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domingo, 31 de enero de 2016

Tener y Conservar

En torno al parque de bruselas se concentraba el poder económico belga. De aquel esplendor, ahora sólo quedan las fachadas. En los interiores mandan extranjeros


 Bélgica se ha puesto de moda en España. Como para conjurar el estrés postraumático electoral que nos agita, se recuerda frecuentemente estos días que el pequeño pero políticamente temperamental reino de los belgas tiene un pasado reciente salpicado de episodios de desgobierno, fruto de las dificultades halladas por la clase política para constituir ejecutivos  pluripartitos. Hasta 541 días estuvo el país sin gobierno federal a comienzos de la década en curso y no pasó nada. Aparentemente.

No pasó nada quizás porque cuanto debía pasar había acontecido ya. Veamos: Bélgica convino en 1993 que dejaba de ser un Estado unitario, para devenir en federación de tres entidades con entidad jurídica limitada y política propias: Valonia, Flandes y Bruselas. Los acuerdos de federalización del reino fueron plasmados en una reforma del Estado belga (la cuarta, ahora vamos por la sexta), de 1993. Entre noviembre de 1997 y comienzos de 1999, la banca Bruxelles-Lambert, la segunda del país, pasó a manos holandesas (ING); el Kredietbank tuvo que fusionarse con Cera y ABB para no verse arrastrado al abismo; la Royale Belge (seguros) cayó en la esfera de la francesa Axa; el primer banco del país, la Générale de Banque, se integró en el grupo belgo-holandes Fortis, pero actualmente pertenece a la francesa BNP; Petrofina pasó a verse controlada por la gala Total; y la clave de bóveda de la energía de Bélgica, Tractebel, con sus filiales Electrabel y Distrigaz, quedó controlada por el gigante francés Suez Lyonnaise des Eaux. Más tarde, sería la italiana ENI la que se quedaría con esta última.

Casi de la noche a la mañana, en poco más de un año, el poder económico de Bélgica, el gestado en el siglo XIX y desarrollado a todo lo largo de aquel siglo y el siguiente, cambió de manos. El capitalismo belga, estructurado en holdings poderosos, dejó de existir como tal.

El cataclismo continuó después, aunque no de manera tan abrupta: SPE-Luminus, el segundo proveedor de energía de Bélgica, cayó en los 2000 en la órbita del monopolio eléctrico francés EDF. Un banquero flamenco declaraba en Le Monde en 2009 tener la impresión de que el país se había convertido en una provincia de Francia, que Bélgica era “un campo en ruinas” y Pierre Nothomb, que había combatido la compra de Fortis por BNP Paribas en representación de los accionistas minoritarios del grupo, espetaba en matutino Le Soir que “nuestros ministros han devenido en mandatarios de un poder que está situado fuera del país”.

Después, Carrefour se quedó con la gran cadena de distribución belga GB y la internacionalización de AB-Inveb, el monstruo de la cerveza mundial, diluyó el poder en el consejo de los accionistas estables belgas en favor de los brasileños.

Tres anécdotas “de las de a pie” para comprender el impacto de estos cambios: GB tenía una cadena de electrónica de consumo, Video Square, que desapareció porque Carrefour contaba -y cuenta- con la suya propia, que actúa a través de sus superficies de venta, con notables economías de escala para la empresa. Consecuencia: el personal de Video Square se fue al paro, es decir, a vivir del desempleo belga, que es de por vida y que financian los belgas, no los franceses, con sus brutales impuestos. La segunda: los belgas pagan una energía muy cara. La razón hay que buscarla en apuestas políticas fallidas por las energías renovables, pero también en la política de precios dictada por las grandes empresas energéticas francesas, que dominan el mercado belga y exprimen a sus ciudadanos mientras alivian la presión sobre los franceses. Tercera, las autopistas belgas han sorprendido siempre a propios y a extraños por su fabulosa iluminación nocturna. Aquella explosión de farolas que te relajan la pupila cuando llegas conduciendo al país de noche desde Holanda, Francia, Alemania o Luxemburgo, respondía al hecho de que Electrabel, cuando era belga, canalizaba a precios marginales la energía generada por sus centrales nucleares durante la noche, cuando la demanda de consumo disminuye y se introducen las barras de grafito en los reactores para frenar la reacción en cadena del uranio. Hoy es el día en que las autoridades, sobre todo las de Valonia, dicen que no pueden afrontar los costos de esa iluminación y son cada vez más los paños de autopista en los que o no hay farolas, o las que hay no funcionan.

Y un colofón: Dexia es un banco franco-belga que resulta de una fusión acontecida en los 2000 entre entidades de ambos países que financiaban, principalmente, a entidades locales. En la crisis de las subprime, Bélgica asumió mucho más riesgo que el que le correspondía en el saneamiento de los activos tóxicos que el banco acumulaba. Los belgas han metido más de 100.000 millones en sus renqueantes bancos, que, además, no les pertenecen. Ríase usted de los veintipicomil de Bankia.

“El gobierno soporta una gran responsabilidad por lo acontecido (a finales de los 90 en Bélgica). La oposición entre partidos políticos, las querellas entre flamencos y francófonos, se sumaron al hecho de que el gobierno no actuara de manera decidida” (para frenar la fuga del patrimonio industrial y de servicios de Bélgica. Beatriz Delvaux y Stefaan Michielsen, Le Bal des Empires, Racines, 1999, pp 316-317).

En crisis como la belga permanente, o la española y la específicamente catalana de nuestros días, se manifiesta con dureza que una cosa es tener, y otra muy distinta conservar. A ver si nuestros políticos se enteran.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Pirómanos


La campaña electoral española está transportando a los electores a un mundo de fantasía. Se diría que, al hacerlo, la tal campaña desempeña una función social: distraer a los ciudadanos del grisor y la mediocridad cotidianos. Al conjuro del “todos a una” y otros eslóganes vibrantes, la población vive mecida por la música de los flautistas de nuestros días, mientras los focos de los platós televisivos dibujan colinas de colores por las que galopan caballitos de ojos soñadores y crines ensortijadas. 

Asisto a este espectáculo, supongo que como todos ustedes, estupefacto. No alcanzo a comprender el mérito (no digo ya la eficacia) de la melodía del flautista, pues cuanto más vueltas le doy, menos motivos encuentro para el entusiasmo en los momentos que vivimos. 

España, y por muchos años aún, prácticamente carece de margen para hacer otra cosa que la que está haciendo, esto es, purgar excesos e imprudencias del pasado. Cuando quienes aspiran a dirigirnos dicen que van a aliviarnos la carga que previamente han depositado sobre nuestras espaldas y que limita nuestro horizonte a, someramente, el par de metros que nos preceden en el polvoriento camino por el que avanzamos, simplemente mienten. 

Creo haberles dicho aquí, alguna vez, que he detectado una enorme diferencia enre cómo nos vemos nosotros mismos y cómo lo hacen los demás. Por ahorrarles la autocrítica, les diré que los poderosos del mundo piensan que no somos fiables: gastamos mucho, generamos poco, somos devotos del gratis total y vivimos dirigidos por un modelo político diseñado para conveniencia de unas élites que no han sido capaces de construir consensos básicos para la convivencia (educación, techo de gasto, modelo social).

Cuando esas élites que nos gobiernan se ven apretadas por la realidad, tienen costumbre de aliviar presión por la espita de Bruselas. “Voy a negociar nuevos ritmos de ajuste con la Comisión europea”, “exigiré de Bruselas más plazo para cumplir los objetivos” o, incluso, “desoiré las exigencias del inhumano neolibealismo que gobierna los destinos de un pueblo gallardo y noble como el español desde Bruselas”, son zarcillos retóricos que brillan con furor unas pocas horas en esta campaña electoral. Y que después se extinguen, al no encontrar oxígeno que alimente su llama.

El presente y el futuro a medio plazo de España está indefectiblemente lastrado por lo que debemos, un billón cien mil millones de euros, poco más o menos. Algo así como 180 billones de las antiguas pesetas. Es una suma ingente, asimilable a la de los granos de arena de una playa o el número de estrellas de la galaxia. Inconmensurable. Y es un dinero que hay que devolver. De momento la cosa va, porque quienes nos compran deuda o renuevan sus títulos cuando estos vencen, creen que podemos honrar nuestros compromisos.

Ahora bien, si hubiera la más mínima duda sobre nuestra capacidad para devolver el dinero prestado, veríamos instantáneamente encarecerse su costo. Muy acusadamente. Hasta hacerlo inabordable. Entraríamos en la espiral destructiva de crédito y descrédito, que terminaría expulsándonos de los mercados abiertos como ya pasó con Grecia, Irlanda y Portugal. Tendríamos que ser rescatados, y esta vez de verdad. Los hombres de negro entrarían a saco en nuestros gastos y cortarían por donde les pareciera que más pronto y fácilmente se iban a restaurar los equilibrios financieros básicos del país. Sin importarles la sensibilidad de la piel desnudada por sus amputaciones.

La Unión Europea tendría importancia en ese proceso, pero sería el conjunto de los mercados financieros mundiales los que apuntalarían la acción de los hombres de negro, pues no sólo debemos a nuestros socios europeos.

¿De verdad nuestra clase política cree conveniente alimentar el fulgor de los zarcillos que culebrean en el vacío intelectual de esta campaña? Serían unos pirómanos insensatos.






martes, 1 de diciembre de 2015

Impuestos, impuestos





Los tiempos del petróleo caro parecen haberse diluido en las zozobras que zarandean a la economía mundial pero los impuestos, esos, los que escarban en el bolsillo del automovilista de día como de noche, siguen siendo tan inevitables como el aire que respiramos o la muerte, que ya dijera Benjamín Franklin. Por ellos, principalmente, el precio de los carburantes se mantiene en torno al euro, a pesar de que la mayor parte de los factores que inciden en este mercado han cambiado dramáticamente esta última década.

Esta semana que concluye, el crudo Brent dated ha cotizado en torno a los 46 dólares. En España, el litro de gasóleo antes de impuestos andaba por los 50 céntimos y el de gasolina por los 49. Las cifras se transformaban en 1,05 euros por litro de diesel y en 1,15 de la gasolina de 95 NO una vez aplicados los impuestos, según datos del Boletín Petrolero de la UE. Relativamente barato para lo que hemos vivido estos últimos años y, desde luego, a distancias fantásticas de los 1,52 y 1,44 euros que costaban el litro de gasolina o de diesel, respectivamente, en septiembre de 2012.

Si echamos la vista atrás, y buscamos otros momentos en los que el crudo ha cotizado a precios equivalentes, nos remontaríamos a marzo de 2009, febrero de 2005 o incluso a septiembre de 2004. En realidad, el barril de Brent ha estado esta semana sólo un 0,97% más caro que en febrero de 2005, algo más de una década antes. Los precios del litro de gasolina y de diesel en cambio, (PVP) estaban esta semana un 32,4 y un 28,05 por ciento, respectivamente, por encima de los que regían ese febrero de 2005 (0,88 y 0,82 céntimos), cuando el Brent andaba por los 45,48 dólares.

La inflación no explica esta diferencia de precios. Con base 100 en 2005, el deflactor del consumo privado español, en el que la energía tiene un precio destacado, se situaba el mes pasado en 120,27, según Eurostat. Y aunque es cierto que el dólar se ha revalorizado apreciablemente respecto al euro, por lo que el crudo que pagamos en dólares nos sale más caro, no deja de ser  cierto que en septiembre de 2012, cuando la gasolina costaba 1,52 el litro, el euro valía 1,31 dólares. Comprar petróleo en la divisa americana nos salía mucho más  barato, pero los precios no lo reflejaban.

El crudo es (relativamente) barato porque los americanos están extrayendo hidrocarburos de esquisto a mansalva, porque Arabia Saudi (la OPEP en general) inunda el mercado de crudo para no perder cuota y para anular la rentabilidad de las prácticas americanas citadas, porque el desarrollo de China da muestras de flaqueza y porque la especulación financiera ha sacado sus manazas del sector, temiéndose el desfondamiento de precios que ha tenido efectivamente lugar. Precios baratos del crudo son garantía, además, de que Putin no tenga el dinero que sus nuevos –y costosos- juguetes de guerra, requieren. Y es, asimismo, una manera bien poco sutil de asfixiar a Maduro y a su régimen totalitario. O sea que la cosa va para largo.

Pero la gasolina no baja. Con el crudo a casi el mismo precio que hace una década y la inflación un 20% por encima.

Lo que pasa, claro está, es que los impuestos no permiten que el ciudadano se beneficie plenamente de la coyuntura. Los impuestos especiales que en España gravan los carburantes, han pasado de los 293,86 euros por 1.000 litros de 2005 a los 461,71 euros actuales en la gasolina, un 57,12% más, y el IVA, que se impone al valor del producto en sí, y a sus impuestos (un tributo sobre otro, qué disparate), ha pasado del 16% al 21% (otro 31 por ciento de incremento).

En los años 70 del siglo pasado, cuando los primeros choques del petróleo, Europa acuñó una doctrina según la cual los carburantes debían ser objeto de una tributación fiscal importante, a fin de reducir el consumo y atenuar la dependencia del aprovisionamiento exterior. El objetivo parece haberse satisfecho: Europa demandaba 13,4 millones de barriles diarios este año pasado, casi un 19% menos que el año 2000. Las cifras son aún más espectaculares si la desagregación desciende a la gasolina: 1,91 millones de barriles al día, frente a los 3,21 de 1999 (el -40,5%), según el Oil Market Report de la Agencia Internacional de la Energía (Annual Supplement for 2014 -2015 Edition).

Es decir, que se consume menos, los precios en los mercados internacionales caen y la inflación crece con tanta mesura que hasta el Banco Central Europeo se declara dispuesto a acelerarla, pero los consumidores siguen haciendo frente a unos precios de carburantes que poco o nada tienen que ver con el mercado.

¿El mercado? ¿Qué mercado merece el nombre de tal cuando la oferta sube y la demanda baja, pero el precio aumenta?

sábado, 14 de noviembre de 2015

Eine groβe sapo




Los creíamos extinguidos pero ahí siguen, ocultos tras las ventanas espejadas del sector financiero o las fachadas de madera, metal y piedra noble de los grandes grupos industriales. Los dinosaurios siguen dominando la tierra, sólo que ya no se llaman así: se los conoce como los “too big to fail”, los que son demasiado grandes para fallar porque, en teoría, su hundimiento nos atraparía a todos debajo y pereceríamos aplastados. Había consciencia, hasta hace poco, de que esas estructuras demasiado grandes para desmoronarse estaban confinadas al sector financiero; eran los Bank of America, Deutsche Bank, HSBC y demás. El mundo les garantiza la supervivencia ante cualquier adversidad pero los somete, a cambio, a controles específicos, a una supervisión acrecentada, dicen los reguladores. Después de todo lo visto permítanme que dude. Desde hace unas  semanas sabemos que Volkswagen y, probablemente, otras grandes firmas del sector, engrosan esa lista de intocables. Y también sabemos que carecen de una supervisión que merezca la consideración de tal.



Hace unos días, en plena tormenta por las trapacerías de Volkswagen, la canciller alemana, Angela Merkel, dijo no creer que lo acontecido a ese gigante industrial haya empañado la buena fama del made in Germany. Creo que la canciller no estuvo acertada; que lo que, en realidad, quería decir es que es tal el peso de VW y de Alemania en Europa que el asunto terminará más o menos olvidado, pues Volkswagen es “too big to fail” y tenemos que acostumbrarnos a vivir con esa realidad. Comernos el sapo, como se suele decir, aunque sea este un muy “groβe sapo”. Y esto último es, exactamente, lo que está pasando: las instituciones europeas acaban de adoptar normativas sobre emisiones contaminantes de vehículos que permitirán a las empresas fabricantes sustraerse a las exigencias de una política medioambiental razonable hasta bien entrada la próxima década, en el convencimiento de que el sector, del que depende demasiada gente, no puede acometer rápidamente los cambios industriales requeridos para hacer que los coches sean menos agresivos con el aire que llega a los pulmones de todos.



Todo este asunto de las emisiones trucadas de contaminantes es una gran miseria. De la A a la Z. Lo que ha salido a la luz estos días es que Europa, para cumplir con los compromisos sobre el efecto invernadero y el cambio climático, apostó sin condiciones, a comienzos de los años 90,  por el diesel de automoción, ante la evidencia de que este carburante emitía menos monóxido de carbono (CO), el principal gas causante del efecto invernadero, que la gasolina.  Hay quienes se preguntan, en el Reino Unido por ejemplo, si en esa decisión, que fue adoptada bajo presiones del lobby automovilístico, se consideró el impacto sobre la salud humana de las emisiones del diesel, que la Organización Mundial de la Salud catalogó en 2012 como cancerígenas. Ya antes, mucho antes, existía consciencia de los perjuicios para la salud de los óxidos de nitrógeno y de las partículas, que los coches alimentados con diesel emiten con gran profusión. Enviado por mi periódico, El Correo, visité Pittsburg, Pennsylvania (EE.UU.) en 1976. Allí me contaron las experiencias (modélicas a escala planetaria) que acumulaban en la lucha contra la contaminación ambiental. Me hablaron claramente sobre los perjuicios para la salud del NOx y de las partículas en suspensión. Y en Bilbao, en su por entonces pionera red de detección de contaminantes,esos parámetros eran estrechamente vigilados en los 70 y 80. Me resulta difícil de creer que los políticos que apostaron decisivamente por el diesel en los 90, suavizando la fiscalidad que lo gravaba con respecto a la gasolina, desconocieran la incidencia de tales compuestos en el cáncer de pulmón o de vejiga, entre otros. A fin de cuentas, el IARC, el grupo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) encargado de revisar qué partículas ocasionan esas enfermedades, tenía catalogado el humo el diesel como potencial cancerígeno desde 1988. ¿Por qué tanta morosidad en verificar esa incidencia?



La pregunta es pertinente porque estos últimos 20 años el diesel ha pasado a dominar el mercado de la automoción europeo. Del poco más del 20% que detentaba a comienzos de los 90 pasó al 53% de nuestros días de media. En algunos socios europeos, como Bélgica, el porcentaje es muy superior: el 62%. En España era del 53,6 a finales de 2012. La gran mayoría de esos coches se vendió en los mercados europeos, pues la tecnología del diesel era, y es, residual en Japón y los EEUU.



En fin que parece como si una conjunción de actuaciones gubernamentales e industriales, perfectamente medidas y conjuntadas, hubiera tenido, como corolario inevitable, reservar una parte sustancial del mercado automovilístico del continente a las marcas europeas. Y eso en tiempos en los que Bruselas clamaba contra el “Buy American”.



El resbalón de Volkswagen no se ha producido en Europa, sino en los EE UU, donde la ambición de la marca le llevaba a expandirse para consolidar su objetivo estratégico de convertirse en el primer fabricante de coches del mundo.



En el intervalo, la estadística sanitaria ha empeorado brutalmente. Las defunciones por cáncer de pulmón, bronquios, laringe  y vejiga en la Europa de los 28 socios han pasado de los 112.565 casos censados en 1999 (dato histórico consolidado más antiguo disponible),  a 268.636 en 2012 (el más reciente), según las últimas estadísticas de Eurostat.



No hay evidencia alguna que permita atribuir este incremento de muertes por cáncer a las emanaciones de los vehículos que se propulsan por diesel. A lo mejor la gente fuma más que antes.



Pero es un dato, claro que sí, muy a tener muy en cuenta.

sábado, 31 de octubre de 2015

Derecho de huelga, derecho al trabajo





La punta de lanza sindical que está sosteniendo la contestación al poder estatuido en Bélgica tras las elecciones de 2014, de las que resultó un gobierno de coalición de la derecha y el centro flamencos nacionalistas con los liberales francófonos, está comenzando a perder capacidad de penetración en el tejido social belga. Por la manida, pero inexorable, ley de la acción y la reacción, el sindicalismo agreste y chantajista del que la central socialista valona FGTB es estos últimos años paradigma, va camino de terminar completamente noqueado en la pugna. Y no es esta exclusivamente la lectura de un problema de tintes locales, sino una lección de alcance universal para los tiempos que corren.

El pasado lunes, 19 de octubre, una turista danesa ingresó en un hospital de Lieja afectada por un aneurisma. Un neurocirujano, convocado de urgencia, no pudo llegar a tiempo al quirófano para operarla porque dos centenares de sindicalistas de la FGTB bloqueaban la carrera, en el curso de una de sus innumerables acciones contra las decisiones del Gobierno “de derechas” que, dicen, les perjudican.

Pocos días después, otro conductor fallecía de infarto en un nuevo atasco de tráfico, causado por miembros del mismo sindicato que bloqueaban la carretera. Los servicios de urgencia no llegaron a tiempo para atender al hombre en su agonía.

Estos hechos, así como la extendida sensación entre la opinión pública de que los sindicatos se están pasando con sus constantes acciones de protesta, ha dado lugar a una aceleración de los proyectos gubernamentales para la normalización del derecho de huelga y otras actuaciones orientadas a limitar el poder sindical, que el Gobierno juzga excesivo. “La libertad de huelga termina allá donde comienzan los derechos de quienes desean ir a su trabajo, al colegio o al hospital”, declaraba el día 22 ante la Cámara el primer ministro, Charles Michel, recogiendo el sentir de una mayoría de la población. Su grupo político ha presentado una propuesta de ley para regular el “derecho al trabajo”, que venía siendo discutida internamente desde hace meses y cuya formalización los últimos acontecimientos han precipitado. El texto, en síntesis, consagra el derecho de quienes quieren trabajar, frente a las acciones sindicales destinadas a impedirlo para hacer más amplio el impacto de sus protestas. El corte de autopistas no está reconocido en ningún derecho laboral.

Entre los propios sindicatos, abrumados por las consecuencias indeseadas de las últimas acciones, existe un sentimiento de culpa, así como el deseo de explorar otros métodos de presión. “¿Cuáles?”, se pregunta Marc Goblet, el tonitronante presidente de la FGTB. “Estoy cansado –prosigue- de esos que dicen que hay que revisar la acción sindical y cuando les preguntas cómo hacerlo, miran al suelo”.

El hecho es que si Globlet justifica que la acción sindical consista en coaccionar por la fuerza la vida de los demás, demuestra, con ello, que su modo de entender el encaje de los sindicados en los tiempos actuales está desfasado. “Somos un contrapoder”, dice Globlet, y desde el Gobierno le contestan: “estás suplantando la acción gubernamental; tus posiciones son políticas. Preséntate a las elecciones”.

La mayoría nacionalista flamenca, nudo central del Gobierno actual, propone restricciones a la libertad de huelga y la imposición de una personalidad jurídica a los sindicatos, a fin de perseguirlos en justicia si incumplen la ley. No deja de ser una para paradoja que los sindicatos belgas, con sus más de tres millones de afiliados en un país de diez millones y medio de habitantes y su influencia en la política, la economía y la sociedad, permanezcan en un limbo jurídico.

Quieren, asimismo, acabar con privilegios fiscales de los sindicatos y de sus afiliados. Reportarían del orden de 100 millones a las arcas del Estado, según cálculos de la NV-A, el principal partido del gobierno. Ellos, que querían imponer un nuevo impuesto de 2.000 millones para nuevas políticas de incentivación laboral.
El primer ministro, Charles Michel, ha manifestado recientemente que se está esforzando en acabar con la herencia de 25 años de gobierno socialista del país. Al abusar de sus prerrogativas buscando el mayor impacto social posible, los sindicatos están logrando que la opinión pública se vuelva contra ellos, en momentos críticos para su futuro.

sábado, 17 de octubre de 2015

Moscovici, el infiltrado

La política española se encuentra en tal estado de agitación que factores de verificación altamente improbable, como las previsiones económicas, son susceptibles de convertirse en armas dialécticas, aunque la experiencia demuestre que esos pronósticos dan muy pocas veces en el blanco. Hablamos de la reciente trifulca sobre las reconvenciones de Bruselas al Gobierno español, por supuestos excesos de optimismo en la formulación de su presupuesto para 2016.

Me he tomado el trabajo de rebuscar en mis papeles (electrónicos) de los últimos cuatro lustros, (que ya es un tiempo), y he alcanzado a recolectar los pronósticos que la Comisión europea ha hecho durante todos esos años sobre las perspectivas de evolución de la economía española y más concretamente en lo que concierne a su déficit fiscal o presupuestario. Les he construido un gráfico. Sólo acertaron en 2003; todo un récord. Lo que he constatado, como general, es que la Comisión se queda corta en sus vaticinios, lo mismo cuando apunta a la baja que cuando lo hace al alza: si el déficit aumenta, lo hace en mayor medida que en sus pronósticos. En cambio, si hay superávit presupuestario, la marca queda por encima de las previsiones de Bruselas.


 No pretendo criticar a los estupendos economistas de la DGII (la de Economía, ya no se llama así) de la Comisión. Conozco a varios de ellos. Trabajan con modelos muy depurados y son extremadamente competentes. Lo que pasa es que apostar al pleno en previsiones económicas como estas es un ejercicio un poco estéril, porque es imposible prever lo que va a pasar en la realidad. Se puede hacer una computación aproximativa de ponderables y de algunos imponderables, pero, al final, la vida manda y los pronósticos quedan en papel más o menos húmedo. Sirven para hacerse una idea de por dónde pueden ir los tiros, no para hacer agujeros en una pared y colgar cuadros de ellos. Se te pueden quedar muy bajos o demasiado altos cuando el inquilino al que van destinados ocupa la vivienda y no has acertado con su talla real.

Lo que me parece absurdo es montar un pollo político por décimas de punto. Sobre todo cuando quien te da el pié para hacerlo es un comisario europeo muy contestado, que procede de un país, Francia, cuya economía parece instalada en una especie de realismo mágico, si no abiertamente en el universo de la fantasía.

Pierre Moscovici llegó a la comisaría de Economía de la Comisión europea no precisamente en loor de multitudes. Procedía del ministerio francés de Finanzas y Angela Merkel y Wolfgang Schauble le miraban con gran recelo. Pensaban que París no merecía un puesto de tanta relevancia en la Comisión, siendo Francia, como es, un pésimo alumno en la asignatura de las responsabilidades presupuestarias. En el otro gráfico que les he construido hoy podrán constatar que Francia vive en un estado de déficit permanente. España, tan vilipendiada estos días por Moscovici, obtuvo superávits presupuestarios varios años la década pasada. Luego, nuestra economía, por las razones ya conocidas, se hundió pero las últimas Previsiones económicas de la Comisión, las de primavera del año en curso, nos vaticinan el mismo déficit que a Francia en 2016.


 Hay, sin embargo, una salvedad importante: Pierre Moscovici, el muy francés comisario europeo de Economía, le otorgó graciosamente a París el pasado febrero dos años adicionales, hasta 2017, para cumplir con sus obligaciones de déficit fiscal. Es el tercer plazo que Bruselas le da a Francia para satisfacer sus compromisos, pues ha incumplido ya dos. La cosa tuvo su bemol porque en octubre de 2014, sólo unos pocos meses antes de que Moscovici oficiara de infiltrado en Bruselas, el primer ministro galo, Manuel Valls, proclamaba ante la Asamblea nacional, comentando el ya entonces considerado como imprescindible retraso a 2017 del cumplimiento francés con el Pacto de Estabilidad, que "no estamos pidiendo nada (...), Francia toma sus propias decisiones". ¡Pues vaya lealtad la de Francia con sus compromisos internacionales y con sus socios europeos! ¿Acaso París no está concernida por las obligaciones del Pacto de Estabilidad?.

Me consta que en Alemania, la decisión de Moscovici (que se hizo extensiva a Italia, el otro desastre presupuestario de la Eurozona) causó un enorme desasosiego: Berlín temía que Moscovici desposeyera a Bruselas de toda credibilidad.

Efectivamente, esa credibilidad se ha perdido. Menos para la oposición española, que se ha aferrado a las Previsiones de Moscovici como si de la Verdad Revelada se tratara. Por contra, en Francia, como en Italia, todo el mundo está encantado con el 2017.


Lo que el Gobierno español tiene que hacer es lo mismo que el francés: cumplir... si puede. Y si no, pues que Bruselas dé más plazo.
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