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sábado, 17 de septiembre de 2016

Porque estás que te vas y te vas...


Quizás recuerden ustedes esa canción de José Alfredo Jiménez que dice “porque estás que te vas, y te vas, y te vas… y no te has ido”. Bueno, pues esa es, exactamente, la martingala en la que andamos con el Reino Unido y su Brexit.

Han pasado ya dos meses y medio desde que los británicos sorprendieran al mundo (también a sus propias élites) proclamando que se iban de la Europa institucional de los valores comunes, y aquí nadie ha dado un paso al frente. Si acaso alguno que otro hacia atrás como el de Angela Merkel, quien saltó presta a la tribuna, una vez conocido el resultado el referéndum de junio, para templar el juego.

Estamos en un limbo curioso con estos british: Albión, la pérfida, no da la impresión de estar respirando por la herida. Si acaso parece que seamos los demás quienes estamos haciéndolo: Merkel y Hollande andan peleados a cuenta de la aspereza de la lija que hay que pasarle a Theresa May por sus pétreas mejillas; algunos recién adheridos del Este europeo, como Hungría y Polonia, ven en el Brexit una ocasión para redefinir la dialéctica política europea; la premier británica se reúne con la canciller alemana en un mano a mano oscuro para todos los demás miembros del club y esta hace lo propio con el presidente francés y el presidente del Consejo italiano de ministros (¡viva la Política Exterior y de Seguridad Común!); franceses y alemanes se plantean relanzar los proyectos de defensa europea; el americano no dice nada (en público) pero advierte (en privado) que de menoscabar a la OTAN, nada de nada. Y en medio del follón, Trump trompetea que va llegando la hora de que los europeos comiencen a pagarse su defensa.

Los británicos se han asomado con cautela a este comienzo de curso para echarle una mirada a las cuentas y constatan, con una cierta sorpresa, que la cosa no parece ser para tanto: la libra se recupera y las bolsas se estabilizan. Es verdad que los importadores de vino anuncian subidas importantes para los cotizados caldos europeos este próximo octubre, pero también es cierto que al Gobierno local, la fiscalidad le deja margen para impedir que el Château Lafite Rothschild alcance definitivamente la cota de las nieves perpetuas. Aunque sólo sea porque el frío arruina el bouquet.

Sin embargo, el baile para el que los británicos nos han firmado en el carnet es une valse à mille temps, que diría Brel. Londres no ha pedido oficialmente el inicio de la negociación para su salida de la UE  porque todavía no sabe por dónde le da el aire. Habrán notado que Theresa May usa laca. La británica quiere marcar los tiempos, llevar el paso, dirigir el compás y de este lado del Canal no es que se escuche a la orquesta con oído fino, pero tampoco es que estemos en la inopia: Jean Claude Juncker, el presidente de la Comisión, se ha permitido la maldad de nombrar a Michel Barnier, francés y muy poco anglo, como su jefe negociador. El del Parlamento es Guy Verhofstadt, otro hueso para Londres y el del Consejo Didier Seeuws, un diplomático belga que fue portavoz de Verhofstadt en el pasado. Un trío incómodo para el poder londinense pero es que Lady May nos ha puesto a Boris (Johnson) de su lado de la mesa.

Hace cosa de un año y medio, el Bertelsmann Stiftung hizo público un estudio que le había encargado al Ifo Institut de Munich, sobre los “Costos y Beneficios de una salida del Reino Unido de la Unión Europea”. Lo que allí se dice (como en tantas otras visiones de los riesgos que el Reino Unido encaraba en su referéndum) está tan claro que resulta aún más incomprensible que los británicos se hayan dejado adormecer por los cantos de sirena (¿quizás mejor hablar de bramidos de morsas antárticas?) de Boris (Johnson) y Nigel (Farage). En sus comentarios finales, el informe recuerda cómo Tony Blair, en su campaña del 97, barajó tres futuros para el Reino Unido en la UE: irse, quedarse haciendo lo de siempre y reformar a la Europa comunitaria desde dentro. Apostó por esta última, pero se quedó en la segunda y esa  era la opción privilegiada por la Fundación Bertelsmann en su informe, antes de que los británicos decidieran romper la baraja.

Por el desarrollo de los acontecimientos, parecería que Theresa May apuesta por una versión optimizada de la segunda opción de Tony Blair, la que resultaría de hacer el Reino Unido en la UE lo de siempre, pero sin estar. Es un espejismo, un aturdimiento causado, sin duda, por los bramidos hipnóticos de las morsas antárticas. Lo que el Reino Unido pueda ofrecer a Europa desde su proverbial pragmatismo va a ser tasado a la baja, mientras que el continente valorará al alza sus triunfos. Londres tiene que rehacer sus posiciones comerciales con el resto del mundo, la UE incluida, porque pierde los acuerdos de arancel común de la UE. Sólo esa tarea es de una complejidad estremecedora. Por eso, nadie, y menos la premier británica, está por la labor de recordar que el título de la canción de José Alfredo es “No me amenaces”.

domingo, 15 de mayo de 2016

AI...¡AY!


Hay un debate en curso, por ahora esencialmente académico, sobre el porcentaje de puestos de trabajo que los nuevos robots van a hurtarle al ser humano en el horizonte de los próximos diez o quince años. He leído y oído cifras de todos los pelajes: desde el 80% de algunas publicaciones norteamericanas de divulgación científica hasta el 15% de ciertos especialistas del medio, pasando por el 47% de una investigación realizada en Oxford este año pasado. Son números, estos, que suscitan todo tipo de reacciones, en su mayoría de incredulidad. En lo que hay consenso es en que nos encontramos a las puertas de una nueva revolución industrial: la de Inteligencia Artificial.

Por lo visto, 2015 ha sido un año de avances espectaculares en el mundo de la AI (Artificial Intelligence). A través de lo que se conoce como Deep Learning, desarrollado por Google y que podríamos traducir como “Aprendizaje Profundo”, los ordenadores están adquiriendo vastos conocimientos sin programación específica previa: aprenden a distinguir seres humanos de animales entre miles de fotografías, en base a patrones que extraen ellos mismos de las imágenes. Otras aplicaciones facilitan a la agencia Associated Press la difusión, sin periodistas que los redacten, de miles de boletines informativos sobre resultados empresariales, utilizando hojas de cálculo con los estados contables que estas mismas publican. Y el robot Watson, de IBM, sugiere estrategias farmacológicas o quirúrgicas para tratamientos de cáncer individualizados en algunos hospitales norteamericanos, basándose en los análisis genéticos de cada paciente y en la literatura científica existente al respecto.

Son, esos últimos, ejemplos de aplicaciones de AI relativamente esotéricas, que no entrañan pérdidas directas de puestos de trabajo pues el ser humano se encuentra, de una u otra manera, al final de la cadena de decisiones. Hasta en el caso de las noticias financieras de la Associated Press, ya que las más relevantes son objeto de supervisión humana y las automatizadas no serían ni escritas, ni publicadas por periodistas, debido al costo.

Otra cosa bien distinta son los usos avanzados de IA actualmente en fase de experimentación. Los vehículos autodirigidos podrían dejar en la calle a cinco millones de camioneros cuando la tecnología entre en servicio y Uber pretende acabar con las críticas que cosechan sus servicios invirtiendo masivamente en coches sin conductor. El sector financiero, que ha prescindido de miles de puestos de trabajo a medida que se reducía el margen en nichos habituales de su negocio, encara una nueva tanda de ajustes que podría comprometer esta vez hasta un 30% del empleo del sector en Estados Unidos y Europa, según un informe de Citygroup. Son datos barajados hace un par de semanas en una Conferencia del Milken Institute habida lugar en Beverly Hills, California. Y los principales bancos del mundo están profundizando en aplicaciones como “Blockchain”, que podrían generar ahorros multimillonarios en la operativa bancaria y liberar recursos financieros ingentes para la inversión.

Las consecuencias de estas nuevas tecnologías en la ocupación final, no ya en los puestos de trabajo actualmente existentes, se ven matizadas por la experiencia: frente al catastrofismo de los luditas británicos de comienzos del XIX en su lucha contra el maquinismo, hoy sabemos que este tipo de avances generan puestos de trabajo de nuevo cuño. Andrew Ng, quien fuera principal responsable del proyecto Google Brain, además de profesor de ciencia computacional en Stanford, y que ahora es el primer responsable científico del buscador chino Baidu, expresaba gráficamente el año pasado que la agricultura, en Estados Unidos, ha necesitado casi 200 años para representar el 2% de la mano de obra del país, desde el 98% de comienzos del XVIII. Ng reconocía que los cambios, ahora, son más rápidos, (es el autor del cálculo de los millones de camioneros), pero se apunta a la tesis de las nuevas oportunidades, lo mismo que amigos míos especialistas en mercados laborales, que una vez tuvieron responsabilidades de Gobierno en la materia.

Pero lo que está meridianamente claro, sea el impacto de las nuevas tecnologías en el empleo el que sea, es que la nueva revolución industrial va a requerir de sociedades mucho más dinámicas que las actuales. El statu quo y el privilegio están de capa caída y la formación permanente y el riesgo individual van al alza.


Harían bien gobiernos, empresas, sindicatos y trabajadores en aplicarse el cuento, antes de que la nueva ola se lleve todo por delante.

sábado, 23 de abril de 2016

Prosperidad y dinero

Hace meses supe de un jubilado que murió leyendo las cotizaciones de Bolsa. El suceso fue noticia no tanto por la defunción del hombre, cuanto porque los allegados del difunto dijeron desconocer las razones de la curiosidad de su familiar por la evolución de los mercados de capitales, dado que carecía de patrimonio mobiliario alguno. A mí, según leía la información, se me ocurrió que aquel hombre buscaba en las gráficas bolsistas la tranquilidad que necesitaba en el otoño de su vida. Si la Bolsa va bien, debía decirse, todo me irá bien a mí también y no padeceré sobresaltos de última hora.

Pues igual el hombre aquel que cayó por el precipicio de la PER no tenía razón. Prosperidad y dinero ya no corren parejos. Los mercados bolsistas de nuestros días han dejado de ser el espejo económico de nuestras sociedades, en las que, como se estudiaba hace no tanto tiempo, la inexorable ley del mercado sacaba a la luz verdad y mentira, por lo que la economía podía expurgarse de todo vicio y engaño. Lo que, al fin y a la postre, constituía toda una afirmación darwiniana de que, también en economía, el futuro es del que aguanta, que no es sinónimo de mejor, al menos desde un punto de vista moral.

Tomemos el ejemplo de la energía. Desde el primero de los “choques” del petróleo, en 1973, la evolución al alza del precio del petróleo ha provocado cambios económicos, políticos y fiscales de enorme profundidad. Sumas ingentes de dinero han cambiado de manos, entre   consumidores y productores del oro negro. Ahora, el petróleo está barato, pero las Bolsas bajan y sólo parecen repuntar cuando se intuyen restricciones artificiales a la oferta. La economía que dicen “real”, la que se nutre del ahorro privado para financiar proyectos enriquecedores de su entorno, aunque se entienda este en un sentido amplio, apenas se beneficia de esta tan singular situación en casi medio siglo de historia económica: que la energía, en origen, esté barata.

Buscando entre papeles no es difícil encontrar explicaciones a tan aparente contradicción: que si los americanos soportan las cargas financieras del desarrollo del fracking; que si a los japoneses les subieron mucho los impuestos al consumo en 2014 y que el consecuente drenaje de recursos ha sido muy superior a los beneficios que a la renta de las familias les ha reportado la gasolina barata; que si a los europeos, la política de tipos bajos del BCE les angosta cualquier alegría en el gasto, porque deja al ahorro sin remuneración y no sirve más que para financiar los déficits públicos que resultan de desmanes y arbitrariedades presupuestarias, etcétera, etcétera, etcétera.

Hay más razones en circulación que estas que les doy que intentan explicar lo que, a mi modo de ver, es inexplicable: que las bolsas bajen cuando la riqueza en circulación se reparte un poco más entre la ciudadanía de aquellas sociedades que están facultadas para sacar provecho de ella, pero voy a pasar, ahora, a otra escala de argumentos.

Hace años que se viene diciendo que los mercados de valores no sirven para lo que fueron creados: para que las empresas que la necesitan encuentren financiación para sus proyectos. Aquel mundo pintoresco de los síndicos de la Bolsa de Bilbao que celebraban los logros de la jornada con ostras y champagne “donde Matías”, (en La Concordia, ahora es un Bingo) se ha visto sustituido por una corriente de dinero que fluye en chorro, a la velocidad de la luz, de un lado al otro del planeta, en busca de oportunidades de inversión que no se aguantan no ya un día, sino siquiera unos segundos. Son los “traders de alta frecuencia”, (HFT por High Frequency traders), que utilizan aplicaciones informáticas de inteligencia artificial para tomar millones de posiciones simultáneas en los mercados de todo el mundo, aprovechando las incoherencias resultantes de las diferencias horarias entre ellos. Rascan céntimos aquí y allá. Millones de céntimos. Al segundo. Se relamen de gusto, los HFT, cuando entran en funcionamiento conexiones de fibra óptica entre Nueva York y Londres como “Hibernia”, que reduce el tiempo de respuesta entre estas dos plazas financieras principales en… ¡cinco milisegundos!

Y esto si hablamos de los mercados “aparentes”, porque hay otros que no lo son, como la “banca en la sombra” que practican algunas instituciones bancarias en lo que se denomina “operaciones fuera de balance”, y que se apoyan en procedimientos y garantías opacas. ¿Arrastraría la “banca en la sombra” a la banca regulada, es decir a los Estados, es decir, a los contribuyentes, a nuevas operaciones de reflotamiento? Las garantías al impositor han sido recortadas en Europa, ¿pero qué garantías se le ofrecen a este de que la tenedora de sus ahorros no va a llevarle a la indigencia por prácticas temerarias desreguladas?

El año pasado, el Fondo Monetario Internacional emitió un informe en el que se denunciaba la hipertrofia del sistema financiero en las sociedades desarrolladas. “Crecientes evidencias apuntan que, a ciertos niveles, los bancos y las instituciones financieras asumen una posición demasiado importante y que terminan provocando más inestabilidad financiera que el apoyo que prestan al crecimiento económico”, decía el FMI.

Los economistas del FMI tienen razón. Señalan, a su manera, que el dinero está globalizado, pero no así el poder político que debería entender en él. El G-20, al que se denomina “gobierno económico del mundo”, ha fracasado y el sistema está fuera de control. Se sustenta en la ley de un beneficio cada vez más concentrado, que ya no revierte en su entorno a la escala multiplicadora tradicional.


El jubilado fallecido fiaba mal su tranquilidad en la evolución alcista de la Bolsa. Son prosperidades que poco o nada tienen ya en común

sábado, 9 de abril de 2016

Peajes

En Bélgica se solapan, día con día, las manifestaciones de los que quieren pagar menos impuestos con las de los que exigen más subvenciones. A veces son los mismos. Estos días atrás les ha tocado a los camioneros en Valonia. La causa: una nueva tasa al kilómetro (un peaje sofisticado) que ha entrado en aplicación en todo el país, pero que ha paralizado sólo su mitad sur, Valonia. En el norte, en Flandes, los camioneros, a pesar de estar también en contra de la nueva gabela, no han secundado los bloqueos de carreteras de los del sur por considerarlos improductivos. Al final, la situación se ha restablecido bajo la amenaza de multas de 5.000 euros por camión y hora de bloqueo, dictada por la autoridad federal.

Dejando de lado la impresión de desorden total que esta huelga ha dejado, (con el aeropuerto de Zaventem inoperativo por los atentados, los de Chareleroi y Lieja han sido inaccesibles varios días por la acción de los piquetes), la situación ha venido a replantear un problema viejo y no resuelto de la Europa del mercado interior: el costo del transporte por carretera para los países de tránsito. Los del centro de Europa (Alemania, Francia, Bélgica, Holanda) soportan el paso de centenares de miles de camiones cada año que encaminan mercancías hacia la periferia, que degradan sus carreteras y que no reportan beneficio alguno a la economía del país que las han construido. 

El debate es casi tan viejo como el mundo. Se suscitó abiertamente a comienzos de los años 90 entre los entonces Doce y dio lugar a planteamientos de dos órdenes: uno primero, de armonización de la fiscalidad directa sobre los carburantes, a fin de equiparar los costos para los transportistas en toda Europa y otro, el segundo, que apuntaba a la instauración de “euroviñetas” que los transportistas debían comprar para circular por aquellos países cuyas autopistas están libres de peajes. La armonización tributaria se efectuó parcialmente por vía de la tributación especial de los carburantes (los “impuestos especiales” que los gravan, de acuerdo con una horquilla definida por la Comisión y aprobada por los socios europeos y que ha sido objeto de varias revisiones al alza), pero las euroviñetas sufrieron vicisitudes diversas. Alemania, por ejemplo, fue sancionada por el Tribunal de la UE, ya que por un lado imponía la viñeta a todos los transportistas que cruzaban el país, mientras que, por otro, subvencionaba a sus transportistas locales, que, ya de por sí, soportaban una fiscalidad muy importante por la vía de las licencias de transporte y de las tasas para reparación de infraestructuras.

Se decía entonces (y yo guardo los registros de aquellas discusiones), que la armonización de la fiscalidad sería suficiente para hacer frente a la degradación de las carreteras, haciendo irrelevantes las tasas para infraestructuras y otras del género, pero no ha sido así y los impuestos han continuado amontonándose sobre las espaldas del contribuyente, viñeta sobre viñeta y tasa sobre tasa. En agosto de 1992, con todo el personal en la playa, el consejo de ministros de Transportes llegó incluso a debatir la posibilidad de imponer la euroviñeta a los automovilistas. Ya se sabe: una vez aprobado el principio impositivo, la ampliación de su ámbito de aplicación y de su tarifa es solo cosa de tiempo.

Ahora es la cosa esta del peaje por kilómetro efectivamente recorrido. Lo promueve la Comisión europea, que quiere, además, que se aplique también a los vehículos privados. La tienen actualmente en vigor (para camiones) Polonia, Eslovaquia, Austria, la República Checa, Alemania, Francia y Portugal, además de Bélgica. En este último país, su implantación ha provocado gran escándalo porque se sabe que, con ella, Valonia quiere financiar al menos la mitad de su plan de renovación de carreteras (¿en qué se ha ido el dinero a estos fines supuestamente destinado con la armonización tributaria de los carburantes?) y porque para gestionarla se aplican procedimientos técnicos (GPS, telemetría) únicos en Europa, a cargo de una sociedad de nuevo cuño que ha requerido cuantiosas inversiones y que, encima, no funciona bien. La nueva tasa al kilómetro va a costar unos 8.000 euros por año y camión, cuando la Euroviñeta, hasta ahora en vigor, resolvía el tema por entre 1.000 y 1.500 euros. Es decir que, con la disculpa del nuevo modelo, la recaudación se multiplica ad libitum.

El problema de Bélgica, que también se hace extensible a otros países como España, aunque no apliquen peaje al kilómetro en las autovías (pueden hacerlo, Borrell lo quería en su época de ministro), es que esta operación se inscribe en una remodelación general de la fiscalidad, una de las más depredadoras de Europa. El gobierno federal quiere abaratar el costo fiscal del trabajo, para lo que se ha embarcado en una redistribución de los ingresos. Y lo ha hecho tras declararse convencido que no puede recortar más gasto público. Algo que no deja de sorprender, si se tiene en cuenta que este representa, en este país, nada menos que el 55,1 del PIB (Eurostat, datos de 2014, España el 44,5%)

Lo que en realidad sucede es que Bélgica es un país redistribuidor de riqueza a una escala que ya no puede financiar. Pero a ver quién quita los subsidios de integración, los de ayuda familiar, los sindicales, los de asistencia social, las infinitas ayudas a actividades improductivas… y reordena enormes sumideros de gasto público que existen en el país. Entre el prestatario de servicios sanitarios y el que los recibe, en Bélgica y por ejemplo, hay una serie de estructuras administrativas, las mutuas, con su personal específico, que fueron en su día “encargadas” a los partidos políticos, principales, socialcristianos, socialistas y liberales.


Quizás lo que no haya que hacer es convertirse en un Estado redistribuidor de riqueza a la escala belga. Demasiados peajes.

sábado, 12 de marzo de 2016

Un cerrojo políglota



Un día cualquiera de esta semana, el gran portal de ofertas de empleo que mantiene la Comisión europea bajo el nombre de "Eures", (https://ec.europa.eu/eures/public/homepage), y al que se encuentran adheridos Noruega, Islandia, Liechtenstein y Suiza, además de los 28 Estados miembros de la Europa comunitaria, presentaba una oferta laboral cercana a los dos millones de puestos de trabajo (1.902.452, por ser más precisos). La aportación española a esa cifra era muy modesta, 773 ofertas, frente al más de medio millón de Alemania, las casi 200.000 del Reino Unido o las no menos apabullantes 115.000 de un pequeño país de diez millones de habitantes como Bélgica.

Utilizando los filtros disponibles en el portal, era posible restringir la búsqueda a determinados segmentos de la oferta, de modo que si lo que nos interesaba eran puestos de trabajo de duración indeterminada, a tiempo completo y que requirieran de formación de alto nivel (universitaria o equivalente), veíamos cómo esas cifras menguaban hasta las 3.700 de Francia, las 2.400 de la República checa, las 1.573 de Austria o las 872 del Reino Unido. Pero es que las de España bajaban a... ¡2!: un director de recursos humanos para Dupont en Asturias, y un agente de contratación para el Sopra Group en Barcelona. A mediados de semana eran tres, pero una de las ofertas se cayó de la lista y no fue reemplazada. Francia necesita ingenieros especializados en cálculo de estructuras, jefes de proyecto, expertos contables, auditores...; el Reino Unido gerentes para empresas de microbiología, gestores de satélites de observación terráquea, ingenieros senior para autopistas, especialistas en investigación de mercados...; Italia, abogados, expertos en backoffice, investigadores en microorganismos para usos agrícolas o especialistas en marketing...; Luxemburgo e Irlanda son paraísos para los altos perfiles en finanzas o informática...; y Polonia da muestras, por el género de trabajo que oferta, de ser una economía en expansión acelerada (directores ejecutivos, logística de transporte, supervisores para contratación, asistentes de diseño...)

Pero España, como les cuento, sólo publicitaba dos ofertas de trabajo para gente con formación terciaria, una cifra que, ciertamente, no es sólo irrisoria, sino que, además, está en flagrante contradicción con la potencia universitaria del país, el quinto de Europa por número de estudiantes de formación terciaria, con 1,96 millones de alumnos en 2012 según cifras de Eurostat, tras Alemania, (2,9 millones), Reino Unido (2,4), Francia (2,3) y Polonia (2). Bien cierto es que la Universidad, en España, actúa, en cierta manera, como un ocultador de paro juvenil encubierto y que, con tanto desempleo en casa, salir a buscar trabajadores fuera no parece la política más sensata. Sin embargo, las instituciones públicas nacionales de empleo están obligadas a colaborar con Eures y, tras los acuerdos de 2014, el requerimiento se está haciendo extensivo a las privadas. Aún y todo, caramba, ¿sólo dos?.

La movilidad en el empleo es uno de los privilegios de esta Europa común, tan injustamente denostada estos días. El mercado laboral se amplía y las empresas pueden encontrar al personal que más les interesa entre una oferta muy amplia y variada. Es, también, una ventaja para los trabajadores. De hecho, ayer, viernes, Eures cifraba en 38.723 los españoles que buscaban empleo a través de su portal. Era la segunda cifra más alta, tras los 47.438 de Italia.

Aunque verdad es que para contratar a un trabajador extranjero, una de dos: o el trabajador conoce tu idioma, o se trabaja en una lingua franca, como el inglés. Esta última es la fórmula habitual en países que yo conozco bien, como Bélgica, Holanda o Luxemburgo. También en Francia y en Italia, en ocupaciones de determinadas características (con fuerte proyección exterior). Pero en 2011, última estadística consolidada, casi la mitad de los españoles declaraba no conocer otra lengua que la suya y un 12,6 por ciento se arreglaba con dos.

En fin, que parece que nuestra competitividad depende más del valor de la moneda que de lo que nuestras empresas son capaces de producir, por el valor añadido que generan a través de su mano de obra cualificada.

Porque la no cualificada no parece europea y se esconde bajo el mar de plástico.

Y acabamos de cumplir 30 años, como se dice, "en Europa".

sábado, 27 de febrero de 2016

En Europa pintas lo que vales

El HMS Queen Elizabeth uno de los dos grandes portaaviones encargados por Cameron que no tienen aviones para llenarlos


Ha habido una verdadera tempestad de críticas a la Europa que decide (Alemania, Francia, la Comisión europea, Italia un poco menos), porque se le ha permitido al Reino Unido una ampliación parcial de las condiciones especiales que ya disfruta en la UE, para facilitarle a David Cameron la campaña en favor de la permanencia de su país en la Europa comunitaria, ante un referéndum sobre la materia que tendrá lugar el próximo 23 de junio. Hay irritación entre los defensores de una Europa social por exenciones temporales otorgadas a los británicos en materia de ayudas por hijos a trabajadores inmigrantes europeos, así como temor en el mundo de las finanzas por unas condiciones supuestamente más favorables para la industria financiera de la City que las que rigen entre los socios del euro. Inquieta también, y no poco, la posibilidad, no explícita, de que el Reino Unido obstaculice el proceso de consolidación económica y financiera de la Eurozona, mediante las facultades de control que ejerce a través del Ecofín en los quehaceres de la Unión Monetaria. Ya las tenía, pues el Ecofin es el único órgano con capacidad jurídica en la materia, (el Eurogrupo es un foro informal que carece de ella), pero ahora, Londres ve esas facultades reafirmadas.



Yo no soy tan negativo sobre los términos del susodicho acuerdo. Me alineo con los euroescépticos británicos que le han espetado a Cameron, a su retorno de Bruselas, que las condiciones por él obtenidas en la cumbre europea de la semana pasada son poco menos que rubbish, basura.



El Reino Unido es, desde siempre, una rareza en la UE. Firmó los Tratados porque no le quedaba otro remedio cuando el continente comenzó a prosperar y Londres constató que no podía seguir ignorando esa realidad. Ha sido, desde su adhesión en 1973, un problema para los objetivos continentales de integración, que no comparte ni desea asumir. Está dentro -y así lo han reconocido sus élites políticas y económicas repetidamente- porque es más fácil corregir las derivas continentales desde dentro que estando fuera. No forma parte del euro, es decir, de la unión monetaria, tampoco de la bancaria, ni de Schengen (lo mismo de la Convención que del acervo), no está sometido a disposiciones de gran importancia en materia de cooperación policial y judicial en materia penal y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE no ha modificado ni la capacidad de la Corte Europea de Justicia para discernir sobre estas materias en el Reino Unido, ni los tribunales británicos han visto enriquecidas sus capacidades jurisdiccionales mediante su elenco de principios. Además, tienen limitada su aportación al presupuesto común desde los acuerdos de Fontainebleau (1984, Thatcher y su "I want my money back"), aunque todos los contribuyentes netos limiten sus aportaciones dinerarias a Europa por procedimientos diversos, y el hecho sea menos conocido. En fin, que hace plato aparte y que quiere seguir haciéndolo.



Pero una cosa es el juego tradicional británico de estar para no ser, y otra, bien distinta, la tontería de este irresponsable de David Cameron, que ha embarcado a Europa toda en la resolución de un problema doméstico, suyo propio, que él mismo ha creado al comprometerse a efectuar un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE. Es un poco como lo de CiU. Cameron ha abusado de la paciencia de sus pares más allá de lo que la sensatez aconseja. Durante meses ha distraído capacidades técnicas y humanas europeas (en la Comisión, en el Consejo, en la Eurocámara, en los Estados miembros), que debían consagrarse a cometidos más enjundiosos, para buscar soluciones a su problema de euroescepticismo, con la amenaza -todo un chantaje- de que, de otro modo, el Reino Unido podría tener que abandonar la UE. Y ha presionado a Angela Merkel -su principal valedora en la UE pues la canciller no cree en la Europa social, ni desea perder el contrapeso británico frente a Francia-, para ganar el pulso al conjunto de la UE. Una demasía.



Cameron ha dado muestras sobradas de inconsistencia. Su aventura de los dos enormes portaaviones (80.000 toneladas cada uno) que ha encargado (3.100 millones de libras o 4.000 millones de euros la pieza) naufraga en la realidad de una Navy que no está en condiciones de crear los dos grupos de apoyo que estas máquinas de guerra necesitan. Por no tener, no tiene ni aviones para ellos, pues los F-35C Lightning, un sofisticado aparato de los de quinta generación que deberían serles asignados, no están construidos y el fabricante norteamericano atraviesa muchas dificultades para la homologación operacional plena del modelo y de sus sistemas de armas. Si de lo que se trataba era de dar un respiro económico a una región con astilleros particularmente afecta a los tories, había otras maneras más sensatas de hacerlo.



Una derivada de estos acontecimientos es que al Reino Unido se le está terminando el margen. Esta última incursión en el exclusivismo ha molestado profundamente. Londres no va a tener las simpatías de nadie si se suscita de nuevo la cuestión de la permanencia en la UE.



Aunque de toda historia, sí que se extrae una conclusión: en Europa te oyen cuando eres alguien. El Reino Unido puede cambiar la agenda europea porque es respetado como país, porque aporta (el defensa, en organización, en modelo). A mí me gustaría que España pudiera hacer lo mismo, pero no es el caso. Si, a lo que parece, hasta el Reino Unido sabrá si se queda en la UE o se va antes de que en España haya nuevo Gobierno...

domingo, 31 de enero de 2016

Tener y Conservar

En torno al parque de bruselas se concentraba el poder económico belga. De aquel esplendor, ahora sólo quedan las fachadas. En los interiores mandan extranjeros


 Bélgica se ha puesto de moda en España. Como para conjurar el estrés postraumático electoral que nos agita, se recuerda frecuentemente estos días que el pequeño pero políticamente temperamental reino de los belgas tiene un pasado reciente salpicado de episodios de desgobierno, fruto de las dificultades halladas por la clase política para constituir ejecutivos  pluripartitos. Hasta 541 días estuvo el país sin gobierno federal a comienzos de la década en curso y no pasó nada. Aparentemente.

No pasó nada quizás porque cuanto debía pasar había acontecido ya. Veamos: Bélgica convino en 1993 que dejaba de ser un Estado unitario, para devenir en federación de tres entidades con entidad jurídica limitada y política propias: Valonia, Flandes y Bruselas. Los acuerdos de federalización del reino fueron plasmados en una reforma del Estado belga (la cuarta, ahora vamos por la sexta), de 1993. Entre noviembre de 1997 y comienzos de 1999, la banca Bruxelles-Lambert, la segunda del país, pasó a manos holandesas (ING); el Kredietbank tuvo que fusionarse con Cera y ABB para no verse arrastrado al abismo; la Royale Belge (seguros) cayó en la esfera de la francesa Axa; el primer banco del país, la Générale de Banque, se integró en el grupo belgo-holandes Fortis, pero actualmente pertenece a la francesa BNP; Petrofina pasó a verse controlada por la gala Total; y la clave de bóveda de la energía de Bélgica, Tractebel, con sus filiales Electrabel y Distrigaz, quedó controlada por el gigante francés Suez Lyonnaise des Eaux. Más tarde, sería la italiana ENI la que se quedaría con esta última.

Casi de la noche a la mañana, en poco más de un año, el poder económico de Bélgica, el gestado en el siglo XIX y desarrollado a todo lo largo de aquel siglo y el siguiente, cambió de manos. El capitalismo belga, estructurado en holdings poderosos, dejó de existir como tal.

El cataclismo continuó después, aunque no de manera tan abrupta: SPE-Luminus, el segundo proveedor de energía de Bélgica, cayó en los 2000 en la órbita del monopolio eléctrico francés EDF. Un banquero flamenco declaraba en Le Monde en 2009 tener la impresión de que el país se había convertido en una provincia de Francia, que Bélgica era “un campo en ruinas” y Pierre Nothomb, que había combatido la compra de Fortis por BNP Paribas en representación de los accionistas minoritarios del grupo, espetaba en matutino Le Soir que “nuestros ministros han devenido en mandatarios de un poder que está situado fuera del país”.

Después, Carrefour se quedó con la gran cadena de distribución belga GB y la internacionalización de AB-Inveb, el monstruo de la cerveza mundial, diluyó el poder en el consejo de los accionistas estables belgas en favor de los brasileños.

Tres anécdotas “de las de a pie” para comprender el impacto de estos cambios: GB tenía una cadena de electrónica de consumo, Video Square, que desapareció porque Carrefour contaba -y cuenta- con la suya propia, que actúa a través de sus superficies de venta, con notables economías de escala para la empresa. Consecuencia: el personal de Video Square se fue al paro, es decir, a vivir del desempleo belga, que es de por vida y que financian los belgas, no los franceses, con sus brutales impuestos. La segunda: los belgas pagan una energía muy cara. La razón hay que buscarla en apuestas políticas fallidas por las energías renovables, pero también en la política de precios dictada por las grandes empresas energéticas francesas, que dominan el mercado belga y exprimen a sus ciudadanos mientras alivian la presión sobre los franceses. Tercera, las autopistas belgas han sorprendido siempre a propios y a extraños por su fabulosa iluminación nocturna. Aquella explosión de farolas que te relajan la pupila cuando llegas conduciendo al país de noche desde Holanda, Francia, Alemania o Luxemburgo, respondía al hecho de que Electrabel, cuando era belga, canalizaba a precios marginales la energía generada por sus centrales nucleares durante la noche, cuando la demanda de consumo disminuye y se introducen las barras de grafito en los reactores para frenar la reacción en cadena del uranio. Hoy es el día en que las autoridades, sobre todo las de Valonia, dicen que no pueden afrontar los costos de esa iluminación y son cada vez más los paños de autopista en los que o no hay farolas, o las que hay no funcionan.

Y un colofón: Dexia es un banco franco-belga que resulta de una fusión acontecida en los 2000 entre entidades de ambos países que financiaban, principalmente, a entidades locales. En la crisis de las subprime, Bélgica asumió mucho más riesgo que el que le correspondía en el saneamiento de los activos tóxicos que el banco acumulaba. Los belgas han metido más de 100.000 millones en sus renqueantes bancos, que, además, no les pertenecen. Ríase usted de los veintipicomil de Bankia.

“El gobierno soporta una gran responsabilidad por lo acontecido (a finales de los 90 en Bélgica). La oposición entre partidos políticos, las querellas entre flamencos y francófonos, se sumaron al hecho de que el gobierno no actuara de manera decidida” (para frenar la fuga del patrimonio industrial y de servicios de Bélgica. Beatriz Delvaux y Stefaan Michielsen, Le Bal des Empires, Racines, 1999, pp 316-317).

En crisis como la belga permanente, o la española y la específicamente catalana de nuestros días, se manifiesta con dureza que una cosa es tener, y otra muy distinta conservar. A ver si nuestros políticos se enteran.

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