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sábado, 6 de diciembre de 2014

Los mismos ropajes

Los planes de relanzamiento económico de la UE han tenido escasa incidencia en la generación de empleo. Lo que sí la ha tenido es el boom económico resultante de la implantación del euro

Hace ya casi dos semanas que Jean Claude Juncker presentó su plan de relanzamiento económico y la confusión -cuando no el descreimiento- continúan enseñoreándose del debate que se ha abierto en torno a la iniciativa. A título de recordatorio, diremos que el presidente de la Comisión europea pretende utilizar 21.000 millones de euros de dos instituciones comunitarias (5.000 del Banco Europeo de Inversiones y 16.000 del presupuesto plurianual de la UE, que ya está aprobado y repartido), para respaldar empréstitos por un monto global de 315.000 millones en tres años. Los proveedores de ese  dinero serían los Estados miembros y el sector privado, a través de un potencialmente complicado mecanismo de ingeniería financiera que comprende la creación de un fondo específico, que emitiría empréstitos hasta alcanzar la cifra referida. El dinero se gastará en actuaciones relacionadas con infraestructuras europeas trascendentales para el porvenir económico del bloque (240.000 millones) y en pymes y empresas de capitalización intermedia (los restantes 75.000).

En diferentes medios políticos se ha criticado el alcance del plan: 315.000 millones saben a poco en Francia, o a determinadas formaciones políticas de la Eurocámara, como los liberales o los socialistas. Unos y otros querrían un listón inversor mucho más alto, de entre 700.000 millones y 1,2 billones de euros. Entre los inversores potenciales del sector privado, en fin, los planes europeos no han despeinado a nadie. Hay dudas sobre su eficacia  y sobre el multiplicador de 1:15 subyacente en el plan, sobre todo porque no está clara la rentabilidad de los proyectos que se llevarían a cabo. En algunos del estilo que han sido ya acometidos, el multiplicador ha sido de 1 a 10, y eso en circunstancias especialmente benévolas para el inversor.

Al plan de Juncker quizás haya que situarlo en un contexto un poco más amplio que el que se le confiere. Se trata, en primer lugar, de un compromiso electoral del entonces candidato a la presidencia de la Comisión europea. Es, por lo tanto, una "idea-fuerza" de simplicidad deliberada, llamada a impactar como lo hace un eslogan en las campañas electorales: como un flash, y para captar la atención. Una vez que ha pasado el deslumbramiento, llega el momento de la racionalización. Y esta ofrece resultados menos brillantes.

La realidad es que desde el estallido de la crisis, la inversión extranjera ha caído en Europa un 15% y los presupuestos de la Eurozona están severamente lastrados por las exigencias de recorte del gasto y el amontonamiento de las deudas públicas, que hay que amortizar a pasos agigantados, además. Se trata de una situación extremadamente contradictoria con objetivos a largo plazo asumidos por la UE, como es el caso de la Agenda 2020, en la que figuran comprendidos proyectos muy ambiciosos en materia de transporte, energía y telecomunicaciones. Son, estos, proyectos que se están viendo penalizados por el clima de morosidad inversora que reina en Europa y que necesitan de una reactivación inmediata pues, de otro modo,  no estarían disponibles en los plazos previstos.

De modo que ya tenemos juntos algunos de los elementos centrales de una buena campaña de marketing: el momento (la batalla electoral por la presidencia de la Comisión), el motivo (la necesidad de invertir en una situación átona) y el objetivo (las grandes redes de la UE, cuya construcción no puede demorarse más). Una conjunción de circunstancias que, bien administrada, puede dar mucho juego: puede reforzar una retórica de esperanza, que necesariamente tendrá buena penetración en una opinión pública castigada por un desánimo largo ya de un lustro; permite recuperar la credibilidad de las instituciones europeas, juzgadas en estos momentos de poco más que inútiles por el común de los ciudadanos de la Unión; y refuerza el pedigrí de algunos políticos, como Juncker. Otros están en la cola y saldrán en la foto cuando se apruebe el plan, no les quepa duda.

No me tachen de cínico: he asistido ya a unas cuantas operaciones de estas características como para afrontar las olas que generan sin corchos. A comienzos de los 90 era lo del Libro Blanco de Delors, que buscaba complementar con contenidos sociales la dinámica de la creación de la moneda única. Había entonces, en 1993, 17 millones de parados en la UE de 12 socios. Las exportaciones de la UE habían caído del 21% mundial en 1980 al 16%, a causa de la pérdida de competitividad. Felipe González se decía dispuesto, para favorecer el empleo en España,  a apoyar la flexibilidad laboral y el control del déficit público y del crecimiento de los salarios. La cumbre de Copenhague, en junio de 1993, produjo ruidos que no desentonarían en medio de la algarabía de nuestros días. Seis meses después, en diciembre, el presidente de la Comisión se sacó de la manga un plan de 120.000 millones de ecus, 48.000 mediante emisiones de obligaciones, para invertir en grandes redes e infraestructuras básicas, entre ellas las de formación .

Luego, en la segunda parte de los 90, vino el Plan Santer, concebido para crear 12 millones de empleos en cinco años. El Libro Blanco de Delors había caído en el olvido y los problemas subsistían. Por aquel entonces, la austeridad derivada de la contención de los déficits para cumplir con las condiciones de Maastricht para el lanzamiento del euro mantenía la tasa de desempleo aún alta en la UE-15: 17,3 millones en 1998. La cumbre de Luxemburgo del 20 y 21 de noviembre de 1997, donde ese programa debería haber sido aprobado, fue un fiasco.

Después vino la Agenda 2000 y sus proyectos de grandes redes, y ahora estamos con los planes para el 2020. Con resultados bastante mediocres, si se analiza el gráfico que acompaña ese comentario.

En fin: que la Unión Europea tiene una cierta tendencia a reformular sus objetivos estratégicos, como el de las grandes redes que, sin duda, son fundamentales para el desarrollo económico, con un mismo ropaje: el del empleo. Pero en 1995, en la UE-15 había 17,8 millones de parados y en 2013 21,2, según Eurostat.

Quizás sea esta una práctica algo abusiva y manida, aunque un cierto rigor estético nos obligue a esperar las declaraciones que, al respecto, formulará la próxima cumbre europea  y, sobre todo y por encima de todo, al Reglamento que la Comisión promete para comienzos de año, en el que se detallará la muy esperada letra pequeña de todo este proyecto.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El carrusel de la gasolina



Europa no es una zona de precios homogéneos para los carburantes. Afortunadamente, habría que decir, pues la gasolina y el gasoil de automoción financian necesidades bien diferentes en unos países con respecto a otros. 

Actualmente, en el escenario en el que vivimos, con un desmoronamiento generalizado del precio del crudo (el Brent anda por los 71 dólares, cuando hace escasas semanas se especulaba en la City londinense con un horizonte de precios de 150 dólares para el Brent en 2015), el impacto sobre el precio de los carburantes es muy desigual. Los últimos datos del Boletín Petroleo de la UE ofrecen, para la gasolina 'Súper' de 95NO, una horquilla de precios que va desde los 1,63 euros el litro vigentes en Italia y Holanda, hasta los 1,18 euros de Polonia.

Desde comienzos de mayo, es decir, antes de la escalada de precios habitual de los veranos, hasta hoy, donde más han bajado los precios de la gasolina es en Bélgica, con una caída del 11,9%. Le siguen Suecia (-9,4%) y Luxemburgo (-9,3%). En España, la caída de precios se sitúa en el -8,4 por ciento. El carburante en cuestión, antes de impuestos, ha caído en precio un 13,8% durante el mismo periodo de tiempo (el 5 de mayo estaba en 0,714 el litro y el 24 de diciembre se situaba en el 0,616).


La exagerada carga fiscal que grava los carburantes en Europa es la causa de que oscilaciones tan importantes en el costo de la materia prima no tengan un reflejo equivalente en el precio de venta final al consumidor.

Las ya habituales acusaciones en España de la Administración a los distribuidores, por abusos en los margenes, deberían ser fundamentadas para que la opinión pública tuviera algo más para formarse una opinión al respecto que meras declaraciones contradictorias de unos y otros.

sábado, 8 de noviembre de 2014

El precio del petróleo se hunde, el de los carburantes, no



El mundo del petróleo está viviendo momentos de gran agitación; seguro que a ustedes, la noticia no le ha pasado inadvertida: el precio del barril de referencia, el Brent, se está desmoronando y el fenómeno es perceptible, tímidamente aún, hasta en las gasolineras.

Desde el  14 de junio hasta el pasado 3 de noviembre, los precios "spot" del Brent han bajado en torno al 23 por ciento y parece que la tendencia se consolida: el estancamiento económico que viven China y la UE, junto con niveles de producción históricamente altos entre los miembros de la OPEP y la creciente autosuficiencia que los EE.UU. viven de la mano del "fracking", están teniendo un impacto brutal en la oferta. Sobra petróleo y el precio se resiente. Los expertos prevén que el mercado mantenga la tendencia hasta finales del año que viene. ¿Cabe esperar un respiro para los automovilistas españoles y europeos por tan aparatoso cambio de tendencia en este mercado, tan crítico para el bolsillo privado? Pues muy probablemente no. O, por lo menos, no tanto como cabría esperar del nuevo estado de las cosas.

A comienzos de 2013, cuando los últimos movimientos en los mercados del crudo no llegaban siquiera a barruntarse, el precio de la gasolina de 95 NO en España estaba por los 1,40 euros, y la media de los seis países europeos a los que España se refería en la época de los precios regulados para fijar los suyos, esto es Francia, Bélgica, Italia, Reino Unido, Alemania y Holanda, se situaba en los 1,63. Por aquella época, en Estados Unidos el precio de este carburante estaba en 0,85 dólares el litro, 0,65 euros de la época según estadísticas del Boletín Petrolero de la UE y el Departamento norteamericano de Energía, en precios de venta al público.

La situación ha evolucionado a la baja, muy marcadamente en octubre y noviembre: en España, el precio medio a finales de octubre era de 1,35 euros, de 1,55 en los cinco países de referencia ya mencionados y de 0,81 dólares (0,63 euros por la apreciación del dólar con respecto a la divisa europea) en EE.UU.  La situación actual, con respecto a enero de 2014, arroja caídas de precio al consumidor del carburante en cuestión del 3,91% en España, del 2,71 en los cinco países referidos y del 5,86% en los Estados Unidos (media de todo el territorio nacional).

Las diferencias, con ser significativas, resultan mucho menos acusadas que en el caso del precio del crudo. Eso es así porque en el precio final del producto, los costos fijos (impuestos, distribución, refino) tienen una importancia considerable. Sólo los impuestos representan el 51% del valor final de la súper de 95NO en España, el 57% en Bélgica, el 58% en Francia y Alemania y el 62% en el Reino Unido y Holanda.

No sólo los impuestos van a tener un impacto atenuador en el porcentaje de descenso de los carburantes, en precios de venta al público. El tipo de cambio del dólar con respecto al euro va a jugar, asimismo, un papel contrario a los intereses del consumidor, pues la divisa americana se ha revalorizado con respecto a la europea. Compramos petróleo en dólares con euros devaluados. A quienes exportan, la situación les viene estupendamente, pero a los consumidores nacionales, sensibles a los bienes y servicios que se pagan en dólares, el negocio le sale bastante ruinoso. En realidad, los particulares españoles transferimos una parte de nuestra riqueza al sector exportador en estas circunstancias.

La tendencia a la baja del crudo va a proseguir por varias razones, además de las de crecimiento económico mediocre ya mencionadas. Nadie, en la OPEP, quiere renunciar a cuotas de mercado con una producción excedentaria. Arabia Saudí, por ejemplo, ha bajado aún más los precios del crudo que vende a los EE.UU. (no a los europeos), en un intento de mantener sus ventas y de combatir la rentabilidad del fracking, que va camino de garantizar la autosuficiencia energética de los EE.UU. a finales de la década en curso. Son los precios altos del crudo los que justifican la explotación de yacimientos de hidrocarburos difíciles de extraer, como los de las pizarras bituminosas, mediante técnicas no convencionales que son caras. El petróleo saudí barato puede comprometer el boom del fracking.

Hay otras  consecuencias paralelas en estos acontecimientos. Rusia, por ejemplo, puede ver cortadas las alas de su despegue como nueva potencia planetaria, pues necesita un determinado nivel de precios en el  crudo para financiarlo (además de tecnologías occidentales para la extracción de gas y petróleo con técnicas no convencionales, que le están vetadas por el embargo internacional dictado a raíz de su actuación en la crisis ucrania.

Tampoco esperen un abaratamiento de la sobretasa por carburante en los billetes de avión: al otro lado del Atlántico, las compañías están incluso encareciendo el precio de sus servicios, dicen que para compensar las pérdidas sufridas durante la mayor parte de la década pasada por el elevado precio de los carburantes.


En fin, que aquí todos salen ganando, o al menos no perdiendo, menos los particulares.

domingo, 19 de octubre de 2014

GPS


Un caza de la OTAN intercepta a un bombardero estratégico ruso


Cuando compré mi último coche, en 2001, le estuve dando vueltas un rato a si
le ponía GPS o no. Al final decidí no hacerlo porque nadie podía
garantizarme que la antena del cacharro sería en su día compatible con el estándar 

de Galileo, que había sido anunciado en 1999 y que estaba llamado a sustituir al GPS 
americano. Se trata, evidentemente, de la perspicacia más estúpida de toda mi vida   
porque a estas alturas de 2014, el susodicho Galileo todavía no funciona y la
humanidad continúa orientándose por el planeta al ritmo del Charleston que
nos sirve el Pentágono norteamericano. El GPS es un invento militar, para
usos militares, que se abre a los civiles del planeta por la extraordinaria
magnanimidad -y la no menos interesada voluntad de hegemonismo- del Imperio
de nuestros días.

Viene este asunto de 2001 al caso porque el 22 de agosto pasado, dos
satélites que debían haberle abierto los ojos,  ¡por fin!, a este Galileo
del siglo XX que el XXI sigue dando tumbos a ciegas por el espacio, se
quedaron en una órbita baja después de haber sido lanzados desde la base
francesa de la Guayana, a bordo de un cohete ruso. Esa es la causa de que la
cúpula europea de geoposicionamiento esté, todavía,  incompleta y siga sin
valer para nada. La explicación que le han dado al fiasco es que el
carburante del módulo superior, de nombre "Fregat", del cohete Soyuz que
transportaba ambos satélites al espacio, estaba a temperatura demasiado
baja. Por lo visto, las tuberías de hidracina (el carburante), estaban
demasiado próximas a otras de helio y se produjo un fatídico intercambio de
temperatura que restó empuje al módulo cuando tuvo que entrar en
funcionamiento. Los investigadores han exonerado de responsabilidad al
fabricante del misil, cuya tecnología, dicho sea de paso, data casi de la
época del Charlestón y está probada hasta la saciedad en miles de
lanzamientos exitosos. Aparentemente, no despierta sospechas el hecho de
que, con esos dos satélites, Europa se independizaba el GPS americano.
Tampoco son motivo de recelo (oficial) las penosas relaciones de la UE con la
Rusia de Putin a cuenta de la guerra de Ucrania.

Esto de los misiles que fallan es extremadamente enojoso. Vean, por ejemplo,
lo que le pasó al misil intercontinental francés capaz de portar cabezas
nucleares M51, el más moderno del arsenal galo. Fue lanzado en pruebas desde
el submarino atómico Le Vigilant  el 5 de mayo de 2013 y se perdió,
descontrolado, en aguas atlánticas al oeste de Bretaña. Por lo que ha
trascendido, el problema se suscitó porque partes fundamentales del misil
habían sido subcontratadas para abaratar costos, y la calidad del producto
resultante dejaba que desear. La capacidad de disuasión nuclear francesa
está en entredicho.

El otro día, Alemania se avino a enviar material a quienes combaten al
Estado Islámico, pero tuvo que alquilar el transporte porque carecía de
medios aéreos para hacerlo. Las ametralladoras, la munición, los
lanzagranadas etc. viajaron a bordo de un Antonov, que, como todo el mundo
sabe, es un gigantesco avión militar de la época de los soviets, algunas de
cuyas unidades fueron expoliadas por espabilados con enchufes tras la caída
del muro de Berlín y que ahora surcan los cielos bajo identificativos ruso o
ucranio, llenando el bolsillo de los amigos de Putin. El avión era
identificable en los informativos de las televisiones que dieron la noticia.
Informes citados por Der Spiegel a mediados de este mes dan cuenta de que
sistemas completos de armas fundamentales para Alemania se encuentran en un
estado calamitoso.

El zar ruso de nuestros días anda cabalgando el tigre y sus barcos y aviones
de guerra juegan a la provocación como si hubiéramos vuelto a la Guerra
Fría. Putin manda a sus aviones y buques de guerra a testar la capacidad de
respuesta de los países de la OTAN y está comprobando que es muy débil. El 8
de mayo pasado el único portaaeronaves ruso, el Almirante Kuznetsov, embocó
el Canal de la Mancha por aguas internacionales, acompañado por el buque de
apoyo de desembarco Minsk , un remolcador oceánico y tres petroleros de
apoyo. La ruta no es la que usualmente utiliza esta formación para retornar
a su base. Al inicio de su periplo, la formación fue escoltada por un
moderno destructor británico, el HMS Dragon, pero al adentrarse en aguas del
Mar del Norte, la responsabilidad de vigilar a los rusos pasó a Holanda,
pues estos surcaban su Zona Económica Exclusiva y los holandeses no tenían
buque de guerra para perseguirles. Ni buque, ni aviones de rastreo P3C
Orion, ni patrullas marítimas de helicópteros Lynx... La Haya, al final,
envió un Dornier 228, que no es un avión adecuado para estos cometidos.

Más: a mediados de septiembre, seis bombarderos estratégicos rusos Tu-95
Bear H, de capacidad nuclear,  acompañados por dos MiG-31 y otros dos
aviones de reavituallamiento IL-78 tuvieron que ser interceptados al
noroeste de Alaska. Otro tanto sucedió al día siguiente cerca del Mar de
Beaufort, en la zona canadiense de identificación para la defensa. Y el
martes 16 de septiembre, otros dos Bear H fueron interceptados por cazas
británicos, noruegos, daneses y holandeses cuando efectuaban simulaciones de
bombardeo estratégico mientras se aproximaban al espacio aéreo de la Alianza
Atlántica, por Holanda. Me detengo aquí, pero los episodios documentados de
este género son abundantísimos estos últimos meses.

Cuando el Muro de Berlín se vino abajo en 1989, hablamos en Europa del
"Dividendo de la Paz", de los ahorros que la reducción del apresto militar
ante la eventualidad de una confrontación mayor habría de reportar a las
economías occidentales necesariamente. Ese dividendo se ha cobrado: en 2013,
España gastó en Defensa 234 dólares por persona, cuando en 1990 andaba por
los 326. Las cifras correspondientes a los socios europeos de la Alianza
Atlántica eran 715 dólares (1990) y 401 (2013), en valores constantes de
2005, según cifras oficiales de la OTAN.

Lo que yo no sé es adónde ha ido a parar ese dividendo, pues, se mire donde
se mire, todo el mundo está cabreado. Y, lo que es peor, como haya que
reforzar el gasto militar, a ver adónde se van la deuda y el déficit
europeos. Y con ellos, las perspectivas de recuperación.

domingo, 28 de septiembre de 2014

El euro de la desunión





Al euro se le ha conocido hasta ahora como el principal factor de integración europea pero una unión monetaria como la de la UE, sin una unión política que consagre aquella como instrumento, y no como fin en sí misma, puede terminar convertida  en motivo de grave desafección con el proyecto común.

Estamos asistiendo estos días a una situación no inesperada, pero sí temida: el estancamiento de las principales economías de la UE y el deslizamiento del aparato económico europeo hacia la deflación. Tres causas pueden explicar el fenómeno: la larga crisis financiera que arrastra la UE, la negativa de varios socios comunitarios relevantes (Francia, Italia) a acometer reformas estructurales de calado y factores externos, inoportunos e inesperados, como el conflicto ucranio-ruso. De la primera de esas razones poco nuevo se puede decir: llevamos siete años zarandeados por una sucesión de fenómenos adversos, cuya paliación ha requerido recursos públicos ingentes con una traducción inevitable en niveles de deuda próximos de lo insorportable. La última estadística consolidada de Eurostat, la de 2013, arrojaba una deuda pública de la Eurozona del 92,6% del PIB, con picos en Grecia (175%), Italia (132,6) Portugal (129), Irlanda (123,7) Chipre (111,7), Bélgica (101,5) España (93,9, actualmente ronda el 100%) y Francia (93,5). A título de recordatorio, el Tratado de Maastricht exige un máximo de deuda del 60%. La satisfacción de los  intereses de esas deudas agota la capacidad de inversión de los Estados, que se ven forzados a desaconsejar la remuneración de los pasivos bancarios para garantizarse, ellos mismos, la recompra de sus emisiones de deuda. El dinero entra en los Bancos, pero no sale. Y todo ello, aún con los intereses en mínimos históricos; si cambiara la tendencia, el riesgo de quiebra del Estado aumentaría exponencialmente.

La negativa de socios principales del euro, como Italia y Francia, a acometer  ajustes complementarios para reforzar la solvencia de sus respectivos sistemas económicos era previsible. En los inicios de la actual crisis, Alemania imponía la austeridad a Grecia no porque le inquietara el default  de la economía helena, sino por el impacto que una política relajada al respecto pudiera tener en los estrategas económicos y políticos de París, Roma y Madrid. El gobierno de Rajoy ha despejado las incógnitas que pesaban sobre la tercera de estas piezas sobre el tablero por vía de una devaluación salarial competitiva como la practicada por Alemania la década pasada, ante la imposibilidad de acometer un proceso de realineamiento de la divisa nacional, pero las dos restantes renquean aún y sus perspectivas de crecimiento se resienten por ello. Ni Italia, ni Francia, han alcanzado el equilibrio presupuestario en la historia del euro, a pesar de que se habían comprometido a ello ¡para el 2000! Y París advierte ahora que no  reducirá su déficit por debajo del 3% hasta 2017

Ucrania y las sanciones económicas a Moscú, en fin, introducen una variable sumamente inoportuna en el momento económico de gran fragilidad que vivimos, pues reducen las perspectivas de recuperación en las que los socios del euro más renuentes a la austeridad confiaban para no hacer frente a los sacrificios que se les demandan.

En este incómodo panorama, las iniciativas para el relanzamiento las protagoniza el  Banco Central Europeo, en acciones que rondan los límites de su mandato, como sucedió con las monstruosas barras libres de liquidez ofrecidas a los bancos, (del orden del billón de euros) que estos han utilizado para sanearse y para comprar deuda pública de sus respectivos países. Anuncia ahora su disponibilidad para adoptar medidas que relancen la inversión.  

Draghi, el presidente del BCE, quiere quebrar el círculo vicioso que provoca que el dinero se quede en los bancos y no llegue a la calle. La inversión pública lleva años constreñida por las exigencias de austeridad y la privada es víctima de la atonía económica y de la desconfianza del empresariado en el futuro. De modo que el presidente del BCE se propone estimular la demanda, pero reclama reformas (fiscales, laborales, de sectores protegidos, en educación) que permitan que el nuevo tirón genere riqueza a largo plazo, y que los créditos que quiere liberar en el mercado no terminen reconvertidos en deuda pública, como ha venido sucediendo. No es nada menospreciable tener un aliado de estas características en la lucha contra las vicisitudes económicas del momento.

Y es aquí donde va a entrar en juego el encaje político de bolillos: si Alemania persiste en sus exigencias de austeridad, las expectativas de relanzamiento económico que facilite el BCE se extinguirán como la llama de una vela en plena tormenta. Se habrá producido entonces un divorcio mayor entre la unión monetaria y la política de los socios de la UE, inexistente en tanto en cuanto que común, que dejará el proyecto de integración comunitaria al albur de las conveniencias nacionales de los más fuertes. El euro será, entonces, no un factor de convergencia, sino de desunión y el proyecto europeo perderá toda su credibilidad.


sábado, 12 de julio de 2014

Abusos


Dos fotografías de la época (principios de los años 90 del siglo pasado), en la que la Comisión europea le decía al mundo cosas interesantes. En la primera fila de la primera, el actual Editor jefe del Financial Times, Lionel Barber. En la segunda, el rubio de pié, a la izquierda, es Boris Johnson, actual alcalde de Londres. (Fotos: Comisión Europea) 
No estoy de acuerdo con buena parte de las críticas que han sido formuladas estas últimas semanas y meses contra la Unión Europea. Me parecen abusivas, demagógicas e interesadas.

De hacer caso a todo cuanto se ha dicho sobre la UE estos últimos tiempos, nos veríamos forzados a convenir que Europa es la causa de casi todos nuestros males, una especie de institutriz severa que nos impone obligaciones malhadadas  que importunan nuestra tranquilidad y bienestar. Otro tanto parecen pensar importantes estratos poblacionales de otros socios de la UE (Italia, Francia, Portugal o Grecia) en los que, ¡vaya casualidad!, años de ombliguismo y de mal gobierno ha llevado a las estructuras nacionales a la indigencia y el descrédito.

En otros territorios de la Unión, más al norte, el descontento está relacionado con la pérdida de la identidad cultural, aparentemente acosada por signos muy visibles de otras importadas recientemente, la musulmana en especial por su empeño en imponer a Occidente usos y costumbres que les son extraños.

Irrita también la proliferación de la inseguridad y de una delincuencia de amplio espectro, que va desde la falta y el delito menor hasta la gran criminalidad, ejecutada por personas con entrenamiento y equipo militares, procedentes de países del Este. Otro tanto pasa con la inmigración irregular. Frente a todos estos  fenómenos, las autoridades legislativas, judiciales y policiales de la mayor parte de los Estados miembros, aunque en grados muy diferentes, dan muestras de una pasividad irritante.

Todas esas críticas tienen una estructura idéntica: parten del desasosiego creado por las carencias observadas en el propio país y trascienden inmediatamente a la esfera "de lo europeo", buscando explicaciones y responsabilidades para lo que ostensiblemente son incapacidades propias. No parece merecer consideración de los críticos el hecho de que a las autoridades nacionales se les haya ido la mano con el gasto público; por ejemplo. Tampoco suele entrar en el análisis la falta de competitividad del país, provocada frecuentemente por el acaparamiento de los recursos disponibles por sectores públicos inflados hasta la frontera de la mitad del PIB, si no más . No; el elemento primariamente identificable para la crítica es la política de austeridad que nos exigen los Tratados que hemos firmado libremente, y el ritmo que se nos impone para recuperar el equilibrio de nuestras cuentas públicas, que tan alegremente nuestras autoridades han puesto seriamente en peligro.  Nada se dice, dicho sea de paso, de una realidad internacional que trasciende a Europa,  en la que los mercados de capitales han dejado de formular actos de fe sobre la capacidad de los países del euro, de todos ellos por igual, para devolver el dinero que se les presta.

Parece que Europa, además de sumidero para las torpezas nacionales, sea objeto de un grave error de apreciación. Esa que se denomina la "construcción europea" no es un fin en sí misma, a pesar de que algunos parezcan creerlo, sino una herramienta para evolucionar en un entorno internacional hostil. Pretender contrastar esa realidad  con el ideal democrático puede ser un ejercicio intelectualmente enriquecedor, pero perfectamente estéril en la práctica, pues la mayor parte de las instituciones europeas no son democráticas, tal y como entendemos esta. Incluso el famoso párrafo del Tratado de Lisboa, por el que se regula (malamente) la participación del Consejo y de la Eurocámara en la designación del presidente de la Comisión, es ambiguo, pues la misma realidad de Europa lo es: hay países que querrían evolucionar hacia un modelo de unión política con una expresión institucional acorde y otros que no.  

El marco europeo es, en fin, aquel en el que los gobernantes nacionales, elegidos -ellos sí- democráticamente, desarrollan su labor. Ofrece sus integrantes la posibilidad de participar en el gran tablero político y económico mundial, del que, de otro modo, estaríamos todos, los 28, ausentes. Se trata de un entorno competitivo, si bien comprensivo, en el que una serie de países con grados de desarrollo diferentes encuentran -o deberían hacerlo- el incentivo necesario para mejorar y poder mirarle al mundo de tú a tú.

Hay una crítica que yo no he percibido en todos estos debates, y que se me antoja, sin embargo, pertinente. Y es que, fruto del celo de las capitales en el control del hecho europeo desde la salida de Delors de la Comisión, Bruselas se ha convertido en un agente mudo, incapaz de publicitar convenientemente su acción. Que la realiza. Y a conciencia. La Comisión europea dispone de una de las estructuras de comunicación más poderosas del mundo, con varios centenares de empleados de muy alto nivel y remuneración pareja.  Sin embargo, su principal acto diario, el briefing del medio día, suele estar casi desierto. Los periodistas han perdido el interés por él, cuando antes este acto informativo constituía la clave de la actividad de la jornada para un millar de profesionales entonces acreditados ante las instituciones de Bruselas. Los periodistas de colmillo retorcido iban a esa reunión porque sabían que podían llegar al tuétano de la materia discutida. Hoy, lo que se ofrece apenas da para dientes de leche. De esta Europa de nuestros días se habla, esencialmente, desde las capitales; falta, en las discusiones, la visión global que ofrecía Bruselas antaño. Es un terreno, este, perfectamente abonado para demagogos y populistas.

sábado, 28 de junio de 2014

El egoísmo de los subsidiados

Placa conmemorativa de la primera Casa del Pueblo erigida en Bélgica. Está en La Louvière, una de las zonas más deprimidas del país. Foto: F. Pescador

Los países pequeños suelen ser laboratorio para la experimentación política, social o económica, a veces contra sus propias voluntades y Bélgica, un país pequeño aunque resabiado, parecía condenado a vivir permanentemente encerrado en la probeta. Acontecimientos recientes inducen a pensar, sin embargo, que en este tan fatigado reino, las cosas van a cambiar radicalmente.

Cuando ganó las últimas elecciones legislativas el pasado mayo Bart de Wever, el líder incontestado de Flandes, manifestó que Bruselas y Valonia por un lado, y Flandes por otro, habían votado, otra vez, dos modelos radicalmente diferentes y que había que sacar las conclusiones correspondientes. Se refería, naturalmente, a los contenidos económicos de los programas en liza. El norte, donde se asienta desde hace décadas la prosperidad del país, había votado masivamente por formaciones de derecha o de centro derecha, mientras que el sur y Bruselas se decantaban, fruto de una retorcida matemática electoral, por el centro izquierda, con mayor énfasis en los extremos que en los medios. La reiteración de este mapa electoral pone en peligro más que nunca la supervivencia del Estado belga como tal.

Las diferencias entre Flandes y Valonia no hacen más que acrecentarse con el paso de los años. Las últimas estadísticas de empleo, hechas públicas esta misma semana por el ministerio belga de Economía, revelan que el primer trimestre del ejercicio en curso Flandes registraba una tasa de paro del 5,5%, contra una del 11,6% en Valonia y otra del 18,5% en Bruselas. Entre el personal con niveles de formación altos, Flandes observa un paro del 3,5%, contra el 5,7% en Valonia y el 10,1% en Bruselas (cifras de 2013).


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Estas cifras, sin embargo, pueden inducir a engaño, porque la economía valona está fuertemente subsidiada. El Partido Socialista, hegemónico en la comunidad, no ha sido capaz de sustraerse al abrazo de los sindicatos y estos, anclados en un pasado industrial basado en las minas y el acero que no volverá, hacen imposible, desde hace décadas, cualquier apuesta económica renovadora que sustraiga recursos de los nichos en los que ellos se sienten fuertes. Un reciente informe de la Unión de Empresas Valonas, UWE, ponía el acento en el hecho de que la región registra una de las tasas de empleo más bajas de Europa (el 62,5% en 2012), mientras que el empleo subsidiado crece exponencialmente. "Es verdad - dice el informe- que con ello se ha podido atenuar estadísticamente el impacto de la crisis, que ha afectado inicialmente a los empleos industriales, pero son estos últimos los que alimentan las cajas de las que salen los recursos para pagar los empleos públicos".

En el sur del país, la exhausta Valonia, las cosas no parecen querer cambiar. El secretario general de la FGTB, el sindicato socialista, Thierry Bodson, manifestaba hace ahora un año que en 2014 vencía el segundo "Plan Marshall" de acción pública en Valonia. Se trata de un programa de inversión masiva, que se ha caracterizado por el apoyo a las energías alternativas y que ha cosechado un rotundo fracaso por su desmesurado costo para las arcas públicas. Había que pensar ya en "un tercer 'Plan Marshall' este nuevo rojo para darme gusto" (por contraposición a la filosofía "verde" del todavía en vigor), decía el sindicalista. Y recordaba que la última reforma del Estado iba a poner a disposición de las autoridades valonas 1.500 millones, lo que ofrecía "una buena oportunidad para relanzar el empleo en nuestra región".

Hace 10 años, Rudy Aernoudt, jefe de gabinete del ministro de Economía, manifestaba que "Valonia alcanzaría a Flandes (en desarrollo económico) en 2010", lo que, manifiestamente, no ha tenido lugar ni se anuncie en el horizonte. Valonia, y su política de economía anclada en el pasado y subvencionada a mansalva, es la historia de un fracaso.

Ajenos a esta realidad, y merced a la retorcida matemática electoral más arriba mencionada, los políticos valones y bruselenses de centro izquierda han maniobrado para echar por la borda un proyecto de gobierno federal de centro derecha, capitaneado por De Wever. Pero un gobierno federal que repitiera las mayorías los últimos años en el poder, con los socialistas en primera línea de mando, contrariaría al norte, que es el que paga y que no quiere repetir fórmula tan costosa como ineficaz.

Así es como el egoísmo de los subsidiados va camino de provocar que, definitivamente, Flandes abandone la probeta.  

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