La Comisión europea ha hecho pública hoy su propuesta de TAC y cuotas pesqueras para 2014. Destacan en ella, por lo que concierne a España, fuertes incrementos en los derechos de pesca de merluza, gallo (en parte del 'stock' norte, en otras hay descensos) y del 'stock' sur y caídas del chicharro en aguas de la UE.
Siguiendo con las prácticas de años precedentes, les incluyo aquí un cuadro con las principales cifras y los porcentajes resultantes. Antes de la negociación de diciembre, me propongo publicar otro con los totales.
(Clickando sobre la tabla se amplía. La versión pdf está aquí: http://www.scribd.com/doc/180185789/Espana-TAC-CUOTAs-2014-pdf)
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miércoles, 30 de octubre de 2013
sábado, 26 de octubre de 2013
Grandilocuencias ruinosas
Una de las mayores grandilocuencias de la década de los 90, con las que los dirigentes del país nos regalaban el oído a los españoles, fue aquella de que la liberalización de la energía iba a resultar beneficiosa para el consumidor, pues la competencia haría bajar los precios.
Después, en los años 2000, los políticos cambiaron de martingala y comenzaron a cantar la excelencia de la energía verde y de las renovables para «descarbonizar» (eliminar los residuos de carbono) a la economía europea y quebrar la tendencia ascendente de la dependencia del exterior para la generación de electricidad. La energía producida por los molinos de viento, el sol o las mareas iba a ser necesariamente barata. Incluso una cumbre europea, la de marzo de 2007, consagró aquel canon mágico de los tres veintes por ciento: un 20% de generación de energía en Europa a partir de fuentes renovables, otro 20% de ahorros en consumos mediante medidas de eficiencia energética y un 20% de reducción de vertidos de gases causantes del «efecto invernadero», todo ello en el horizonte de 2020.
Nadie, ni en los 90 ni en los 2000, se atrevió a aventurar que estos objetivos estratégicos podrían tener un costo, y mucho menos abultado, pero no cabe ninguna duda ya de que la operación ha sido ruinosa para los bolsillos de los ciudadanos, los cuales, además, no han llegado a disfrutar de ninguna de las ventajas prometidas: los precios máximos de los derivados del petróleo desaparecieron y los consumidores españoles quedamos a merced de los abusos de las grandes corporaciones petrolíferas y de los mercados financieros. Y como el Gobierno nada o poco puede contra estos o aquellas, ha optado por ignorarlas: el IPC, en el que el precio de la energía tiene una influencia acusada, no es ya el referente para la revalorización de las pensiones, ni para los sueldos. Y para qué hablar de la electricidad, cuya rampante tarifa está estrangulando los esfuerzos de competitividad del menguante tejido industrial del país, además de asfixiar aún más a la tambaleante economía de las familias. Para defender su reforma, la de julio, el Gobierno viene a decir que no hacer nada hubiera sido mucho peor para todos. Algunos no compartimos ni sus estimaciones ni la orientación de su esfuerzo legislativo, que no ha profundizado en el factor central pendiente de clarificación: los costos imputados por los grandes del sector a la energía que facturan.
Estos días nos encontramos a las puertas de un cambio de estrategia. No es que Bruselas se prepare para arrinconar el canon del «triple 20», que figura ahí, escrito en bronce en el frontispicio de los desiderata europeos, pero sí está considerando cambios de énfasis, vamos a llamarlos así, en la política energética europea, que pondría más en valor las necesidades de los mercados y de la eficiencia energética que hasta ahora.
Lo saben bien las grandes eléctricas europeas, que han desembarcado en tromba en las instituciones comunitarias para defender la tesis de que la energía barata pasa por el abandono de la promoción de nuevas tecnologías que ya han alcanzado la madurez (eólica, solar) y por el apoyo financiero a otras maneras de generar electricidad, cuyo desarrollo es incipiente y que no pueden subsistir en un mercado de contratación ordinaria.
El comisario Oettinger, (Energía) se ha comprometido a dar respuesta a las demandas que, en este sentido, le formularon los grandes del sector el pasado día 11, algunas de las cuales considera «justas».
Pero la Comisión, que reconoce en pasillos la necesidad de compensar de alguna manera a las empresas que mantienen una capacidad de generación suficiente para hacer frente a las necesidades del mercado cuando fallan el viento o el sol (lo que llaman «energía de backup», en España ya reciben primas por ello), tampoco está muy interesada en mantener un statu quo que beneficia única y exclusivamente a los grandes generadores de energía, que configuran en Europa un oligopolio de facto. De aquí a finales de año habrá propuestas comunitarias para compensar económicamente a quienes disponen de estas grandes fuentes de generación, pero la remuneración de capacidades no es la única fórmula que considera la Comisión: se barajan también la integración de mercados y la ampliación de plazo de los contratos de suministro, para acomodar mejor la oferta de energía procedente de fuentes diversas.
Esperemos que el sector no encuentre en la nueva regulación motivos de agravio que le lleven a exigir al Gobierno nuevas compensaciones, vía tarifa. Sería el colmo.
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domingo, 1 de septiembre de 2013
Alerta de tierra para el 'Low Cost'
Tal
y como lo conocemos, el "low cost" tiene los días contados. Supongo
que saben a lo que me refiero: eso vuelos baratos que a veces se ofrecen al
viajero a precios marginales (5 euros y así), pero que, en realidad, pagan las
autoridades regionales o locales, deseosas de dar vida a sus respectivos
aeropuertos que de otro modo no tendrían
razón de existir. En Europa, las "low cost" detentan una cuota de
mercado superior al 50 por ciento y una de ellas, Ryanair, declara transportar
más pasajeros internacionales que ninguna otra en el continente. Su meta para
el año en curso es rebasar los 81 millones de pasajeros. En el último
ejercicio, la empresa declaró beneficios por importe de 569 millones (un 11%
más que el precedente), en un mercado átono y con las empresas tradicionales
del sector sometidas a fuertes tensiones de liquidez.
Históricamente,
el "low cost" enraíza en la liberalización del transporte aéreo de
los años 90, cuando Europa aceptó abrir el sector a la competencia. Se comenzó
por permitir enlaces entre aeropuertos regionales que servían aeronaves y
compañías con bajos CODs (Costos Operacionales Directos), porque los aviones
utilizados resultaban más baratos de mantener, o porque las empresas eran
nuevas y habían sido diseñadas más austeramente que las viejas
"elefantes" del sector, con sus plantillas enormes y sus servidumbres
políticas y de prestigio que sólo resultaban soportables en mercados
compartimentados.
Pronto la ocasión fue percibida como una
manera de promoción de los intereses económicos regionales y comenzó la carrera
por construir aeropuertos y atraer hacia ellos a las compañías que prestaban
esos servicios. Una de ellas, Ryanair, elevó a la condición de categoría superior
la reducción de los CODs, estableciendo un modelo de servicios fuertemente
criticado, y comenzó a operar con reactores modernos, ganando rápidamente cuota
de mercado.
El
resto es, más o menos, historia sabida: las viejas "compañías de
bandera" nacionales tuvieron que adaptarse a las circunstancias y modificar
sus propios modelos para hacer frente a una competencia feroz, que echaba por
tierra los precios del transporte aéreo en Europa. Consiguieron sobreponerse en
parte por los beneficios que les reportaba el tráfico de largas distancias y
los billetes de clases preferentes, pero también este nicho de actividad esta
viéndose amenazado, en este caso por operadores norteamericanos y de Oriente
Medio, que cuentan con empresas reestructuradas y flotas modernas y muy
eficientes.
Ante
una situación cada vez más degradada, la Comisión europea ha decidido intervenir.
Y se propone hacerlo a lo grande: modificando el marco legislativo básico de
más de 460 aeropuertos regionales europeos y de 150 compañías aéreas que operan
vuelos regulares. Tiene en marcha, desde comienzos de julio, un proceso de
consulta, orientado a definir las reformas del marco legislativo actual, que
comprende dos piezas básicas: las líneas directrices de 1994 sobre evaluación
de ayudas al sector aéreo y las de 2005 sobre financiación de aeropuertos y
subvenciones de Estado para las compañías que operan en aeropuertos regionales.
El objetivo confesado no es otro que el de acabar con las ayudas públicas a los
aeropuertos no rentables y dar término a la competencia desleal que las
compañías "low cost", como la ya citada Ryanair o EasyJet, ejercen sobre
las compañías tradicionales.
Bruselas
se propone prohibir las ayudas a los aeropuertos que detenten un tráfico
superior a los 5 millones de pasajeros por año (71), ofrecer un plazo máximo de
10 años para las ayudas al funcionamiento de las instalaciones portuarias, al
término de los cuales estas deberán extinguirse completamente, y limitar a 24
meses y al 50 por ciento las subvenciones a las nuevas conexiones aéreas.
La
toma de posiciones de la Comisión ha desencadenado airadas protestas de la
Asociación Europea de compañías aéreas regionales y de la Asamblea de las
Regiones de Europa. Bruselas sigue pensando que la política de ayudas de Estado
a los aeropuertos regionales seguida hasta ahora constituye un saco sin fondo
que no genera los retornos económicos esperados. Mientras, Michael O'Leary, director
general de Ryanair, acusa a los "burócratas" de la Comisión de
imponer un modelo "comunista para regular el nivel de tasas y la
competencia, pero que no funciona"
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sábado, 23 de febrero de 2013
Confusión de espíritus
En la Comisión europea, quienes defienden a ultranza la confusión en los espíritus que conlleva la publicación de las "Previsiones Económicas", un fenómeno que ahora acontece cuatro veces al año, suelen incidir en la referencia al «escenario en caso de políticas inalteradas» que suele acompañar a sus cifras. Dice esta gente (me lo han dicho a mí, después de haber demostrado en estas columnas que estas previsiones no han acertado nunca con España, supongo que con los demás tampoco) que las desviaciones entre lo anunciado y la realidad se explican, en parte, porque los gobiernos nacionales «se ven incentivados» a tomar medidas para no llegar a la situación que desde Bruselas se les anticipa.
No hace ese argumento un gran favor a la solvencia del análisis econométrico comunitario. Reduce los esfuerzos de anticipación que realiza la Comisión europea en sus "Previsiones" a la condición de mero instrumento político para la consecución de objetivos político-económicos, lo que le desposeería, llevado el razonamiento a sus extremos, de fundamento científico y de credibilidad.
Verdad es, entre otras cosas porque así lo reconocen ellos abiertamente, que los países del Norte europeo están apretando a los del Sur, Francia incluida, a proceder con reformas estructurales profundas, en el convencimiento de que sin presión, esas reformas, entre las que merece consideración primordial el cambio de mentalidad sobre los déficits públicos, no serían nunca acometidas. Las apreturas de Grecia responderían no tanto a la escala del problema (pequeño en su momento) planteado por la minúscula economía helena, o la portuguesa, o la irlandesa, o las tres juntas, sino por el riesgo de contagio de esa laxitud a otros socios mucho más problemáticos, léase España, Italia o, en fin, Francia. Las "Previsiones Económicas", y los sobresaltos que ocasionan, serían un instrumento más de esta estrategia, que la vicepresidenta española del Gobierno parecía ayer asumir, cuando apuntaba en rueda de prensa, tras la reunión del Consejo de Ministros, que el Gobierno hará lo necesario para que los malos números anunciados en Bruselas no se cumplan.
De modo que todo parece apuntar a una efectiva instrumentalización política de las "Previsiones Económicas" europeas. Dan, a los gobiernos que las necesitan, razones para profundizar aún más en sus políticas de austeridad, ante sus opiniones públicas respectivas.
Pero el temor a la presunta evolución negativa de las cuentas nacionales no debería distraer la atención de otros problemas mucho más reales que las posiblemente fantasiosas cifras comunitarias. Como la apreciación del euro en los mercados cambiarios. Ahí está la verdadera amenaza para la recuperación de la economía española, y Alemania no quiere arrimar el hombro.
En 1999, poco después de lanzado el euro, la moneda única sufrió una devaluación del 14% con respecto a sus tipos de salida. La quimera 1€=1$=100¥ se desvanecía ya entonces y hoy asistimos a maniobras japonesas, estadounidenses y chinas para mejorar la competitividad de sus economías mediante la devaluación, más o menos artificial, de sus divisas respectivas. Y el euro sube; ayer rondaba los 1,32 dólares.
A las autoridades españolas, un euro fuerte les ayuda a vender la idea de que la recuperación económica está en marcha. Evidencia que los capitales internacionales vuelven a confiar en la moneda única. No deja de ser cierto, sin embargo, que un euro a 1,4 dólares borraría del balance las mejoras de competitividad logradas por su economía con tantos esfuerzos.
No hay que dejarse confundir: es ahí, al tipo de cambio del euro, a donde hay que mirar; no a unos números aireados por la Comisión que nunca terminan correspondiéndose con la realidad.
Ante la cantidad de mensajes recibidos, quiero aclarar que el Post en el que comento los fallos enlas Previsiones Económicas de la Comisión europea está aquí: http://bruselas10.blogspot.be/2012/11/pronosticos-que-se-lleva-el-viento.html
Un euro a 1,4 dólares borraría la mejora de la competitividad española lograda con tantos esfuerzos
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domingo, 11 de noviembre de 2012
Pronósticos que se lleva el viento
En
tiempos de descrédito como los que vivimos la gente, que necesita certidumbres,
suele abrazar creencias asombrosas. La de la Econometría parece ser una de ellas. Se trata, esta, de
una ciencia que intenta desvelar el futuro económico que nos espera a partir de
cálculos complejos sobre referencias del presente. La disciplina tiene
diferentes sectas que la interpretan a su manera y no garantiza el acierto,
pero ya se sabe desde la antigua Grecia que abrir ventanas al futuro es siempre
problemático.
Nuestra
sociedad, tan crítica con unas verdades reveladas, inclina mansamente la testuz
ante otras que aterrizan por sorpresa sobre nuestros quehaceres cotidianos. Es
el caso de las Previsiones Económicas de la Comisión europea, que esta semana
ha vuelto a pintar un futuro siniestro para nuestro país en el corto plazo. El
año que viene, han dicho desde Bruselas, el Producto Interior Bruto español va
a caer un 1,4% y a la gente, aquí, se les han abierto las carnes porque el
Gobierno, oficiante de esa misma fe econometra y en pretendida condición de
sumo sacerdote, además, había anticipado que la caída sería mucho menor: del
0,5 por ciento. Políticos de esos que en nuestro país hay tantos, sindicalistas
y profesionales del dinero, también del subsidio, se han lanzado al ruedo para
criticar a diestra o siniestra las cifras de unos u otros.
Nadie,
sin embargo, ha criticado a las fuentes, es decir a la fe econometra o, por
mejor hablar, a la Econometría expresada en términos de fe o dogma. Porque, ¿son
creíbles las Previsiones económicas de Bruselas, tal y como nos las presentan
cada año? Por el enorme ruido que las acompaña siempre habría que decir que sí,
pero es que no. Es que no dan ni una, oiga.
Me
he tomado el trabajo de recopilar los documentos que la Comisión europea ha ido
haciendo públicos a lo largo de los años, todos los otoños, con sus
estimaciones sobre la evolución que habría de seguir la economía en los
diferentes estados miembros. La estructura del capítulo del PIB, en esas Previsiones
Económicas, es casi siempre la misma: presenta, primero, las cifras de los dos
años precedentes (en algunos casos tres) al de la publicación de los datos. Son
estas cifras que, a pesar de pertenecer al pasado, cambian a medida que las
contabilidades nacionales consolidan sus propios números y se los pasan a la
Dirección General de Economía del Ejecutivo comunitario. Vienen a continuación las
“Estimaciones”, que son dos, una para el año de publicación de los datos y otra
para el siguiente y, finalmente, las “Previsiones en caso de políticas
económicas inalteradas”, que marcan una cifra para dos años después.
Con
los números correspondientes a España les he construido la tabla que les adjunto.
Todo está ahí: las “Estimaciones” y las “Previsiones”, desde otoño de 1994
hasta la fecha, expresadas en Volumen, (valores constantes), porque el PIB
también se puede medir a precios de mercado, o a costo de los factores. En
ellas se ve, por ejemplo, cómo para 2009, cuando la economía española cayó un
3,7%, la Comisión le vaticinaba a nuestro país un modesto descenso del PIB del
-0,2% sólo un año antes.
No
es el único desajuste constatado en esta secuencia. Para 2010, la Comisión le
anunciaba a España un descenso del PIB del -0,8% y se quedó en el -0,3%. O en
1995, cuando el producto interior bruto español creció el 5%, a pesar de que la
Comisión le pronosticaba un más modesto 2,8%.
Con estas
cifras y las oficiales de crecimiento del PIB que ofrece Eurostat, el servicio
estadístico de la UE, les he construido el segundo cuadro que les adjunto. En
él se ve que las estimaciones de la Comisión y la evolución final de la
economía española no han coincidido nunca en el periodo contemplado, es decir,
desde 1994 hasta 2012. El primero de esos años sólo dos décimas de punto
separaron la verdad anticipada por el Oráculo de la que constató la realidad
cuando cumplió el tiempo. Otro tanto pasó en 2001 y en 2007 sólo una décima
separó la previsión de la realidad.
Se
observa, además, una clara tendencia en la Comisión a tirar por debajo en sus
estimaciones sobre lo que va a suceder con el PIB español, salvo en 2008,
cuando anunció un crecimiento del 3% que se quedó en el 0,9%.
A la
Comisión le preocupa, naturalmente, la fiabilidad de sus predicciones. En el
número 291 de los Economic Papers de la Dirección General de Economía (The track record of the Commission’s
Forecast – an update, 10/2007), se señala que “el error en las predicciones
del PIB para la UE en su conjunto, medidas por la ME (error medio) ha crecido desde 0,08 puntos porcentuales para el año
corriente a 0,11 pp (mientras que) para el año siguiente la ME ha crecido
marginalmente, al 0,34 desde 0,32 pp”. El ME para España el mismo año de la emisión
de las previsiones está en el -0.20 y en el -0.13 para el siguiente, pero el
MAE, el (error medio absoluto) está en el 0.55 (mismo año) y 0.79 (año
siguiente).
¿Qué
significa el párrafo anterior? Pues que la Econometría no es una ciencia exacta,
entre otras razones porque la valoración subjetiva de quien trabaja con ella
influye en el resultado que se presenta tanto o más que las cifras en sí.
Pero
en España, donde hay infinidad de
conversos a la nueva fe que generalmente vienen de Letras (como yo), a los
números se les concede valores catárticos y la gente despotrica sobre ellos
como si fueran nuevos dogmas de Solón.
No
lo son. En ningún otro país de la Unión Europea se les concede tanta
importancia.
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domingo, 11 de diciembre de 2011
Una Jugada muy Arriesgada
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| La City londinense, el núcleo financiero más importante del mundo |
Es historia que la Gran Bretaña se quedó al margen del proyecto común porque le venía pequeño y porque no quería mezclarse con perdedores. Tampoco deseaba (decía, refiriéndose a los cuestionables comportamientos italiano y francés durante la contienda) ponerse a la altura de ciertos oportunistas, teniendo, como aún tenía a mediados del siglo pasado, una proyección imperial y una interlocución privilegiada con Washington. También es historia que la realidad marcó el final de aquel espléndido aislamiento a comienzos de los 70, con la arribada de una Inglaterra mucho más humilde al ya próspero continente, con el que Londres necesitaba, imperiosamente, multiplicar sus relaciones comerciales.
Las cosas han cambiado poco desde entonces: el Reino Unido ha hecho muy bien lo que mejor sabe, que es vender. Hoy por hoy, más de la mitad de sus exportaciones tienen destino en sus socios de la Unión europea, con los que comparte mucho más que pan y mantel.
Por eso resulta todavía más incomprensible la salida de pata de banco de David Cameron la madrugada de este viernes, en el Consejo Europeo. Este joven premier británico ha decidido hacer tabla rasa de 40 años de historia y cabalgar por libre hacia no se sabe exactamente dónde.
Invocando la defensa de unos «intereses» presuntamente irrenunciables de la capitalidad financiera británica, que le reporta al Reino Unido en torno a un 10% de su PIB, Cameron ha decidido dejar a su país al margen de la unión fiscal que se anuncia en la UE para reforzar la posición del euro en los mercados internacionales. Y lo ha hecho, a sabiendas de que esta cabalgada la iba a emprender en solitario, de muy malas maneras: despreciando públicamente al euro, que es la moneda del continente.
No es una buena elección. Primero porque los activos que Cameron dice defender no tienen defensa política: uno no puede invocar un principio funcional tan cuestionable como la capacidad de los mercados para regularse por sí mismos, haciendo de ello toda una ideología y la elección estratégica de tu gobierno y cerrar los ojos a la realidad de que ese principio esconde muchísima "letra pequeña", muy poco edificante. Es esa "letra pequeña" la que el continente quiere expurgar de sus potenciales abusivos, porque lo que se denominan "mercados" cobijan, actualmente, a verdaderas tribus de iniciados en conocimientos y técnicas ajenas al común de los mortales, que son utilizadas indiscriminada y sistemáticamente para desplumar, precisamente, a esos mortales comunes. Que alguna vez esas operaciones de expolio encubierto bajo una legalidad tramposa salgan mal, y algún que otro iniciado se quede un rato en la miseria, no otorgan mayor licitud al montaje.
Y, segundo, porque el Reino Unido no va a poder preservar sus privilegios (quedarse fuera y entrar a picotear a voluntad), en la nueva etapa que se anuncia. Cameron cree que sí, pero quizás peque de optimismo. Irse de un sitio haciéndoles pedorretas a tus compañeros de habitación incomoda, y esos hasta ahora tus socios pueden considerar la colaboración contigo, en lo nuevo que se diseñe, de una manera muy displicente, bien distinta que la que te han otorgado.
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| Skyline londinense |
El premier británico cree que si el continente regula en exceso la actividad financiera, la City engordará sus cuentas con los desertores de la unión fiscal. La experiencia, sin embargo, demuestra lo contrario, que el bloque tiende a acentuar su cohesión. Bien podría suceder, por ello, que algunos bancos de Canary Wharf terminen emprendiendo el camino del continente a la vuela de unos cuantos años. Tiempo al tiempo
domingo, 20 de noviembre de 2011
Si el euro se hunde, Europa se hundirá con él
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| Firma del Tratado de Maastricht, en 1992 |
Existe un lugar común en esa discusión según el cual el euro, la Unión Monetaria, sería el resultado del Tratado de Maastricht de 1992, que fue aprobado en una cumbre celebrada en esa localidad holandesa en diciembre de 1991. «Prescindimos de él y volvemos a la situación precedente, que no era tan mala», afirman quienes proponen hacer tabla rasa de estas dos últimas décadas.
Es una percepción equivocada. En realidad, la Unión Monetaria ha estado en el núcleo del pensamiento europeo desde sus planteamientos originarios, que no son demasiado ajenos al Zollverein, la unión aduanera germana del siglo XIX. El proceso de integración comunitaria seguiría los pasos de la moderna Alemania, que removió las tarifas internas entre los Estados federados en 1834, dando lugar a un mercado interior que precedería a la unión política de la federación en 1871, cuando se creó el Reichsbank. El marco llegó en 1876.
La construcción europea comenzó a mediados de la pasada década como una unión aduanera, que reclamaba, desde sus muy tempranos momentos, un mecanismo de cambios estables. Ese fue el origen del Sistema Monetario Europeo, creado por una cumbre de jefes de Gobierno de la CE el 5 de diciembre de 1978, a instancias del entonces presidente de Francia, Valery Giscard d"Estaign y el canciller alemán Helmut Schmidt
Subterfugios como el "ecu" -la "cesta monetaria" contra la que se definían las fluctuaciones máximas de las monedas que componían el SME- y el mucho más esotérico "ecu verde", el que se utilizaba para liquidar las ayudas del Fondo de Garantía Agrícola, con sus correspondientes «montantes compensatorios monetarios» negativos o positivos, complicaban la vida de una realidad económica y mercantil común hasta extremos a veces ridículos. El Informe Werner de 1970, en el que se enunciaba abiertamente la necesidad de que Europa construyera, a más tardar para 1980, su unión monetaria, no hizo otra cosa que dar carta de naturaleza a aquellos deseos.
El euro, la moneda única, es la culminación de los enormes esfuerzos acometidos este último medio siglo para dar coherencia económica a la construcción europea. Cuando Kohl y Mitterrand firmaron, en enero de 1988 en París, los protocolos que institucionalizaban el eje francoalemán, en el XXV aniversario del Tratado del Elíseo, lo que Francia esperaba de los nuevos instrumentos creados (el Consejo Económico y Financiero entre ellos, el otro era el Consejo de Defensa y Seguridad) era que se sentaran inmediatamente las bases para la creación del Banco Central Europeo. Alemania, al principio, no quería. Ese año, el ministro germano de finanzas, Gerhard Stoltember, en perfecta sintonía con el presidente del Bundesbank, Karl-Otto Pöhl, ponía el acento en la liberalización de los movimientos de capitales y la cooperación entre bancos centrales en materias fiscales, económicas o regionales, además de monetarias, antes que en una unión monetaria con su correspondiente banco central. Stoltemberg reclamaba, concretamente, una unión política europea, que condujera a la unión monetaria. El Zollverein.
Luego, como siempre pasan las cosas en la UE, las voluntades de unos y otros fueron cuadrando, de manera que en 1999, el euro pudo ver la luz como instrumento fiduciario.
Si el euro cae víctima de las actuales tensiones monetarias, no sucumbirá solo una expresión más de la Europa común; desaparecerá el núcleo central de sus anhelos. El resentimiento contra aquellos a los que se considere culpables de la defunción (lo sean realmente o no, estas cosas siempre son discutibles) y la inestabilidad derivada de la pérdida de los equilibrios continentales de este último medio siglo harán el resto del trabajo. Europa, como proyecto común, dejará de ser una realidad y pasará a los libros de historia.
domingo, 30 de octubre de 2011
Ser y estar
Sede de la Autoridad Bancaria Europea, en Londres
Pero para decirles lo que a continuación sigue tampoco es que me haga falta una información muy depurada sobre la realidad financiera de las instituciones europeas de ahorro y crédito, porque les voy a hablar de la última cumbre europea y de cómo el liderazgo se construye siempre, siempre, sobre la fuerza bruta.
Incluso en la pretendida por Nicolás Sarkozy "familia" europea.
En mis muchos años de actividad periodística no he asistido jamás a un ejercicio de abuso de autoridad tan descarado como el que tuvo lugar, en la noche del miércoles al jueves pasados, en el "Nivel 50" del Justus Lipsius, del que les hablaba el otro día en una entrada de este blog, el de las "colinas de escayola". En ese lugar y momento el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, tomó la decisión (quizás sería más propio decir que "formalizó" la decisión previamente asumida) de plegarse a las exigencias de Alemania, convalidadas por Francia, para que el Fondo de Rescate europeo (se llama de otra manera, pero a los efectos que nos interesan el nombre vale) alcanzara el billón de euros, lo que, de acuerdo con los cálculos al uso, aliviaría la ansiedad de los mercados monetarios sobre la capacidad de la UE para ayudar a los socios del euro en dificultades financieras.
La contrapartida reclamada por Alemania no era cualquier cosa: una devaluación del valor contable de la deuda española, suscrita sin reservas por los bancos españoles que han acudido reiteradamente en auxilio del Ejecutivo cuando la presión de los mercados arreciaba, y un nivel de recapitalización bancaria exigido a las instituciones españolas sólo superado por el impuesto a Grecia.
Por el conocimiento que tengo de la mecánica interna de los Consejos Europeos, sé que es muy difícil frenar un acuerdo de las características del que se alcanzó en la madrugada del jueves. Pero también entiendo que un país de la talla de España, con los intereses y capacidades financieras que atesora, no puede llegar a una reunión de estas características para quedar arrinconado entre la espada y la pared. Para verse obligados a admitir, sus representantes, una minusvaloración contable y el descrédito público de una banca, la privada española, que está, objetivamente, en mejores condiciones que su homóloga continental.
Fue Rodríguez Zapatero quien planteó inicialmente al propio Consejo Europeo, siguiendo planteamientos del Gobernador del Banco de España, Miguel Angel Fernández Ordóñez, la necesidad de realizar verificaciones sobre la capacidad de resistencia de los bancos europeos a diferentes supuestos, para despejar las dudas de los mercados. De aquella propuesta a la materialización de los primeros tests, que luego se repetirían, transcurrieron dos meses, un lapso de tiempo que nunca fue explicado pero que algunos identificamos como el necesario para que la banca europea se adaptara a las exigencias y fueran definidos los límites de aquel análisis.
Sus resultados estuvieron a la altura de aquellas sospechas: aprobaron bancos que luego tuvieron que ser nacionalizados; incluso los irlandeses y Dexia y un banco alemán se sustrajo al análisis, por razones nada convincentes.
El esfuerzo que la cumbre ha reclamado a los bancos españoles, siguiendo dictados del regulador bancario europeo, en cuyos órganos ejecutivos España no tiene plaza, es injusto y discriminatorio, porque mantiene la valoración nominal de los activos tóxicos que detentan otros bancos europeos, (la deuda griega, por ejemplo), que contamina los balances de instituciones francesas y alemanas. Gracias a esta operación, los balances de estos últimos cuadran con mayor facilidad y no requieren, por ello, inyecciones de capital tan contundenttes como las que se exige a los españoles.
Poco importa que al final, la posición del sistema financiero español vaya a ser más sólida que la de Francia y Alemania, una vez se ejecute la quita del 50% de la deuda griega avalada por la cumbre. La UE ha cometido una arbitrariedad de calibre demasiado grueso como para que sea olvidada porque la evolución de los acontecimientos termine marcada por el signo positivo.
Cabe preguntarse la razones de que España, cuarta economía del euro, no esté presente en los órganos ejecutivos de la Autoridad Bancaria Europea, y sí el Reino Unido, que no es parte de la moneda única. Se trata de un órgano creado en 2010. Tengo varias explicaciones pero hay una que quizás les haya pasado a ustedes inadvertida y que quiero exponerles aquí: España es un país de la Unión Europea asistido por los Fondos Estructurales y aunque una condición así no debería constituir ningún hándicap, en la vida real lo es.
La extraña dualidad de España (un país muy desarrollado en determinados servicios y regiones, y claramente subdesarrollado en otros), constituye un problema objetivo para su encaje como miembro de pleno derecho de lo que podríamos denominar la "cúpula" comunitaria. Así lo entendía Manolo Marín, cuando Felipe González se aprestaba a lanzar la operación de la cohesión comunitaria en 1988. Marín no la quería pero González (y Solchaga) sí. Y ganó, claro, la tesis de estos últimos.
Los flujos financieros europeos a España podrían haber sido justificados de otra manera que como ayudas al desarrollo español, (como compensaciones por desarme arancelario, etc.), pero se escogió la fórmula de la caridad europea porque abría la vía a dos mecanismos de largo alcance: la aceptación por los españoles de los sacrificios que estar en Europa nos iba a reclamar y, por supuesto, la facultad de reparto de dinero líquido que ganaban los políticos con ella.
El inconveniente era que las estructuras desarrolladas del país eran medidas con el rasero de las subdesarrolladas.
No puedo afirmar con certeza que si España no está en el Board de la EAB es porque España ha recibido, grosso modo, un billón de las antiguas pesetas al año desde 1989 hasta la fecha, todas las ayudas sumadas. Lo que sí sé es que los negociadores españoles han tenido que callar en circunstancias muy variadas, cuando se les ha recordado la condición de asistido del país cuyos intereses defendían.
Luego está lo del peso político de nuestros representantes ante Europa y el respeto que despiertan. Me acuerdo de Aznar en Berlín (1999) cuando se negó a aceptar la oferta del canciller Schroeder para las Perspectivas Financieras 2000-2007. Cuando se fumó el puro y obligó al alemán a ceder. En Berlín se dijo aquello de que "un canciller alemán no volverá a ser humillado en un Consejo Europeo".
En el caso que nos ocupa, el humillado ha sido el sector financiero español, por un sistema político en el que España carece de una representación acorde con su nivel.
Se trata, obviamente, de una anomalía que hay que corregir.
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viernes, 7 de octubre de 2011
Cartelones
La Comisión Europea dedica desde hace años uno de los laterales de su rutilante sede central de Bruselas, el celebérrimo Berlaymont, a publicitar mensajes de su ideario que considera útil compartir con los demás. El portacompartas no es cualquier cosa: se trata del lateral del Berlaymont que apunta directamente al Rond Point Schuman, el 'kilómetro 0' de la utopía europea, punto de encuentro obligado para los peregrinos de la caminata comunitaria. Es un lugar que siempre está en obras, como la propia construcción europea. Ahora andan perforando allí una estación subterránea de tren. La simbiosis de ambos descalabros es perfecta.
Bueno, pues lo de los carteles. Son extremadamente aparatosos. El Berlaymont remonta trece niveles, que el 'platillo volante' que ustedes verán en la parte superior del edificio de la fotografía que les adjunto proyecta aún más hacia las estrellas. Exactamente allí, en la confluencia de todas las galaxias que pasan o que vendrán, es donde se reúnen los miembros de la Comisión europea. A mí, la cosa esa me recuerda al platillo del Lingotto, la sede histórica de la Fiat en Turín, desde donde Agnelli veía evolucionar a sus coches sobre la asombrosa pista de carreras del tejado, con sus peraltes y todo. El platillo estaba fijo y todo lo demás bailaba a su alrededor. La astronomía no, pero parece que el hombre siga negando a Galileo.
El caso es que de tiempo en tiempo, al ángulo romo del Berlaymont lo visten con un cartelón que se descuelga 8 o 9 pisos y que, firmemente adherido a la rejilla de la fachada por múltiples amarres, proclama a los cuatro vientos lo que el Gobierno de la UE quiere participar a los peregrinos del camino europeo. El último despliegue habla del gobierno económico de Europa, lo que nos evoca a unos pocos, (a los atontados que seguimos preocupándonos por estas cosas, sin embargo tan importantes), la enorme bronca que hay en Europa sobre quién manda en el dinero de todos.
No se sabe muy bien lo que ese mensaje del cartelón proclama en tres lenguas. ¿La primogenitura que Barroso reclama para la Comisión en el nuevo diseño de la Unión Económiva y Monetaria?. ¿Acaso sabe alguien cuál es ese diseño?. ¿Es que existe ese modelo?.
Antes de este impactante mensaje sobre el gobierno económico europeo hubo otros despliegues igualmente espectaculares sobre la igualdad de sexos, la necesidad de invertir en investigación, la existencia de una Europa de las Regiones... Todos ellos tenían la misma impronta: mensajes blandos, etéreos, de "good will", como dicen los modernos.
¿Y para qué los ponen? Verán, cuando alguien se gasta dinero en un cartel publicitario busca un impacto visual directo. Lo sé porque estudié en su día a los publicistas alemanes que inventaron el mecanismo de la persuasión publicitaria. Midieron, esa gente, el tiempo de reacción cerebral a un estímulo visual concreto, y desarrollaron modelos para sistematizarlo. Color, composición y lenguaje fueron reducidos a migajas y secuenciados para reproducirlos a conveniencia.
A mí, el cartel de la fachada roma del Berlaymont no me dice nada. Es que no dice nada. Y eso que me fijo, que el resto de la gente que pasa por allí anda mirando al suelo, para no tropezarse y caer al abismo de la estación del tren que están construyendo por ahí abajo.
Ese cartel no me dice nada porque no tiene nada que decir. Sus mensajes, en tres idiomas, se pierden por las alturas, el centro de gravedad visual no existe y su "ancla visual" (la moneda del euro y las estrellas amarillas) apuntan hacia el exterior, es decir, hacia las obras de la estación subterránea. La combinación de azul y amarillo es buena, pero los del cartel no son los que la han descubierto. Está documentada hace más de medio siglo.
El Berlaymont es un edificio excepcional que tiene dos "pieles", dos fachadas exteriores. La primera es la que cierra y aísla al edificio y a sus ocupantes de las inclemencias externas. La segunda, la externa, está constituída por una infinidad de láminas de cristal térmico que oscilan automáticamente en función de la radiación solar, para mejorar la iluminación del interior gracias a la luz reflejada. Un amigo a quien echo de menos me dijo en su día: ¿Y por qué conformarnos con una sola fachada, cuando el contribuyente puede pagar dos?
Ahora paga tres
Bueno, pues lo de los carteles. Son extremadamente aparatosos. El Berlaymont remonta trece niveles, que el 'platillo volante' que ustedes verán en la parte superior del edificio de la fotografía que les adjunto proyecta aún más hacia las estrellas. Exactamente allí, en la confluencia de todas las galaxias que pasan o que vendrán, es donde se reúnen los miembros de la Comisión europea. A mí, la cosa esa me recuerda al platillo del Lingotto, la sede histórica de la Fiat en Turín, desde donde Agnelli veía evolucionar a sus coches sobre la asombrosa pista de carreras del tejado, con sus peraltes y todo. El platillo estaba fijo y todo lo demás bailaba a su alrededor. La astronomía no, pero parece que el hombre siga negando a Galileo.
El caso es que de tiempo en tiempo, al ángulo romo del Berlaymont lo visten con un cartelón que se descuelga 8 o 9 pisos y que, firmemente adherido a la rejilla de la fachada por múltiples amarres, proclama a los cuatro vientos lo que el Gobierno de la UE quiere participar a los peregrinos del camino europeo. El último despliegue habla del gobierno económico de Europa, lo que nos evoca a unos pocos, (a los atontados que seguimos preocupándonos por estas cosas, sin embargo tan importantes), la enorme bronca que hay en Europa sobre quién manda en el dinero de todos.
No se sabe muy bien lo que ese mensaje del cartelón proclama en tres lenguas. ¿La primogenitura que Barroso reclama para la Comisión en el nuevo diseño de la Unión Económiva y Monetaria?. ¿Acaso sabe alguien cuál es ese diseño?. ¿Es que existe ese modelo?.
Antes de este impactante mensaje sobre el gobierno económico europeo hubo otros despliegues igualmente espectaculares sobre la igualdad de sexos, la necesidad de invertir en investigación, la existencia de una Europa de las Regiones... Todos ellos tenían la misma impronta: mensajes blandos, etéreos, de "good will", como dicen los modernos.
¿Y para qué los ponen? Verán, cuando alguien se gasta dinero en un cartel publicitario busca un impacto visual directo. Lo sé porque estudié en su día a los publicistas alemanes que inventaron el mecanismo de la persuasión publicitaria. Midieron, esa gente, el tiempo de reacción cerebral a un estímulo visual concreto, y desarrollaron modelos para sistematizarlo. Color, composición y lenguaje fueron reducidos a migajas y secuenciados para reproducirlos a conveniencia.
A mí, el cartel de la fachada roma del Berlaymont no me dice nada. Es que no dice nada. Y eso que me fijo, que el resto de la gente que pasa por allí anda mirando al suelo, para no tropezarse y caer al abismo de la estación del tren que están construyendo por ahí abajo.
Ese cartel no me dice nada porque no tiene nada que decir. Sus mensajes, en tres idiomas, se pierden por las alturas, el centro de gravedad visual no existe y su "ancla visual" (la moneda del euro y las estrellas amarillas) apuntan hacia el exterior, es decir, hacia las obras de la estación subterránea. La combinación de azul y amarillo es buena, pero los del cartel no son los que la han descubierto. Está documentada hace más de medio siglo.
El Berlaymont es un edificio excepcional que tiene dos "pieles", dos fachadas exteriores. La primera es la que cierra y aísla al edificio y a sus ocupantes de las inclemencias externas. La segunda, la externa, está constituída por una infinidad de láminas de cristal térmico que oscilan automáticamente en función de la radiación solar, para mejorar la iluminación del interior gracias a la luz reflejada. Un amigo a quien echo de menos me dijo en su día: ¿Y por qué conformarnos con una sola fachada, cuando el contribuyente puede pagar dos?
Ahora paga tres
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