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sábado, 10 de agosto de 2013

La City sigue pescando en Gibraltar


Hace ya bastantes años, durante uno de esos episodios periódicos en los que Gibraltar calienta los ánimos en Madrid y Londres, le pregunté a un ministro español de Exteriores, con el que mantenía una relación de confianza, si el Reino Unido quería sinceramente acabar con el problema de Gibraltar. “¡Qué va!, me contestó. Van a por todas”.
Nunca traicioné aquella confidencia que hoy se me antoja desbordada por los acontecimientos, pues es obvio que Londres, en lo de Gibraltar, sigue yendo a por todas. Me parece ocioso seguir actuando como guardián de un secreto que los hechos cotidianos han expuesto al crudo sol del sur peninsular.
El Reino Unido no tiene voluntad alguna de solucionar el problema de Gibraltar. En realidad, no lo percibe como un problema, sino como una oportunidad que está explotando a conciencia.
El Peñón, en el siglo XIX y aún durante una parte del XX, era un baluarte de valor militar estratégico: le ayudaba al poder británico a controlar el Estrecho de Gibraltar, es decir, el acceso al Mediterráneo. Hoy, la moderna tecnología militar ha reducido el valor de esa plaza a una condición puramente testimonial que, sin embargo, rinde algunos servicios logísticos ocasionales, como la reparación de un submarino nuclear averiado, o propagandísticos, como la próxima visita de varias unidades de la Navy. De tiempo en tiempo, y nada más que por incordiar, algún miembro que otro de la familia real británica se deja caer por el lugar, provocando arreboles en la camarilla de caraduras que gestionan el enclave, en su condición de relés del auténtico poder que manda en el lugar: la City londinense.
No se llamen ustedes a engaño. Gibraltar no es un atavismo evocado de tiempo en tiempo por el nacionalismo español, como espantajo para distraer la atención pública de asuntos más enjundiosos. No. Gibraltar forma parte, con las Islas Vírgenes, Guernesey, Jersey, Caimán y demás, de esa tupida telaraña que la City londinense ha tejido para atrapar el dinero negro del planeta que escapa a las demás fuerzas centrípetas concentradas en el mismo afán: Rusia, China, los paraísos fiscales estadounidenses, Singapur (que fue colonia británica) Macao… El Peñón ayuda al dinero negro del sur español y, muy probablemente, al de otras zonas del territorio nacional, a escapar del Fisco. Y lo hace con la misma combinación de sociedades - pantalla, cuentas opacas, intermediarios de confianza y demás parafernalia al uso en los paraísos fiscales que están esparcidos por el planeta, y que la reciente investigación del Offshore Leaks ha ayudado a delimitar.
Muy por encima de las periódicas provocaciones que esa camarilla de descarados que se autoproclaman “autoridades legítimas” del Peñón, como la invasión de espacios marítimos sobre los que en Reino Unido no tiene jurisdicción, la exhibición impúdica de tráficos ilegítimos y otras actividades directamente ligadas a la delincuencia pura y dura, para lo que Gibraltar les sirve a los británicos es para captar dinero negro español.
La talla del envite merece una consideración sosegada. Este país, su diplomacia, no puede quedar a merced de las pequeñas maldades que los apéndices de Londres fabrican de vez en cuando para poner a las autoridades españolas contra las cuerdas de una opinión pública desorientada. Y esa opinión pública debe ser consciente de que las autoridades legítimas españolas han puesto toda la carne en el asador para resolver el problema en democracia: buscaron, por ejemplo, el formato de soberanía compartida, como contrapartida a la inclusión de Gibraltar en la Directiva de Liberalización del transporte aéreo. Otro tanto sucedió cuando llegó la hora de definir las fronteras exteriores de la UE.
No se produjeron las contrapartidas esperadas. Básicamente porque las autoridades del Peñón se negaron a cumplir con su parte, alegando que no estaban presentes cuando aquellas fueron asumidas. No tenían que estarlo porque Gibraltar es un territorio sin estatuto jurídico internacional, bajo administración británica, sometido a las cláusulas del Tratado de Utrech. El Gobierno de Zapatero, en un ejercicio de ingenuidad pasmosa, decidió darles cabida en lo que se denominaría Diálogo Tripartito (de Londres y Madrid más Gibraltar), en un intento de rara generosidad para salvar esas objeciones.
Lo esfuerzos no han servido de nada, y Gibraltar sigue siendo un agujero negro cada vez más grande para los intereses españoles.


martes, 3 de julio de 2012

Libar el libor




“Libar” es un verbo transitivo español que significa, en su primera acepción, “chupar suavemente el jugo de una cosa”, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua y “Libor” pretende ser el acrónimo de “London Interbank Offered Rate”, pero yo estoy convencido de que significan lo mismo, de que el segundo es la versión anglosajona del primero, del verbo castellano.

Al menos, esta es la convicción, firme, que resulta de los hechos extraordinarios que están  saliendo a la luz estos últimos días y que nos cuentan que el precio del dinero que se nos ha prestado a nosotros, o a nuestros países en determinadas circunstancias, puede no responder a la realidad del mercado, - condición exigible e inexcusable última del modelo en el que nos desenvolvemos- sino a la conveniencia de unos manguis que han falseado la realidad en beneficio propio, o, lo que es lo mismo, de los bancos para los que trabajaban, con el muy británico Barclays al frente. De paso, o precisamente por eso, la operación les franqueaban a estos manguis el acceso a monstruosos “bonus” que les permitían pagarse los Bugatti Veyron a millón y pico de euros cada uno, los yates “no 40 ft but 40 mts”, las muñecas rusas y los chateaux en la campiña británica, que es francamente bonita; les recomiendo que la visiten.

La manipulación del “Libor” y, consiguientemente, del “Euribor”, revela tal arrogancia, un cinismo tan extremo en los operadores bancarios que lo gestionaban y de sus jefes (que pretenden llamarse andanas, diciendo que no sabían nada) que pone definitivamente en cuestión el modelo que resulta de la globalización financiera. Porque quienes desde las pantallas de ordenador del Barclays en la City londinense (probado) y de una veintena de bancos más de escala operativa planetaria (aún bajo  investigación), falseaban el precio del dinero que se vendía por el mundo, no estaban alterando las condiciones de un mercado cualquiera: le estaban metiendo la mano en el bolsillo a usted y a mí, a todo el mundo, a un negocio de 360 billones de dólares (trillions en inglés).

El Libor nació en la City londinense a mediados de los 80 del siglo pasado, cuando los mercados financieros comenzaban a sofisticarse y elaboraban ya productos y garantías directas o colaterales complejas, a presente y a futuro. luego llegaron las subprimes. Los bancos necesitaban una referencia concreta y homologada para operar y crearon el Libor. Se trata de una cifra fijada a diario, poco antes de la media mañana, por una serie de bancos, que refleja la media del tipo de interés al que esas instituciones estarían dispuestas a prestarse dinero en diferentes divisas y para un centenar largo de supuestos. Es una estimación, no una realidad y la fijan los operadores privados porque así lo permitieron el Tesoro británico y la Asociación Británica de Banca, que asumió en su día que esa operativa iba a regirse por las normas del fair play. Una broma pesada.

Bueno, pues no ha habido fair play y la City entera huele a todo menos a rosas.

No voy a entrar en los detalles de este escándalo; de ellos se están ocupando mis compañeros en los medios de comunicación habituales. Pero sí quiero hacerles notar un par de cosas o tres. Primera, y como ya les señalé semanas atrás en otro post, que áreas vitales de nuestra existencia se sustraen a las garantías del proceso democrático. El precio del dinero que nos prestan lo calculan sujetos privados y se ha comprobado que lo falseaban en beneficio propio, ante la desatenta mirada de un montón de funcionarios públicos a los que se paga para vigilar que estas cosas no pasen.

Pero también la gasolina o el gasoil que compramos, se fija en instancias privadas, a través de una agencia de nombre Platt’s, que es una filial de McGraw-Hill, el patrón de Standard & Poor’s, la bestia parda de las agencias de calificación junto con Moody’s. La mayor parte de los contratos a plazo del mundo del petróleo que entrañan intercambios físicos de crudo o derivados están cifrados en base a referencias de Platt’s. La International Organization of Securities Commissions (IOSCO), que es regulador internacional de los mercados de valores, ha abierto una investigación sobre ese tinglado a demanda del G20 de Cannes (noviembre de 2011) porque entiende que si bien el método de cálculo que Platt’s utiliza es conocido, el procedimiento de fijación de precios en sí no es transparente. Los miembros del comité que determinan los precios del crudo y de sus derivados, es decir, de las gasolinas, el gasóleo, el keroseno de aviación y las naftas, entre otros productos, que se venden en todo el mundo, así como sus deliberaciones, ¡son secretos!

Mi tercera consideración se refiere a las instituciones europeas, asombrosamente ausentes en este debate. ¿Hasta dónde llegan los riesgos? Porque el Deutsche Bank está siendo investigado… ¿Ustedes se imaginan si, de resultas de todo este follón, se derivan responsabilidades penales para los autores de estos abusos, y  los países y los sujetos individuales defraudados se personan como acusación particular o privada en procesos similares al que se dio en su día por la Merchant Shipping Act británica, que data de las mismas épocas (se promulgó sólo cuatro años más tarde) que el Libor? ¿Dónde se iría eso que llamamos "el sistema"?

domingo, 11 de diciembre de 2011

Una Jugada muy Arriesgada



La City londinense, el núcleo financiero más importante del mundo
Jean Monnet detalla en sus «Memorias» el desenganche británico del proyecto de Comunidad Económica Europea, a finales de los 40 y a todo lo largo de los 50. Cita, entre otros, a Sir Edwin Plowden, un hombre clave en la organización y la logística británicas de la postguerra. Cuenta cómo éste le explicaba el rechazo al proyecto de vertebración europea en términos simples, pero esclarecedores: «Éramos (la conversación con Plowden que rememora Monnet tiene lugar tiempo después de los hechos narrados) una nación victoriosa, con responsabilidades mundiales y no estábamos listos para establecer vínculos privilegiados con el continente».

Es historia que la Gran Bretaña se quedó al margen del proyecto común porque le venía pequeño y porque no quería mezclarse con perdedores. Tampoco deseaba (decía, refiriéndose a los cuestionables comportamientos italiano y francés durante la contienda) ponerse a la altura de ciertos oportunistas, teniendo, como aún tenía a mediados del siglo pasado, una proyección imperial y una interlocución privilegiada con Washington. También es historia que la realidad marcó el final de aquel espléndido aislamiento a comienzos de los 70, con la arribada de una Inglaterra mucho más humilde al ya próspero continente, con el que Londres necesitaba, imperiosamente, multiplicar sus relaciones comerciales.

Las cosas han cambiado poco desde entonces: el Reino Unido ha hecho muy bien lo que mejor sabe, que es vender. Hoy por hoy, más de la mitad de sus exportaciones tienen destino en sus socios de la Unión europea, con los que comparte mucho más que pan y mantel.

Por eso resulta todavía más incomprensible la salida de pata de banco de David Cameron la madrugada de este viernes, en el Consejo Europeo. Este joven premier británico ha decidido hacer tabla rasa de 40 años de historia y cabalgar por libre hacia no se sabe exactamente dónde.

Invocando la defensa de unos «intereses» presuntamente irrenunciables de la capitalidad financiera británica, que le reporta al Reino Unido en torno a un 10% de su PIB, Cameron ha decidido dejar a su país al margen de la unión fiscal que se anuncia en la UE para reforzar la posición del euro en los mercados internacionales. Y lo ha hecho, a sabiendas de que esta cabalgada la iba a emprender en solitario, de muy malas maneras: despreciando públicamente al euro, que es la moneda del continente.

No es una buena elección. Primero porque los activos que Cameron dice defender no tienen defensa política: uno no puede invocar un principio funcional tan cuestionable como la capacidad de los mercados para regularse por sí mismos, haciendo de ello toda una ideología y la elección estratégica de tu gobierno y cerrar los ojos a la realidad de que ese principio esconde muchísima "letra pequeña", muy poco edificante. Es esa "letra pequeña" la que el continente quiere expurgar de sus potenciales abusivos, porque lo que se denominan "mercados" cobijan, actualmente, a verdaderas tribus de iniciados en conocimientos y técnicas ajenas al común de los mortales, que son utilizadas indiscriminada y sistemáticamente para desplumar, precisamente, a esos mortales comunes. Que alguna vez esas operaciones de expolio encubierto bajo una legalidad tramposa salgan mal, y algún que otro iniciado se quede un rato en la miseria, no otorgan mayor licitud al montaje.

Y, segundo, porque el Reino Unido no va a poder preservar sus privilegios (quedarse fuera y entrar a picotear a voluntad), en la nueva etapa que se anuncia. Cameron cree que sí, pero quizás peque de optimismo. Irse de un sitio haciéndoles pedorretas a tus compañeros de habitación incomoda, y esos hasta ahora tus socios pueden considerar la colaboración contigo, en lo nuevo que se diseñe, de una manera muy displicente, bien distinta que la que te han otorgado.

Skyline londinense
La City londinense es el nuevo imperio británico, un imperio tan planetario como el del siglo XIX lo fue, quizás más. Pero es un imperio sólo financiero, mucho más vulnerable al miedo y a la incertidumbre que los cruceros de la Navy. Tus hasta ahora socios continentales pueden obstaculizar de mil maneras las relaciones de sus agentes económicos con tu imperio. Con impuestos, con papeleo, forzando a que las transacciones en euros se negocien en París, en Fráncfort ... Es cuestión de contrapesar costos y beneficios, en una escala temporal un poco más amplia que la que Cameron parece haber utilizado para su apuesta.

El premier británico cree que si el continente regula en exceso la actividad financiera, la City engordará sus cuentas con los desertores de la unión fiscal. La experiencia, sin embargo, demuestra lo contrario, que el bloque tiende a acentuar su cohesión. Bien podría suceder, por ello, que algunos bancos de Canary Wharf terminen emprendiendo el camino del continente a la vuela de unos cuantos años. Tiempo al tiempo
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