Real Time Web Analytics Bruselas10

sábado, 23 de abril de 2016

Prosperidad y dinero

Hace meses supe de un jubilado que murió leyendo las cotizaciones de Bolsa. El suceso fue noticia no tanto por la defunción del hombre, cuanto porque los allegados del difunto dijeron desconocer las razones de la curiosidad de su familiar por la evolución de los mercados de capitales, dado que carecía de patrimonio mobiliario alguno. A mí, según leía la información, se me ocurrió que aquel hombre buscaba en las gráficas bolsistas la tranquilidad que necesitaba en el otoño de su vida. Si la Bolsa va bien, debía decirse, todo me irá bien a mí también y no padeceré sobresaltos de última hora.

Pues igual el hombre aquel que cayó por el precipicio de la PER no tenía razón. Prosperidad y dinero ya no corren parejos. Los mercados bolsistas de nuestros días han dejado de ser el espejo económico de nuestras sociedades, en las que, como se estudiaba hace no tanto tiempo, la inexorable ley del mercado sacaba a la luz verdad y mentira, por lo que la economía podía expurgarse de todo vicio y engaño. Lo que, al fin y a la postre, constituía toda una afirmación darwiniana de que, también en economía, el futuro es del que aguanta, que no es sinónimo de mejor, al menos desde un punto de vista moral.

Tomemos el ejemplo de la energía. Desde el primero de los “choques” del petróleo, en 1973, la evolución al alza del precio del petróleo ha provocado cambios económicos, políticos y fiscales de enorme profundidad. Sumas ingentes de dinero han cambiado de manos, entre   consumidores y productores del oro negro. Ahora, el petróleo está barato, pero las Bolsas bajan y sólo parecen repuntar cuando se intuyen restricciones artificiales a la oferta. La economía que dicen “real”, la que se nutre del ahorro privado para financiar proyectos enriquecedores de su entorno, aunque se entienda este en un sentido amplio, apenas se beneficia de esta tan singular situación en casi medio siglo de historia económica: que la energía, en origen, esté barata.

Buscando entre papeles no es difícil encontrar explicaciones a tan aparente contradicción: que si los americanos soportan las cargas financieras del desarrollo del fracking; que si a los japoneses les subieron mucho los impuestos al consumo en 2014 y que el consecuente drenaje de recursos ha sido muy superior a los beneficios que a la renta de las familias les ha reportado la gasolina barata; que si a los europeos, la política de tipos bajos del BCE les angosta cualquier alegría en el gasto, porque deja al ahorro sin remuneración y no sirve más que para financiar los déficits públicos que resultan de desmanes y arbitrariedades presupuestarias, etcétera, etcétera, etcétera.

Hay más razones en circulación que estas que les doy que intentan explicar lo que, a mi modo de ver, es inexplicable: que las bolsas bajen cuando la riqueza en circulación se reparte un poco más entre la ciudadanía de aquellas sociedades que están facultadas para sacar provecho de ella, pero voy a pasar, ahora, a otra escala de argumentos.

Hace años que se viene diciendo que los mercados de valores no sirven para lo que fueron creados: para que las empresas que la necesitan encuentren financiación para sus proyectos. Aquel mundo pintoresco de los síndicos de la Bolsa de Bilbao que celebraban los logros de la jornada con ostras y champagne “donde Matías”, (en La Concordia, ahora es un Bingo) se ha visto sustituido por una corriente de dinero que fluye en chorro, a la velocidad de la luz, de un lado al otro del planeta, en busca de oportunidades de inversión que no se aguantan no ya un día, sino siquiera unos segundos. Son los “traders de alta frecuencia”, (HFT por High Frequency traders), que utilizan aplicaciones informáticas de inteligencia artificial para tomar millones de posiciones simultáneas en los mercados de todo el mundo, aprovechando las incoherencias resultantes de las diferencias horarias entre ellos. Rascan céntimos aquí y allá. Millones de céntimos. Al segundo. Se relamen de gusto, los HFT, cuando entran en funcionamiento conexiones de fibra óptica entre Nueva York y Londres como “Hibernia”, que reduce el tiempo de respuesta entre estas dos plazas financieras principales en… ¡cinco milisegundos!

Y esto si hablamos de los mercados “aparentes”, porque hay otros que no lo son, como la “banca en la sombra” que practican algunas instituciones bancarias en lo que se denomina “operaciones fuera de balance”, y que se apoyan en procedimientos y garantías opacas. ¿Arrastraría la “banca en la sombra” a la banca regulada, es decir a los Estados, es decir, a los contribuyentes, a nuevas operaciones de reflotamiento? Las garantías al impositor han sido recortadas en Europa, ¿pero qué garantías se le ofrecen a este de que la tenedora de sus ahorros no va a llevarle a la indigencia por prácticas temerarias desreguladas?

El año pasado, el Fondo Monetario Internacional emitió un informe en el que se denunciaba la hipertrofia del sistema financiero en las sociedades desarrolladas. “Crecientes evidencias apuntan que, a ciertos niveles, los bancos y las instituciones financieras asumen una posición demasiado importante y que terminan provocando más inestabilidad financiera que el apoyo que prestan al crecimiento económico”, decía el FMI.

Los economistas del FMI tienen razón. Señalan, a su manera, que el dinero está globalizado, pero no así el poder político que debería entender en él. El G-20, al que se denomina “gobierno económico del mundo”, ha fracasado y el sistema está fuera de control. Se sustenta en la ley de un beneficio cada vez más concentrado, que ya no revierte en su entorno a la escala multiplicadora tradicional.


El jubilado fallecido fiaba mal su tranquilidad en la evolución alcista de la Bolsa. Son prosperidades que poco o nada tienen ya en común

sábado, 9 de abril de 2016

Peajes

En Bélgica se solapan, día con día, las manifestaciones de los que quieren pagar menos impuestos con las de los que exigen más subvenciones. A veces son los mismos. Estos días atrás les ha tocado a los camioneros en Valonia. La causa: una nueva tasa al kilómetro (un peaje sofisticado) que ha entrado en aplicación en todo el país, pero que ha paralizado sólo su mitad sur, Valonia. En el norte, en Flandes, los camioneros, a pesar de estar también en contra de la nueva gabela, no han secundado los bloqueos de carreteras de los del sur por considerarlos improductivos. Al final, la situación se ha restablecido bajo la amenaza de multas de 5.000 euros por camión y hora de bloqueo, dictada por la autoridad federal.

Dejando de lado la impresión de desorden total que esta huelga ha dejado, (con el aeropuerto de Zaventem inoperativo por los atentados, los de Chareleroi y Lieja han sido inaccesibles varios días por la acción de los piquetes), la situación ha venido a replantear un problema viejo y no resuelto de la Europa del mercado interior: el costo del transporte por carretera para los países de tránsito. Los del centro de Europa (Alemania, Francia, Bélgica, Holanda) soportan el paso de centenares de miles de camiones cada año que encaminan mercancías hacia la periferia, que degradan sus carreteras y que no reportan beneficio alguno a la economía del país que las han construido. 

El debate es casi tan viejo como el mundo. Se suscitó abiertamente a comienzos de los años 90 entre los entonces Doce y dio lugar a planteamientos de dos órdenes: uno primero, de armonización de la fiscalidad directa sobre los carburantes, a fin de equiparar los costos para los transportistas en toda Europa y otro, el segundo, que apuntaba a la instauración de “euroviñetas” que los transportistas debían comprar para circular por aquellos países cuyas autopistas están libres de peajes. La armonización tributaria se efectuó parcialmente por vía de la tributación especial de los carburantes (los “impuestos especiales” que los gravan, de acuerdo con una horquilla definida por la Comisión y aprobada por los socios europeos y que ha sido objeto de varias revisiones al alza), pero las euroviñetas sufrieron vicisitudes diversas. Alemania, por ejemplo, fue sancionada por el Tribunal de la UE, ya que por un lado imponía la viñeta a todos los transportistas que cruzaban el país, mientras que, por otro, subvencionaba a sus transportistas locales, que, ya de por sí, soportaban una fiscalidad muy importante por la vía de las licencias de transporte y de las tasas para reparación de infraestructuras.

Se decía entonces (y yo guardo los registros de aquellas discusiones), que la armonización de la fiscalidad sería suficiente para hacer frente a la degradación de las carreteras, haciendo irrelevantes las tasas para infraestructuras y otras del género, pero no ha sido así y los impuestos han continuado amontonándose sobre las espaldas del contribuyente, viñeta sobre viñeta y tasa sobre tasa. En agosto de 1992, con todo el personal en la playa, el consejo de ministros de Transportes llegó incluso a debatir la posibilidad de imponer la euroviñeta a los automovilistas. Ya se sabe: una vez aprobado el principio impositivo, la ampliación de su ámbito de aplicación y de su tarifa es solo cosa de tiempo.

Ahora es la cosa esta del peaje por kilómetro efectivamente recorrido. Lo promueve la Comisión europea, que quiere, además, que se aplique también a los vehículos privados. La tienen actualmente en vigor (para camiones) Polonia, Eslovaquia, Austria, la República Checa, Alemania, Francia y Portugal, además de Bélgica. En este último país, su implantación ha provocado gran escándalo porque se sabe que, con ella, Valonia quiere financiar al menos la mitad de su plan de renovación de carreteras (¿en qué se ha ido el dinero a estos fines supuestamente destinado con la armonización tributaria de los carburantes?) y porque para gestionarla se aplican procedimientos técnicos (GPS, telemetría) únicos en Europa, a cargo de una sociedad de nuevo cuño que ha requerido cuantiosas inversiones y que, encima, no funciona bien. La nueva tasa al kilómetro va a costar unos 8.000 euros por año y camión, cuando la Euroviñeta, hasta ahora en vigor, resolvía el tema por entre 1.000 y 1.500 euros. Es decir que, con la disculpa del nuevo modelo, la recaudación se multiplica ad libitum.

El problema de Bélgica, que también se hace extensible a otros países como España, aunque no apliquen peaje al kilómetro en las autovías (pueden hacerlo, Borrell lo quería en su época de ministro), es que esta operación se inscribe en una remodelación general de la fiscalidad, una de las más depredadoras de Europa. El gobierno federal quiere abaratar el costo fiscal del trabajo, para lo que se ha embarcado en una redistribución de los ingresos. Y lo ha hecho tras declararse convencido que no puede recortar más gasto público. Algo que no deja de sorprender, si se tiene en cuenta que este representa, en este país, nada menos que el 55,1 del PIB (Eurostat, datos de 2014, España el 44,5%)

Lo que en realidad sucede es que Bélgica es un país redistribuidor de riqueza a una escala que ya no puede financiar. Pero a ver quién quita los subsidios de integración, los de ayuda familiar, los sindicales, los de asistencia social, las infinitas ayudas a actividades improductivas… y reordena enormes sumideros de gasto público que existen en el país. Entre el prestatario de servicios sanitarios y el que los recibe, en Bélgica y por ejemplo, hay una serie de estructuras administrativas, las mutuas, con su personal específico, que fueron en su día “encargadas” a los partidos políticos, principales, socialcristianos, socialistas y liberales.


Quizás lo que no haya que hacer es convertirse en un Estado redistribuidor de riqueza a la escala belga. Demasiados peajes.

sábado, 12 de marzo de 2016

Un cerrojo políglota



Un día cualquiera de esta semana, el gran portal de ofertas de empleo que mantiene la Comisión europea bajo el nombre de "Eures", (https://ec.europa.eu/eures/public/homepage), y al que se encuentran adheridos Noruega, Islandia, Liechtenstein y Suiza, además de los 28 Estados miembros de la Europa comunitaria, presentaba una oferta laboral cercana a los dos millones de puestos de trabajo (1.902.452, por ser más precisos). La aportación española a esa cifra era muy modesta, 773 ofertas, frente al más de medio millón de Alemania, las casi 200.000 del Reino Unido o las no menos apabullantes 115.000 de un pequeño país de diez millones de habitantes como Bélgica.

Utilizando los filtros disponibles en el portal, era posible restringir la búsqueda a determinados segmentos de la oferta, de modo que si lo que nos interesaba eran puestos de trabajo de duración indeterminada, a tiempo completo y que requirieran de formación de alto nivel (universitaria o equivalente), veíamos cómo esas cifras menguaban hasta las 3.700 de Francia, las 2.400 de la República checa, las 1.573 de Austria o las 872 del Reino Unido. Pero es que las de España bajaban a... ¡2!: un director de recursos humanos para Dupont en Asturias, y un agente de contratación para el Sopra Group en Barcelona. A mediados de semana eran tres, pero una de las ofertas se cayó de la lista y no fue reemplazada. Francia necesita ingenieros especializados en cálculo de estructuras, jefes de proyecto, expertos contables, auditores...; el Reino Unido gerentes para empresas de microbiología, gestores de satélites de observación terráquea, ingenieros senior para autopistas, especialistas en investigación de mercados...; Italia, abogados, expertos en backoffice, investigadores en microorganismos para usos agrícolas o especialistas en marketing...; Luxemburgo e Irlanda son paraísos para los altos perfiles en finanzas o informática...; y Polonia da muestras, por el género de trabajo que oferta, de ser una economía en expansión acelerada (directores ejecutivos, logística de transporte, supervisores para contratación, asistentes de diseño...)

Pero España, como les cuento, sólo publicitaba dos ofertas de trabajo para gente con formación terciaria, una cifra que, ciertamente, no es sólo irrisoria, sino que, además, está en flagrante contradicción con la potencia universitaria del país, el quinto de Europa por número de estudiantes de formación terciaria, con 1,96 millones de alumnos en 2012 según cifras de Eurostat, tras Alemania, (2,9 millones), Reino Unido (2,4), Francia (2,3) y Polonia (2). Bien cierto es que la Universidad, en España, actúa, en cierta manera, como un ocultador de paro juvenil encubierto y que, con tanto desempleo en casa, salir a buscar trabajadores fuera no parece la política más sensata. Sin embargo, las instituciones públicas nacionales de empleo están obligadas a colaborar con Eures y, tras los acuerdos de 2014, el requerimiento se está haciendo extensivo a las privadas. Aún y todo, caramba, ¿sólo dos?.

La movilidad en el empleo es uno de los privilegios de esta Europa común, tan injustamente denostada estos días. El mercado laboral se amplía y las empresas pueden encontrar al personal que más les interesa entre una oferta muy amplia y variada. Es, también, una ventaja para los trabajadores. De hecho, ayer, viernes, Eures cifraba en 38.723 los españoles que buscaban empleo a través de su portal. Era la segunda cifra más alta, tras los 47.438 de Italia.

Aunque verdad es que para contratar a un trabajador extranjero, una de dos: o el trabajador conoce tu idioma, o se trabaja en una lingua franca, como el inglés. Esta última es la fórmula habitual en países que yo conozco bien, como Bélgica, Holanda o Luxemburgo. También en Francia y en Italia, en ocupaciones de determinadas características (con fuerte proyección exterior). Pero en 2011, última estadística consolidada, casi la mitad de los españoles declaraba no conocer otra lengua que la suya y un 12,6 por ciento se arreglaba con dos.

En fin, que parece que nuestra competitividad depende más del valor de la moneda que de lo que nuestras empresas son capaces de producir, por el valor añadido que generan a través de su mano de obra cualificada.

Porque la no cualificada no parece europea y se esconde bajo el mar de plástico.

Y acabamos de cumplir 30 años, como se dice, "en Europa".

sábado, 27 de febrero de 2016

En Europa pintas lo que vales

El HMS Queen Elizabeth uno de los dos grandes portaaviones encargados por Cameron que no tienen aviones para llenarlos


Ha habido una verdadera tempestad de críticas a la Europa que decide (Alemania, Francia, la Comisión europea, Italia un poco menos), porque se le ha permitido al Reino Unido una ampliación parcial de las condiciones especiales que ya disfruta en la UE, para facilitarle a David Cameron la campaña en favor de la permanencia de su país en la Europa comunitaria, ante un referéndum sobre la materia que tendrá lugar el próximo 23 de junio. Hay irritación entre los defensores de una Europa social por exenciones temporales otorgadas a los británicos en materia de ayudas por hijos a trabajadores inmigrantes europeos, así como temor en el mundo de las finanzas por unas condiciones supuestamente más favorables para la industria financiera de la City que las que rigen entre los socios del euro. Inquieta también, y no poco, la posibilidad, no explícita, de que el Reino Unido obstaculice el proceso de consolidación económica y financiera de la Eurozona, mediante las facultades de control que ejerce a través del Ecofín en los quehaceres de la Unión Monetaria. Ya las tenía, pues el Ecofin es el único órgano con capacidad jurídica en la materia, (el Eurogrupo es un foro informal que carece de ella), pero ahora, Londres ve esas facultades reafirmadas.



Yo no soy tan negativo sobre los términos del susodicho acuerdo. Me alineo con los euroescépticos británicos que le han espetado a Cameron, a su retorno de Bruselas, que las condiciones por él obtenidas en la cumbre europea de la semana pasada son poco menos que rubbish, basura.



El Reino Unido es, desde siempre, una rareza en la UE. Firmó los Tratados porque no le quedaba otro remedio cuando el continente comenzó a prosperar y Londres constató que no podía seguir ignorando esa realidad. Ha sido, desde su adhesión en 1973, un problema para los objetivos continentales de integración, que no comparte ni desea asumir. Está dentro -y así lo han reconocido sus élites políticas y económicas repetidamente- porque es más fácil corregir las derivas continentales desde dentro que estando fuera. No forma parte del euro, es decir, de la unión monetaria, tampoco de la bancaria, ni de Schengen (lo mismo de la Convención que del acervo), no está sometido a disposiciones de gran importancia en materia de cooperación policial y judicial en materia penal y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE no ha modificado ni la capacidad de la Corte Europea de Justicia para discernir sobre estas materias en el Reino Unido, ni los tribunales británicos han visto enriquecidas sus capacidades jurisdiccionales mediante su elenco de principios. Además, tienen limitada su aportación al presupuesto común desde los acuerdos de Fontainebleau (1984, Thatcher y su "I want my money back"), aunque todos los contribuyentes netos limiten sus aportaciones dinerarias a Europa por procedimientos diversos, y el hecho sea menos conocido. En fin, que hace plato aparte y que quiere seguir haciéndolo.



Pero una cosa es el juego tradicional británico de estar para no ser, y otra, bien distinta, la tontería de este irresponsable de David Cameron, que ha embarcado a Europa toda en la resolución de un problema doméstico, suyo propio, que él mismo ha creado al comprometerse a efectuar un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE. Es un poco como lo de CiU. Cameron ha abusado de la paciencia de sus pares más allá de lo que la sensatez aconseja. Durante meses ha distraído capacidades técnicas y humanas europeas (en la Comisión, en el Consejo, en la Eurocámara, en los Estados miembros), que debían consagrarse a cometidos más enjundiosos, para buscar soluciones a su problema de euroescepticismo, con la amenaza -todo un chantaje- de que, de otro modo, el Reino Unido podría tener que abandonar la UE. Y ha presionado a Angela Merkel -su principal valedora en la UE pues la canciller no cree en la Europa social, ni desea perder el contrapeso británico frente a Francia-, para ganar el pulso al conjunto de la UE. Una demasía.



Cameron ha dado muestras sobradas de inconsistencia. Su aventura de los dos enormes portaaviones (80.000 toneladas cada uno) que ha encargado (3.100 millones de libras o 4.000 millones de euros la pieza) naufraga en la realidad de una Navy que no está en condiciones de crear los dos grupos de apoyo que estas máquinas de guerra necesitan. Por no tener, no tiene ni aviones para ellos, pues los F-35C Lightning, un sofisticado aparato de los de quinta generación que deberían serles asignados, no están construidos y el fabricante norteamericano atraviesa muchas dificultades para la homologación operacional plena del modelo y de sus sistemas de armas. Si de lo que se trataba era de dar un respiro económico a una región con astilleros particularmente afecta a los tories, había otras maneras más sensatas de hacerlo.



Una derivada de estos acontecimientos es que al Reino Unido se le está terminando el margen. Esta última incursión en el exclusivismo ha molestado profundamente. Londres no va a tener las simpatías de nadie si se suscita de nuevo la cuestión de la permanencia en la UE.



Aunque de toda historia, sí que se extrae una conclusión: en Europa te oyen cuando eres alguien. El Reino Unido puede cambiar la agenda europea porque es respetado como país, porque aporta (el defensa, en organización, en modelo). A mí me gustaría que España pudiera hacer lo mismo, pero no es el caso. Si, a lo que parece, hasta el Reino Unido sabrá si se queda en la UE o se va antes de que en España haya nuevo Gobierno...

domingo, 31 de enero de 2016

Tener y Conservar

En torno al parque de bruselas se concentraba el poder económico belga. De aquel esplendor, ahora sólo quedan las fachadas. En los interiores mandan extranjeros


 Bélgica se ha puesto de moda en España. Como para conjurar el estrés postraumático electoral que nos agita, se recuerda frecuentemente estos días que el pequeño pero políticamente temperamental reino de los belgas tiene un pasado reciente salpicado de episodios de desgobierno, fruto de las dificultades halladas por la clase política para constituir ejecutivos  pluripartitos. Hasta 541 días estuvo el país sin gobierno federal a comienzos de la década en curso y no pasó nada. Aparentemente.

No pasó nada quizás porque cuanto debía pasar había acontecido ya. Veamos: Bélgica convino en 1993 que dejaba de ser un Estado unitario, para devenir en federación de tres entidades con entidad jurídica limitada y política propias: Valonia, Flandes y Bruselas. Los acuerdos de federalización del reino fueron plasmados en una reforma del Estado belga (la cuarta, ahora vamos por la sexta), de 1993. Entre noviembre de 1997 y comienzos de 1999, la banca Bruxelles-Lambert, la segunda del país, pasó a manos holandesas (ING); el Kredietbank tuvo que fusionarse con Cera y ABB para no verse arrastrado al abismo; la Royale Belge (seguros) cayó en la esfera de la francesa Axa; el primer banco del país, la Générale de Banque, se integró en el grupo belgo-holandes Fortis, pero actualmente pertenece a la francesa BNP; Petrofina pasó a verse controlada por la gala Total; y la clave de bóveda de la energía de Bélgica, Tractebel, con sus filiales Electrabel y Distrigaz, quedó controlada por el gigante francés Suez Lyonnaise des Eaux. Más tarde, sería la italiana ENI la que se quedaría con esta última.

Casi de la noche a la mañana, en poco más de un año, el poder económico de Bélgica, el gestado en el siglo XIX y desarrollado a todo lo largo de aquel siglo y el siguiente, cambió de manos. El capitalismo belga, estructurado en holdings poderosos, dejó de existir como tal.

El cataclismo continuó después, aunque no de manera tan abrupta: SPE-Luminus, el segundo proveedor de energía de Bélgica, cayó en los 2000 en la órbita del monopolio eléctrico francés EDF. Un banquero flamenco declaraba en Le Monde en 2009 tener la impresión de que el país se había convertido en una provincia de Francia, que Bélgica era “un campo en ruinas” y Pierre Nothomb, que había combatido la compra de Fortis por BNP Paribas en representación de los accionistas minoritarios del grupo, espetaba en matutino Le Soir que “nuestros ministros han devenido en mandatarios de un poder que está situado fuera del país”.

Después, Carrefour se quedó con la gran cadena de distribución belga GB y la internacionalización de AB-Inveb, el monstruo de la cerveza mundial, diluyó el poder en el consejo de los accionistas estables belgas en favor de los brasileños.

Tres anécdotas “de las de a pie” para comprender el impacto de estos cambios: GB tenía una cadena de electrónica de consumo, Video Square, que desapareció porque Carrefour contaba -y cuenta- con la suya propia, que actúa a través de sus superficies de venta, con notables economías de escala para la empresa. Consecuencia: el personal de Video Square se fue al paro, es decir, a vivir del desempleo belga, que es de por vida y que financian los belgas, no los franceses, con sus brutales impuestos. La segunda: los belgas pagan una energía muy cara. La razón hay que buscarla en apuestas políticas fallidas por las energías renovables, pero también en la política de precios dictada por las grandes empresas energéticas francesas, que dominan el mercado belga y exprimen a sus ciudadanos mientras alivian la presión sobre los franceses. Tercera, las autopistas belgas han sorprendido siempre a propios y a extraños por su fabulosa iluminación nocturna. Aquella explosión de farolas que te relajan la pupila cuando llegas conduciendo al país de noche desde Holanda, Francia, Alemania o Luxemburgo, respondía al hecho de que Electrabel, cuando era belga, canalizaba a precios marginales la energía generada por sus centrales nucleares durante la noche, cuando la demanda de consumo disminuye y se introducen las barras de grafito en los reactores para frenar la reacción en cadena del uranio. Hoy es el día en que las autoridades, sobre todo las de Valonia, dicen que no pueden afrontar los costos de esa iluminación y son cada vez más los paños de autopista en los que o no hay farolas, o las que hay no funcionan.

Y un colofón: Dexia es un banco franco-belga que resulta de una fusión acontecida en los 2000 entre entidades de ambos países que financiaban, principalmente, a entidades locales. En la crisis de las subprime, Bélgica asumió mucho más riesgo que el que le correspondía en el saneamiento de los activos tóxicos que el banco acumulaba. Los belgas han metido más de 100.000 millones en sus renqueantes bancos, que, además, no les pertenecen. Ríase usted de los veintipicomil de Bankia.

“El gobierno soporta una gran responsabilidad por lo acontecido (a finales de los 90 en Bélgica). La oposición entre partidos políticos, las querellas entre flamencos y francófonos, se sumaron al hecho de que el gobierno no actuara de manera decidida” (para frenar la fuga del patrimonio industrial y de servicios de Bélgica. Beatriz Delvaux y Stefaan Michielsen, Le Bal des Empires, Racines, 1999, pp 316-317).

En crisis como la belga permanente, o la española y la específicamente catalana de nuestros días, se manifiesta con dureza que una cosa es tener, y otra muy distinta conservar. A ver si nuestros políticos se enteran.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Pirómanos


La campaña electoral española está transportando a los electores a un mundo de fantasía. Se diría que, al hacerlo, la tal campaña desempeña una función social: distraer a los ciudadanos del grisor y la mediocridad cotidianos. Al conjuro del “todos a una” y otros eslóganes vibrantes, la población vive mecida por la música de los flautistas de nuestros días, mientras los focos de los platós televisivos dibujan colinas de colores por las que galopan caballitos de ojos soñadores y crines ensortijadas. 

Asisto a este espectáculo, supongo que como todos ustedes, estupefacto. No alcanzo a comprender el mérito (no digo ya la eficacia) de la melodía del flautista, pues cuanto más vueltas le doy, menos motivos encuentro para el entusiasmo en los momentos que vivimos. 

España, y por muchos años aún, prácticamente carece de margen para hacer otra cosa que la que está haciendo, esto es, purgar excesos e imprudencias del pasado. Cuando quienes aspiran a dirigirnos dicen que van a aliviarnos la carga que previamente han depositado sobre nuestras espaldas y que limita nuestro horizonte a, someramente, el par de metros que nos preceden en el polvoriento camino por el que avanzamos, simplemente mienten. 

Creo haberles dicho aquí, alguna vez, que he detectado una enorme diferencia enre cómo nos vemos nosotros mismos y cómo lo hacen los demás. Por ahorrarles la autocrítica, les diré que los poderosos del mundo piensan que no somos fiables: gastamos mucho, generamos poco, somos devotos del gratis total y vivimos dirigidos por un modelo político diseñado para conveniencia de unas élites que no han sido capaces de construir consensos básicos para la convivencia (educación, techo de gasto, modelo social).

Cuando esas élites que nos gobiernan se ven apretadas por la realidad, tienen costumbre de aliviar presión por la espita de Bruselas. “Voy a negociar nuevos ritmos de ajuste con la Comisión europea”, “exigiré de Bruselas más plazo para cumplir los objetivos” o, incluso, “desoiré las exigencias del inhumano neolibealismo que gobierna los destinos de un pueblo gallardo y noble como el español desde Bruselas”, son zarcillos retóricos que brillan con furor unas pocas horas en esta campaña electoral. Y que después se extinguen, al no encontrar oxígeno que alimente su llama.

El presente y el futuro a medio plazo de España está indefectiblemente lastrado por lo que debemos, un billón cien mil millones de euros, poco más o menos. Algo así como 180 billones de las antiguas pesetas. Es una suma ingente, asimilable a la de los granos de arena de una playa o el número de estrellas de la galaxia. Inconmensurable. Y es un dinero que hay que devolver. De momento la cosa va, porque quienes nos compran deuda o renuevan sus títulos cuando estos vencen, creen que podemos honrar nuestros compromisos.

Ahora bien, si hubiera la más mínima duda sobre nuestra capacidad para devolver el dinero prestado, veríamos instantáneamente encarecerse su costo. Muy acusadamente. Hasta hacerlo inabordable. Entraríamos en la espiral destructiva de crédito y descrédito, que terminaría expulsándonos de los mercados abiertos como ya pasó con Grecia, Irlanda y Portugal. Tendríamos que ser rescatados, y esta vez de verdad. Los hombres de negro entrarían a saco en nuestros gastos y cortarían por donde les pareciera que más pronto y fácilmente se iban a restaurar los equilibrios financieros básicos del país. Sin importarles la sensibilidad de la piel desnudada por sus amputaciones.

La Unión Europea tendría importancia en ese proceso, pero sería el conjunto de los mercados financieros mundiales los que apuntalarían la acción de los hombres de negro, pues no sólo debemos a nuestros socios europeos.

¿De verdad nuestra clase política cree conveniente alimentar el fulgor de los zarcillos que culebrean en el vacío intelectual de esta campaña? Serían unos pirómanos insensatos.






martes, 1 de diciembre de 2015

Impuestos, impuestos





Los tiempos del petróleo caro parecen haberse diluido en las zozobras que zarandean a la economía mundial pero los impuestos, esos, los que escarban en el bolsillo del automovilista de día como de noche, siguen siendo tan inevitables como el aire que respiramos o la muerte, que ya dijera Benjamín Franklin. Por ellos, principalmente, el precio de los carburantes se mantiene en torno al euro, a pesar de que la mayor parte de los factores que inciden en este mercado han cambiado dramáticamente esta última década.

Esta semana que concluye, el crudo Brent dated ha cotizado en torno a los 46 dólares. En España, el litro de gasóleo antes de impuestos andaba por los 50 céntimos y el de gasolina por los 49. Las cifras se transformaban en 1,05 euros por litro de diesel y en 1,15 de la gasolina de 95 NO una vez aplicados los impuestos, según datos del Boletín Petrolero de la UE. Relativamente barato para lo que hemos vivido estos últimos años y, desde luego, a distancias fantásticas de los 1,52 y 1,44 euros que costaban el litro de gasolina o de diesel, respectivamente, en septiembre de 2012.

Si echamos la vista atrás, y buscamos otros momentos en los que el crudo ha cotizado a precios equivalentes, nos remontaríamos a marzo de 2009, febrero de 2005 o incluso a septiembre de 2004. En realidad, el barril de Brent ha estado esta semana sólo un 0,97% más caro que en febrero de 2005, algo más de una década antes. Los precios del litro de gasolina y de diesel en cambio, (PVP) estaban esta semana un 32,4 y un 28,05 por ciento, respectivamente, por encima de los que regían ese febrero de 2005 (0,88 y 0,82 céntimos), cuando el Brent andaba por los 45,48 dólares.

La inflación no explica esta diferencia de precios. Con base 100 en 2005, el deflactor del consumo privado español, en el que la energía tiene un precio destacado, se situaba el mes pasado en 120,27, según Eurostat. Y aunque es cierto que el dólar se ha revalorizado apreciablemente respecto al euro, por lo que el crudo que pagamos en dólares nos sale más caro, no deja de ser  cierto que en septiembre de 2012, cuando la gasolina costaba 1,52 el litro, el euro valía 1,31 dólares. Comprar petróleo en la divisa americana nos salía mucho más  barato, pero los precios no lo reflejaban.

El crudo es (relativamente) barato porque los americanos están extrayendo hidrocarburos de esquisto a mansalva, porque Arabia Saudi (la OPEP en general) inunda el mercado de crudo para no perder cuota y para anular la rentabilidad de las prácticas americanas citadas, porque el desarrollo de China da muestras de flaqueza y porque la especulación financiera ha sacado sus manazas del sector, temiéndose el desfondamiento de precios que ha tenido efectivamente lugar. Precios baratos del crudo son garantía, además, de que Putin no tenga el dinero que sus nuevos –y costosos- juguetes de guerra, requieren. Y es, asimismo, una manera bien poco sutil de asfixiar a Maduro y a su régimen totalitario. O sea que la cosa va para largo.

Pero la gasolina no baja. Con el crudo a casi el mismo precio que hace una década y la inflación un 20% por encima.

Lo que pasa, claro está, es que los impuestos no permiten que el ciudadano se beneficie plenamente de la coyuntura. Los impuestos especiales que en España gravan los carburantes, han pasado de los 293,86 euros por 1.000 litros de 2005 a los 461,71 euros actuales en la gasolina, un 57,12% más, y el IVA, que se impone al valor del producto en sí, y a sus impuestos (un tributo sobre otro, qué disparate), ha pasado del 16% al 21% (otro 31 por ciento de incremento).

En los años 70 del siglo pasado, cuando los primeros choques del petróleo, Europa acuñó una doctrina según la cual los carburantes debían ser objeto de una tributación fiscal importante, a fin de reducir el consumo y atenuar la dependencia del aprovisionamiento exterior. El objetivo parece haberse satisfecho: Europa demandaba 13,4 millones de barriles diarios este año pasado, casi un 19% menos que el año 2000. Las cifras son aún más espectaculares si la desagregación desciende a la gasolina: 1,91 millones de barriles al día, frente a los 3,21 de 1999 (el -40,5%), según el Oil Market Report de la Agencia Internacional de la Energía (Annual Supplement for 2014 -2015 Edition).

Es decir, que se consume menos, los precios en los mercados internacionales caen y la inflación crece con tanta mesura que hasta el Banco Central Europeo se declara dispuesto a acelerarla, pero los consumidores siguen haciendo frente a unos precios de carburantes que poco o nada tienen que ver con el mercado.

¿El mercado? ¿Qué mercado merece el nombre de tal cuando la oferta sube y la demanda baja, pero el precio aumenta?
Real Time Analytics