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domingo, 18 de agosto de 2013

¡A la una, a las dos...!



¿Y a las tres? El personal está conteniendo el aliento. A ver si es verdad que esta es la buena. 

Los últimos datos de Eurostat, conocidos esta semana, no es que muestren una realidad inequívoca de cambio de ciclo, pero sí confirman una tendencia a la mejoría (vean el gráfico que les adjunto) que tiene esperanza a casi toda la gente que espera el advenimiento de tiempos mejores. 

Es un término, este del  “advenimiento”, de connotaciones bíblicas, poco grato a quienes, por razones de oportunismo político o de descreimiento estructural, están instalados en el derrotismo, el fracaso y la negatividad, reales o fingidos. Lo que pasa es que el Adviento llega en la liturgia eclesial para facilitar el despertar espiritual de los creyentes, como el cambio de ciclo lo hace en la economía para la salud del PIB, de la actividad empresarial y el sosiego de los bolsillos. 

Y esta vez parece que sí es la buena porque no sólo lo dice Eurostat, sino también la Bolsa, la situación política en Alemania y Francia que son, ellas solas, casi la mitad de la economía de la Eurozona y hasta las previsiones de inversión de, por ejemplo, los industriales alemanes, un 54% de los cuales aseguran, según recientes encuestas, que se proponen invertir en 2013 más aún que en 2012, a pesar de que la infrautilización de instalaciones aumentó en 2012 por la crisis de la UE. Eso quiere decir que los industriales alemanes están convencidos de que van a vender más; en toda Europa. Lo que anticipa un resurgir del consumo interno, cuya contracción es el mal de nuestros días.

Se han dicho tantas cosas estos últimos cinco años de lo que nos ha pasado que resulta difícil encontrar un hilo conductor coherente para los acontecimientos que han tenido lugar en nuestra economía. Yo me quedo con la idea de una coalición de la Alemania de Merkel y la Francia de Sarkozy, secundada a regañadientes por Hollande, para limpiar la Eurozona de situaciones viciadas que pudieran comprometer la supervivencia de la moneda única, cuya pérdida hubiera sido extremadamente costosa para todos. El caos provocado en los mercados financieros por el hundimiento de una manera tóxica de hacer negocio, con la caída de Lehman Brothers, Fannie  Mae et alter, y las exigencias establecidas por las autoridades financieras internacionales para evitar la repetición de esos acontecimientos, precipitaron la insolvencia de una parte muy significativa del sistema bancario español, de sí seriamente debilitado por una acción política irresponsable, si no delictiva. Su salvamento ha consumido recursos ingentes, menores, en cualquier caso, que los dedicados a reflotar otras instituciones del género en Alemania, Francia, Bélgica o el Reino Unido, pero ha dejado de ser un problema mayor para la supervivencia de la economía, la cual, y a su vez, se ha visto expurgada de otros vicios que la lastraban, disparando el gasto público por encima de los potenciales de recaudación. El proceso, en España, no ha concluido –y ahí está la ingente tasa de paro para recordárnoslo- pero la viveza de la respuesta al cambio de tendencia en Alemania y Francia de los tres últimos trimestres muestran una agilidad de la que la economía española carecía hasta mediados del año pasado.

Es cierto que la vitalidad de Alemania responde a una política salarial menos restrictiva, promovida por una Angela Merkel en periodo electoral y que François Hollande necesitaba de resultados económicos positivos para recuperar su deprimida credibilidad política, pero ni aquella, ni estos, habrían podido llevarse a cabo con España o Italia en posición económica incierta. Angela Merkel no hubiera relajado su política salarial (lleva años negándose a hacerlo, desatendiendo las peticiones en este sentido formuladas por países como España) no Hollande se hubiera visto compelido a acometer las reformas estructurales de la viciada economía de su país.

Los tiempos, por lo tanto, cuadran, y el remonte de la economía europea anunciada por el BCE y la Comisión europea para este otoño, y por el Gobierno nacional para la española en particular en esa misma ventana temporal, comienza a vislumbrarse.


Buenas noticias, por lo tanto, para todos.

domingo, 11 de agosto de 2013

Una tormenta de verano


Los salarios en España crecieron por encima de la media de la UE hasta bien entrado el año pasado. Gráfico: Fernando Pescador


El Fondo Monetario Internacional ha sido una vez más piedra de escándalo, al recomendar estos días atrás para España una caída salarial del 10 por ciento en dos años, a cambio de un compromiso empresarial de oferta de empleo.

A la receta le han caído críticas en tromba, como si de una tormenta de verano se tratara. Y es que, en realidad, lo del FMI no es más que eso: una tormenta de verano, motivada por un sobrecalentamiento de la borrasca de la crisis y por el empecinamiento de unos cuantos funcionarios, los del Fondo, en justificar su sueldo.

Todo el mundo sabe que una economía mejora su competitividad si el costo por unidad producida se rebaja. En una unión monetaria como la que tenemos hay dos caminos para lograrlo: aumentar la productividad por empleado (con máquinas mejores, con una organización del trabajo más eficaz) o rebajando directamente el costo de los factores que intervienen en su elaboración, en el caso que nos ocupa el sueldo del trabajador.

El problema –para el FMI, para nosotros-, es que los sesudos analistas de Washington suelen tirar del librillo que escribieron sus predecesores, cuando lo de Bretton Woods, en plena Guerra Mundial, y aplican sus recetas desde la distancia, con una pretendida neutralidad que dista de ser real pues viene impregnada con los aceites de una ideología económica: la liberal (ahora ‘neo’)

Qué duda cabe de que una reducción generalizada de salarios, acompañada de una mayor oferta de empleo, mejoraría la competitividad de la economía española y reduciría el paro, pero mucho me temo que en España ni los sindicatos, ni los empresarios, ni el Gobierno, ni la oposición están en condiciones de cerrar un gran pacto nacional de calado semejante.

¿Y los trabajadores? ¿Aceptarían de grado una mutilación salarial de tanta importancia, en beneficio de las conveniencias de la mayoría? De ninguna manera. En un contexto de restricciones como el que vivimos, con incrementos abultados y mal justificados de costos en infinidad de servicios, y de la fiscalidad, la medida sería percibida como una imposición arbitraria, que tendría traducción inmediata, e inequívoca, en las urnas.

La propuesta del FMI va a ser ignorada, por lo tanto, en el corto plazo. ¿Y en el largo, cuando salgamos de la crisis? La verdad es que ni el Gobierno (sea el que fuere), ni los interlocutores sociales, deberían echar en saco roto la idea de que las mejoras salariales deben estar basadas en parámetros realistas, como la productividad. Dicho lo cual, y de paso, habrá que recordarles a los defensores de este último modelo que, para suscribirlo, un país como España tiene que situar su inflación en línea con la media de los de la UE. No es posible mantener diferenciales de dos puntos con ellos, como en las últimas épocas de bonanza.

Porque la verdad es que vincular salarios e inflación, como se viene haciendo en España tradicionalmente, provoca efectos contradictorios con el interés del país, como lo es el hecho de que a pesar de la crisis, los salarios en España hayan seguido creciendo por encima de la media europea y de la Eurozona hasta el segundo trimestre de 2012 (ver gráfico). En el último trimestre del año pasado, las remuneraciones laborales en España experimentaron una fuerte contracción, pero el primero de 2013 volvían a subir.

Lo del FMI es una tormenta de verano. Las realidades sobre las que sustenta su razonamiento tienen mucho más enjundia para el medio y el largo plazo

sábado, 9 de marzo de 2013

Más chanchullos


El prestigio de España en la Unión Europea está por los suelos. En momentos duros como los que vivimos, la gente tiende a pensar que son injustos con nosotros quienes someten a tan duros trances a una población de por sí castigada por procesos, como el cambio de modelo económico, cuya resolución exigiría el apoyo y la comprensión de nuestros socios comunitarios y no su desafecto. Pero la realidad es que tenemos, en estos tiempos, escasa autoridad moral para presentarnos en Europa y reclamar un trato diferencial.

Hace pocos días, la Justicia europea pronunció una sentencia demoledora para España, en un ámbito, el de las ayudas por cohesión, en el que la UE mostró en su día una amplia comprensión que, por lo visto, hemos defraudado.

La sentencia ratifica tres decisiones de la Comisión Europea de 1999 por las que se exigió a las autoridades españolas la devolución de 363 millones de euros invertidos por la Unión Europea en las comunidades autónomas de Andalucía, Valencia y el País Vasco, durante el periodo de programación de gasto que fue de 1994 hasta 1999. Esos 363 millones corresponden a un modesto 7,3% de los casi 5.000 asignados por los fondos estructurales a esas regiones españolas durante el citado periodo, pero no es la cuantía de lo reclamado el aspecto relevante de la cuestión, sino sus porqués. Y estos son que las autoridades regionales hicieron caso omiso de las normas europeas que se aplican al caso, como las condiciones para las licitaciones públicas, la inalterabilidad de los proyectos originales, la adjudicación directa de obras complementarias sin licitación previa, o su atribución en base a criterios cuestionables, como los del precio medio, la implantación local o la experiencia de la empresa adjudicataria.

Además la Comisión, siguiendo un criterio humillante para España que el Tribunal ha respetado, no verificó todos los proyectos contemplados en los Programas Operativos correspondientes, sino sólo unos pocos. Una vez constatada la recurrencia de esos fallos, aplicó un baremo reductor al conjunto de las actuaciones acometidas, lo que significa, lisa y llanamente, la abrogación de la garantía jurídica de la presunción de inocencia.

Creo haberles dicho alguna vez que el excepcional desarrollo español de finales del XX y los primeros años del XXI estuvo directamente vinculado con nuestra adhesión a la UE y a su moneda única. La liquidez extraordinaria facilitada por los mercados internacionales al país se vio complementada por otro chorro de dinero, este europeo, que llegó a través de los fondos estructurales y el de cohesión, así como por la PAC. 

Yo soy de los que piensan que ese dinero fácil actuó sobre nuestro ordenamiento político y administrativo igual que el oro de las Indias: multiplicándolo hasta la náusea y generalizando la ineficacia y la corrupción. Relean las causas de las devoluciones reclamadas. ¿No tienen todas ellas un cierto tufillo a chanchullo?

Europa nos ve como un país de políticos acomodaticios, que no aprovecharon los momentos de prosperidad para sembrar un porvenir económicamente consolidado y estable y prefirieron seguir tirando de la construcción, como si no pudiera fallar; que abusó de estructuras bancarias concebidas para fines modestos, convirtiéndolas en remedos de bancas públicas regionales, a las que se sometió después a todo género de arbitrariedades y rapiñas sin que el Banco de España, independiente según los acuerdos de Maastricht sobre la Unión Monetaria, hiciera nada para impedirlo; que desoyó los consejos europeos sobre la excesiva dependencia de la banca que tenía la población a través del crédito privado; y que, en fin, malversó parte de las ayudas europeas para el desarrollo y la reestructuración del país. A santo de qué esos majestuosos palacios de la cultura en poblaciones que no los justificarán nunca.

Es verdad que otros países (Italia, Francia) no están mucho mejor, pero disfrutan de más credibilidad. Tienen más peso en Europa. Nosotros hemos perdido el que teníamos.

Comprendo bien a Javier Solana cuando, a mediados del mes pasado, pidió a sus correligionarios que no se dejaran llevar por una retórica antieuropea a todas luces injusta. Los problemas de España son, primero, españoles, y es a nosotros a quien nos incumbe resolverlos.

sábado, 19 de enero de 2013

Menos arrogancia y más ayuda

La Puerta de Brandeburgo, corazón de la Alemania unificada

En los primeros momentos de la unificación alemana, cuando Mitterrand no se callaba su “no”, y Felipe González acertaba al decir que “sí”, la mayor parte de los políticos y los empresarios alemanes tenía muy claro que el restablecimiento de una hegemonía germana de corte intransigente sobre  Europa terminaría siendo contraproducente, a plazo, para los propios intereses alemanes. La talla del sistema financiero, de sus compañías de seguros, de su industria, comenzarían generando desconfianza entre sus socios. Y de ella, de la desconfianza, vendrían después las renuencias y las suspicacias, exactamente el limus en el que no puede prosperar un proyecto de integración como el definido por el Tratado de Lisboa.

Cuando comenzamos el quinto año de crisis desde el hundimiento de Lehman Brothers, viene al caso preguntarse si las élites alemanas guardan todavía aquella percepción. El desarrollo de acontecimientos recientes lleva a pensar que no.

Empecemos por España. El 16, miércoles, nos desayunábamos con una entrevista del Financial Times a Mariano Rajoy. Por lo visto, también el mensaje nacional, no ya los pasivos de nuestro sistema financiero, tiene que ser auditado en el exterior para resultar creíble. En fin. El presidente español decía lo que le es propio. Sucintamente, que lo está haciendo bien y que quien tiene que tirar del carro ahora es Alemania, que es la que puede, porque la economía necesita una inyección de optimismo. Le contestaron inmediatamente desde Berlín con la martingala de siempre: no es momento para incentivar la economía porque eso entrañaría un incremento del déficit público y de lo que se trata, precisamente, es de lo contrario, de reducirlo.

Simultáneamente a las demandas de Rajoy, que yo creo justificadas, saltaba al primer plano la noticia de que Alemania ha decidido repatriar una parte significativa de las reservas de oro que tiene depositadas en París y Nueva York. Se trata de 674 toneladas métricas en total, 374 de las cuales están protegidas por las cámaras acorazadas del Banco de Francia, a las que se suman otras 300 (un 20%), de las que reposan en los sótanos de la Reserva Federal de Nueva York, con un valor en su conjunto de 27.000 millones de euros. La migración durará hasta 2020. La decisión no concierne al oro que el Bundesbank tiene guardado en el Banco de Inglaterra (500 Tm) ni a la parte restante, 1.200 Tm, del que se encuentra en los EE.UU. La medida responde, según el Banco Central alemán, a la “necesidad de reforzar la credibilidad de las reservas alemanas”. Curiosa razón cuando ese mismo día, el Süddeutsche Zeitung revelaba, basándose en el último informe de la Oficina Federal de Estadísticas germana, que el Estado federal, sus länder y los ayuntamientos de todo el país cerraron 2012 con superávit presupuestario. Alemania se está financiando a costo cero desde hace meses pero repatría parte de su oro. Y el que deja fuera, lo confía a países que nada tienen que ver con la zona euro. Curioso, ¿no?

Un cambio de escenario nos sitúa en el Londres de David Cameron, que conserva el oro alemán pero a quien se le ha recomendado desde Berlín, a lo que se ve muy vivamente, que no pronuncie su muy esperado discurso sobre la visión británica de la integración europea el 22 de enero, como estaba previsto. En Berlín incomodaba, y mucho, que Cameron dejara entrever la posibilidad de un descuelgue británico parcial de Europa precisamente el día en el que se conmemora el 50 aniversario del Tratado del Eliseo, con el que Alemania y Francia dieron por zanjados dos siglos de disputas sangrientas. Al final, Cameron optó por el 18 para lanzar su speech pero la crisis argelina le dio la oportunidad de posponer una vez más su tan esperada comparecencia.

Un tercer apunte: las discusiones para la fijación del marco financiero plurianual, tras el fracaso de la cumbre de noviembre, no muestran grandes avances, a pesar de que las diferencias de competitividad de la Eurozona apuntan la necesidad de transferir 250.000 millones de euros a los países del sur (tesis de Jacques Sapir, Patrick Artus, el economista jefe de Natixis, habla de 320.000) cada año y durante toda una década, para acabar con los desequilibrios de competitividad. Esos que Berlín quiere que se corrijan sólo con austeridad. Lo que se discute actualmente en  el MFP no llega al 1 por ciento de la Renta Nacional Bruta ¡de toda la UE!

No puede pretenderse con ecuanimidad que Alemania destine un 8 por ciento de su PIB a las economías más débiles de la Eurozona, y durante toda una década, cuando a la absorción de los 18 millones de habitantes de la República Democrática Alemana asignó, en los momentos de mayor costo, un 4,5 por ciento de su PIB. Pero Berlín tampoco debería ignorar que, aún sin haberlo pretendido, la corrección de los desequilibrios financieros básicos de la Eurozona le está reportando pingües beneficios, muchos más que los que objetivamente está dedicando a auxiliar a sus socios en caída libre.

Alemania no puede seguir pretendiendo que los "holgazanes"  del sur soporten plenamente el costo de sus redenciones. Primero, porque el esfuerzo que han (hemos) realizado en este afán es muy importante y, segundo, porque Berlín está extrayendo un cuantioso rendimiento económico de la operación. Podría pensarse que Alemania está aprovechando la situación para captar recursos con los que financiar el presupuestariamente muy peligroso envejecimiento de su población, y eso, inevitablemente, generaría desconfianza, y recelos, y suspicacias. ¿Verdad?

Ha llegado el momento de dejar atrás la arrogancia y arrimar el hombro. Por eso Rajoy tiene razón.

domingo, 21 de octubre de 2012

Todo el poder para Merkel

 

La primera lectura que se extrae de la última cumbre europea, la que tuvo lugar los pasados jueves y viernes, es que Angela Merkel no tiene contrapeso real en Europa. La Francia de François Hollande, que tantas esperanzas había despertado en ciertos ambientes, principalmente de izquierdas, no es capaz de introducir cambios sustanciales en el orden de prioridades de la canciller germana. Tampoco en su calendario.

 

Porque si por algo se caracterizan los acuerdos del último Consejo Europeo es por el limpio trazado que le dejan a Angela Merkel en el proceso electoral que se le anticipan para el próximo año (habrá elecciones federales el 27 de octubre) y por el plazo que la banca regional alemana gana con ellos para poner a punto sus comprometidos balances, ante la eventualidad de una supervisión bancaria exterior, la que acometerá en su momento, hacia 2014 en todas sus vertientes, el BCE en su condición de supervisor único de los 6.000 los bancos de la Eurozona, según los pactos de la cumbre.

 

Tampoco el documento que han realizado los presidentes del Consejo Europeo, la Comisión, el BCE y el Eurogrupo (“Hacia una Unión Económica y Monetaria Genuina”) cuya versión provisional aprobó la cumbre el viernes, plantea ninguna dificultad relevante a Berlín.

 

La crisis de la deuda ha consolidado el poder alemán en Europa. A finales de la década pasada, hacia 2008-2009, Alemania era la referencia obligada de todo acuerdo de entidad en la Europa comunitaria. Pero su poder se ejercía habitualmente desde la sombra, en el núcleo de las discusiones a puerta cerrada de las que sólo emergía el consenso alcanzado. Porque la UE nunca habla de sus disensos. Ahora eso ha cambiado; ya sea porque François Hollande ha cortado los puentes tendidos por su predecesor, Nicolas Sarkozy con Berlín, ya porque la arrogancia alemana no soporta simulaciones, lo cierto es que se pretenda y diga lo que se quiera, lo que se hace es lo que acepta la canciller alemana.

 

Angela Merkel no quiere una Unión Bancaria (y su supervisor único) para comienzos de año. Dice que es un tema complicado, que hay que preparar bien y a partir de un marco jurídico concreto. En la práctica, la dilación establecida esta semana con respecto a las declaraciones de la cumbre de junio, permitirá a los bancos regionales alemanes sanear posiciones porque, esta vez sí, ha quedado establecido en la cumbre que la supervisión bancaria europea alcanzará a los 6.000 bancos de la Eurozona. Ya lo apuntó la Comisión europea el pasado mayo, al señalarle a Berlín que sus planes para la mejora de la situación de sus landenbanken adolecían de falta de ambición. Antes, en febrero de 2011, el vicepresidente Almunia había recordado en la capital alemana, durante unas jornadas organizadas por el diario Handelsblatt que los bancos regionales alemanes necesitaban ser reestructurados ya antes de la crisis de los activos tóxicos y que esta exigencia, con aquella, había devenido imperativa. Citó Almunia al WestLB, al HSH Nordbank, al BayernLB, así como al Hypo Real Estate, la gran caja hipotecaria germana ya rescatada en los primeros momentos de la crisis.

 

No debe extrañar, por lo dicho, que en su primera propuesta para la supervisión bancaria europea, Alemania pretendiera circunscribir las competencias del nuevo gendarme a los bancos de alcance sistémico, es decir y por lo que a la RFA respecta, al Deutschebank y al Commerzbank.

 

La pretensión no ha prosperado porque ahí está el triste caso de las cajas españolas, que sin ser sistémicas han llevado a las capacidades financieras del Estado español al límite en esta crisis.

 

A España, el cambio de calendario le viene mal, pero nada puede hacer. De ahí que Mariano Rajoy, en la conferencia de prensa con la que concluyó su presencia en Bruselas, enfatizara la determinación de Alemania en resolver los problemas de la Unión Monetaria.

 

Al ritmo alemán, claro.

 

lunes, 1 de octubre de 2012

Pintan bastos en Europa para España


Es posible que a Mariano Rajoy no le gusten las prisas y que Luis de Guindos participe de ese sentimiento porque esta misma semana, el ministro de Economía ha establecido una diferencia no precisamente sutil, sino expresa, entre las necesidades de concreción sobre el segundo rescate español (las compras de bonos españoles por parte del BCE en los mercados secundarios de duda) formuladas el día 17 por el comisario Almunia, y la posición oficial de la Comisión europea al respecto, que no existe. Pero se mire la cosa como se mire, forzado es constatar que los perfiles del método diseñado para frenar los carricoches de montaña rusa sobre los que la financiación de España e Italia circula por los mercados monetarios, están difuminándose bajo la agresión combinada de los operadores de esos mercados y de quienes, dentro de la Eurozona, han cuestionado siempre la presencia de economías débiles en la moneda única, con el Bundesbank, el banco central alemán, al frente.


El Gobierno español está haciendo grandes esfuerzos para hacer creíble ante los inversores internacionales su determinación por devolver la estabilidad perdida a las finanzas públicas nacionales. El muy inconfortable proyecto de presupuestos para 2013, presentado el jueves, es el paradigma de esa voluntad.

El problema, para Rajoy, para De Guindos y para todos nosotros, es que Europa tiene sus propios ritmos y, a todas luces, no coinciden con los nuestros.

El pasado día 24, Michael Meister, un halcón de la austeridad presupuestaria y portavoz de Finanzas en la CDU (el partido de Merkel), dijo que Rajoy debería detallar su posición de una vez por todas; “pedir la ayuda (la compra de bonos) si la necesita”. Aunque la posición de Meister no merezca otra consideración que la de un exabrupto más o menos extemporáneo de una persona sin la responsabilidad política exigible para realizar este género de manifestaciones, la verdad es que el clima en Europa se está degradando rápidamente para las conveniencias españolas: Alemania, Holanda y Finlandia han puesto pegas a la financiación directa de los bancos españoles por parte del Futuro Mecanismo de Estabilidad Financiera, MEDE. En ella,  España fiaba el reflotamiento de los bancos nacionales con problemas, la mayor parte de ellos resultado de fusiones entre cajas de ahorros exhaustas por abusos de sus estamentos directivos y por unas políticas de inversión disparatadas. Que la consultora Oliver Wymann cifrara el viernes en 54.000 millones esas necesidades de financiación, por debajo del margen financiero de 100.000 millones aprobado para el caso por la UE, no resta importancia a la incertidumbre derivada de si esas ayudas terminarán contabilizándose como deuda pública adicional para España.

La clarificación reclamada por Meister, también evocada por Almunia, se refería a la petición expresa que Madrid, o Roma, deben hacer para que el BCE inicie las compras masivas de deuda a corto plazo (a uno y tres años) en los mercados secundarios. Duramente criticado por esta iniciativa, el presidente del BCE, Mario Draghi, ha tenido que dar garantías a diferentes estamentos alemanes sobre la severidad de las contrapartidas que serán exigidas a los países que reclamen esa intervención.

Y el debate sobre la deuda, descarnado y muy desagradable, está comenzando a contaminar las negociaciones sobre el marco financiero plurianual de la UE entre 2014 y 2020  (lo que se conocía como “Perspectivas Financieras”). La capacidad que España tenía para reclamar una buena participación en el reparto de la futura cohesión intraeuropea se encuentra muy mermada.

domingo, 8 de julio de 2012

Un viento de locura

Tipo de cambio del dólar frente al euro, desde su creación hasta hoy. Fuente: BCE

Un viento de locura recorre Europa. Potentados alemanes están comprando propiedades en Suiza a precios astronómicos porque no confían en el euro y temen perder su dinero. Algunos ricos españoles se están haciendo con lujosas viviendas en los mayfairs y chelseas londinenses, porque anticipan la escisión de la moneda única y la devaluación brutal de sus haberes en la divisa que se les asignaría (¿el real, el duro?, la peseta es un invento catalán...) después de tan traumático proceso, en cuyo transcurso se decretarían "corralitos" y "corralones" diversos. Los inversores abandonan los mercados de valores y el Investment Company Institute daba cuenta este jueves (CNN News) de que los títulos de los fondos mutualistas estadounidenses, precisamente los que suelen garantizar (otros también) la estabilidad de las inversiones en bonos de deuda soberana a largo plazo, perdieron 1.500 millones de dólares la última semana de junio, por la desconfianza acentuada en que Europa alcance a salir de la crisis de la deuda. JPMorgan Chase & Co, Goldman Sachs Group Inc y BlackRock cerraron sus fondos en euros a nuevas inversiones tras la rebaja de tipos anunciada por el BCE el jueves (Bloomberg). Y, en fin, el escándalo del Libor londinense emponzoña todo el ambiente financiero, poniendo una interrogante monumental, otra vez, sobre las prácticas de la banca de inversiones.

Mientras tanto, aquí, en Bruselas, el Consulado español no alcanza a atender las peticiones de españoles, muchos de ellos con barba y ellas con pañuelo, de origen circunstancial en Ceuta o Melilla, que utilizan su pasaporte español como trampolín para buscar acomodos preferentes en otros rincones de la Europa de nuestros días. A veces se forman colas y en ellas se llegan a ver, también, a españoles sin barba ni pañuelo que vienen a Bélgica buscando un tajo en el que trabajar, porque allá de donde vienen no hay nada que tajar. Aquí tampoco lo encuentran.

Ustedes me perdonarán, pero este que describo es un clima propio de preguerras. Y no me paso un pelo.

Estos últimos cuatro años han dejado eso que denominábamos "el ideal europeo" por los suelos. Es verdad que esto no ha sido nunca una familia; si acaso, un matrimonio de conveniencias, en el que cada cual tenía su armario: los británicos para el cheque, los franceses para la PAC, los alemanes para el mercado interior. Pero de un tiempo a esta parte todos son reproches. Públicos y muy desagradables. Aún a riesgo de que la síntesis se lleve aspectos trascendentales de la discusión, me atrevería a decir que todo se resume a que un socio europeo, Alemania, se niega a diluir el núcleo de compromisos centrales de la moneda única, asumidos conscientemente por todos, para facilitarle la salida de la crisis, sin demasiados quebrantos, a países como Grecia, Portugal, Irlanda, Italia o España, (quizás también Francia) cuya adhesión al euro fue ampliamente cuestionada en los debates previos al lanzamiento de la moneda única, en los años 90 del pasado siglo.

La negativa de Alemania, que es ampliamente compartida por la opinión pública del país, y por los gobiernos y las poblaciones de otros socios del norte europeo, la personifican los medios y cierta clase política en la figura de Angela Merkel, que ha sido objeto de todo género de insultos y caricaturas, por parte de quienes, en realidad, no están haciendo otra cosa que pagar por el incumplimiento de sus compromisos.

Y políticos de países asistidos, como Juan Fernando López Aguilar, aparecen en TVE reclamando de la canciller alemana, con gran apremio y verborrea, un cambio en los estatutos del BCE para que compre deuda soberana, o la mutualización de la deuda y la emisión de eurobonos. Y todo ello, decía este personaje antes de la última cumbre, a fin de acopiar instrumentos para el relanzamiento económico y la generación de empleo. ¿Acaso desconoce López Aguilar que por cada mil millones de euros emitidos por el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, los contribuyentes alemanes pagan 270 millones en garantías, y 200 los franceses? Con los eurobonos, el riesgo de cobertura para los países garantes aumentarían aún más: 400 millones para Francia por cada 1.000 millones colocados, por ejemplo.

En su sonora carta de esta semana pasada, (está aquí http://www.scribd.com/doc/99486231) Hans-Werner Sinn, presidente del muniqués Ifo Institute, clamaba públicamente contra la socialización de las deudas gubernamentales y bancarias. Calificaba semejantes operaciones de injustas y como nefastas para la correcta utilización de recursos públicos. Y recordaba cómo la socialización de las deudas bancarias estadounidenses de los años 80 le costó al contribuyente americano más de 100.000 millones de dólares.

Las actitudes ante la crisis en los diferentes recovecos de nuestra Europa son tan dispares, y tan enconadas las posiciones, que al final no cabe otra cosa que preguntarse si, verdaderamente, nos merecemos una moneda común.

lunes, 11 de junio de 2012

¿Cuánto nos va a costar esto?



La hijuela. En dinero, en credibilidad, en prestigio.

En febrero de 1993, "The Economist" se preguntaba si la entonces inminente reunión de los ministros de Finanzas y de los gobernadores centrales de los países miembros del G-7 no iba a registrar la petición de entrada de España en el exclusivo club de las economías más poderosas del planeta. Citaba, para justificar su suposición, que el PIB canadiense señalado para 1992 por la OCDE ascendía a 567.000 millones de dólares, por detrás de los 585.000 del español y se permitía recordar cómo, en 1987, Italia había superado el PIB británico contabilizando un 18% de su economía sumergida (qué cosas se pueden llegar a hacer, ¿eh?), y que el entonces G-5 pasó a convertirse en G-7 para ahorrarle a Londres la humillación de verse arrojado a la cuneta.

El diferencial de PIB entre España y Canadá sigue manteniéndose, 1,47 billones de dólares para España en 2010 y 1,33 para Canadá, a falta de la estadística canadiense de 2011, pero nadie habla ya de que nuestro país reivindique un "sorpasso" a la italiana sobre esa economía norteamericana. ¿Por qué? Pues porque éramos un país con muchas dificultades económicas, y ahora tenemos a una parte de nuestro sistema financiero enchufada a un catéter por el que nos suministran auxilio económico desde el exterior. Es decir, que no hemos sido capaces de resolver nuestros propios problemas y que los demás han tenido que venir a ayudarnos.

La parte de nuestra banca que ha necesitado ser rescatada con el dinero de los impuestos de otros ciudadanos europeos es la que ha estado más expuesta a las decisiones de representantes políticos con una visión estrecha de la realidad (sus respectivos ámbitos de responsabilidad geográfica) y del corto plazo (el de la reelección) estas últimas décadas: una parte del sistema de cajas de ahorro, en cuyos consejos de administración han tenido silla, y muy bien remunerada, representantes de las formaciones políticas con mando en plaza y aún sin él.

Contrariamente a otros comentaristas, yo no considero que las sucesivas generaciones de políticos autonómicos y locales, en cuyos territorios se fraguaron los socavones financieros ahora aflorados, sean culpables de otra cosa que de estupidez y cortedad de miras. Es verdad que ha habido fraudes, corruptelas sin cuento y otras vergüenzas dolorosas, pero el negocio de la construcción era el lubricante que las administraciones locales necesitaban para funcionar, y lo han utilizado profusamente; mejor o peor, pero a manos llenas.

El problema viene de otro lado: de la total ausencia de corrección de derivas perniciosas por parte de quienes tenían que señalarlas, es decir, la Administración central del Estado y el Banco de España. El Gobierno del Estado -los sucesivos gobiernos que el Estado ha tenido en estos años de democracia y aún antes- han sufrido de la misma cortedad de miras que las corporaciones regionales y locales. Porque la construcción y el crédito que la hacía posible era una de las principales fuentes de riqueza del Estado. Y matar a la gallina de los huevos de oro era, cuando menos, arriesgado y siempre problemático.

¿Pero el Banco de España? El comunicado del Fondo Monetario Internacional emitido en la madrugada del sábado asegura que los organismos supervisores nacionales, el BdE entre ellos, «cuentan con un personal sumamente experimentado y respetado, respaldado por buenos sistemas de información». Pero, continúa, «en los últimos años, el enfoque gradual aplicado a la adopción de medidas correctivas les permitió a los bancos débiles continuar operando en detrimento de la estabilidad financiera».

En otras palabras, que el BdE ha dejado hacer.

Una de las condiciones básicas de la Unión Monetaria Europea es la independencia de los bancos centrales de los países que la integran. España asumió este requisito cuando se adhirió al euro. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, nombrado para el cargo en 2006 por José Luis Rodríguez Zapatero, no tenía ni el perfil ni el prestigio que la institución demandaba. A estas alturas de la película, está bastante claro que las labores de supervisión que el BdE debía haber llevado a cabo no han sido diligenciadas con el rigor exigible. De ahí que vayan a ser entidades extranjeras las que emitan un veredicto final sobre la situación de nuestro sector financiero, pues ni nuestros socios comunitarios, ni los mercados, se creen las que les proporcionamos.

Triste corolario para el país que propuso al Consejo Europeo la realización de los primeros test de resistencia bancaria, al considerar a su sistema como el más sólido del continente.

En el G-7 no se está para figurar. Mis amigos me cuentan que cuando los fotógrafos terminan su labor y se cierran las puertas, empiezan a pedirte dinero: que si 400 millones para Sudán, que si 700 para un fondo de apoyo a Latinoamérica, y así. ¿Y cómo un país que no es capaz de taponar los agujeros de una parte de su sistema financiero podría sentarse para hacer otras cosas que la foto de sus dirigentes?

Europa, dando una vez más muestras de solidaridad, nos vuelve a sacar las castañas del fuego, pero que nuestros dirigentes tengan claro que la próxima negociación de las Perspectivas Financieras acusará estas debilidades y que pasarán muchos años antes de que se nos vuelva a tomar en serio en los círculos internacionales de poder.


lunes, 19 de marzo de 2012

Sibilas, oráculos y videntes

Ruinas de Delfos

Anticipar el futuro siempre ha sido un ejercicio comprometido. Lo sabían bien los oráculos, las sibilas y las pitonisas de la Grecia clásica, que mandaban al peregrino a contar la longitud de los pelos de las ovejas a la luz de la luna, para anticipar el signo del oleaje en la marea siguiente y su profundidad. Ergo, la potencia de la armada de trirremes que finalmente arribaría a la costa y arramblaría con todo. Y si la profecía no funcionaba, la culpa la tenía el que medía el pelo, que no había estado fino.

En nuestros días, al depositario de la revelación le dejan poco margen para interpretar: viene el Fondo Monetario Internacional y te dice que tres cuartillos de punto y a correr. Lo malo, y en esto nuestra civilización es mucho menos austera que la de nuestros referentes clásicos, es que no sólo nos viene un vidente a contarnos el futuro, sino toda una legión de ellos: el FMI, la Comisión europea, la OCDE, los servicios de estudios de los bancos o de las cajas de ahorros, los institutos económicos (alemanes o no) y hasta consultoras de distinto signo. Nadie va a buscar el saber del vidente, como en Delfos; vienen ellos a ofrecértelo, y en pelotón. Y te dicen lo de los tres cuartillos o los de los dos cuartillos y tres cuartos, (¡fíjate, qué pesimistas!) o lo de los “escenarios” y las “horquillas”, todo ello con gran gravedad. Y el mundo enloquece porque no pocos de quienes lo dirigen se pasan media semana analizando las encuestas de voto y la otra media dándole vueltas al cuartillo. Con las unas y el otro construyen las ruedas de prensa y terminan agotados. No es de extrañar.

En la Grecia clásica, las profecías no fallaban nunca; los que erraban eran sus destinatarios, garrulos ellos, porque no las descifraban bien. Los oráculos de nuestros días, anglosajones prácticos y directos, bien distintos de sus laberínticos ancestros mediterráneos, eliminan el riesgo de que el cliente interprete mal y nos anticipan el número de trirremes que llegarán a la vuelta de unas pocas horas a la costa y su carga de energúmenos. Suele empezar el FMI y le siguen, poco después, la Comisión europea y la OCDE, y otras instituciones, públicas y privadas, en un carrusel de subidas y bajadas que se repite varias veces al año. Cuando el primero en pronunciarse dice que el carrusel sube, todos los demás le copian y cuando va para abajo, el pelotón se precipita ciegamente hacia el abismo. Este seguidismo tiene sus ventajas: equivocado uno, equivocados todos, como sucedió poco antes de la crisis de las subprime, cuando nadie barruntaba la que se nos venía encima y todos se las prometían felices. Ya sabemos de qué va esto.

Por eso, cuando en entre el griterío de los videntes se deja oír una voz disonante, hay que prestarle atención. El desafinado ha venido esta semana de la OCDE, que ha cantado un posible cambio de tendencia en el ciclo basándose en unos sofisticados indicadores compuestos, los CLIs o Composite Leading Indicators. Miden, los CLIs estos, las fluctuaciones de la actividad económica en torno al potencial de crecimiento, y presentan una onda que sube y baja a lo largo de un eje, (el citado potencial). Del análisis de la amplitud de la última curva, los oráculos de la OCDE deducen que podría estar armándose una recuperación. Incluso en el conjunto de la Eurozona, España incluida.

El gráfico de la OCDE que revela -dicen- el cambio de tendencia


No hace falta perderse en los arcanos de la Econometría para percibir que el aire trae aromas nuevos: Grecia ha terminado con la restructuración de su deuda, un trabajo hercúleo ese y el FMI le vaticina una salida de la recesión para 2013; el sistema financiero europeo dispone de una liquidez (BCE mediante) considerable; Estados Unidos tira de la máquina, como corresponde en todo año electoral; y las bolsas, en fin, suben. Por lo demás, la economía alemana va bien. Verdad es que quienes la pilotan no facilitan todavía el consumo. Temen, quizás, que los cambios profundos adoptados por varios países, como España, no terminen consolidándose, a falta de razones imperiosas como las que los han  justificado e impuesto.  Pero eso puede cambiar con la marea, cuando se perciba que esos cambios son irreversibles.

En fin, que hay motivos para el optimismo, aunque España tenga todavía que afianzar su nuevo modelo. Pero si el entorno va mejor, se producirá el tirón. El que nuestra clase gobernante espera anhelante.

martes, 21 de febrero de 2012

En Grecia, al enemigo lo tienen dentro


Los socios meridionales del euro han sufrido por la indecisión de Grecia

Por fin ha habido acuerdo sobre el segundo paquete  de rescate de Grecia. Lo han cerrado esta madrugada los ministros del Eurogrupo, reunidos en Bruselas con representantes del FMI, el Banco Central Europeo y la banca privada que adquirió bonos griegos en su día, y que va a tener que contribuir al saneamiento de las cuentas del país con una quita del 53,5%. Se traduce esta, en términos reales, en un 70%, según una nota hecha pública por el comité de acreedores privados de Grecia. Entre nuevos créditos y quita, la operación alcanza 237.000 millones de euros, 39,4 billones de las antiguas pesetas, que se suman a los 110.000 millones (18,3 billones de aquellas pesetas), ya comprometidos y entregados en el primer plan de rescate, acordado en mayo de 2010. Y se dice ahora que el país podría requerir otros 50.000 millones en 2014. 

Se trata, sin duda, de una noticia muy importante, pues el acuerdo va a cerrar un frente borrascoso cuyas influencias perniciosas se dejaban sentir en toda Europa y aún más allá. Salvo obstáculos artificiales de nuevo cuño (estoy pensando en alarmas gratuitas de las agencias de calificación de riesgo y otras maniobras sucias del género), la crisis de la deuda debería entrar ahora en un proceso de apaciguamiento, primero, y de disolución después.

La operación financiera aprobada esta madrugada conlleva una reducción de la deuda griega de 107.000 millones de euros, un volumen este sin precedentes en la historia moderna de la financiación de países, que supera la experiencia de Argentina. Se trata de una respuesta extremadamente sólida de Europa a la crisis de uno de sus socios, a pesar de que el problema se lo ha creado él mismo, y de que, consciente de su existencia, lo negó y ocultó con engaños a la Comisión y a sus compañeros de la Unión Monetaria.

Las autoridades griegas, como contraprestación a estas ayudas que salvan al país de la bancarrota, van a tener que transigir con la presencia de una delegación permanente de la troika en Atenas, que se va a encargar de supervisar el uso que se haga de estos fondos. No es una humillación gratuita: los socios europeos no se fían de Grecia y los contribuyentes, que hacen posible este paquete de ayudas con sus impuestos,  reclaman garantías de que no habrá malversaciones con ellas. Por lo demás, no se trata de un fenómeno nuevo: los acreedores de Grecia, esencialmente Alemania, Francia y el Reino Unido, recurrieron a esta figura a finales del XIX, cuando el país entró en quiebra y tuvo que ser rescatado. Los representantes permanentes de aquella troika permanecieron en Atenas entre 1897 y 1936.

La decisión de hoy del Eurogrupo y de los acreedores privados no resuelve los problemas que la crisis ha ocasionado a los griegos. En realidad,  al país y a sus ciudadanos les esperan largos años de sacrificios, antes de que comiencen a recuperar las posiciones perdidas. Para ello, además, deberán edificar una sociedad basada en los estándares de sus pares europeos, que en buena medida no aplican, a pesar de beneficiarse ampliamente de las ventajas que le reporta su permanencia en la UE.

Grecia es el ejemplo de lo que un país no se puede permitir. Varias generaciones de políticos mediocres y corruptos han llevado a la nación a la ruina. Las pequeñas y grandes lenidades cotidianas han levantado una montaña de costosos disparates que las instituciones internacionales tienen que demoler en pocas semanas, con todo lo que eso supone. El adelgazamiento forzado de un Estado es lo que estamos viendo estos días en Grecia: despidos de funcionarios, desaparición de servicios, recortes en educación y sanidad, abolición de privilegios injustificables en una sociedad moderna, y todo ello sin miramientos, es lo que cabe esperar cuando son otros los que tienen que hacer en pocos días los deberes que tú has esquivado tanto tiempo. Un informe sobre el uso dado a los 360.000 millones de euros de deuda acumulados por Grecia estos 30 últimos años, publicado en Francia y citado por Le Figaro, revela que, en su mayor parte, ese dinero ha sido empleado en gastos corrientes. De 258.500 millones de deuda que el Estado acumuló en 20 años, 225.000 correspondían a intereses y 33.000 a déficit presupuestario “primario” (el constatado antes del abono de intereses de la deuda), lo que quiere decir que Grecia se endeudó imprudentemente para financiar un prodigioso desequilibrio entre ingresos y gastos. ¿Cuáles? Pues miren: por ejemplo, entre 1976 y 2009 el número de funcionarios públicos aumentó en un 150%, cuando en el sector privado crecía un 34% en el mismo periodo. Y los salarios crecieron también mucho más rápido en el sector público que en el privado: el 118% el de los funcionarios entre 1995 y 2006, que fue del 157% en las empresas públicas, frente al 82% experimentado en el sector privado.

Los griegos indignados que salen a la calle estos días y queman edificios deberían ser conscientes de que su enemigo no es Europa, que les ha arreglado una muy complicada operación de refinanciación de deuda  y forzado una quita muy importante de sus acreedores privados. Al enemigo lo tienen en casa. 

miércoles, 15 de febrero de 2012

Los españoles nos comemos el ahorro para capear la crisis

Y de entre los principales países europeos, somos los únicos en hacerlo



La crisis está haciendo estragos en Europa, eso ya lo sabemos, pero la procesión va por barrios y en todas partes no cuecen las mismas habas. Ese es, por ejemplo, el caso del ahorro: España es, de los grandes países europeos, (Bélgica incluida aunque no reúna esa condición), el único en el que el incremento de los ingresos nominales de las familias se ha quedado por detrás de la inflación en 2011, lo que quiere decir, lisa y llanamente, que los españoles han perdido poder adquisitivo este año pasado, frente a sus compañeros de viaje europeos de Alemania, Francia, Italia, el Reino Unido o Bélgica. Lo dice una asociación francesa, el Observatoire de L’Epargne Européenne, que publica análisis muy documentados sobre los comportamientos de los ahorradores en ciertos países clave, y que acaba de hacer público su Tableau de Bord número 21, que cubre el segundo semestre de 2011.

Dice el OEE que de los seis países analizados (los más arriba citados) uno, España, se distingue de la media europea, porque en él, "las familias ven bajar su poder de compra y se encuentran ahora en fase de ‘desacumulación’ financiera”, lo que quiere decir que los españoles nos estamos comiendo los ahorros para capear la crisis; retiramos más dinero ahorrado que el que le asignamos. Y somos los únicos en hacerlo, de entre los países analizados en el trabajo sobre el que se basa este “post”.

En España, el índice de ahorro de las familias (el ahorro bruto expresado en porcentaje de los ingresos brutos disponibles ajustados), ha ido cayendo desde el 14,5% del tercer trimestre de 2010 hasta el 11,9% que se registraba en ese mismo periodo, pero un año después. “El índice de depósitos financieros aumentó durante el segundo trimestre de 2011 en Francia y en el Reino Unido, mientras que descendió en Alemania, en Italia y en España. Devino incluso negativo en este último país, lo que constituye un fenómeno excepcional pues la conversión a liquidez del ahorro financiero de las familias españolas superó a los nuevos depósitos”, dice el informe que revela, además, que salvo en Italia y en Bélgica, las inversiones directas de los europeos en el mercado obligatario son más restringidas que antes de la debacle financiera actual. A pesar de ello, “la crisis de la deuda no ha suscitado movimientos desestabilizadores” (en el ahorro privado europeo).
  
Ya saben ustedes que Irlanda es, con Grecia y Portugal, el trío de países miembros de la Eurozona que se encuentran sometidos a supervisión financiera por parte de la UE y del FMI. Pero hete aquí que los irlandeses, que no están contemplados en la parte del informe que les comento dedicada específicamente al ahorro familiar, están captando recursos financieros a tope, al igual que Suiza, en detrimento de Francia y de Luxemburgo, que son las dos plazas principales europeas de domiciliación de fondos de inversión. La participación del Reino Unido en este mercado ha bajado, dice el informe, debido a su fuerte exposición a la renta variable.

Les traigo estos datos a mi Blog porque no los he visto publicados estos días en España y me parecen interesantes. Revelan un comportamiento de los españoles sospechado pero no cuantificado públicamente hasta la fecha, esto es que las familias españolas se están comiendo los ahorros para sobrevivir en estos duros tiempos, y que entre nuestros socios europeos principales, el caso no se suscita.

Desearía poderles “colgar” el estudio completo, pero el copyright del OEE no me lo permite. Por si les interesa, les diré que la suscripción sale por 3.000 euros al año, o 900 sólo el último informe.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Chupópteros

Eko Stahl
Estamos asistiendo a una simplificación de mensajes en la vida pública demasiado gruesa, a mi entender. “No podemos gastar lo que no tenemos”, “endeudarse es hipotecar el futuro de nuestros hijos”, y así. Son enunciados, estos, con los que es difícil no estar de acuerdo y contienen una carga notable de sentido común.


El problema estriba en la radicalidad de estas formulaciones y en su instrumentación política y social, como si fueran axiomas de la nueva modernidad. Y eso no es así. Al menos, no del todo.

En Europa llevamos demasiado tiempo con el chu-chu ese de aligerar el Estado que no nos podemos pagar. Es verdad que si un Estado se endeuda para hacer frente a los gastos corrientes, (para pagar sueldos de funcionarios o las pensiones, por ejemplo), es que algo falla, porque las estructuras del Estado tienen que crear las condiciones para que el entorno al que sirven las financie. Si no, sobran. Devienen en chupópteros.

Pero todos los extremos son malos y suelen basarse en mentiras, grandes y pequeñas. Estos meses, por ejemplo, Alemania nos exige a todos una austeridad acorde con los compromisos asumidos –y vulnerados durante la crisis- cuando decidimos adoptar la moneda única, el euro. La Alemania que nos reclama honrar nuestros compromisos, la que se está convirtiendo en la verdadera y única líder de la UE después de empequeñecer a Francia, se encuentra en una posición económica envidiable: balanza por cuenta corriente largamente excedentaria, bajo déficit público, deuda alta (82,6%) pero en descenso, paro del 6%...

Alemania disfruta de esta excelente situación económica porque ha hecho grandes esfuerzos para mejorar su competitividad, con contenciones salariales importantes y racionalización de producciones. Pero también porque el euro le ha ayudado mucho; es, de largo, el socio de la Eurozona que más se beneficia de la moneda única. La estabilidad monetaria le ha garantizado a Berlín condiciones muy ventajosas a sus exportaciones y Alemania, gracias al Mercado Interior, tiene una sólida estructura industrial que fabrica casi de todo, y bueno. Con el euro vende lo que fabrica. Si China es la fábrica del mundo, Alemania lo es de Europa, con algunas salvedades en el Reino Unido, en Francia, en el norte de Italia y en un par de regiones españolas. El marco alemán, en solitario, no hubiera podido soportar las tensiones monetarias derivadas de su éxito y se habría revalorizado inevitablemente estos años atrás, encareciendo sus exportaciones y recortando su prosperidad. En contrapartida, los países del sur europeo habrían visto a sus divisas perder valor, como consecuencia de la crisis financiera, luego habrían recuperado competitividad. Exactamente la que no pueden obtener en el euro, a través de la socorrida fórmula de la devaluación.

A la hora de considerar el peso industrial de Alemania, no conviene perder la perspectiva que nos ofrece este último cuarto de siglo, en el que los intereses de la potencia industrial española se ha enfrentado múltiples veces con las de sus socios comunitarios en los Consejos de ministros de la UE. Me vienen a la memoria las ocasiones sin cuento en las que los representantes alemanes han apabullado a sus homólogos europeos con exigencias concebidas para poner las cosas difíciles a los demás y fáciles a ellos (por ejemplo, la imposición de estándares innecesarios, excesivamente altos, sólo porque la industria alemana era capaz de satisfacerlos) o las actuaciones fulminantes contra las ayudas de Estado. En febrero de 1993, por ejemplo, la industria siderúrgica alemana lanzó un ataque en toda regla contra las subvenciones programadas para los aceristas españoles e italianos. Era cuando la UE intentaba rediseñar el sector siderúrgico europeo, después de la gran reestructuración de los 80, el cacareado Plan Davignon. La Federacciai italiana les afeó a los alemanes sus críticas a las ayudas de reestructuración reclamadas por ellos y por los españoles, recordando que la siderurgia germana Klöckner había entrado en suspensión de pagos en diciembre pero continuaba operando y que Eko Stahl, en la ex-RDA, tampoco cerraba, a pesar de ser manifiestamente ruinosa.

Hunosa, en fin. La minería española del carbón subsiste, única y exclusivamente, por las ayudas que le da el Estado español. Esas subvenciones serían imposibles de mantener si Alemania no tuviera un problema político similar con sus minas. Berlín presiona y Bruselas va prolongando el régimen español (y el alemán, de paso) de ayudas de Estado a la minería del carbón.

O sea que el euro le viene bien a Alemania para vender todo lo que su patrimonio industrial, preservado con no pocas trampas (otro día hablamos de Volkswagen) le permite. Y  la Germania de Merkel se encuentra aún en mejor condición para vender porque sus convecinos, gracias precisamente al euro (y también a las torpezas cometidas por ellos, entre otras en la mala protección del patrimonio industrial y en su multiplicación) no son competitivos. Tienen que pasar por las Horcas Caudinas de la virtud presupuestaria.

Pero no conviene olvidar que Alemania (y Francia) hicieron trampa cuando sus malas prácticas estaban a punto de hacerles atravesar ese estrecho desfiladero. En noviembre de 2003 construyeron una mayoría en el Consejo para desbaratar las recomendaciones de la Comisión europea, que los ponía a un paso de las sanciones por incumplimiento de las obligaciones de rigor presupuestario establecidas por el Pacto de Estabilidad y su sacralizado 3% de déficit fiscal. El que ahora, esa misma Alemania nos fuerza a a alcanzar, aún a costa de enormes esfuerzos políticos y sociales. Le he oído a Schauble, el duro ministro germano de Finanzas, reconocer ahora que lo de 2003 “fue un error”. ¡A buenas horas, mangas verdes!

El motivo de esta entrada en mi Blog no es denunciar la falsedad de las verdades pretendidamente originales, de los axiomas irrefutables. Me gustaría, simplemente, que nuestros representantes tuvieran un poco más de vergüenza; que no acuñaran mensajes estúpidos, como aquel de “vamos a devolver a España al corazón de Europa”, porque Europa no tiene corazón, sino intereses. De la misma manera, eso del “compromiso inexcusable con el rigor” tiene que ser matizado, porque quienes lo demandan tampoco lo cumplen. Sylvain Broyer, de Natixis, declaraba el 19 de noviembre pasado a Le Monde: “El déficit alemán está vergonzosamente trucado. Tras la crisis de 2008, Berlín apeló a una táctica legal, pero poco ética, para contabilizar las decenas de millares de euros desembolsados (u ofrecidos en garantías) a fin de relanzar la economía y salvar a su sector financiero. Ese dinero fue depositado en un fondo especial, el Sondervermögen, que hizo subir la deuda pero que no fue tomado en consideración a la hora de calcular el déficit fiscal. Sin esa astucia, el déficit alemán en 2009 un hubiera sido del 3,2% sino del  5,1%”.

Alemania  no puede mantener mucho tiempo más el engaño. Está bien ayudar a corregir tendencias negativas en la Eurozona; para forzarlas incluso. Pero aquí se aplica también aquello de que “el primero que esté libre de culpa, que tire la primera piedra” y Alemania ha tirado ya demasiadas sin tener la justificación  de un Tratado de Versalles vejatorio que le permita considerar que puede tensar la cuerda ad libitum. Se convertiría en lotófaga, que es una versión antigua de los chupópteros del presente.

jueves, 26 de enero de 2012

El Telón del Euro


Viktor Orban en el Parlamento Europeo
Pues con Croacia, que entrará en la UE a mediados del año que viene, ya vamos para 28. Para 29, en realidad, si contamos a la Alemania del Este, la República Democrática Alemana como se la conocía, que accedió a la UE por la puerta de atrás, de la mano de su hermana mayor, la RFA. Y después vendrán Serbia, y Montenegro, y Macedonia, y Albania ¿y Turquía? Ni Sarkozy, ni Merkel, lo quieren pero esta Europa de nuestros días es muy diferente de aquella que discutía el rendimiento de las calderas de calefacción, a finales de los 80 y va camino de acentuar aún más las diferencias. Miren, si no, la fosa que está cavando el euro entre los países que han podido adoptarlo y todos los demás. Cuanto interesa, lo que verdaderamente consume la imaginación, los esfuerzos de los poderosos de Europa y nuestro dinero, y todo ello a manos llenas, es lo que se discute en el Eurogrupo; lo demás apenas merece un condescendiente desdén.

Es lo que les está pasando a los países del centro de Europa que se adhirieron a la UE en 2004. Que se encuentran con el desdén. Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría... nombres sonoros en la historia del continente que estos días parecen haber quedado atrapados tras un nuevo telón, el monetario, que no el viejo de acero.

Los PECO, como se los conocía en jerga comunitaria, tenían que haber seguido un proceso similar al español: periodos transitorios relativamente largos para adaptarse a la realidad comunitaria y plena homologación con el resto a término, con algunas diferencias de calidad. La crisis financiera les ha postergado en el orden europeo de prioridades y están desesperados. Poco tiene que extrañar que las tendencias autoritarias se manifiesten con tanta virulencia como lo están haciendo estos últimos tiempos en  Hungría. Antes lo hicieron en Polonia y Vaclav Klaus, desde Praga, más parece el personaje de una astracanada política que un gobernante homologable al estándar general. Claro que cuando la réplica a Klaus la daban Berlusconi o Chirac...

Europa no ha resuelto los problemas de los PECO; en casos los ha complicado aún más. Hungría, por ejemplo, que está de moda por lo de la reforma de la Constitución en un manifiesto ejercicio de autoritarismo por parte del actual primer ministro, Viktor Orban. Hace un par de años,  el diario Hospodarske Noviny daba cuenta de que el predecesor de Orban, Ferenc Gyurcsány, estaba dispuesto a suplicar la aceleración de los trámites para que Hungría pudiera adherirse al euro, en medio de la desesperación por la quiebra económica del país. Barroso le contestó que todos por igual; que de atajos, nada.

Gyurcsány, que había mentido a sus conciudadanos y a sus socios europeos sobre el grado de deterioro real de la economía húngara, (los griegos no están solos en estas trampas) buscaba al otro lado del telón monetario una estabilidad que los húngaros perdieron en los últimos estertores del imperio de los soviets y que no han recuperado aún. Y eso es algo que duele a una población que se distinguía ya entonces por un nivel de consumo relativamente alto para los estándares del Comecon. Primero fue la URSS, la que, antes de la caída del antiguo Telón de Acero, los dejó a su suerte, cuando la carrera armamentista agotaba todas sus potenciales financieros. Budapest tuvo que mirar al oeste. En 1982 entró en el FMI y en el Banco Mundial, las estructuras (occidentales) de Bretton Woods. Janos Kadar, el primer ministro socialdemócrata de la época, lo hizo todo para occidentalizar la economía del país: creó bancos comerciales, abolió subvenciones, devaluó varias veces el forinto y puso en marcha una campaña de desregulación de la economía, de liberalización de precios y del comercio exterior y abrió la puerta a las privatizaciones.

Kadar perdió el poder en 1988, cuando la deuda exterior se había duplicado en sólo dos años, de 1985 a 1987.

Después vino la catástrofe. Es verdad que los húngaros precipitaron la caída del Muro permitiendo a los alemanes orientales cruzar su frontera hacia el Oeste. Pero ese prestigio no les salvó de un hundimiento del PIB de en torno al  20 por ciento. Lo que pasa es que mientras Varsovia recuperaba posiciones y las rebasaba en el curso de los 90,  Budapest sólo pudo certificar una equiparación de la riqueza de 1989 a finales de aquella década.

No quisiera aburrirles, que esto me está quedando demasiado largo. Después vinieron los esfuerzos sin cuento para homologar el sistema con la Europa comunitaria, la esperanza de una recuperación contundente que tampoco se produjo y el desconcierto final. Jacques Rupnik, del Instituto de Estudios Políticos de París, asegura que en los PECOS se ha producido un fenómeno de adaptación democrática inversa: “la izquierda cultural estaba económicamente a la derecha (favorecía el mercado), mientras que la derecha cultural y los nacionalistas conservadores, como los hermanos Kaczynski o el Fidesz de Viktor Orban, se situaban en una izquierda económica estatista”.

¿Y la gente? Pues la gente es la que vota y la que sitúa a sus políticos en posiciones de poder. Y los húngaros parecen estar cansados. Perdieron mucho cuando Moscú se desentendió de ellos después de haberlos invadido en 1956 y ahora, como los demás países de Europa central, según Rupnik, "en lugar de celebrar una transición ejemplar hacia la democracia, muestra síntomas de fatiga prematura”. Sufrieron la marginación cuando la caída del comunismo y sufren ahora dos crisis de gran amplitud: la de la UE y la del paradigma capitalista.

Cualquier cosa que Europa acometa con sus nuevos socios del Este tendrá que afrontarla con prudencia. El resurgimiento de las tensiones nacionalistas (en Hungría, en Polonia, en Chequia, en Eslovaquia), no es evidencia de otra cosa que de la desesperanza de poblaciones enteras. Cuando no hay calefacción, las banderas suelen servir de cortaviento.

Viktor Orban en la jefatura del gobierno húngaro es la muestra de que la UE está fracasando en los países del centro europeo. Si el modelo seguido en ellos vuelve a ser utilizado en los Balcanes, se correrá el riesgo de un nuevo fracaso. Lo que está pasando allí es grave, pero de este lado del telón monetario no llegamos a percibirlo. Y nuestros socios del Este se dan buena cuenta de ello.

martes, 17 de enero de 2012

Poder presupuestario



La Europa desvertebrada, tal y como la vio la presidencia euroescéptica checa en 2009. Foto: F. Pescador

En Bruselas están pasando cosas muy interesantes que los focos de la actualidad no alcanzan a resaltar porque están demasiado concentrados en el brillo del dinero. Se trata de la reforma de los Tratados de la UE para dar cabida a la que ahora se llama la 'regla de oro' de la Unión Monetaria: la obligación -exigible- de no presupuestar por encima de un déficit del 3% del PIB, y todo lo que esa exigencia llevaría emparejado: judicialización de la acción presupuestaria nacional, mecanismos automáticos de corrección de la tendencia, intervención de las instancias supranacionales (Comisión europea) en el proceso, etc.

Recuerden: en diciembre pasado, una cumbre de jefes de Estado o de Gobierno decidió ir adelante con lo que se denomina la 'unión fiscal' de la UE. Su traducción más aparente es la 'constitucionalización' del rigor presupuestario, a cambio de lo cual las principales economías de la UE -luego la alemana-, ampliaban un poco más la liquidez del Fondo Monetario Internacional y Draghi obtenía más margen para inyectar dinero en el sistema financiero. Los cambios tendrían que verse reflejados en un nuevo Tratado, que será aprobado antes de marzo. El Reino Unido se opuso y boicoteó inicialmente la refinanciación del FMI, pero ahora está reconsiderando su negativa, entre otras razones porque la proyectada revisión del Tratado, que supervisa de cerca a pesar de haberse declarado oficialmente al margen, no le va mal.

Las negociaciones las están protagonizando personal esencialmente técnico, representantes de los Tesoros nacionales y altos diplomáticos, que han avanzado mucho en la definición del nuevo texto. Se ha llegado, sin embargo, al núcleo de la cuestión, que no es otro, una vez más, que la soberanía nacional. El problema se enuncia en estos términos: ¿cómo admitir que una institución de raíces no democráticas, tal que la Comisión europea, pueda llevar a un país de gobernantes elegidos democráticamente ante la Justicia europea porque interprete esta que la traducción constitucional de la 'regla de oro' no se atiene al Tratado?

No es una discusión fútil. Sintetiza las posiciones más antagonistas de la construcción europea, en torno a Francia (que se niega a la judicialización del proceso) y a Alemania (que quiere las cosas simples y a la Comisión europea interviniendo de oficio). Se trata, a fin de cuentas, de ceder la soberanía presupuestaria (que nada tiene que ver con la monetaria, ya concedida al BCE por los países del euro) o no.

La bronca amenaza con devenir monumental, a poco que las posiciones se enconen y terminen saliendo a la luz. Hasta ahora, con el lío de los mercados monetarios de por medio, la han puesto sordina para que la cosa no llame demasiado la atención, pero está a punto de saltar a la palestra. A fin de cuentas, la cumbre europea prevista para el 30 de este mes debería dar un primer visto bueno al proyecto de nuevo Tratado.

Entre tanta dificultad, la irrupción de las autonomías españolas en el debate, aunque a escala nacional, no deja de sorprender. Los Estados de la UE están discutiendo la cesión de la soberanía presupuestaria, pero las autonomías quieren preservar las suyas propias (o las que interpretan como propias).

A mí, el debate me recuerda a aquello de la independencia fiscal vasca y su autonomía normativa. Miren en lo que quedó. Como quedará éste cuando se asuma que las potencialidades presupuestarias autonómicas se enmarcan en la general del Estado, quien responde constitucionalmente ante Bruselas.

Y eso de que sea Bruselas quien supervise directamente las cuentas de las autonomías suena a broma. Pues sí que está la Comisión para recibir más papeles que los que jurídicamente está obligada a digerir.

jueves, 12 de enero de 2012

Directorios y Directores



Percibo una considerable inquietud en España –por hablar con propiedad en determinados medios y entre determinados  intelectuales, de izquierdas como de derechas- sobre el gran protagonismo que han cobrado Alemania y Francia en la gestión de la que se ha venido a llamar la “crisis de la deuda” de la Eurozona. Alarma el protagonismo y el muy aparente diktat que le sigue invariablemente. A mí no me preocupa mucho. En realidad no me preocupa nada y les voy a decir por qué.

La moneda única es un invento francés aceptado a regañadientes por Alemania. Nació con unas condiciones arbitrarias, como documentadamente recordaba Xavier Vidal-Folch el otro día en El País, porque se trataba de un engendro político. Todas las monedas lo son. Quienes la creaban pusieron sus condiciones y los demás las aceptamos. En España con gran alborozo, según revelaba en enero de 1996 una encuesta de la Comisión europea, que mostraba un índice de aceptación del proyecto en nuestro país del 66%, detrás de Italia (74%), Luxemburgo (70%) y Francia (68%).

La irresponsabilidad o los errores de las clases gobernantes en la crisis financiera de 2007 han debilitado gravemente los fundamentos de la moneda única, que no eran particularmente firmes. Ya sé que Grecia es una minucia en la economía de la Eurozona y que se puede ser más o menos intemperante en el análisis de unos datos cuya contabilización merece ser interpretada. Y si no, que se lo digan al nuevo Gobierno de España, que ha basado un durísimo plan de ajuste en cuentas que no estarán cerradas hasta marzo. ¡Aúpa ahí! Pero el hecho cierto es que Grecia ni cumplía ni tenía voluntad política de cumplir (aún ahora sigue sin estar claro que quiera hacerlo del todo), que Italia no sólo no cumplía, sino que no tenía previsto hacerlo, y que a la España de Zapatero el incremento del déficit público le importaba un comino, como el propio presidente del Gobierno dejó bien claro ante las cámaras de la televisión, cuando asumió que la crisis era real y que los dispendios acometidos iban a tener una traducción en déficit  y en deuda. Y que Francia, no conviene olvidarlo, jamás se ha siquiera aproximado al objetivo del equilibrio presupuestario.

O sea que quienes quieren ver en la purga aplicada a Grecia el origen de todos los males que nos afligen, se equivocan. Al menos, así lo creo yo. 

Estamos en un tiempo político y económico distinto que el que vio el nacimiento de la moneda única. El desbarate financiero causado por la banca norteamericana de inversión a escala planetaria y los mecanismos de autoprotección desarrollados por el sistema tras las pifias precedentes (el crash bolsista de 1987 con Reagan o la crisis financiera asiática de 1997 cuando Clinton) han moldeado un escenario completamente diferente. Gustará más o menos, pero es el que hay. Y en este escenario, quien te arruina no te presta ni con intereses de usura si no tiene claro que le vas a devolver su dinero. Esa desconfianza, que antes estaba reservada para los pobres, ahora alcanza a los ricos, como con escándalo señalaba el pasado diciembre en una conferencia el presidente de la BBK, Mario Fernández, recordando que a España le cuesta más endeudarse que a países como Egipto o Namibia.

Pero la historia nos enseña que las suspensiones de pagos no han estado reservadas a los pobres.

La fragilidad de la base sobre la que se sustenta la moneda única ha llevado a Alemania principalmente, y a Francia con menos entusiasmo, a tomar posiciones para evitar el descarrilamiento definitivo del proyecto común. Incluso se ha acuñado un término feliz, “Merkozy”, para denominar su acción. Hay mucha gente molesta con “Merkozy”, pero ¿quién podía tomar la iniciativa, o si acaso compartirla con ese dúo? ¿El Berlusconi del bunga-bunga y el Zapatero a quien Jordi Sevilla quería dar un par de clases de economía, porque notaba que le hacían falta?

En las fotos de “Merkozy” aparece últimamente una nueva cara, la de Mario Monti. Es normal. El italiano aporta soluciones y no problemas. Y la cosa no va de narcisos.

De todas las teorías que se han construido sobre la posibilidad del Directorio en una UE constituida por una treintena larga de países, la única que tiene alguna verosimilitud, a mi juicio, es la que apunta a una coordinación de posiciones entre Alemania, Francia, Italia, España y Polonia, en tanto en cuanto el Reino Unido reme por libre. Es lo que determina la realidad demográfica e histórica del continente.  Lo de “Merkozy” es fruto de la urgencia; lo otro requiere tiempo. Pero es lo que quedará.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Mal Rollo

Europa está viviendo momentos muy desagradables, que se traducen en un malhumor y una desconfianza generalizados. Yo, que llevo largo tiempo recorriendo estos pasillos, no tengo conciencia de tensiones equivalentes a las de ahora este cuarto de siglo pasado. Las cosas no van bien y todo el mundo busca culpables. 

Los laboristas británicos, por ejemplo, concentran sus críticas en David Cameron, a quien le reprueban su descuelgue del proyecto europeo. David Miliband no discute las prácticas de la City, faltaría más! Blair las alentó durante sus mandatos. Utilizan el proyecto europeo en clave de política interior y los males de la construcción europea les tienen al pairo. 

Veamos por dónde andan los socialistas franceses. Carentes de un liderazgo consolidado, y divididos para variar, se están esforzando, cada cual desde su rincón, por encontrar un discurso que prenda en la opinión pública. El muy brillante François Hollande, al que la pérdida de peso le ha afilado la cara, pero no las ideas, quiere emular el estropicio que Laurent Fabius le ocasionó a la Constitución europea y amenaza con renegociar el acuerdo fiscal de la pasada cumbre. Pues sí que es brillante este pollo. Sólo faltaba que Francia, que forzó las cosas lo indecible para que Alemania aceptara poner su Deutsche mark en común, se cargara la moneda única por los bostezos de su diletante clase política. 

Las izquierdas españolas tienen las heridas al sol y están empeñados, sus miembros y miembras, en lavarlas con agua salada. El PSOE está llamado a recorrer un largo camino para recomponerse mientras Cayo Lara sostiene posiciones ideológicas ajenas al tiempo y al espacio que le ha tocado vivir.  

La política italiana prosigue con su acelerado descenso a los infiernos, parando en todos y cada uno de los rellanos del descrédito. ¿El último escándalo?: la negativa de la clase política a bajarse el suelo. Los diputados quieren seguir percibiendo sus 11.704 euros mensuales netos. Que se sacrifique el pueblo...

La oposición socialdemócrata alemana ha comenzado a esbozar posiciones novedosas en la crisis de la deuda. Dice que no se opondría a los eurobonos, siempre y cuando hubiera garantías de control previo (ex ante, dicen los cursis) de los proyectos nacionales de presupuestos. Eso es lo que está garantizándose Angela Merkel, pero se guarda aún (yo creo) su compromiso con los eurobonos, por si la voluntad ahorradora de los gobiernos de la Eurozona flaquea.

Merkel se ha convertido en el pim-pam-pum de esta feria. Los franceses dicen que ha vuelto el temible hegemonismo alemán. Los caricaturistas británicos la dibujan con casco prusiano y los griegos le suelen endosar periódicamente las insignias de las Waffen-SS, mientas le reclaman reparaciones de guerra.

A todo esto, Sarkozy no cesa en sus ataques directos a David Cameron, mientras que, como telón de fondo, las agencias de rating siguen saboteando los esfuerzos continentales para estabilizar los mercados monetarios. Las sospechas de que hay intereses anglosajones profundos complotados para impedir la consolidación del euro afloran a la superficie un día sí y otro también, lo mismo que la percepción de que a Alemania le va bien la presión del diferencial de la rentabilidad de las emisiones de deuda, para forzar a los gobiernos derrochadores a volver lo antes posible al redil.

Esta ya es una familia muy mal avenida. ¿Qué quieren que les diga? A mí no me parece que esto pueda aguantar así mucho tiempo más.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Esa Tripleta Fantástica


Las agencias de calificación se han convertido en auténticas “bestias negras” para amplios estratos de la opinión pública a ambos lados del Atlántico, y para buena parte de la clase política. Sus irrupciones continuadas en el debate sobre la deuda de los países miembros del euro, las recientes advertencias sobre una posible degradación de la Eurozona en su conjunto e, incluso, del Fondo de Rescate, por no hablar de sus flagrantes y estrepitosos ¿fallos? (Lehman Brothers, Enron, Freddie Mac y Fannie Mae, por citar algunos muy escandalosos de entre los recientes, hay muchos más, hablaremos de ellos), han generalizado el debate sobre la naturaleza de su función, la legitimidad con la que se desenvuelven en nuestras sociedades democráticas y, por encima de todo, sobre los intereses a los que sirven. En Europa se escuchan un día sí y otro también voces que piden actuaciones enérgicas contra ellas y las instituciones comunitarias y los Estados miembros de la UE han apostado abiertamente por crear una agencia de calificación de riesgos europea. Pero nada pasa y Standard & Poor, Fitch y Moody's, esta Tripleta Fantástica de jueces inapelables de las finanzas privadas y públicas, continúa obstaculizando la labor de los políticos que intentan desactivar la denominada “crisis de las deudas soberanas”, con unas valoraciones que el común de los gobernantes califica, cuando menos de inoportunas, algunos de injustas y casi todos de sesgadas.

A pesar de que para muchos, en Europa, su primer encuentro con la realidad de las agencias de notación sea reciente y esté relacionado con los complicados episodios financieros de estos últimos meses, lo cierto es que estas entidades incordian desde hace bastante tiempo. Nunca han vivido un momento de mayor glamur que el actual, es verdad, pero llevan más de una veintena de años haciendo trastadas. Nacieron, como casi todas las buenas ideas, para proteger las inversiones  de las personas, individuales o colectivas, en el laberinto de los mercados financieros, a comienzos del pasado siglo. Standard & Poor, filial de la editora McGraw Hill, se constituyó en 1860, mientras que Moody's lo hizo en 1900. Fitch, la tercera, no podía parangonarse con ese duopolio de facto pero la extraordinaria expansión de los mercados financieros le ha permitido auparse al podio de la fama. Nació en 1913 en Nueva York, pero ahora está en manos mayoritariamente francesas, a través de Fimalac. Las tres se han convertido en un contrapoder, de procedimientos y métodos muy cuestionables.

Como tantas cosas que estos días se revelan muy comprometedoras para el interés del conjunto de la sociedad, las agencias de calificación comenzaron su larga cabalgada hasta el Olimpo que ocupan en la actualidad con la liberalización de los movimientos de capitales, a largo y a corto plazo, en los 80 del pasado siglo. Thomas Friedman, editorialista de política exterior en el New York Times, manifestaba tras la caída del Muro de Berlín (1989) que “después de la Guerra Fría, el mundo cuenta con dos superpotencias, los Estados Unidos y la agencia Moody’s”. Y, continuaba diciendo, “si los Estados Unidos pueden aniquilar a un enemigo haciendo uso de sus arsenales militares, la agencia de notación financiera ‘Moody’s dispone de los medios para estrangular a un país asignándole una mala nota”.

Es posible que estos días los responsables de la Tripleta Fantástica maldigan a Friedman porque, ante las acusaciones de juego sucio que se les lanzan, responden diciendo que “sólo informan”, que “no recomiendan”.

Para informar disponen de recursos fabulosos. No sólo tienen estatutariamente acceso a información privilegiada de las entidades que califican, sino que cuentan con una fuerza de análisis nutridísima, capaz de trillar la información financiera lo mismo de países enteros que de sociedades cotizadas, grandes y pequeñas. La obligatoriedad del rating está muy extendida y se ha generalizado con la extensión del fenómeno de la “titulización”, del que han venido tantos quebrantos (entre otras razones porque la agencias de calificación otorgaron sus mejores notas a productos del mercado de derivados que no valían nada, las hipotecas “basura”).

Por establecer una comparación ilustrativa de las magnitudes con las que nos desenvolvemos, la ficha técnica del proyecto de agencia europea de control y supervisión de las agencias de calificación que fue remitida al Parlamento europeo en 2010 apunta un presupuesto anual de 2,5 millones de euros, entre personal (1,5 millones), edificio, equipamiento y otros gastos administrativos (628.000) y operaciones (300.000). El staff está definido en ¡12 personas!, cuando nuestra Tripleta Fantástica cuenta con miles de analistas.

Son los mercados financieros y las entidades de regulación, sin duda, los que han hecho grandes a estas sociedades, exigiendo que los productos de inversión dispongan de una especie de “certificado de calidad”, que es en lo que consiste la calificación y que va desde la cotizada “triple A” hasta la “D”.

Pero la Tripleta Fantástica no se ha contentado con los réditos que le proporcionaba su condición de agente necesario en la gran expansión financiera mundial de los últimos 30 años. Se han comportado como auténticos “grandullones” en el patio de la escuela. En 1993, por ejemplo, el condado de Jefferson, en Colorado, se oponía a que Moody’s calificara su emisión de obligaciones; quería que lo hiciera Fitch Investor Services, entonces mucho más pequeña y económica. Bueno pues Moody’s emitió lo que se conoce como una “notación no demandada” o “salvaje” sobre dicha emisión, que fue, por supuesto, negativa, y que la hizo imposible.

Esto de las “notaciones salvajes” tiene su chiste. En 1996, por ejemplo, Moody’s anunció que iba a publicar una nota sobre Egipto. Todo un chantaje, porque el gobierno cairota no tenía previsto efectuar ninguna emisión de obligaciones. Sin embargo, las autoridades egipcias tuvieron que maniobrar de urgencia para, con la colaboración de Goldman Sachs y EFG Hermes, satisfacer algunas exigencias del FMI que le permitieran salvar los muebles. Obtuvieron de Moody’s la notación Ba2, como México o Venezuela.  


Este género de comportamientos, chulescos e intimidatorios, los han prodigado por todo el mundo las agencias de calificación sin rubor alguno por los fallos e injusticias cometidas y, a lo que se ve, sin propósito de la enmienda. A Grecia la han acogotado pero, qué curioso, en 1975, la ciudad de Nueva York tenía una excelente calificación, lo que no impidió que suspendiera pagos.

Es obvio que para llegar a donde han llegado estas entidades han tenido complicidades políticas. A ambos lados del Atlántico, además. Pero también es cierto que la influencia de una notación crítica se ve centuplicada, en los mercados financieros, por la intervención de una serie de mecanismos, calificables directamente de especulativos, contra los que los gobiernos europeos y el estadounidense no están actuando con la energía necesaria.

Al asunto le dedicaremos otro “post”, que el de hoy es ya muy largo.
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