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domingo, 4 de noviembre de 2012

A Berlín le gusta hablar en inglés




El 27 de julio de 1990 Jacques Delors, entonces en la cúspide de su prestigio internacional, se permitió un desahogo retórico espectacular para la época: “Si Dios, dijo, hubiera tenido tantas dificultades para crear a Adán como nosotros estamos encontrando en la Comunidad Europea con Margaret Thatcher, el ser humano no estaría en este mundo”.

Delors estaba cansado de la británica. En 1988 (febrero) se habían cerrado las primeras Perspectivas Financieras que consolidaban el principio de la Cohesión intracomunitaria. Con ese muy complicado asunto encauzado, el presidente de la Comisión encaraba la aún más compleja negociación de lo que después serían la Unión Económica y Monetaria y el euro y la Thatcher enredaba todo lo que podía, e incluso lo que no, para impedirlo.

Cuando llevan transcurridos 23 años desde aquel momento de sinceridad de Delors y están a punto de cumplirse los 40 de la adhesión del Reino Unido a la UE, hoy puede decirse que Europa es, sin duda, más británica que hace medio siglo, como pretendía Margaret Thatcher, pero el Reino Unido no es más europeo que cuando se adhirió a la Comunidad, como posiblemente nadie, al otro lado del Canal, osaba entonces vaticinar. El mestizaje ha seguido una trayectoria unilateral. Los británicos no han sido nunca más euroescépticos que ahora ni sus élites, intelectuales, sociales o políticas, expresado tan generalizada y abiertamente su animadversión o desdén hacia lo comunitario.

Hoy, los británicos se preguntan si el muy reglamentado mercado común europeo no está agotado, como en su día le sucediera a sus antiguas plazas coloniales, y si las obligaciones de su pertenencia a la UE no les están recortando el margen de maniobra y la cintura que creen tener para desenvolverse en el universo de la globalización y de sus mercados emergentes.

Posiblemente esas percepciones sean infundadas, pero el debate sobre lo europeo en el Reino Unido nunca ha tenido mucho de racional.  

La diferencia entre el pasado de Margaret Thatcher y el presente de David Cameron radica en que el actual premier británico ha roto con la estrategia aprestada por los gobiernos británicos, laboristas o conservadores, a lo largo de las cuatro décadas de permanencia de Gran Bretaña en la UE. David Rennie  menciona en un reciente trabajo (The Continent or de Open Sea.- Does Britain have a European Future, Centre for European Reform) cómo Edward McMillan Scott, un antiguo líder de los tories en el Parlamento europeo, recibió el encargo personal de Margaret Thatcher de mantener a sus diputados “donde estén los alemanes”. John Major, tras la retirada de la Dama de Hierro, se encargaría de consolidar aquella estrategia, anclando a los tories en el PPE, el grupo parlamentario del que Cameron les ha sacado ahora, en cumplimiento de una promesa electoral suya posiblemente innecesaria e irreflexivamente formulada. ¿Consecuencia? Los eurodiputados conservadores británicos viven  alejados de su entorno ideológico natural en la Eurocámara. Están ausentes de las cocinas donde se elaboran los platos y los condimentos que terminarán en las mesas europeas.

Casi nadie, en las esferas británicas de poder, cuestiona estos hechos ni el discurso oficial, abiertamente antieuropeo y salteado de órdagos. Esta semana, Angela Merkel emprende el camino de Londres para desactivar tanta animosidad. La canciller quiere que Cameron se avenga a discutir un marco presupuestario para la UE menos austero que el que ambicionan los británicos. Pretenden un recorte de 200.000 millones con respecto a las pretensiones de la Comisión, de por sí ya modestas y el premier ha amenazado con vetar todo lo que no respete esa pretensión.

Pero Merkel va a Londres, además, buscando introducir algo de racionalidad en el debate Europa-sí/ Europa-no que promocionan  las autoridades británicas desde el 10 de Downing Street con gran  desparpajo. “Desde una perspectivas alemana, desde el punto de vista de nuestros intereses, (el Reino Unido) es un miembro importante de la UE. Favorecen el libre comercio y son partidarios de una mayor competitividad, luego son un buen socio” dijo Angela Merkel el pasado 29 durante una reunión de su partido, la CDU.

Lo que la canciller no dijo, pero se sabe que lo piensa, es que el Reino Unido es un contrapeso para Francia en el equilibrio europeo de poderes. Luego es Berlín, y no Suecia ni Holanda o Dinamarca, el aliado natural de Londres en el pretendido (por Cameron) pero no acordado proceso de renegociación de las condiciones para la permanencia británica en la UE.

martes, 17 de enero de 2012

Poder presupuestario



La Europa desvertebrada, tal y como la vio la presidencia euroescéptica checa en 2009. Foto: F. Pescador

En Bruselas están pasando cosas muy interesantes que los focos de la actualidad no alcanzan a resaltar porque están demasiado concentrados en el brillo del dinero. Se trata de la reforma de los Tratados de la UE para dar cabida a la que ahora se llama la 'regla de oro' de la Unión Monetaria: la obligación -exigible- de no presupuestar por encima de un déficit del 3% del PIB, y todo lo que esa exigencia llevaría emparejado: judicialización de la acción presupuestaria nacional, mecanismos automáticos de corrección de la tendencia, intervención de las instancias supranacionales (Comisión europea) en el proceso, etc.

Recuerden: en diciembre pasado, una cumbre de jefes de Estado o de Gobierno decidió ir adelante con lo que se denomina la 'unión fiscal' de la UE. Su traducción más aparente es la 'constitucionalización' del rigor presupuestario, a cambio de lo cual las principales economías de la UE -luego la alemana-, ampliaban un poco más la liquidez del Fondo Monetario Internacional y Draghi obtenía más margen para inyectar dinero en el sistema financiero. Los cambios tendrían que verse reflejados en un nuevo Tratado, que será aprobado antes de marzo. El Reino Unido se opuso y boicoteó inicialmente la refinanciación del FMI, pero ahora está reconsiderando su negativa, entre otras razones porque la proyectada revisión del Tratado, que supervisa de cerca a pesar de haberse declarado oficialmente al margen, no le va mal.

Las negociaciones las están protagonizando personal esencialmente técnico, representantes de los Tesoros nacionales y altos diplomáticos, que han avanzado mucho en la definición del nuevo texto. Se ha llegado, sin embargo, al núcleo de la cuestión, que no es otro, una vez más, que la soberanía nacional. El problema se enuncia en estos términos: ¿cómo admitir que una institución de raíces no democráticas, tal que la Comisión europea, pueda llevar a un país de gobernantes elegidos democráticamente ante la Justicia europea porque interprete esta que la traducción constitucional de la 'regla de oro' no se atiene al Tratado?

No es una discusión fútil. Sintetiza las posiciones más antagonistas de la construcción europea, en torno a Francia (que se niega a la judicialización del proceso) y a Alemania (que quiere las cosas simples y a la Comisión europea interviniendo de oficio). Se trata, a fin de cuentas, de ceder la soberanía presupuestaria (que nada tiene que ver con la monetaria, ya concedida al BCE por los países del euro) o no.

La bronca amenaza con devenir monumental, a poco que las posiciones se enconen y terminen saliendo a la luz. Hasta ahora, con el lío de los mercados monetarios de por medio, la han puesto sordina para que la cosa no llame demasiado la atención, pero está a punto de saltar a la palestra. A fin de cuentas, la cumbre europea prevista para el 30 de este mes debería dar un primer visto bueno al proyecto de nuevo Tratado.

Entre tanta dificultad, la irrupción de las autonomías españolas en el debate, aunque a escala nacional, no deja de sorprender. Los Estados de la UE están discutiendo la cesión de la soberanía presupuestaria, pero las autonomías quieren preservar las suyas propias (o las que interpretan como propias).

A mí, el debate me recuerda a aquello de la independencia fiscal vasca y su autonomía normativa. Miren en lo que quedó. Como quedará éste cuando se asuma que las potencialidades presupuestarias autonómicas se enmarcan en la general del Estado, quien responde constitucionalmente ante Bruselas.

Y eso de que sea Bruselas quien supervise directamente las cuentas de las autonomías suena a broma. Pues sí que está la Comisión para recibir más papeles que los que jurídicamente está obligada a digerir.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Una Jugada muy Arriesgada



La City londinense, el núcleo financiero más importante del mundo
Jean Monnet detalla en sus «Memorias» el desenganche británico del proyecto de Comunidad Económica Europea, a finales de los 40 y a todo lo largo de los 50. Cita, entre otros, a Sir Edwin Plowden, un hombre clave en la organización y la logística británicas de la postguerra. Cuenta cómo éste le explicaba el rechazo al proyecto de vertebración europea en términos simples, pero esclarecedores: «Éramos (la conversación con Plowden que rememora Monnet tiene lugar tiempo después de los hechos narrados) una nación victoriosa, con responsabilidades mundiales y no estábamos listos para establecer vínculos privilegiados con el continente».

Es historia que la Gran Bretaña se quedó al margen del proyecto común porque le venía pequeño y porque no quería mezclarse con perdedores. Tampoco deseaba (decía, refiriéndose a los cuestionables comportamientos italiano y francés durante la contienda) ponerse a la altura de ciertos oportunistas, teniendo, como aún tenía a mediados del siglo pasado, una proyección imperial y una interlocución privilegiada con Washington. También es historia que la realidad marcó el final de aquel espléndido aislamiento a comienzos de los 70, con la arribada de una Inglaterra mucho más humilde al ya próspero continente, con el que Londres necesitaba, imperiosamente, multiplicar sus relaciones comerciales.

Las cosas han cambiado poco desde entonces: el Reino Unido ha hecho muy bien lo que mejor sabe, que es vender. Hoy por hoy, más de la mitad de sus exportaciones tienen destino en sus socios de la Unión europea, con los que comparte mucho más que pan y mantel.

Por eso resulta todavía más incomprensible la salida de pata de banco de David Cameron la madrugada de este viernes, en el Consejo Europeo. Este joven premier británico ha decidido hacer tabla rasa de 40 años de historia y cabalgar por libre hacia no se sabe exactamente dónde.

Invocando la defensa de unos «intereses» presuntamente irrenunciables de la capitalidad financiera británica, que le reporta al Reino Unido en torno a un 10% de su PIB, Cameron ha decidido dejar a su país al margen de la unión fiscal que se anuncia en la UE para reforzar la posición del euro en los mercados internacionales. Y lo ha hecho, a sabiendas de que esta cabalgada la iba a emprender en solitario, de muy malas maneras: despreciando públicamente al euro, que es la moneda del continente.

No es una buena elección. Primero porque los activos que Cameron dice defender no tienen defensa política: uno no puede invocar un principio funcional tan cuestionable como la capacidad de los mercados para regularse por sí mismos, haciendo de ello toda una ideología y la elección estratégica de tu gobierno y cerrar los ojos a la realidad de que ese principio esconde muchísima "letra pequeña", muy poco edificante. Es esa "letra pequeña" la que el continente quiere expurgar de sus potenciales abusivos, porque lo que se denominan "mercados" cobijan, actualmente, a verdaderas tribus de iniciados en conocimientos y técnicas ajenas al común de los mortales, que son utilizadas indiscriminada y sistemáticamente para desplumar, precisamente, a esos mortales comunes. Que alguna vez esas operaciones de expolio encubierto bajo una legalidad tramposa salgan mal, y algún que otro iniciado se quede un rato en la miseria, no otorgan mayor licitud al montaje.

Y, segundo, porque el Reino Unido no va a poder preservar sus privilegios (quedarse fuera y entrar a picotear a voluntad), en la nueva etapa que se anuncia. Cameron cree que sí, pero quizás peque de optimismo. Irse de un sitio haciéndoles pedorretas a tus compañeros de habitación incomoda, y esos hasta ahora tus socios pueden considerar la colaboración contigo, en lo nuevo que se diseñe, de una manera muy displicente, bien distinta que la que te han otorgado.

Skyline londinense
La City londinense es el nuevo imperio británico, un imperio tan planetario como el del siglo XIX lo fue, quizás más. Pero es un imperio sólo financiero, mucho más vulnerable al miedo y a la incertidumbre que los cruceros de la Navy. Tus hasta ahora socios continentales pueden obstaculizar de mil maneras las relaciones de sus agentes económicos con tu imperio. Con impuestos, con papeleo, forzando a que las transacciones en euros se negocien en París, en Fráncfort ... Es cuestión de contrapesar costos y beneficios, en una escala temporal un poco más amplia que la que Cameron parece haber utilizado para su apuesta.

El premier británico cree que si el continente regula en exceso la actividad financiera, la City engordará sus cuentas con los desertores de la unión fiscal. La experiencia, sin embargo, demuestra lo contrario, que el bloque tiende a acentuar su cohesión. Bien podría suceder, por ello, que algunos bancos de Canary Wharf terminen emprendiendo el camino del continente a la vuela de unos cuantos años. Tiempo al tiempo

viernes, 9 de diciembre de 2011

Niebla en el Canal: el continente, aislado

Canary Wharf
Aunque la ruptura pareciera inevitable, no por ello ha dejado de ser estrepitosa: David Cameron, el primer ministro británico, ha decidido dejar a su país al margen del bosquejo de Unión Económica europea que resulta de los acuerdos de la última cumbre de Jefes de Estado o de gobierno de la UE que ha tenido lugar la noche del 8 de diciembre y la mañana del 9. Cameron ha dicho que no, que no está dispuesto a suscribir una reforma del Tratado que conduzca al endurecimiento de la disciplina presupuestaria de los Estados miembros y a la puesta en marcha de diferentes medidas para garantizarla. 

En realidad, el premier británico ha dado el portazo (en forma de veto a un Tratado a 27) porque no ha conseguido colar un protocolo que garantizaba la impunidad del sistema financiero británico ante los planes de regulación de mercados que pretende la Europa continental, con Alemania y Francia a la cabeza. La City londinense es el núcleo de finanzas más importante del mundo, por delante incluso de Nueva York y su Wall Street. Cameron ha hecho ideología nacional de esa filosofía neoliberal tan criticada, según la cual los mercados son los más adecuados para regularse a sí mismos y cualquier interferencia con ellos no hace otra cosa que falsear la verdad absoluta del beneficio como último referente. 

Londres, en consecuencia, ha confirmado esta noche pasada que se queda fuera del euro. No es una ratificación irrelevante esta: Blair jugó durante años con la posibilidad de integrar a la libra en la divisa común; cuando renunció, fruto de las circunstancias adversas y de su incapacidad para reconducir un clima de opinión entre los británicos contrario a la medida, su figura perdió todo interés para Belín y París. 

El premier británico pretende que las cosas no van a cambiar para el Reino Unido en lo sustancial: el mercado interior va a seguir abierto a sus mercancías. Londres se quedaría, así, al margen de lo que no le interesa y se beneficiaría de lo que le conviene.

Es muy probable, sin embargo, que Cameron peque de opimismo. Quedarse al margen de la "nueva frontera" europea constituye, por lo pronto, una ruptura con la estrategia británica en la UE desde su adhesión en 1973: estar en los foros de decisión, para "acomodar" la legislación comunitaria a sus intereses. 

Constituye también una apuesta difícil de ganar y más aún complicada de cobrar, porque la experiencia muestra que la integración europea es un proceso muy poderoso, que termina cohesionado a sus integrantes más allá de lo previsto en las estrictas proyecciones legislativas. Quedarse al margen de él es muy arriesgado, porque el Reino Unido carece de capacidad para imponer permanentemente sus condiciones a los demás. Si difícil lo tiene desde dentro, desde fuera aún más.

Pero es que, además, París y Berlín no pretenden circunscribir el nuevo modelo de integración a las cuestiones presupuestarias; prevén acciones en materia fiscal (sociedades), laboral y otras, en general incómodas para el Reino Unido. Es decir, que Londres va camino de verse cada vez más aislado en la UE.

Cameron, a mi entender, ha cometido una bobada estratégica. Se ha dejado llevar por el discurso euroescéptico de sus pares más allá de lo que la prudencia recomienda. Ya se sabe: aquella filosofía del "hay niebla en el Canal, luego otra vez el continente está aislado".

En cuanto al resto de los acuerdos, la cosa no es para echar cohetes: habrá algo más de cobertura financiera del FMI pero Alemania no cede en las cuestiones centrales de liquidez que los mercados reclaman para endosar sin reticencias la deuda soberana de los Estados miembros. El baile con la prima va a continuar, aunque a un compás algo más lento.

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