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domingo, 21 de julio de 2013

Intrahistorias




Hay una serie de episodios en la historia de España como miembro de la UE que han marcado las conciencias de generaciones, como ejemplo de agravios profundos de Europa al derecho y los intereses nacionales. Yo voy a hablar aquí hoy de tres: la denominada "guerra del fletán" negro con Canadá , los incentivos fiscales a la inversión en el País Vasco y Navarra y el "tax lease" de ayudas al Naval.

De estos casos, en los dos primeros hay aspectos de la historia que no han trascendido nunca y que ayudan a comprender los porqués últimos de una cadencia de acontecimientos que sirvió para fundamentar la impresión de que Europa nos maltrata. En el tercero, hay cosas que están por ver. El fletán primero.

Contraviniendo las indicaciones sobre la evidente sobrecapacidad de la flota pesquera española, la Galicia presidida por el socialista González-Laxe promovió, en los años 80 del siglo pasado, la construcción de una flota congeladora de arrastre formada por cuatro decenas de grandes buques, concebida para faenar en caladeros distantes. En 1977 había sido adoptado el principio de la exclusividad de las 200 millas, luego el panorama no parecía el más propicio para la encomienda, pero fue acometida.

En virtud de unos acuerdos con Sudáfrica, esa flota se fue a Namibia, donde, según contaban los ojeadores, "había merluzas grandes como hombres". Cuando el país se independizó de su metrópolis, el 31 de marzo de 1990, el primer acto del nuevo gobierno soberano fue expulsar a aquella flota y a los demás barcos extranjeros -173 en total, 110 españoles- que habían esquilmado el caladero hasta extremos alarmantes. Si a comienzos de los 80, las capturas de los alevines de merluza representaban el 5 o el 6 por ciento del total, antes de la expulsión de la flota se situaban en el 80 por ciento.

Los buques, tras una corta estancia en Malvinas, se quedaron finalmente sin cardumen con el que llenar sus grandes bodegas y tuvieron que volver a Vigo, a amarrar, donde sobrevivieron con ayudas de la Unión Europea. Pero pronto encontraron sustituto a la merluza surafricana: el fletán. Una serie de trabajos exploratorios realizados con fondos públicos y privados en el Atlántico norte, fuera de los 200 millas canadienses, y  otros ensayos técnicos en grandes pesqueros nacionales, habían revelado la existencia de un caladero gigantesco de la especie, a grandes profundidades (1.000 y más metros). Cuando todo cuadró, desde el ministerio se le dijo a la flota: "no vayáis todos juntos, que los canadienses se van a mosquear". Aparejaron y se fueron. Todos juntos.


Incentivos fiscales vascos. Todo el mundo coincide en que hay un antes y un después en este farragoso expediente, que ha consumido recursos sin cuento de las administraciones públicas vascas y central, además de esfuerzos diplomáticos a todos los niveles. El "antes" es todo lo que ocurre hasta el verano de 1999, cuando las actuaciones de Bruselas contra la incentivación fiscal vasca se limitaban a casos individualizados (Daewoo-Demesa, Ramondín). Aquel verano, en cambio, Karel Van Miert, comisario de la Competencia, realizó un giro copernicano y  cargó directamente contra el mecanismo en sí de las ayudas, acción esta de la que se han sucedido las ulteriores condenas del mecanismo, la cadena de recursos interpuestos y la obligatoriedad de recuperar las ayudas. ¿Qué hizo cambiar de opinión a Van Miert?: pues un cabrero monumental con Marcelino Oreja, firme defensor de las ayudas fiscales vascas en la Comisión. El comisario español, responsable de Cultura,  incomodó profundamente a su compañero de la Competencia, en una asunto de fijación de precios de libros entre el Börsenverein des deutschen Buchhandels germano y los austriacos Hauptverband des österreichischen Buchhandels y Bundesgremium des Handels mit Büchern. Y se vengó abriendo el malhadado expediente.



Y llegamos al naval. Imagínense ustedes un sector industrial sumamente competitivo, en el que los actores se cuentan, casi, con los dedos de la mano, que lucha por contratos en todo el mundo frente a países de extremo oriente, en los que se ejerce el dumping sin ningún rubor. Milagrosamente, tras un largo periodo de reestructuraciones muy problemáticas, el sector vive, a escala europea, un largo periodo de calma y estabilidad. ¿Milagrosamente? Vamos a seguir imaginando. ¿Y si la paz en este sector, de ordinario convulso, responde a que sus actores se han repartido el mercado, mediante prácticas y acuerdos completamente ilegales pero que permanecen ocultos? ¿Y si un miembro de ese pacto hubiera decidido saltárselo a la torera, y hubiera invadido territorio ajeno? El agredido se revolvería, ¿no?

 Más preguntas: ¿cómo es posible que un régimen de ayudas de Estado, de cuya inminente entrada en aplicación se tenía noticias en Bruselas desde 2001, (la Decisión de la Comisión de esta semana habla de una carta enviada con requerimientos de información al respecto ese año) haya permanecido completamente operacional desde 2002 hasta su denuncia en Bruselas por una parte significativa del sector naval europeo, en 2011, después de que a su amparo se hayan construido 273 buques? ¿No es mucha  tardanza en la reacción de un sector donde se sabe absolutamente todo lo que está haciendo la competencia? ¿Qué justifica semejante retraso, cuando la invalidación del régimen en cuestión habría de reportar pingües beneficios a la competencia de los astilleros españoles?

El runrún este atruena en los corredores de la Comisión europea. Me consta.


¿La intrahistoria unamuniana? Dedúzcala usted mismo

sábado, 19 de enero de 2013

Menos arrogancia y más ayuda

La Puerta de Brandeburgo, corazón de la Alemania unificada

En los primeros momentos de la unificación alemana, cuando Mitterrand no se callaba su “no”, y Felipe González acertaba al decir que “sí”, la mayor parte de los políticos y los empresarios alemanes tenía muy claro que el restablecimiento de una hegemonía germana de corte intransigente sobre  Europa terminaría siendo contraproducente, a plazo, para los propios intereses alemanes. La talla del sistema financiero, de sus compañías de seguros, de su industria, comenzarían generando desconfianza entre sus socios. Y de ella, de la desconfianza, vendrían después las renuencias y las suspicacias, exactamente el limus en el que no puede prosperar un proyecto de integración como el definido por el Tratado de Lisboa.

Cuando comenzamos el quinto año de crisis desde el hundimiento de Lehman Brothers, viene al caso preguntarse si las élites alemanas guardan todavía aquella percepción. El desarrollo de acontecimientos recientes lleva a pensar que no.

Empecemos por España. El 16, miércoles, nos desayunábamos con una entrevista del Financial Times a Mariano Rajoy. Por lo visto, también el mensaje nacional, no ya los pasivos de nuestro sistema financiero, tiene que ser auditado en el exterior para resultar creíble. En fin. El presidente español decía lo que le es propio. Sucintamente, que lo está haciendo bien y que quien tiene que tirar del carro ahora es Alemania, que es la que puede, porque la economía necesita una inyección de optimismo. Le contestaron inmediatamente desde Berlín con la martingala de siempre: no es momento para incentivar la economía porque eso entrañaría un incremento del déficit público y de lo que se trata, precisamente, es de lo contrario, de reducirlo.

Simultáneamente a las demandas de Rajoy, que yo creo justificadas, saltaba al primer plano la noticia de que Alemania ha decidido repatriar una parte significativa de las reservas de oro que tiene depositadas en París y Nueva York. Se trata de 674 toneladas métricas en total, 374 de las cuales están protegidas por las cámaras acorazadas del Banco de Francia, a las que se suman otras 300 (un 20%), de las que reposan en los sótanos de la Reserva Federal de Nueva York, con un valor en su conjunto de 27.000 millones de euros. La migración durará hasta 2020. La decisión no concierne al oro que el Bundesbank tiene guardado en el Banco de Inglaterra (500 Tm) ni a la parte restante, 1.200 Tm, del que se encuentra en los EE.UU. La medida responde, según el Banco Central alemán, a la “necesidad de reforzar la credibilidad de las reservas alemanas”. Curiosa razón cuando ese mismo día, el Süddeutsche Zeitung revelaba, basándose en el último informe de la Oficina Federal de Estadísticas germana, que el Estado federal, sus länder y los ayuntamientos de todo el país cerraron 2012 con superávit presupuestario. Alemania se está financiando a costo cero desde hace meses pero repatría parte de su oro. Y el que deja fuera, lo confía a países que nada tienen que ver con la zona euro. Curioso, ¿no?

Un cambio de escenario nos sitúa en el Londres de David Cameron, que conserva el oro alemán pero a quien se le ha recomendado desde Berlín, a lo que se ve muy vivamente, que no pronuncie su muy esperado discurso sobre la visión británica de la integración europea el 22 de enero, como estaba previsto. En Berlín incomodaba, y mucho, que Cameron dejara entrever la posibilidad de un descuelgue británico parcial de Europa precisamente el día en el que se conmemora el 50 aniversario del Tratado del Eliseo, con el que Alemania y Francia dieron por zanjados dos siglos de disputas sangrientas. Al final, Cameron optó por el 18 para lanzar su speech pero la crisis argelina le dio la oportunidad de posponer una vez más su tan esperada comparecencia.

Un tercer apunte: las discusiones para la fijación del marco financiero plurianual, tras el fracaso de la cumbre de noviembre, no muestran grandes avances, a pesar de que las diferencias de competitividad de la Eurozona apuntan la necesidad de transferir 250.000 millones de euros a los países del sur (tesis de Jacques Sapir, Patrick Artus, el economista jefe de Natixis, habla de 320.000) cada año y durante toda una década, para acabar con los desequilibrios de competitividad. Esos que Berlín quiere que se corrijan sólo con austeridad. Lo que se discute actualmente en  el MFP no llega al 1 por ciento de la Renta Nacional Bruta ¡de toda la UE!

No puede pretenderse con ecuanimidad que Alemania destine un 8 por ciento de su PIB a las economías más débiles de la Eurozona, y durante toda una década, cuando a la absorción de los 18 millones de habitantes de la República Democrática Alemana asignó, en los momentos de mayor costo, un 4,5 por ciento de su PIB. Pero Berlín tampoco debería ignorar que, aún sin haberlo pretendido, la corrección de los desequilibrios financieros básicos de la Eurozona le está reportando pingües beneficios, muchos más que los que objetivamente está dedicando a auxiliar a sus socios en caída libre.

Alemania no puede seguir pretendiendo que los "holgazanes"  del sur soporten plenamente el costo de sus redenciones. Primero, porque el esfuerzo que han (hemos) realizado en este afán es muy importante y, segundo, porque Berlín está extrayendo un cuantioso rendimiento económico de la operación. Podría pensarse que Alemania está aprovechando la situación para captar recursos con los que financiar el presupuestariamente muy peligroso envejecimiento de su población, y eso, inevitablemente, generaría desconfianza, y recelos, y suspicacias. ¿Verdad?

Ha llegado el momento de dejar atrás la arrogancia y arrimar el hombro. Por eso Rajoy tiene razón.
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