Real Time Web Analytics Bruselas10: alemania
Mostrando entradas con la etiqueta alemania. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alemania. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de enero de 2013

Menos arrogancia y más ayuda

La Puerta de Brandeburgo, corazón de la Alemania unificada

En los primeros momentos de la unificación alemana, cuando Mitterrand no se callaba su “no”, y Felipe González acertaba al decir que “sí”, la mayor parte de los políticos y los empresarios alemanes tenía muy claro que el restablecimiento de una hegemonía germana de corte intransigente sobre  Europa terminaría siendo contraproducente, a plazo, para los propios intereses alemanes. La talla del sistema financiero, de sus compañías de seguros, de su industria, comenzarían generando desconfianza entre sus socios. Y de ella, de la desconfianza, vendrían después las renuencias y las suspicacias, exactamente el limus en el que no puede prosperar un proyecto de integración como el definido por el Tratado de Lisboa.

Cuando comenzamos el quinto año de crisis desde el hundimiento de Lehman Brothers, viene al caso preguntarse si las élites alemanas guardan todavía aquella percepción. El desarrollo de acontecimientos recientes lleva a pensar que no.

Empecemos por España. El 16, miércoles, nos desayunábamos con una entrevista del Financial Times a Mariano Rajoy. Por lo visto, también el mensaje nacional, no ya los pasivos de nuestro sistema financiero, tiene que ser auditado en el exterior para resultar creíble. En fin. El presidente español decía lo que le es propio. Sucintamente, que lo está haciendo bien y que quien tiene que tirar del carro ahora es Alemania, que es la que puede, porque la economía necesita una inyección de optimismo. Le contestaron inmediatamente desde Berlín con la martingala de siempre: no es momento para incentivar la economía porque eso entrañaría un incremento del déficit público y de lo que se trata, precisamente, es de lo contrario, de reducirlo.

Simultáneamente a las demandas de Rajoy, que yo creo justificadas, saltaba al primer plano la noticia de que Alemania ha decidido repatriar una parte significativa de las reservas de oro que tiene depositadas en París y Nueva York. Se trata de 674 toneladas métricas en total, 374 de las cuales están protegidas por las cámaras acorazadas del Banco de Francia, a las que se suman otras 300 (un 20%), de las que reposan en los sótanos de la Reserva Federal de Nueva York, con un valor en su conjunto de 27.000 millones de euros. La migración durará hasta 2020. La decisión no concierne al oro que el Bundesbank tiene guardado en el Banco de Inglaterra (500 Tm) ni a la parte restante, 1.200 Tm, del que se encuentra en los EE.UU. La medida responde, según el Banco Central alemán, a la “necesidad de reforzar la credibilidad de las reservas alemanas”. Curiosa razón cuando ese mismo día, el Süddeutsche Zeitung revelaba, basándose en el último informe de la Oficina Federal de Estadísticas germana, que el Estado federal, sus länder y los ayuntamientos de todo el país cerraron 2012 con superávit presupuestario. Alemania se está financiando a costo cero desde hace meses pero repatría parte de su oro. Y el que deja fuera, lo confía a países que nada tienen que ver con la zona euro. Curioso, ¿no?

Un cambio de escenario nos sitúa en el Londres de David Cameron, que conserva el oro alemán pero a quien se le ha recomendado desde Berlín, a lo que se ve muy vivamente, que no pronuncie su muy esperado discurso sobre la visión británica de la integración europea el 22 de enero, como estaba previsto. En Berlín incomodaba, y mucho, que Cameron dejara entrever la posibilidad de un descuelgue británico parcial de Europa precisamente el día en el que se conmemora el 50 aniversario del Tratado del Eliseo, con el que Alemania y Francia dieron por zanjados dos siglos de disputas sangrientas. Al final, Cameron optó por el 18 para lanzar su speech pero la crisis argelina le dio la oportunidad de posponer una vez más su tan esperada comparecencia.

Un tercer apunte: las discusiones para la fijación del marco financiero plurianual, tras el fracaso de la cumbre de noviembre, no muestran grandes avances, a pesar de que las diferencias de competitividad de la Eurozona apuntan la necesidad de transferir 250.000 millones de euros a los países del sur (tesis de Jacques Sapir, Patrick Artus, el economista jefe de Natixis, habla de 320.000) cada año y durante toda una década, para acabar con los desequilibrios de competitividad. Esos que Berlín quiere que se corrijan sólo con austeridad. Lo que se discute actualmente en  el MFP no llega al 1 por ciento de la Renta Nacional Bruta ¡de toda la UE!

No puede pretenderse con ecuanimidad que Alemania destine un 8 por ciento de su PIB a las economías más débiles de la Eurozona, y durante toda una década, cuando a la absorción de los 18 millones de habitantes de la República Democrática Alemana asignó, en los momentos de mayor costo, un 4,5 por ciento de su PIB. Pero Berlín tampoco debería ignorar que, aún sin haberlo pretendido, la corrección de los desequilibrios financieros básicos de la Eurozona le está reportando pingües beneficios, muchos más que los que objetivamente está dedicando a auxiliar a sus socios en caída libre.

Alemania no puede seguir pretendiendo que los "holgazanes"  del sur soporten plenamente el costo de sus redenciones. Primero, porque el esfuerzo que han (hemos) realizado en este afán es muy importante y, segundo, porque Berlín está extrayendo un cuantioso rendimiento económico de la operación. Podría pensarse que Alemania está aprovechando la situación para captar recursos con los que financiar el presupuestariamente muy peligroso envejecimiento de su población, y eso, inevitablemente, generaría desconfianza, y recelos, y suspicacias. ¿Verdad?

Ha llegado el momento de dejar atrás la arrogancia y arrimar el hombro. Por eso Rajoy tiene razón.

domingo, 4 de noviembre de 2012

A Berlín le gusta hablar en inglés




El 27 de julio de 1990 Jacques Delors, entonces en la cúspide de su prestigio internacional, se permitió un desahogo retórico espectacular para la época: “Si Dios, dijo, hubiera tenido tantas dificultades para crear a Adán como nosotros estamos encontrando en la Comunidad Europea con Margaret Thatcher, el ser humano no estaría en este mundo”.

Delors estaba cansado de la británica. En 1988 (febrero) se habían cerrado las primeras Perspectivas Financieras que consolidaban el principio de la Cohesión intracomunitaria. Con ese muy complicado asunto encauzado, el presidente de la Comisión encaraba la aún más compleja negociación de lo que después serían la Unión Económica y Monetaria y el euro y la Thatcher enredaba todo lo que podía, e incluso lo que no, para impedirlo.

Cuando llevan transcurridos 23 años desde aquel momento de sinceridad de Delors y están a punto de cumplirse los 40 de la adhesión del Reino Unido a la UE, hoy puede decirse que Europa es, sin duda, más británica que hace medio siglo, como pretendía Margaret Thatcher, pero el Reino Unido no es más europeo que cuando se adhirió a la Comunidad, como posiblemente nadie, al otro lado del Canal, osaba entonces vaticinar. El mestizaje ha seguido una trayectoria unilateral. Los británicos no han sido nunca más euroescépticos que ahora ni sus élites, intelectuales, sociales o políticas, expresado tan generalizada y abiertamente su animadversión o desdén hacia lo comunitario.

Hoy, los británicos se preguntan si el muy reglamentado mercado común europeo no está agotado, como en su día le sucediera a sus antiguas plazas coloniales, y si las obligaciones de su pertenencia a la UE no les están recortando el margen de maniobra y la cintura que creen tener para desenvolverse en el universo de la globalización y de sus mercados emergentes.

Posiblemente esas percepciones sean infundadas, pero el debate sobre lo europeo en el Reino Unido nunca ha tenido mucho de racional.  

La diferencia entre el pasado de Margaret Thatcher y el presente de David Cameron radica en que el actual premier británico ha roto con la estrategia aprestada por los gobiernos británicos, laboristas o conservadores, a lo largo de las cuatro décadas de permanencia de Gran Bretaña en la UE. David Rennie  menciona en un reciente trabajo (The Continent or de Open Sea.- Does Britain have a European Future, Centre for European Reform) cómo Edward McMillan Scott, un antiguo líder de los tories en el Parlamento europeo, recibió el encargo personal de Margaret Thatcher de mantener a sus diputados “donde estén los alemanes”. John Major, tras la retirada de la Dama de Hierro, se encargaría de consolidar aquella estrategia, anclando a los tories en el PPE, el grupo parlamentario del que Cameron les ha sacado ahora, en cumplimiento de una promesa electoral suya posiblemente innecesaria e irreflexivamente formulada. ¿Consecuencia? Los eurodiputados conservadores británicos viven  alejados de su entorno ideológico natural en la Eurocámara. Están ausentes de las cocinas donde se elaboran los platos y los condimentos que terminarán en las mesas europeas.

Casi nadie, en las esferas británicas de poder, cuestiona estos hechos ni el discurso oficial, abiertamente antieuropeo y salteado de órdagos. Esta semana, Angela Merkel emprende el camino de Londres para desactivar tanta animosidad. La canciller quiere que Cameron se avenga a discutir un marco presupuestario para la UE menos austero que el que ambicionan los británicos. Pretenden un recorte de 200.000 millones con respecto a las pretensiones de la Comisión, de por sí ya modestas y el premier ha amenazado con vetar todo lo que no respete esa pretensión.

Pero Merkel va a Londres, además, buscando introducir algo de racionalidad en el debate Europa-sí/ Europa-no que promocionan  las autoridades británicas desde el 10 de Downing Street con gran  desparpajo. “Desde una perspectivas alemana, desde el punto de vista de nuestros intereses, (el Reino Unido) es un miembro importante de la UE. Favorecen el libre comercio y son partidarios de una mayor competitividad, luego son un buen socio” dijo Angela Merkel el pasado 29 durante una reunión de su partido, la CDU.

Lo que la canciller no dijo, pero se sabe que lo piensa, es que el Reino Unido es un contrapeso para Francia en el equilibrio europeo de poderes. Luego es Berlín, y no Suecia ni Holanda o Dinamarca, el aliado natural de Londres en el pretendido (por Cameron) pero no acordado proceso de renegociación de las condiciones para la permanencia británica en la UE.

lunes, 1 de octubre de 2012

Pintan bastos en Europa para España


Es posible que a Mariano Rajoy no le gusten las prisas y que Luis de Guindos participe de ese sentimiento porque esta misma semana, el ministro de Economía ha establecido una diferencia no precisamente sutil, sino expresa, entre las necesidades de concreción sobre el segundo rescate español (las compras de bonos españoles por parte del BCE en los mercados secundarios de duda) formuladas el día 17 por el comisario Almunia, y la posición oficial de la Comisión europea al respecto, que no existe. Pero se mire la cosa como se mire, forzado es constatar que los perfiles del método diseñado para frenar los carricoches de montaña rusa sobre los que la financiación de España e Italia circula por los mercados monetarios, están difuminándose bajo la agresión combinada de los operadores de esos mercados y de quienes, dentro de la Eurozona, han cuestionado siempre la presencia de economías débiles en la moneda única, con el Bundesbank, el banco central alemán, al frente.


El Gobierno español está haciendo grandes esfuerzos para hacer creíble ante los inversores internacionales su determinación por devolver la estabilidad perdida a las finanzas públicas nacionales. El muy inconfortable proyecto de presupuestos para 2013, presentado el jueves, es el paradigma de esa voluntad.

El problema, para Rajoy, para De Guindos y para todos nosotros, es que Europa tiene sus propios ritmos y, a todas luces, no coinciden con los nuestros.

El pasado día 24, Michael Meister, un halcón de la austeridad presupuestaria y portavoz de Finanzas en la CDU (el partido de Merkel), dijo que Rajoy debería detallar su posición de una vez por todas; “pedir la ayuda (la compra de bonos) si la necesita”. Aunque la posición de Meister no merezca otra consideración que la de un exabrupto más o menos extemporáneo de una persona sin la responsabilidad política exigible para realizar este género de manifestaciones, la verdad es que el clima en Europa se está degradando rápidamente para las conveniencias españolas: Alemania, Holanda y Finlandia han puesto pegas a la financiación directa de los bancos españoles por parte del Futuro Mecanismo de Estabilidad Financiera, MEDE. En ella,  España fiaba el reflotamiento de los bancos nacionales con problemas, la mayor parte de ellos resultado de fusiones entre cajas de ahorros exhaustas por abusos de sus estamentos directivos y por unas políticas de inversión disparatadas. Que la consultora Oliver Wymann cifrara el viernes en 54.000 millones esas necesidades de financiación, por debajo del margen financiero de 100.000 millones aprobado para el caso por la UE, no resta importancia a la incertidumbre derivada de si esas ayudas terminarán contabilizándose como deuda pública adicional para España.

La clarificación reclamada por Meister, también evocada por Almunia, se refería a la petición expresa que Madrid, o Roma, deben hacer para que el BCE inicie las compras masivas de deuda a corto plazo (a uno y tres años) en los mercados secundarios. Duramente criticado por esta iniciativa, el presidente del BCE, Mario Draghi, ha tenido que dar garantías a diferentes estamentos alemanes sobre la severidad de las contrapartidas que serán exigidas a los países que reclamen esa intervención.

Y el debate sobre la deuda, descarnado y muy desagradable, está comenzando a contaminar las negociaciones sobre el marco financiero plurianual de la UE entre 2014 y 2020  (lo que se conocía como “Perspectivas Financieras”). La capacidad que España tenía para reclamar una buena participación en el reparto de la futura cohesión intraeuropea se encuentra muy mermada.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Chupópteros

Eko Stahl
Estamos asistiendo a una simplificación de mensajes en la vida pública demasiado gruesa, a mi entender. “No podemos gastar lo que no tenemos”, “endeudarse es hipotecar el futuro de nuestros hijos”, y así. Son enunciados, estos, con los que es difícil no estar de acuerdo y contienen una carga notable de sentido común.


El problema estriba en la radicalidad de estas formulaciones y en su instrumentación política y social, como si fueran axiomas de la nueva modernidad. Y eso no es así. Al menos, no del todo.

En Europa llevamos demasiado tiempo con el chu-chu ese de aligerar el Estado que no nos podemos pagar. Es verdad que si un Estado se endeuda para hacer frente a los gastos corrientes, (para pagar sueldos de funcionarios o las pensiones, por ejemplo), es que algo falla, porque las estructuras del Estado tienen que crear las condiciones para que el entorno al que sirven las financie. Si no, sobran. Devienen en chupópteros.

Pero todos los extremos son malos y suelen basarse en mentiras, grandes y pequeñas. Estos meses, por ejemplo, Alemania nos exige a todos una austeridad acorde con los compromisos asumidos –y vulnerados durante la crisis- cuando decidimos adoptar la moneda única, el euro. La Alemania que nos reclama honrar nuestros compromisos, la que se está convirtiendo en la verdadera y única líder de la UE después de empequeñecer a Francia, se encuentra en una posición económica envidiable: balanza por cuenta corriente largamente excedentaria, bajo déficit público, deuda alta (82,6%) pero en descenso, paro del 6%...

Alemania disfruta de esta excelente situación económica porque ha hecho grandes esfuerzos para mejorar su competitividad, con contenciones salariales importantes y racionalización de producciones. Pero también porque el euro le ha ayudado mucho; es, de largo, el socio de la Eurozona que más se beneficia de la moneda única. La estabilidad monetaria le ha garantizado a Berlín condiciones muy ventajosas a sus exportaciones y Alemania, gracias al Mercado Interior, tiene una sólida estructura industrial que fabrica casi de todo, y bueno. Con el euro vende lo que fabrica. Si China es la fábrica del mundo, Alemania lo es de Europa, con algunas salvedades en el Reino Unido, en Francia, en el norte de Italia y en un par de regiones españolas. El marco alemán, en solitario, no hubiera podido soportar las tensiones monetarias derivadas de su éxito y se habría revalorizado inevitablemente estos años atrás, encareciendo sus exportaciones y recortando su prosperidad. En contrapartida, los países del sur europeo habrían visto a sus divisas perder valor, como consecuencia de la crisis financiera, luego habrían recuperado competitividad. Exactamente la que no pueden obtener en el euro, a través de la socorrida fórmula de la devaluación.

A la hora de considerar el peso industrial de Alemania, no conviene perder la perspectiva que nos ofrece este último cuarto de siglo, en el que los intereses de la potencia industrial española se ha enfrentado múltiples veces con las de sus socios comunitarios en los Consejos de ministros de la UE. Me vienen a la memoria las ocasiones sin cuento en las que los representantes alemanes han apabullado a sus homólogos europeos con exigencias concebidas para poner las cosas difíciles a los demás y fáciles a ellos (por ejemplo, la imposición de estándares innecesarios, excesivamente altos, sólo porque la industria alemana era capaz de satisfacerlos) o las actuaciones fulminantes contra las ayudas de Estado. En febrero de 1993, por ejemplo, la industria siderúrgica alemana lanzó un ataque en toda regla contra las subvenciones programadas para los aceristas españoles e italianos. Era cuando la UE intentaba rediseñar el sector siderúrgico europeo, después de la gran reestructuración de los 80, el cacareado Plan Davignon. La Federacciai italiana les afeó a los alemanes sus críticas a las ayudas de reestructuración reclamadas por ellos y por los españoles, recordando que la siderurgia germana Klöckner había entrado en suspensión de pagos en diciembre pero continuaba operando y que Eko Stahl, en la ex-RDA, tampoco cerraba, a pesar de ser manifiestamente ruinosa.

Hunosa, en fin. La minería española del carbón subsiste, única y exclusivamente, por las ayudas que le da el Estado español. Esas subvenciones serían imposibles de mantener si Alemania no tuviera un problema político similar con sus minas. Berlín presiona y Bruselas va prolongando el régimen español (y el alemán, de paso) de ayudas de Estado a la minería del carbón.

O sea que el euro le viene bien a Alemania para vender todo lo que su patrimonio industrial, preservado con no pocas trampas (otro día hablamos de Volkswagen) le permite. Y  la Germania de Merkel se encuentra aún en mejor condición para vender porque sus convecinos, gracias precisamente al euro (y también a las torpezas cometidas por ellos, entre otras en la mala protección del patrimonio industrial y en su multiplicación) no son competitivos. Tienen que pasar por las Horcas Caudinas de la virtud presupuestaria.

Pero no conviene olvidar que Alemania (y Francia) hicieron trampa cuando sus malas prácticas estaban a punto de hacerles atravesar ese estrecho desfiladero. En noviembre de 2003 construyeron una mayoría en el Consejo para desbaratar las recomendaciones de la Comisión europea, que los ponía a un paso de las sanciones por incumplimiento de las obligaciones de rigor presupuestario establecidas por el Pacto de Estabilidad y su sacralizado 3% de déficit fiscal. El que ahora, esa misma Alemania nos fuerza a a alcanzar, aún a costa de enormes esfuerzos políticos y sociales. Le he oído a Schauble, el duro ministro germano de Finanzas, reconocer ahora que lo de 2003 “fue un error”. ¡A buenas horas, mangas verdes!

El motivo de esta entrada en mi Blog no es denunciar la falsedad de las verdades pretendidamente originales, de los axiomas irrefutables. Me gustaría, simplemente, que nuestros representantes tuvieran un poco más de vergüenza; que no acuñaran mensajes estúpidos, como aquel de “vamos a devolver a España al corazón de Europa”, porque Europa no tiene corazón, sino intereses. De la misma manera, eso del “compromiso inexcusable con el rigor” tiene que ser matizado, porque quienes lo demandan tampoco lo cumplen. Sylvain Broyer, de Natixis, declaraba el 19 de noviembre pasado a Le Monde: “El déficit alemán está vergonzosamente trucado. Tras la crisis de 2008, Berlín apeló a una táctica legal, pero poco ética, para contabilizar las decenas de millares de euros desembolsados (u ofrecidos en garantías) a fin de relanzar la economía y salvar a su sector financiero. Ese dinero fue depositado en un fondo especial, el Sondervermögen, que hizo subir la deuda pero que no fue tomado en consideración a la hora de calcular el déficit fiscal. Sin esa astucia, el déficit alemán en 2009 un hubiera sido del 3,2% sino del  5,1%”.

Alemania  no puede mantener mucho tiempo más el engaño. Está bien ayudar a corregir tendencias negativas en la Eurozona; para forzarlas incluso. Pero aquí se aplica también aquello de que “el primero que esté libre de culpa, que tire la primera piedra” y Alemania ha tirado ya demasiadas sin tener la justificación  de un Tratado de Versalles vejatorio que le permita considerar que puede tensar la cuerda ad libitum. Se convertiría en lotófaga, que es una versión antigua de los chupópteros del presente.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Mal Rollo

Europa está viviendo momentos muy desagradables, que se traducen en un malhumor y una desconfianza generalizados. Yo, que llevo largo tiempo recorriendo estos pasillos, no tengo conciencia de tensiones equivalentes a las de ahora este cuarto de siglo pasado. Las cosas no van bien y todo el mundo busca culpables. 

Los laboristas británicos, por ejemplo, concentran sus críticas en David Cameron, a quien le reprueban su descuelgue del proyecto europeo. David Miliband no discute las prácticas de la City, faltaría más! Blair las alentó durante sus mandatos. Utilizan el proyecto europeo en clave de política interior y los males de la construcción europea les tienen al pairo. 

Veamos por dónde andan los socialistas franceses. Carentes de un liderazgo consolidado, y divididos para variar, se están esforzando, cada cual desde su rincón, por encontrar un discurso que prenda en la opinión pública. El muy brillante François Hollande, al que la pérdida de peso le ha afilado la cara, pero no las ideas, quiere emular el estropicio que Laurent Fabius le ocasionó a la Constitución europea y amenaza con renegociar el acuerdo fiscal de la pasada cumbre. Pues sí que es brillante este pollo. Sólo faltaba que Francia, que forzó las cosas lo indecible para que Alemania aceptara poner su Deutsche mark en común, se cargara la moneda única por los bostezos de su diletante clase política. 

Las izquierdas españolas tienen las heridas al sol y están empeñados, sus miembros y miembras, en lavarlas con agua salada. El PSOE está llamado a recorrer un largo camino para recomponerse mientras Cayo Lara sostiene posiciones ideológicas ajenas al tiempo y al espacio que le ha tocado vivir.  

La política italiana prosigue con su acelerado descenso a los infiernos, parando en todos y cada uno de los rellanos del descrédito. ¿El último escándalo?: la negativa de la clase política a bajarse el suelo. Los diputados quieren seguir percibiendo sus 11.704 euros mensuales netos. Que se sacrifique el pueblo...

La oposición socialdemócrata alemana ha comenzado a esbozar posiciones novedosas en la crisis de la deuda. Dice que no se opondría a los eurobonos, siempre y cuando hubiera garantías de control previo (ex ante, dicen los cursis) de los proyectos nacionales de presupuestos. Eso es lo que está garantizándose Angela Merkel, pero se guarda aún (yo creo) su compromiso con los eurobonos, por si la voluntad ahorradora de los gobiernos de la Eurozona flaquea.

Merkel se ha convertido en el pim-pam-pum de esta feria. Los franceses dicen que ha vuelto el temible hegemonismo alemán. Los caricaturistas británicos la dibujan con casco prusiano y los griegos le suelen endosar periódicamente las insignias de las Waffen-SS, mientas le reclaman reparaciones de guerra.

A todo esto, Sarkozy no cesa en sus ataques directos a David Cameron, mientras que, como telón de fondo, las agencias de rating siguen saboteando los esfuerzos continentales para estabilizar los mercados monetarios. Las sospechas de que hay intereses anglosajones profundos complotados para impedir la consolidación del euro afloran a la superficie un día sí y otro también, lo mismo que la percepción de que a Alemania le va bien la presión del diferencial de la rentabilidad de las emisiones de deuda, para forzar a los gobiernos derrochadores a volver lo antes posible al redil.

Esta ya es una familia muy mal avenida. ¿Qué quieren que les diga? A mí no me parece que esto pueda aguantar así mucho tiempo más.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Alemania tropieza

Alemania ha tenido dificultades hoy para colocar una emisión de deuda pública. La Agencia alemana de la Deuda ha tenido que guardarse casi la mitad de un paquete de 6.000 millones a 10 años, porque no encontraba compradores. Es un factor a tener en cuenta, y muy significativo.

En España se está reclamando de Alemania acciones más determinantes para acabar con la crisis de la deuda, pero los gobernantes germanos tienen que sopesar tanto el apoyo o el rechazo de su opinión pública (¿acaso hay un gobierno en la UE que esté dispuesto a ceder el poder por ayudar a Grecia a salir del embrollo en el que se ha metido?) y de los mercados monetarios. Ni el uno, ni los otros, están garantizados. Ni siquiera para Alemania.

Hoy, la Comisión europea ha presentado sus ideas sobre los anhelados Eurobonos, que no serían otra cosa que emisiones conjuntas de deuda que se beneficiarían del prestigio y de la solidez de las principales economías de la Eurozona, para captar dinero a mejor precio en beneficio de los que, como España o Italia, atraviesan más dificultades para financiarse en los mercados internacionales. Merkel no quiere abrir esa vía ahora. Yo soy de los que piensan que lo hará cuando Italia y España asuman compromisos objetivos de recorte del gasto público que reduzcan las incertidumbres de los mercados. Todo ello para no fragilizar al conjunto de la Eurozona.

Lo que ha pasado hoy es un aldabonazo de primer rango.




Real Time Analytics