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domingo, 8 de julio de 2012

Un viento de locura

Tipo de cambio del dólar frente al euro, desde su creación hasta hoy. Fuente: BCE

Un viento de locura recorre Europa. Potentados alemanes están comprando propiedades en Suiza a precios astronómicos porque no confían en el euro y temen perder su dinero. Algunos ricos españoles se están haciendo con lujosas viviendas en los mayfairs y chelseas londinenses, porque anticipan la escisión de la moneda única y la devaluación brutal de sus haberes en la divisa que se les asignaría (¿el real, el duro?, la peseta es un invento catalán...) después de tan traumático proceso, en cuyo transcurso se decretarían "corralitos" y "corralones" diversos. Los inversores abandonan los mercados de valores y el Investment Company Institute daba cuenta este jueves (CNN News) de que los títulos de los fondos mutualistas estadounidenses, precisamente los que suelen garantizar (otros también) la estabilidad de las inversiones en bonos de deuda soberana a largo plazo, perdieron 1.500 millones de dólares la última semana de junio, por la desconfianza acentuada en que Europa alcance a salir de la crisis de la deuda. JPMorgan Chase & Co, Goldman Sachs Group Inc y BlackRock cerraron sus fondos en euros a nuevas inversiones tras la rebaja de tipos anunciada por el BCE el jueves (Bloomberg). Y, en fin, el escándalo del Libor londinense emponzoña todo el ambiente financiero, poniendo una interrogante monumental, otra vez, sobre las prácticas de la banca de inversiones.

Mientras tanto, aquí, en Bruselas, el Consulado español no alcanza a atender las peticiones de españoles, muchos de ellos con barba y ellas con pañuelo, de origen circunstancial en Ceuta o Melilla, que utilizan su pasaporte español como trampolín para buscar acomodos preferentes en otros rincones de la Europa de nuestros días. A veces se forman colas y en ellas se llegan a ver, también, a españoles sin barba ni pañuelo que vienen a Bélgica buscando un tajo en el que trabajar, porque allá de donde vienen no hay nada que tajar. Aquí tampoco lo encuentran.

Ustedes me perdonarán, pero este que describo es un clima propio de preguerras. Y no me paso un pelo.

Estos últimos cuatro años han dejado eso que denominábamos "el ideal europeo" por los suelos. Es verdad que esto no ha sido nunca una familia; si acaso, un matrimonio de conveniencias, en el que cada cual tenía su armario: los británicos para el cheque, los franceses para la PAC, los alemanes para el mercado interior. Pero de un tiempo a esta parte todos son reproches. Públicos y muy desagradables. Aún a riesgo de que la síntesis se lleve aspectos trascendentales de la discusión, me atrevería a decir que todo se resume a que un socio europeo, Alemania, se niega a diluir el núcleo de compromisos centrales de la moneda única, asumidos conscientemente por todos, para facilitarle la salida de la crisis, sin demasiados quebrantos, a países como Grecia, Portugal, Irlanda, Italia o España, (quizás también Francia) cuya adhesión al euro fue ampliamente cuestionada en los debates previos al lanzamiento de la moneda única, en los años 90 del pasado siglo.

La negativa de Alemania, que es ampliamente compartida por la opinión pública del país, y por los gobiernos y las poblaciones de otros socios del norte europeo, la personifican los medios y cierta clase política en la figura de Angela Merkel, que ha sido objeto de todo género de insultos y caricaturas, por parte de quienes, en realidad, no están haciendo otra cosa que pagar por el incumplimiento de sus compromisos.

Y políticos de países asistidos, como Juan Fernando López Aguilar, aparecen en TVE reclamando de la canciller alemana, con gran apremio y verborrea, un cambio en los estatutos del BCE para que compre deuda soberana, o la mutualización de la deuda y la emisión de eurobonos. Y todo ello, decía este personaje antes de la última cumbre, a fin de acopiar instrumentos para el relanzamiento económico y la generación de empleo. ¿Acaso desconoce López Aguilar que por cada mil millones de euros emitidos por el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, los contribuyentes alemanes pagan 270 millones en garantías, y 200 los franceses? Con los eurobonos, el riesgo de cobertura para los países garantes aumentarían aún más: 400 millones para Francia por cada 1.000 millones colocados, por ejemplo.

En su sonora carta de esta semana pasada, (está aquí http://www.scribd.com/doc/99486231) Hans-Werner Sinn, presidente del muniqués Ifo Institute, clamaba públicamente contra la socialización de las deudas gubernamentales y bancarias. Calificaba semejantes operaciones de injustas y como nefastas para la correcta utilización de recursos públicos. Y recordaba cómo la socialización de las deudas bancarias estadounidenses de los años 80 le costó al contribuyente americano más de 100.000 millones de dólares.

Las actitudes ante la crisis en los diferentes recovecos de nuestra Europa son tan dispares, y tan enconadas las posiciones, que al final no cabe otra cosa que preguntarse si, verdaderamente, nos merecemos una moneda común.

viernes, 6 de julio de 2012

Mucho barco, poca pesca






La Comisión europea ha acentuado hoy sus críticas a la capacidad extractiva de las flotas pesqueras europeas, a través de un informe que está disponible aquí (http://www.scribd.com/doc/99323320/Fleet-Report2012-En)  

El informe, en el que la Comisión se basa para reclamar recortes adicionales en flotas y esfuerzo pesquero, señala que España ha aplicado las directrices europeas en la materia parcialmente, y que es difícil disponer de estadística actualizada sobre el estado del sector debido a la carencia de datos y a la diversidad de las unidades activas.

Entre 2009 y 2010, la capacidad de la flota española se redujo un 2,46% (274 navíos), lo que se traduce en una caída de tonelaje del  5,6% y del 4,5% en potencia.

La Comisión concluye que la adaptación de las flotas pesqueras europeas a los recursos disponibles se efectúa “a un ritmo muy lento”.

martes, 3 de julio de 2012

Libar el libor




“Libar” es un verbo transitivo español que significa, en su primera acepción, “chupar suavemente el jugo de una cosa”, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua y “Libor” pretende ser el acrónimo de “London Interbank Offered Rate”, pero yo estoy convencido de que significan lo mismo, de que el segundo es la versión anglosajona del primero, del verbo castellano.

Al menos, esta es la convicción, firme, que resulta de los hechos extraordinarios que están  saliendo a la luz estos últimos días y que nos cuentan que el precio del dinero que se nos ha prestado a nosotros, o a nuestros países en determinadas circunstancias, puede no responder a la realidad del mercado, - condición exigible e inexcusable última del modelo en el que nos desenvolvemos- sino a la conveniencia de unos manguis que han falseado la realidad en beneficio propio, o, lo que es lo mismo, de los bancos para los que trabajaban, con el muy británico Barclays al frente. De paso, o precisamente por eso, la operación les franqueaban a estos manguis el acceso a monstruosos “bonus” que les permitían pagarse los Bugatti Veyron a millón y pico de euros cada uno, los yates “no 40 ft but 40 mts”, las muñecas rusas y los chateaux en la campiña británica, que es francamente bonita; les recomiendo que la visiten.

La manipulación del “Libor” y, consiguientemente, del “Euribor”, revela tal arrogancia, un cinismo tan extremo en los operadores bancarios que lo gestionaban y de sus jefes (que pretenden llamarse andanas, diciendo que no sabían nada) que pone definitivamente en cuestión el modelo que resulta de la globalización financiera. Porque quienes desde las pantallas de ordenador del Barclays en la City londinense (probado) y de una veintena de bancos más de escala operativa planetaria (aún bajo  investigación), falseaban el precio del dinero que se vendía por el mundo, no estaban alterando las condiciones de un mercado cualquiera: le estaban metiendo la mano en el bolsillo a usted y a mí, a todo el mundo, a un negocio de 360 billones de dólares (trillions en inglés).

El Libor nació en la City londinense a mediados de los 80 del siglo pasado, cuando los mercados financieros comenzaban a sofisticarse y elaboraban ya productos y garantías directas o colaterales complejas, a presente y a futuro. luego llegaron las subprimes. Los bancos necesitaban una referencia concreta y homologada para operar y crearon el Libor. Se trata de una cifra fijada a diario, poco antes de la media mañana, por una serie de bancos, que refleja la media del tipo de interés al que esas instituciones estarían dispuestas a prestarse dinero en diferentes divisas y para un centenar largo de supuestos. Es una estimación, no una realidad y la fijan los operadores privados porque así lo permitieron el Tesoro británico y la Asociación Británica de Banca, que asumió en su día que esa operativa iba a regirse por las normas del fair play. Una broma pesada.

Bueno, pues no ha habido fair play y la City entera huele a todo menos a rosas.

No voy a entrar en los detalles de este escándalo; de ellos se están ocupando mis compañeros en los medios de comunicación habituales. Pero sí quiero hacerles notar un par de cosas o tres. Primera, y como ya les señalé semanas atrás en otro post, que áreas vitales de nuestra existencia se sustraen a las garantías del proceso democrático. El precio del dinero que nos prestan lo calculan sujetos privados y se ha comprobado que lo falseaban en beneficio propio, ante la desatenta mirada de un montón de funcionarios públicos a los que se paga para vigilar que estas cosas no pasen.

Pero también la gasolina o el gasoil que compramos, se fija en instancias privadas, a través de una agencia de nombre Platt’s, que es una filial de McGraw-Hill, el patrón de Standard & Poor’s, la bestia parda de las agencias de calificación junto con Moody’s. La mayor parte de los contratos a plazo del mundo del petróleo que entrañan intercambios físicos de crudo o derivados están cifrados en base a referencias de Platt’s. La International Organization of Securities Commissions (IOSCO), que es regulador internacional de los mercados de valores, ha abierto una investigación sobre ese tinglado a demanda del G20 de Cannes (noviembre de 2011) porque entiende que si bien el método de cálculo que Platt’s utiliza es conocido, el procedimiento de fijación de precios en sí no es transparente. Los miembros del comité que determinan los precios del crudo y de sus derivados, es decir, de las gasolinas, el gasóleo, el keroseno de aviación y las naftas, entre otros productos, que se venden en todo el mundo, así como sus deliberaciones, ¡son secretos!

Mi tercera consideración se refiere a las instituciones europeas, asombrosamente ausentes en este debate. ¿Hasta dónde llegan los riesgos? Porque el Deutsche Bank está siendo investigado… ¿Ustedes se imaginan si, de resultas de todo este follón, se derivan responsabilidades penales para los autores de estos abusos, y  los países y los sujetos individuales defraudados se personan como acusación particular o privada en procesos similares al que se dio en su día por la Merchant Shipping Act británica, que data de las mismas épocas (se promulgó sólo cuatro años más tarde) que el Libor? ¿Dónde se iría eso que llamamos "el sistema"?

martes, 26 de junio de 2012

Intolerancia islámica

Una joven belga que vestía un mini short ha sido objeto de una interpelación abusiva por dos adultos que hablaban en árabe, cuando viajaba a bordo de un Metro de la capital comunitaria, en una línea troncal.

El hecho ha acaecido, hoy, a medio día. La joven viajaba sentada cuando uno de los adultos se le ha encarado, reprochándole lo ligero de su indumentaria. "¡Luego pasa lo que pasa!", le ha dicho el sujeto a la chica, a la que ha exigido que se pusiera de pie. Ella no ha atendido la reclamación del tipo, y ha continuado sentada.

El momento ha sido muy desagradable; para la joven y para el conjunto del pasaje. Los gritos del fanático se han oído en todo el vagón.

El incidente ha tenido lugar cuando el convoy circulaba por el subsuelo de una zona céntrica de la capital, en las inmediaciones de Merode, junto al monumento que conmemora el cincuentenario de la independencia de Bélgica.

En algunos países árabes regidos por la sharia, a las mujeres que muestran sus tobillos por la calle la policía religiosa se los fustiga con varas. Los energúmenos del metro de hoy todavía no se atreven a portar palos para varear a las mujeres occidentales que enseñen más piel que la que ellos consideran soportable.

Hace pocos días, en una comuna (ayuntamiento) de la capital, en la que la comunidad musulmana es abundante, Moelenbeek, un grupo islamista radical, Sharia4Belgium, lideró fuertes altercados callejeros. Su líder, Fouad Belkacem, un sujeto con un largo historial de delincuencia que ha abrazado la ortodoxia sunita manifestó que "las mujeres occidentales, u 'occidentalizadas', no son dignas de respeto".

Sharia4Belgium se inspira en la misma intransigencia de Sharia4UK, prohibida en el Reino Unido.






 

lunes, 25 de junio de 2012

Los tiempos gallegos de Don Mariano




En sus primeros tanteos internacionales, Mariano Rajoy está dando muestras sobradas de que no le gusta ser zarandeado. En general, todos los políticos que en Europa acceden al poder llegan a Bruselas con un considerable desconocimiento de la dinámica comunitaria y de los ritmos internacionales. Le pasó a Sarkozy, un presidente francés demasiado hexagonal en sus inicios, y hasta a Merkel, aunque lo hayamos olvidado. Rajoy creía, pero se equivocaba, que su adscripción ideológica a la familia conservadora, mayoritaria en las instancias del poder comunitario, y la voluntad firme de su gobierno por acometer las reformas que la UE le reclamaba en la economía y las estructuras nacionales obsoletas, le granjearían las simpatías inmediatas de sus pares en el Consejo Europeo. Le ha costado darse cuenta de que su presunción era errónea; que en la esfera internacional no cuentan las promesas, sino los resultados y que la sola voluntad de hacer por parte de un dirigente no restaura la confianza perdida en un país.

A España, en el exterior, se la ve mal. No debería extrañarnos: somos un país que, con Zapatero, ocultó dos puntos y medio de déficit público, acrecentados, además, en cuatro extemporáneas décimas más por las políticas del actual Gobierno (los pagos a proveedores) y al que un sector significativo de su sistema financiero, una parte de sus muy veteranas Cajas de Ahorros, se le ha venido abajo por los disparates de la clase política en la disposición de recursos para proyectos a cada cual más delirante y todos ellos relucientes por la grasilla de la corrupción. Es verdad que se están haciendo cosas para corregir la situación pero todavía no hay resultados. Y esos, los resultados, son los que cuentan. También Papandreu, cuando era primer ministro de Grecia, venía a Bruselas a pedir ayuda y aseguraba que no se escatimarían esfuerzos para poner en orden las cuentas de su país. Hoy es el día en que no se han acometido todavía la mayor parte de las privatizaciones comprometidas por Atenas para acopiar liquidez. No es difícil imaginar que en esos nichos de riqueza pública campan a sus anchas los cachorros de la clase política y sindical que ha llevado a la ruina al país y que los poderosos (y ricos) no quieren abandonar sus canonjías. Que paguen los demás.

A Rajoy, las circunstancias le han hecho caerse del guindo de la peor manera posible: saltando de avión en avión y con los foros políticos y económicos del planeta señalando a su país como el nuevo enfermo de Europa. Su reacción ha sido de autoafirmación: «A mí nadie me pone a marcar el paso», parece haberse dicho el presidente español, que se ciñe a su agenda y a sus composiciones de lugar en una situación que no se esperaba y que reviste una gran complejidad. Su determinación por reservarse la autonomía para cifrar la cuantía del rescate (perdón, del crédito preferencial) a las Cajas arruinadas, una vez conocidos los resultados de las auditorías realizadas por Oliver Wyman y Roland Berger, y sabida ya la estimación del FMI, constituye una evidencia palpable de que el personaje no quiere verse avasallado. En puridad, es correcto que lo haga: él es quien tiene los datos sobre las necesidades reales y a quien le corresponde la responsabilidad de decidir, de escoger entre las diferentes opciones, todas las cuales entrañan una apuesta política diferente y cuyas consecuencias tendrán que depurar nuestros riñones fiscales, y aún los de nuestros hijos.

De esta misma tozudez hizo gala el personaje ya el pasado enero, cuando el Consejo Europeo y la Comisión le reclamaban el anteproyecto de presupuestos y él se negó a facilitarlo por las causas ya sabidas. Menos hipocresías: nadie pierde en un cantón electoral a beneficio de los intereses europeos. Ni siquiera Merkel.

Se ha hablado mucho de la astucia gallega de Rajoy. En Bruselas se la reconocen pero hay dudas aquí de que ese recurso suyo sirva para gestionar la difícil circunstancia de España en la esfera internacional o, en cualquier caso, para hablar al Consejo Europeo en la clave apropiada. Los tiempos de Rajoy están situando el rescate (perdón, el crédito preferencial) de las Cajas en un momento internacional más favorable a los intereses españoles (compromiso europeo de relanzamiento económico tras las presiones de Obama en el G20, formación de un nuevo gobierno heleno pro-euro, alternancia política en Francia con un nuevo presidente en el Elíseo menos amigo de la austeridad a secas que su predecesor), pero a un costo para los demás no desdeñable pues el euro acusa todas estas dudas. Se cambia bajo frente al dólar y los mercados monetarios encuentran más motivos para desconfiar de Europa en su conjunto. Y, en fin, las compras en dólares de hidrocarburos también se encarecen aunque el tipo de cambio del euro abarate las exportaciones y ayude a recomponer nuestra maltrecha balanza comercial.

El momento es extremadamente delicado. Rajoy se juega el salto, en su consideración internacional, de teniente de alcalde a estadista. Los demás arriesgamos hasta la dentadura.

lunes, 11 de junio de 2012

¿Cuánto nos va a costar esto?



La hijuela. En dinero, en credibilidad, en prestigio.

En febrero de 1993, "The Economist" se preguntaba si la entonces inminente reunión de los ministros de Finanzas y de los gobernadores centrales de los países miembros del G-7 no iba a registrar la petición de entrada de España en el exclusivo club de las economías más poderosas del planeta. Citaba, para justificar su suposición, que el PIB canadiense señalado para 1992 por la OCDE ascendía a 567.000 millones de dólares, por detrás de los 585.000 del español y se permitía recordar cómo, en 1987, Italia había superado el PIB británico contabilizando un 18% de su economía sumergida (qué cosas se pueden llegar a hacer, ¿eh?), y que el entonces G-5 pasó a convertirse en G-7 para ahorrarle a Londres la humillación de verse arrojado a la cuneta.

El diferencial de PIB entre España y Canadá sigue manteniéndose, 1,47 billones de dólares para España en 2010 y 1,33 para Canadá, a falta de la estadística canadiense de 2011, pero nadie habla ya de que nuestro país reivindique un "sorpasso" a la italiana sobre esa economía norteamericana. ¿Por qué? Pues porque éramos un país con muchas dificultades económicas, y ahora tenemos a una parte de nuestro sistema financiero enchufada a un catéter por el que nos suministran auxilio económico desde el exterior. Es decir, que no hemos sido capaces de resolver nuestros propios problemas y que los demás han tenido que venir a ayudarnos.

La parte de nuestra banca que ha necesitado ser rescatada con el dinero de los impuestos de otros ciudadanos europeos es la que ha estado más expuesta a las decisiones de representantes políticos con una visión estrecha de la realidad (sus respectivos ámbitos de responsabilidad geográfica) y del corto plazo (el de la reelección) estas últimas décadas: una parte del sistema de cajas de ahorro, en cuyos consejos de administración han tenido silla, y muy bien remunerada, representantes de las formaciones políticas con mando en plaza y aún sin él.

Contrariamente a otros comentaristas, yo no considero que las sucesivas generaciones de políticos autonómicos y locales, en cuyos territorios se fraguaron los socavones financieros ahora aflorados, sean culpables de otra cosa que de estupidez y cortedad de miras. Es verdad que ha habido fraudes, corruptelas sin cuento y otras vergüenzas dolorosas, pero el negocio de la construcción era el lubricante que las administraciones locales necesitaban para funcionar, y lo han utilizado profusamente; mejor o peor, pero a manos llenas.

El problema viene de otro lado: de la total ausencia de corrección de derivas perniciosas por parte de quienes tenían que señalarlas, es decir, la Administración central del Estado y el Banco de España. El Gobierno del Estado -los sucesivos gobiernos que el Estado ha tenido en estos años de democracia y aún antes- han sufrido de la misma cortedad de miras que las corporaciones regionales y locales. Porque la construcción y el crédito que la hacía posible era una de las principales fuentes de riqueza del Estado. Y matar a la gallina de los huevos de oro era, cuando menos, arriesgado y siempre problemático.

¿Pero el Banco de España? El comunicado del Fondo Monetario Internacional emitido en la madrugada del sábado asegura que los organismos supervisores nacionales, el BdE entre ellos, «cuentan con un personal sumamente experimentado y respetado, respaldado por buenos sistemas de información». Pero, continúa, «en los últimos años, el enfoque gradual aplicado a la adopción de medidas correctivas les permitió a los bancos débiles continuar operando en detrimento de la estabilidad financiera».

En otras palabras, que el BdE ha dejado hacer.

Una de las condiciones básicas de la Unión Monetaria Europea es la independencia de los bancos centrales de los países que la integran. España asumió este requisito cuando se adhirió al euro. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, nombrado para el cargo en 2006 por José Luis Rodríguez Zapatero, no tenía ni el perfil ni el prestigio que la institución demandaba. A estas alturas de la película, está bastante claro que las labores de supervisión que el BdE debía haber llevado a cabo no han sido diligenciadas con el rigor exigible. De ahí que vayan a ser entidades extranjeras las que emitan un veredicto final sobre la situación de nuestro sector financiero, pues ni nuestros socios comunitarios, ni los mercados, se creen las que les proporcionamos.

Triste corolario para el país que propuso al Consejo Europeo la realización de los primeros test de resistencia bancaria, al considerar a su sistema como el más sólido del continente.

En el G-7 no se está para figurar. Mis amigos me cuentan que cuando los fotógrafos terminan su labor y se cierran las puertas, empiezan a pedirte dinero: que si 400 millones para Sudán, que si 700 para un fondo de apoyo a Latinoamérica, y así. ¿Y cómo un país que no es capaz de taponar los agujeros de una parte de su sistema financiero podría sentarse para hacer otras cosas que la foto de sus dirigentes?

Europa, dando una vez más muestras de solidaridad, nos vuelve a sacar las castañas del fuego, pero que nuestros dirigentes tengan claro que la próxima negociación de las Perspectivas Financieras acusará estas debilidades y que pasarán muchos años antes de que se nos vuelva a tomar en serio en los círculos internacionales de poder.


lunes, 28 de mayo de 2012

La pregunta equivocada




Demasiada gente está formulándose estos días la pregunta equivocada. ¿Qué pasaría, se dicen, si Grecia abandonara el euro? Yo creo que lo que hay que preguntarse es, más bien, lo que sucedería si Alemania firmara la defunción de la moneda única.

La llegada de François Hollande al poder en Francia ha sido interpretada por amplios sectores de opinión como la quiebra de tándem franco-alemán y la relajación de las políticas de austeridad en la eurozona. Tal percepción resulta de un análisis de la situación erróneo y de otro de cálculo aún más importante.

Las políticas de austeridad que Berlín está imponiendo a los miembros de la moneda única son el estricto resultado de los equilibrios básicos sobre los que se sustenta el euro. Es historia ya sabida que la moneda única la reclamaron los franceses y los alemanes sólo asumieron la demanda cuando les fueron aceptadas las estrictas condiciones que exigían para ponerla en marcha. Buena parte de ellas estaban relacionadas con las prioridades del instituto emisor de dicha moneda, el Banco Central Europeo.

En la idiosincrasia del pueblo alemán, y de sus estamentos dirigentes, está profundamente arraigado el rechazo a la hiperinflación de los años 20 del pasado siglo, que tuvo una expresión más moderada al término de la Segunda Guerra Mundial. Ambas arruinaron a los alemanes que habían sobrevivido a las dos grandes guerras. Cuando Angela Merkel, en el riguroso cumplimiento de las normas  definidas para el funcionamiento del euro, se opone a políticas monetarias expansivas, en un entorno inflacionario por la evolución de los precios energéticos, no está haciendo otra cosa que defender el Deutsche Mark, al que, en Alemania llaman euro y cada una de cuyas unidades vale, exactamente, dos marcos.

De la misma manera, cuando Alemania exige a Grecia un rigor en políticas y comportamientos que nunca se han encontrado presentes en los hábitos de aquél país, está defendiendo la solvencia del marco alemán.

Francia arrastra un pecado original en la Unión Monetaria que nunca ha reconocido y que con Hollande pasará aún más inadvertido: que vive por encima de sus posibilidades y que no tiene intención de renunciar a ello. Una simple mirada a las curvas que les adjunto les permitirá constatar que los presupuestos franceses han mostrado siempre déficit y que el objetivo central del Pacto de Estabilidad, el equilibrio presupuestario, no ha entrado nunca en los cálculos de París. Salvo quizás en los meramente retóricos. No así en los de Madrid, que desde el lanzamiento del euro, y hasta 2007, ha mantenido sus cuentas en franca proximidad con el déficit “cero”, si no abiertamente en superávit.

El nuevo presidente francés parece tener una cosa clara: que con la austeridad del Pacto de Estabilidad (al que precisamente Francia ya le añadió la “C” de “Crecimiento”, por lo que su acrónimo se escribe “PEC”) no puede mantener los niveles de gasto que necesita para que su electorado no perciba mermas significativas en el denominado “Estado del bienestar”. De ahí que haya hablado en campaña de paquetes de inversión fresca de 30.000 millones, entre otras alegrías.

El problema es que Francia  no tiene ese dinero, ni posibilidad de presupuestarlo a déficit por las limitaciones del PEC.

O sea que, una de dos: o François Hollande incumple sus compromisos electorales –lo más probable-, o Alemania termina viéndose abocada a elegir entre el euro y el marco alemán, que es el escenario al que invariablemente nos conduciría una Francia alineada con la “volatilidad” (dichosa palabreja) del sur europeo. Esa es la pregunta correcta: si Francia pondrá a los alemanes en esa disyuntiva.


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