen alegar, cuando se suscitan sentimientos de pérdida, que pasado y presente terminan ofreciendo, en nuestra civilización, síntesis de gran provecho para la sociedad. Acaso se refieran a los zapatos made in China que los grandes distribuidores compran en Shangai o en Cantón a 8 euros (dato de la Comisión europea),  y que luego venden en los grandes centros comerciales de Occidente a 120. Es una diferencia de valor, esta, que da lustre a toda una enorme cadena de comercialización en la que caben la gerencia del centro comercial, el alquiler de la lonja, el canon de la franquicia, los sueldos de los empleados y el margen del detallista, además de los costos de transporte, almacenamiento y etiquetado. Y los impuestos.
Claro que al final te preguntas si lo que se vende no es un factor marginal y lo que cuenta es la cadena comercial, que lo mismo vende –o puede vender- zapatos que tiras de carne de perro en salazón, (por poner otra producción típica china, esta última más antigua) pero que, desde luego, no restaura lustres.
En Bruselas hay, por lo de los cajetines, una síntesis modernista del  comercio de Bilbao: un restaurante acondicionado en lo que una vez fue una enorme ferretería. Son tres plantas, quizás cuatro, con paredes de madera atiborradas de pequeños compartimentos que un día albergaron tornillos, tuercas, arandelas y todo género de quincallas. Se llama, claro, la Quincallerie. Un reloj enorme preside la estancia. Pero parece que, en él, el tiempo transcurra al menos cuatro veces más rápido que en la tienda de lámparas de Pozas.
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