domingo, 13 de mayo de 2007
Bruselas se cuelga del Swing
Todos los años, desde hace doce, Bruselas vive en mayo un fin de semana musical fuera de normas. La cosa ocupa el centro histórico de la ciudad y entornos próximos, y es gratis. Al Mannequen Pis lo convierten en afluyente principal del Mississippi y el swing y los ritmos sincopados inundan la capital de Bélgica. Calles, plazas, bares, bistros y terrazas se llenan de músicos para deleite del respetable, que refrenda en masa la iniciativa con una asistencia que ronda, año tras año, el cuarto de millón de personas. El barroco de la Grand Place reverberando ecos de Thelonius Monk; qué cosas.
Hay que verlo para creerlo. El centro de Bruselas es una hondonada de laderas discretamente pronunciadas por las que, a la llamada de las notas encadenadas del compás, descienden caminando, desde la Gare Central, punkies de melenas púrpura y cuero tachonado junto a padres con hijos al cuello, que se distribuyen indistintamente por la Grand Place, Ste. Catherine, Brouckere y demás,
Es el “Brussels Jazz Marathon”, el que al principio –cuando lo inventaron a comienzos de la década pasada- se llamaba “Brussels Jazz Rally” y que después, durante un muy breve periodo de tiempo, se denominó “New York Brussels Jazz Rally”.
Es música en la calle, en bares abiertos o en recintos cerrados (los menos). Muchos músicos tocando en muchos sitios al mismo tiempo, y la gente que circula de un lado para otro dejándose mecer por el timbre profundo o desgarrado del saxo que inventó Adolphe Sax, el valón de Dinant que se hizo un nombre universal en Bruselas a mediados del siglo XVIII.
Esta vez toca la semana que viene. Del 25 al 27 más de 400 músicos van ofrecer un centenar largo de conciertos en apenas dos días y medio. En el festival hay sitio para todo: jazz clásico y moderno, fusión, blues, rock, latino y funk.
Y también para las grandes partituras de Disney, la Factoría Disney de hoy, que servirán de base musical para expresiones de dixie, bossa nova, vals, jazz rock o jazz hot destinadas a los niños; o para explorar la percusión en todas sus facetas, o el ritmo.
Como este año se festeja el 50 aniversario de la Unión Europea, los organizadores han abierto la mano y la Plaza de España, que permanecía ajena a estas manifestaciones, será ahora marco para expresiones musicales muy variadas: italianas, estonas, búlgaras, holandesas, francesas y, naturalmente, españolas.
El “Brussels Jazz Marathon” no concentra a grandes figuras mundiales de la música. A mediados de la década pasada se hizo aquí ese esfuerzo, con resultados económicos catastróficos que llevaron a la quiebra a la empresa que organizaba el evento. Aquello tuvo su mérito porque se trataba de una ASBL, una Asociación sin Objeto de Lucro, que es un tipo de empresa que, por su propia naturaleza, no puede quebrar. Pero se ve que poner a los muy grandes a tocar para un público que no paga, o que paga muy poco, no es fácil. Quedan de aquella época, sin embargo, recuerdos imborrables como la Big Band de Ramstein interpretando a Glenn Miller en la Grand Place.
Un poco más al norte de Bruselas, en Rotterdam y para julio, está anunciada la receta contraria: intérpretes que son una referencia mundial, constreñidos, ellos y su música, en recintos cerrados, a precios de tribuna. Es el reputado festival de Jazz del Mar del Norte. Las figuras allí, este año, son el trompetista Wynton Marsalis con la Lincoln Center Jazz Orchestra, Chick Corea, John Scofield, Roy Hargrove, Buena Vista Social Club, Paul Anka, Elvis Costello, Amos Lee o Terence Blanchard .
La primavera avanzada y el verano son ocasión, en esta zona de Europa, para manifestaciones musicales al aire libre de todo género. Las hay definitivamente cursis, como esas que concentran en los jardines de algún palacio falto de usos a cantantes de orígenes sonoros –generalmente rusos con marketing británico-, que entonan arias de ópera de las del easy listening al atardecer, con el acompañamiento de algún altavoz escondido entre los rosales, ante un público pequeño burgués que arrastra sus mejores zapatos por senderos previstos para botas de caza, entre arbustos florecidos con “pendientes de la Reina” que nadie osa tocar. Aquí Nabucco y a la vuelta de la esquina, un poco más adelante del rosal de la izquierda, Madama Butterfly.
Siempre he creído que España se merece mejor música que la que fabrica. Aunque sólo sea porque los atardeceres y las noches secas están más garantizadas allí que aquí, en el centro de Europa, donde toda esta magia del contrapunto se fuga por la alcantarilla a poco que la borrasca despunte por el horizonte.
domingo, 4 de febrero de 2007
El Grito en el cielo
Desde 1993, Bélgica es un Estado federal. Sus entidades federadas son Flandes, Valonia y Bruselas. Hay un gobierno federal y tres gobiernos federados, otros tantos parlamentos y dos regiones o comunidades lingüísticas, la flamenca y la francófona, (a las que se suma la germanófona, marginal), que cuentan con sus propios órganos legislativos y de gestión. Un montón de gente en coche oficial. Se supone que la forma del Estado responde a la necesidad de adaptar sus estructuras a las conveniencias reales de la gente, aunque viendo lo que el día a día depara al país, uno se pregunta si los políticos, aquí como en otros lugares, no están efectuando una interpretación francamente abusiva de eso que se llama la democracia representativa.
Tomemos el caso del aeropuerto de Bruselas. Está situado a las afueras de la capital, pero en territorio flamenco, en la comuna de Zaventem. Constituye, junto con los puertos de Amberes y Zeebrugge, la clave del desarrollo de Flandes, la región rica del país, y ha sido objeto de un impulso extraordinario desde comienzos de los años 90, cuando las autoridades competentes decidieron convertirlo en centro continental de enlaces aéreos. A finales de 2005 andaba por los 251.000 movimientos anuales. Barajas, por esas fechas, estaba en 418.000. El aeropuerto belga operaba ya más de la mitad de vuelos que Madrid, pero en un país cuatro veces menos poblado.
Los planes de desarrollo del aeropuerto preocupaban a los ayuntamientos más próximos, todos ellos flamencos pues Bruselas es una isla bilingüe dentro de las fronteras neerlandófonas. Y protestaron a sus autoridades locales, regionales y federales (una tradición no escrita determina que el primer ministro de Bélgica debe proceder de Flandes). Utilizaron como piedra de toque los vuelos nocturnos de una gran empresa de paquetería, instalada en el aeropuerto desde los años 80, que utiliza aviones antiguos y ruidosos. Una ministra federal de ideología ecologista impuso en 2000 un periodo de inactividad aeroportuaria entre la 1 y las 5 de la madrugada, pero se le echaron encima sus socios de gobierno, socialistas y liberales, que temían la pérdida de puestos de trabajo, sobre todo en la empresa de paquetería en cuestión.
De modo que la mayoría gubernamental optó por un modelo de “concentración” de vuelos nocturnos sobre la zona menos poblada: el norte de Zaventem.
Sucede que ese norte se llama Noordrand, y que es territorio exclusivamente flamenco. Sus habitantes pusieron el grito en el cielo. La ministra ecologista perdió su cartera cuando se oponía a la instauración de una nueva ruta sobre la capital para sacar aviones alejándolos del Noordrand, que finalmente salió adelante promovida por una polémica ministra socialista. La llaman “ruta Onckelinx”, en alusión a su promotora. Ya antes había otra ruta, la “Chabert”, porque así se llamaba el ministro que la había hecho implantar, que permitía el sobrevuelo nocturno de Bruselas a baja cota. Fue abandonada.
A la ministra ecologista la sucedió un polémico personaje de la extinta Volksunie (Herri Batasuna en flamenco), que había pasado a militar en el partido socialista flamenco: Bert Anciaux.
A todo esto, la empresa de paquetería hacía saber que tenía el propósito de ampliar su actividad en Zaventem, convirtiéndolo en centro de distribución continental en el horizonte de 2012, con la creación de 9.600 nuevos puestos de trabajo, que se sumarían a los 2.850 ya existentes. Necesitaría autorización para 34.000 vuelos nocturnos al año, en lugar del máximo de 25.000 establecido hoy por hoy para 19.000 realmente efectuados.
El ministro Anciaux, (recuérdese, Flandes apuesta por la expansión del aeropuerto, como motor de desarrollo regional) optó por la “dispersión” de vuelos nocturnos, lo que en la práctica y a su decir, venía a significar menos ruido, pero para todos. Aseguró haber tomado sus decisiones en base a un modelo científico. Y restauró la “ruta Chabert”.
En este país termina sabiéndose todo y a Anciaux, que es un flamenco acérrimo con apellido francófono, se le descubrió, al final, el pastel: cierta correspondencia entre un alto cargo socialista flamenco y el jefe de Gabinete del ministro, sacada a la luz por un canal de TV en 2005, daba cuenta de una instrucción secreta de Anciaux en 2003: mucha dispersión y mucha equidad, pero, al final, de lo que se trataba era de “enviar el mayor número posible de vuelos a la zona F”, (por francófona).
Naturalmente, se armó la parda.
Tiempo atrás, y viendo el cariz que estaban tomando los acontecimientos, las autoridades de Bruselas habían hecho aprobar, ya en 1999, unas normas de ruido muy estrictas. Las recurrió el gobierno flamenco pero un tribunal las convalidó y recientemente ha hecho otro tanto el Consejo de Estado.
Bruselas está facultada para imponer multas de 25.000 euros por cada infracción constatada a sus normas contra el ruido. Pero no lo ha hecho, entre otras cosas porque el presidente de Flandes, Yves Leterme, del CD&H (los ex socialcristianos) ha amenazado con retirar a sus dos correligionarios del gobierno de la capital y entidad federada, lo cual haría caer al Gobierno.
Es decir, que el presidente de una entidad federada, Frandes, ha amenazado con desestabilizar a otra entidad federada, Bruselas.
Hace dos años, 2.597 vuelos hubieran sido multados de estar las sanciones en vigor, lo que hubiera arrojado unos ingresos de 65 millones de euros.
¿Resultados de más de un lustro de peleas encarnizadas?
La empresa de paquetería ha renunciado a su expansión en Zaventem. Se va a Leipzig. Su futuro en Bruselas está en entredicho.
El problema de los vuelos nocturnos sigue sin estar resuelto.
Los tribunales acumulan más de 60.000 demandas por exceso de ruido. 54.000 proceden de un micrófono instalado en el jardín de unos jubilados, que está conectado a un sonómetro numérico y éste a un ordenador portátil, en vínculo permanente por WI-FI con Internet, por donde fluyen las denuncias automáticamente, en el momento en que se rebasa cierto nivel de ruido.
Bert Anciaux, que ya no es ministro de Mobilidad, se ha descolgado con unas declaraciones minusvalorando la importancia estratégica de Zaventem. Ahora dice que habría que convertirlo en un polideportivo.
Parece que tantas instituciones, en este país, estén para proteger a unos de otros. ¡Viva el interés común!.
domingo, 29 de octubre de 2006
Una mañana de lujo
Bruselas es una urbe multicultural y pluriracial, pero hubo un tiempo en que sólo era rancia y escandalosamente burguesa, y en el Sablon, los domingos por la mañana, sobre todo cuando sale el sol, los vestigios de aquella pereza arrogante se manifiestan con asombrosa naturalidad.
El Sablon es una plaza típica de Bruselas. De menor reputación internacional que la Grand Place, pero con su sabor. Intenso. Está en ligera pendiente y desde el alto la preside la Église de Notre Dame du Sablon, una soberbia pieza del barroco en cuyo interior vidrieras de gran belleza reproducen los escudos de armas de las viejas familias belgas que se pusieron a la tarea de hacer este reino, hoy tambaleante, a comienzos del siglo XIX.
Al Sablón, al Gran Sablon por hablar con propiedad pues a su lado está la plaza del Pequeño Sablon, célebre por las 48 delicadas estatuas de bronce que la contornean, hay que atacarlo desde arriba, desde la Rue Ducale, por la que el rey transita camino de palacio, para bajar andando sin fatiga hasta sus últimos vericuetos.
La primera parada bien puede ser la de un concesionario de Mercedes que desafía con desprecio olímpico la teoría de que los coches se venden en el extrarradio. En el interior se puede admirar un 'Maybach' a 480.000 euros, con esos asientos traseros tan parecidos a los butacones de la business class que anhelas al repasar la revista de la compañía aérea que hace la proeza anatómico-forense de comprimirte en un espacio increíblemente pequeño durante dos horas. O un 'McLaren-Mercedes', algo más caro, para qué entrar en detalles, similar a aquél con el que Scarlett Johanson se estrelló huyendo -dijo- de los fotógrafos en Los Ángeles. Lo que debían de correr los fotógrafos...
Un poco más abajo, a la izquierda, hay una tienda de antigüedades que comercia con diseño escandinavo y con arte tribal africano. A la vez y sin despeinarse. Mirando los abalorios del escaparate te preguntas si no ha vuelto a casa el cofre de bagatelas del explorador que cambiaba espejitos por marfil. Aunque para marfil, un poco más abajo. No conviene guiarse por las etiquetas adheridas al pie de las figurillas chinas de personajes regordetes, que reproducen posturas del Kama Sutra: señalan la referencia, no el precio.
Pasito a pasito, llegamos al mercadillo de antigüedades. Son sieste filas de tenderetes cubiertos -incluso con hornillo de calefacción (el invierno es duro aquí)-, en los que hay de casi todo: objetos de culto masónico entremezclados con candelabros de iglesia y angelotes policromados que habrán salido vaya usted a saber de qué templo parroquial de Castilla la Vieja, grabados antiguos, cristales de Murano, de la Prusia de Metternich o de Val Saint Lambert, condecoraciones, bronces, lustres y lámparas, pomos de puerta y calentadores de cama en latón, óleos y acuarelas, iconos que venden como rusos, -con lo difícil que es sacarlos de allí-, porcelana antigua... En fin, un batiburrillo espectacular.
El mercadillo de antigüedades del Sablon, mundialmente famoso, es agotador. Por su variedad y porque hay que recorrerlo en horizontal, que no cuesta abajo. Pero bien pocos metros adelante, a la derecha, que es donde da el sol cuando lo hay, están esos barecillos vagamente informales con sus sillas al aire, igual que el ombligo de Sophie, que pasea con energía propia de una cantinera muniquesa, con un cuerpo tres veces menor, una bandeja cargada de cosas que nada tienen que ver con el kalimotxo: limón caliente, menta de hojas, cerveza trapista de segunda ¡ y hasta tercera! fermentación, capuccino a la espuma de leche, chardonnay, gewurstraminer, moselas variados, sancerre o muscadet. Personalmente, prefiero el burdeos.
Mousses legendarias
Recompuestas las fuerzas tras el aperitivo, y si no te quedas a comer en uno de esos restaurantes a los que hay que llegar pronto, para que la chaqueta que dejas en el perchero -todo es como familiar- te la aromatice el perfume del visón que le va encima poco después, siempre hay la posibilidad de hacerse con un postre para casa. A la derecha está Wittamer, con sus mousses legendarias, y a la izquierda, un poco más abajo, Marcolini, Pierre, que hace esas tartas de chocolate en las que miras, y te ves.
A todo esto, y por la calle adoquinada bajan majestuosos, despacio y para que se les vea, un montón de Bentleys, Ferraris nuevos y viejos, algún que otro Aston Martin, Jaguars con y sin capota y tribus de Harley Davidson. El otro día debía de ser alguna conmemoración de Volkswagen porque pasaron 117 'escarabajos'. Estaban contentos y tocaban el claxon. No sé si les permitirán repetirlo.
Un poco más abajo hay un monumento muy solemne con alguien encima en el que nadie se fija pero al final de la plaza, junto a la gran brasserie de Leffe, la Loto belga desplegó hace meses un anuncio en el que se veía a un 'mindundi' con aspecto de 'mindundi', acodado sobre el capot de un Rolls Royce horteramente tuneado, con el mensaje siguiente: «Usted puede ser escandalosamente rico». Sutil, ¿verdad?
El Sablon es una plaza típica de Bruselas. De menor reputación internacional que la Grand Place, pero con su sabor. Intenso. Está en ligera pendiente y desde el alto la preside la Église de Notre Dame du Sablon, una soberbia pieza del barroco en cuyo interior vidrieras de gran belleza reproducen los escudos de armas de las viejas familias belgas que se pusieron a la tarea de hacer este reino, hoy tambaleante, a comienzos del siglo XIX.
Al Sablón, al Gran Sablon por hablar con propiedad pues a su lado está la plaza del Pequeño Sablon, célebre por las 48 delicadas estatuas de bronce que la contornean, hay que atacarlo desde arriba, desde la Rue Ducale, por la que el rey transita camino de palacio, para bajar andando sin fatiga hasta sus últimos vericuetos.
La primera parada bien puede ser la de un concesionario de Mercedes que desafía con desprecio olímpico la teoría de que los coches se venden en el extrarradio. En el interior se puede admirar un 'Maybach' a 480.000 euros, con esos asientos traseros tan parecidos a los butacones de la business class que anhelas al repasar la revista de la compañía aérea que hace la proeza anatómico-forense de comprimirte en un espacio increíblemente pequeño durante dos horas. O un 'McLaren-Mercedes', algo más caro, para qué entrar en detalles, similar a aquél con el que Scarlett Johanson se estrelló huyendo -dijo- de los fotógrafos en Los Ángeles. Lo que debían de correr los fotógrafos...
Un poco más abajo, a la izquierda, hay una tienda de antigüedades que comercia con diseño escandinavo y con arte tribal africano. A la vez y sin despeinarse. Mirando los abalorios del escaparate te preguntas si no ha vuelto a casa el cofre de bagatelas del explorador que cambiaba espejitos por marfil. Aunque para marfil, un poco más abajo. No conviene guiarse por las etiquetas adheridas al pie de las figurillas chinas de personajes regordetes, que reproducen posturas del Kama Sutra: señalan la referencia, no el precio.
Pasito a pasito, llegamos al mercadillo de antigüedades. Son sieste filas de tenderetes cubiertos -incluso con hornillo de calefacción (el invierno es duro aquí)-, en los que hay de casi todo: objetos de culto masónico entremezclados con candelabros de iglesia y angelotes policromados que habrán salido vaya usted a saber de qué templo parroquial de Castilla la Vieja, grabados antiguos, cristales de Murano, de la Prusia de Metternich o de Val Saint Lambert, condecoraciones, bronces, lustres y lámparas, pomos de puerta y calentadores de cama en latón, óleos y acuarelas, iconos que venden como rusos, -con lo difícil que es sacarlos de allí-, porcelana antigua... En fin, un batiburrillo espectacular.
El mercadillo de antigüedades del Sablon, mundialmente famoso, es agotador. Por su variedad y porque hay que recorrerlo en horizontal, que no cuesta abajo. Pero bien pocos metros adelante, a la derecha, que es donde da el sol cuando lo hay, están esos barecillos vagamente informales con sus sillas al aire, igual que el ombligo de Sophie, que pasea con energía propia de una cantinera muniquesa, con un cuerpo tres veces menor, una bandeja cargada de cosas que nada tienen que ver con el kalimotxo: limón caliente, menta de hojas, cerveza trapista de segunda ¡ y hasta tercera! fermentación, capuccino a la espuma de leche, chardonnay, gewurstraminer, moselas variados, sancerre o muscadet. Personalmente, prefiero el burdeos.
Mousses legendarias
Recompuestas las fuerzas tras el aperitivo, y si no te quedas a comer en uno de esos restaurantes a los que hay que llegar pronto, para que la chaqueta que dejas en el perchero -todo es como familiar- te la aromatice el perfume del visón que le va encima poco después, siempre hay la posibilidad de hacerse con un postre para casa. A la derecha está Wittamer, con sus mousses legendarias, y a la izquierda, un poco más abajo, Marcolini, Pierre, que hace esas tartas de chocolate en las que miras, y te ves.
A todo esto, y por la calle adoquinada bajan majestuosos, despacio y para que se les vea, un montón de Bentleys, Ferraris nuevos y viejos, algún que otro Aston Martin, Jaguars con y sin capota y tribus de Harley Davidson. El otro día debía de ser alguna conmemoración de Volkswagen porque pasaron 117 'escarabajos'. Estaban contentos y tocaban el claxon. No sé si les permitirán repetirlo.
Un poco más abajo hay un monumento muy solemne con alguien encima en el que nadie se fija pero al final de la plaza, junto a la gran brasserie de Leffe, la Loto belga desplegó hace meses un anuncio en el que se veía a un 'mindundi' con aspecto de 'mindundi', acodado sobre el capot de un Rolls Royce horteramente tuneado, con el mensaje siguiente: «Usted puede ser escandalosamente rico». Sutil, ¿verdad?
domingo, 10 de septiembre de 2006
Remando por el Secarral
BRUSELAS
Si fuera cierto que los que hablan del tiempo es porque no tienen otro tema de conversación los belgas serían gente banal, pero como en Bruselas, estos días, del tiempo hablan no sólo los belgas sino todo el mundo, y que en ese “todo el mundo” está comprendida la pléyade de empleados de multinacionales, diplomáticos y funcionarios que pulula por esta urbe, habrá que pensar que cuando el río suena, agua lleva.
Aunque las crecidas sean por meses. En julio, por ejemplo, el río de la meteorología de Bélgica se secó, pero en agosto hubo inundaciones, de modo que los grandes almacenes no saben a qué carta quedarse: si al climatizador o a la piragua.
Julio de 2006 ha sido el mes más caluroso de la historia de Bélgica. Al menos de la historia de la que se guardan registros meteorológicos que, en este caso, se remonta hasta 1833. Los responsables del Observatorio Real de Uccle, un barrio de Bruselas, comparecieron solemnes ante los medios informativos a finales de ese mes, para confirmar lo que los sobacos del personal habían proclamado rotundamente en el metro de la villa, día tras día: que como este Julio, ninguno.
La media registrada a todo lo largo del mes fue de 21,8 grados centígrados, cuando la normal de la época suele situarse en torno a los 17,2 y un día, el 19, los termómetros señalaron el récord de calor del siglo: 36,2 grados centígrados.
Los termómetros oficiales deben reunir una serie de características para que sus mediciones no se vean influidas por factores variables: están aislados del suelo, los reflejos y las corrientes de aire. Y permanecen a la sombra.
La gente no, de modo que en la capital de Europa ha sido relativamente frecuente, este verano, encontrar 40 grados de temperatura en la calle.
Trasladar el horno de Sevilla a Bruselas tiene sus consecuencias. Primero, porque la gente, en estas latitudes, no está acostumbrada al calor y no comprende que la siesta no es un homenaje gratuito de la gente del sur al buen vivir, sino un depurado mecanismo de supervivencia para cuando el calor aplatana la existencia, a las 3 de la tarde.
Los bocadillos o las pizzas injeridas de pie en un aquí te pillo, aquí te mato, que es como la mayor parte de la gente de las oficinas se alimenta en esta ciudad, son incompatibles con semejantes temperaturas.
Y, segundo, porque si la gente no está preparada para el calor, las casas tampoco, de modo que en Julio no era del todo imposible –el resto del año sí-, ver gente en la calle a las 10 de la noche.
Claro que llegó Agosto, y las cosas cambiaron. Por completo.
Los del Observatorio han vuelto a presentarse ante la ciudadanía para anunciar que este de 2006 ha sido el Agosto más sombrío de la historia de Bélgica, con 94 horas y 30 minutos de sol, menos que el récord de 104 horas que ostentaba 1912.
Y ha llovido, ¡vaya que sí ha llovido!: 202,3 litros por metro cuadrado, aunque el récord de 231 litros registrados en 1996 no se haya visto sobrepasado.
La gente del Observatorio ha sentenciado que 22 días de boina nubosa en agosto es algo anormal. Incluso para Bruselas.
La capital de Europa es una ciudad horizontal que se extiende por una superficie similar a la de Madrid, pero con una cuarta parte de sus habitantes. Abundan las viviendas unifamiliares con jardín. Quienes se fueron en Julio sin aprestar un sistema de riego con temporizador han encontrado la hierba, al volver, como un secarral, pero a los que lo hicieron en Agosto les habrá brotado una charca con patos en la zaguera de la casa, a poco que el terreno drenara mal.
En Drogenbos, otra de las comunas de Bruselas, hubo inundaciones y más de uno, y de dos, se quedaron atrapados durante horas en ascensores que se habían quedado sin corriente, hasta que los bomberos vinieron a rescatarlos.
Como mi amigo Luc, 130 kilos de mala conciencia, que sufrió los ardores de Julio en camiseta blanca de tirantes, sin encontrar postura sobre una silla de playa al fondo del jardín, bajo el pino.
El ministerio belga de Hacienda vive estos días sobresaltado, entre las ayudas que les reclaman los agricultores porque los calores de julio les han arruinado la cosecha y las deducciones por daños de vivienda, debido a lluvias excepcionales de agosto.
Y en Bouillon, donde nació Godofredo, el de la Primera Cruzada, los comerciantes han dado por concluida la temporada turística con maldiciones mal contenidas al Servicio Meteorológico Nacional, que anticipó dos meses de verano deplorables cuando, al final, sólo uno de ellos lo ha sido verdaderamente. El castillo de don Godofredo había recibido hasta finales de julio 160 visitantes menos que en 2005, un año que mereció la calificación de mediocre por la oficina de Turismo local, y en hostelería sólo los restaurantes con terraza pudieron hacer su julio, porque Agosto no le ha dado bola a nadie. Ni a las tiendas de alquiler de piraguas que, sin embargo, sí que hicieron negocio el mes precedente.
Las canoas, en Agosto, se reservaron para las calles de Drogenbos.
Así vamos: bajando por la torrentera del cambio climático, camino de la alcantarilla cósmica.
domingo, 23 de julio de 2006
Las Basuras de Colorines de Bélgica
Dicen los agoreros de ese futuro necesariamente peor que la humanidad va a perecer sepultada bajo sus propias basuras y los belgas, gente práctica y realista donde la haya, han decidido que si eso tiene que pasar, que cada cual vaya pechando ya con su carga y que, además, la clasifique por colores, para saber de antemano dónde huele y dónde no.
La recogida de basuras en Bélgica es uno de los servicios públicos de este país que más desconcierta a los extranjeros, a los mediterráneos sobre todo.
Aquí, el basurero no pasa todos los días. El servicio actúa por barrios según jornadas y retira unas cosas u otras, en función de si ese día toca o no..
En algunas zonas, por ejemplo, los domingos están destinados a los desechos menores del jardín como la hierba cortada o las hojas.
Los viernes, de mañana, los camiones se llevan la basura sin clasificar, de tipo orgánico, que vuelven a llevarse también los martes, junto con el papel, el cartón y otros residuos como el vidrio, los tetra-briks, las latas, etc.
Cada cosa, por lo tanto, tiene sus días (escasos, en ocasiones una sola vez a la semana), lo que obliga al ciudadano a dos ejercicios de intensidad pareja: almacenar basura en casa durante varios días y preguntarse constantemente qué bolsas tiene que sacar a la calle en las jornadas del calendario semanal en las que la providencia pública le libera de una parte de tan indeseable carga.
Consciente de todas estas dificultades, la basura belga ha buscado fórmulas para hacerles la vida más llevadera a sus clientes.
Los colores, por ejemplo. La basura no es bonita y ya se sabe que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Pero medio metro cúbico de basura dejada a su libre expansión en el interior de un domicilio puede tentar al propietario si no a echarse al monte, que este país es muy plano, si a sentirse arrojado de vuelta a la edad de las cavernas.
Y tampoco se trata de eso, sino de preparar el futuro, ¿no?.
De modo que a la basura, en Bélgica, hay que empaquetarla por colores. La orgánica no seleccionada va en bolsas blancas, la de jardín en verdes, el papel y el cartón en amarillas y las latas, los vidrios y demás artículos sólidos en azules.
Las aceras de los ciudadanos modélicos de este país –todos- presentan, los martes de madrugada, primorosas pilas de bolsas amarillas, azules y blancas; los viernes sólo blancas; y los domingos verdes.
Las bolsas, claro está, son particularmente sólidas. No podrían soportar de otro modo las tensiones de la fermentación.
Y vienen semitransparentes, de modo que el providencial hombre de la basura que nos desembaraza con cuenta gotas de los metros cúbicos de residuos que almacenamos en casa pueda certificar que, efectivamente, el contenido responde al color del envoltorio.
Los vecinos, de paso, verifican si sus conciudadanos se han dado a la cerveza el fin de semana y lo que se ha comido en la fiesta de la casa de al lado.
Cuestan, las bolsas, 55 de las antiguas pesetas cada una.
Algunos ayuntamientos, siempre necesitados de dinero, han descubierto en esto de las bolsas de basura un filón: les estampan un escudo de la comuna y exigen que en su demarcación territorial no se vendan otras.
Y eso que vivimos en un mercado común, donde cada cual debería poder procurarse bolsas verdes, azules, blancas y amarillas a su antojo, al precio del mejor postor.
Porque, a fin de cuentas, ¿por qué los belgas no pueden viajar a Londres en el Tren de Alta Velocidad, a comprar bolsas de basura verdes, amarillas, azules y blancas?. Si hasta les saldría a cuenta…
En las grandes superficies menudean las ofertas para gestionar ordenadamente semejante batiburrillo de olores y colores. A una de ella le dieron un premio porque tiene tapa, portarrollos (de bolsas de basuras, claro) y un sistema de ensamblaje que facilita el encaje simultáneo de tres o cuatro de ellas.
No es un modelo pensado para pisos de 30 metros cuadrados.
Todo este follón esta concebido en función del desmesurado costo de la mano de obra en este país, y de las necesidades del reciclado. Un incinerador quemando hojas sale mucho más económico que fundiendo metal.
Pero, al fin y a la postre, con unas y otros la combustión fabrica dioxinas que terminan en los pollos dioxinados que Bélgica vende a montones por toda Europa, como pudo verse hace unos pocos años.
Los controles de dioxinas y de sus precursores, los PCB, en el entorno de las incineradoras cuestan un dineral.
De modo que lo que no se va en lágrimas, se va en suspiros.
Claro que el fabricante de bolsas…
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