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sábado, 11 de abril de 2015

El pecio griego


No seré yo quien afirme en estos momentos que Europa apuesta por la caída del Gobierno de Tsipras, todo se andará, pero da la impresión de que el mandatario griego es consciente ya de que su nave se hunde. Lo que pasa es que, terco él, se empeña en buscar un bote salvavidas que se encuentra por debajo de la línea de flotación de su pecio.

La visita de Alexis Tsipras esta semana a Vladimir Putin no es una maniobra sensata de Syriza, la coalición de partidos que Gobierna Grecia, en cuyo seno, por cierto, evoluciona una formación, Plataforma de Izquierda, que resulta de la escisión de un partido estalinista y que detenta casi un 20% de los escaños de la coalición gubernamental. Tampoco se predica de la prudencia política cifrar una supuesta deuda alemana de guerra con Grecia en algo así como 280.000 millones, cuando en Berlín se le ha dicho a Tsipras que esa reivindicación no es admisible.

Lo de Moscú se trata, mírese como se mire, de una torpeza política grave. Más: es una provocación deliberada y como tal ha sido percibida. Cuando una parte significativa de tus socios europeos, en el centro, el este y el norte de Europa,  viven alarmados por la agresividad de Putin, y los norteamericanos se están viendo obligados a efectuar un costoso refuerzo de su capacidad de bélica en Europa, mediante el desplazamiento de un número significativo de aviones de combate y blindados que están ya regados por Polonia, los países bálticos, Rumania o Bulgaria, pasearte por Moscú, como ha hecho Tsipras, reclamando el levantamiento de las sanciones que Occidente le ha impuesto a Moscú por los crímenes que ha cometido en Ucrania, no deja de resultar irritante.

Y hay irritación en Europa contra el primer ministro griego. Mucha. Es, cuando menos, paradójico que un hombre que necesita desesperadamente el dinero que le puede proporcionar la parte del mundo a la que se encuentra asociado, se vaya a las antípodas ideológicas, económicas y militares de su entorno asociativo, a jugar a algo que podría semejarse a un chantaje del tipo "mira que podría ser peor".

Políticos como Tsipras, Varoufakis y algunos economistas muy renombrados, como Krugman o Stiglitz, que además son premios Nobel, defienden que las cargas financieras derivadas de los planes de rescate de la economía griega le impiden al país salir adelante. Según estas autorizadas voces, además, los rescates europeos no habrían buscado otra cosa que "rescatar" a los bancos propios, (alemanes, franceses, españoles, italianos) de la trampa crediticia griega.

Unos y otros olvidan que Grecia lleva décadas endeudándose para mantener un tren de vida (militar, funcionarial, organizativo) que nunca pudo permitirse; que este era un comportamiento asumido y explotado por las sucesivas autoridades gobernantes, con fines, además, clientelares; que nunca hubo voluntad política de corregir la situación; y que desde 2009, cuando toda la tramoya se vino abajo, lo que de una forma u otra se busca desde Atenas es que los ciudadanos europeos paguen la factura, pues los griegos dicen no poder hacerlo.

Olvidan también, quienes endosan también responsabilidad a los acreedores en este desastre, que la pertenencia al club europeo y al euro eran, por sí mismas, garantías de primer valor para cualquier institución crediticia.

La criticada operación de salvamento de los bancos europeos del agujero griego no ha sido tal o, al menos, no ha sido sólo eso: las responsabilidades últimas de la deuda han sido transferidas a los erarios públicos nacionales, a través de la asunción del riesgo por las instituciones y organismos financieros internacionales competentes, existentes o creados ad hoc. Se ha evitado, en última instancia, una quiebra en cadena de instituciones financieras privadas, que habría resultado extremadamente costosa para los Estados miembros de la UE (luego para los contribuyentes) y para los ciudadanos que tuvieran depositados sus ahorros en ellos, pero siguen siendo las espaldas de los europeos las que continúan soportando el disparate griego. Si damos por buenas las cifras del ministro Margallo, y no encuentro motivos para no hacerlo, cada español perdería del orden de 700 euros con el default griego. Setecientos euros menos por ciudadano que la economía española perdería para establecer avales u otras garantías, en políticas de interés nacional directo, además de para inversiones concretas.

Alexis Tsipras está jugando con un fuego que no es capaz de controlar. Peor: ya parece que vaya de incendiario. Sus escarceos con Putin tienen para el ruso otra trascendencia que las exportaciones griegas de frutas y hortalizas, como sin duda el mandatario ateniense sabe bien. La política exterior europea, en un asunto tan delicado como Rusia y Ucrania, no van a soportar a un outsider que pretenda entrar en el terreno de juego sólo para lo que le conviene y mantenerse fuera para tirar la bengala. Por el camino que Tsipras ha emprendido, Grecia se orienta al combate contra el neoliberalismo desde el extremo sur de los Balcanes, con el soporte ideológico y militar ruso. Fuera de la UE y de la OTAN, por supuesto. Y más pronto que tarde.


No está claro que los griegos participen de estos entusiasmos. El bote salvavidas de Tsipras está, cada día que pasa, más hundido, bajo la inmensa mole de la incompetencia de su país y de sus políticos.

jueves, 26 de marzo de 2015

Factor humano


A medida que trascienden detalles del siniestro de los Alpes comienza a cobrar predicamento el factor humano como causa última del drama.

Los accidentes de aviación suelen ser el resultado de una combinación de fallos técnicos y humanos. Las conclusiones de la investigación sobre el hundimiento del Airbus A330 de Air France en vuelo de Rio a París, en 2009, precisaron que una sondas de avión de nombre "Pitot" (en homenaje a su creador, francés, en el siglo XIX), habían dado lecturas falsas al puesto de mando del avión cuando este sobrevolaba el Atlántico, a altura de crucero (por encima de los 33.000 pies). El comandante no estaba en la cabina cuando el avión inició un descenso y el copiloto, que hizo frente a la situación, no estaba entrenado para hacer frente a este tipo de emergencias a las altitudes a las que el avión volaba en esos momentos.

Airbus, fabricante tanto del A330 de Air France que se estrelló en el Atlántico, como del A320 de Germanwinds, emitió a finales del año pasado una "alerta operacional" dirigida a las compañías aéreas, dando cuenta de nuevos episodios de congelación de las sondas de sus aviones, en este caso no las "Pitot" sino las conocidas como "de incidencia" (del aire sobre los planos del avión). Un vuelo Bilbao-Munich del pasado 5 de noviembre perdió altura bruscamente cuando el ordenador de vuelo registró la congelación de esas sondas y forzó un picado violento para evitar lo que se conoce como "entrada en pérdida" del avión, que no es otra cosa que la pérdida de sustentación y caída subsiguiente del aparato por haber ascendido en ángulo y hasta una altura inadecuadas. El comandante salvo el avión y a sus pasajeros desconectando los automatismos del Airbus y volándolo en manual.

En el caso de vuelo Barcelona-Dusseldorf se constata también un largo picado del avión (ocho minutos), hasta estrellarse contra la montaña, en circunstancias anómalas pues, según las últimas informaciones, uno de los dos pilotos, no se sabe si el comandante o el segundo, no estaba en la cabina cuando el avión inició el descenso y quien estaba a los mandos no emitió señal de alarma alguna durante el largo descenso, hasta la falda de la montaña donde se estrelló.

Hablamos en estas líneas de las sondas porque han sido causa de accidentes e incidentes precedentes en aviación civil recientemente. No se ha constatado, en el caso de los Alpes, que se hayan visto comprometidas.

Desde los atentados del 11-S, las cabinas de gobierno de los aviones están blindadas contra armamento ligero y tentativas de intrusión. El piloto o copiloto que estaba fuera de la cabina, por lo que se está sabiendo, intentó acceder a ella cuando el avión había entrado en picado, pero no pudo hacerlo pues estaba bloqueada. Desde el interior del cockpit, esa puerta puede ser abierta pero quien se encontraba a los mandos no accionó la palanca correspondiente. ¿Por qué? ¿Por haber sufrido un, pongamos por caso, infarto?. Qué cúmulo de casualidades: imaginemos una sonda congelada que obliga a una avión a perder repentinamente altura; un comandante agonizante o sin conocimiento por un accidente médico inesperado; el otro piloto fuera de la cabina de mando (¿qué le hizo  salir?) y que no puede acceder a su puesto para corregir la trayectoria fatal del Airbus y, finalmente, la catástrofe.

Otra hipótesis: la sonda se congela y arrastra el avión hacia el suelo, quien se encuentra a los mandos es el copiloto, una persona con experiencia de vuelo limitada, que es incapaz de corregir la deriva del aparato y se estrella. ¿Pero por que no abre la puerta a su comandante y mantiene silencio total en las comunicaciones?

En el silencio de esa cabina de vuelo durante ocho minutos dramáticos está la clave del siniestro. No es inimaginable ya, a la luz de lo que se sabe, que el comandante o el copiloto, a los mandos del avión en sus últimos minutos, decidiera estrellarlo voluntariamente, después de haber creado las condiciones (sacar a su compañero de la cabina con alguna excusa) para que nadie pudiera impedirle hacerlo.

sábado, 21 de marzo de 2015

Guerra

El mundo se está llenando de mensajes desagradables y los españoles parecen no darse por enterados. Sumidos en una diatriba sin fin sobre la austeridad (que no es otra cosa que gastar en base a lo que se tiene, y nada más), no parece que la opinión pública sea consciente de que los tiempos están cambiando. Y no precisamente para bien.

España tiene actualmente cuatro de sus mejores aviones de combate y un centenar largo de militares de apoyo en Estonia. Se trata de una misión asumida en función de nuestras responsabilidades con la OTAN. Esos aviones y el personal que los apoya van a permanecer en lugar hasta finales de abril, con un costo estimado de nueve millones. Un despliegue precedente de cuatro F-18 en Lituania, fue presupuestado en cinco. Pero entre este último, que tuvo lugar en 2006 y el actual, media un abismo: el de la inseguridad que Vladimir Putin está introduciendo un día sí y otro también en las relaciones internacionales.

Los eurfighters españoles están en Estonia (como otros italianos se encuentran desplegados en Lituania o los F-16 belgas en Polonia) para señalar inequívocamente al líder ruso que una agresión contra las repúblicas bálticas, que Moscú deglutió tras II Guerra Mundial, o contra Polonia u otros países de su antigua área de influencia, el COMECON, podría suponer una guerra con la Alianza Atlántica.

¿Pero es consciente la opinión pública española, la europea por extensión y la norteamericana en última instancia, de que una guerra en Europa no es un escenario impensable? Evidentemente, no. No hay una percepción común del riesgo, como, sin embargo, sí la había (no en España, ciertamente) en los 70 y 80 del pasado siglo.

Proliferan, sin embargo, los síntomas del peor agüero: Lech Walesa está muy mayor pero anteayer decía que "Putin va a desencadenar la tercera guerra mundial". Quizás el ex líder sindicalista polaco tuviera in mente el desorbitado incremento del gasto militar en Rusia, que creció un 20% en 2014 debido a los pedidos de los ejércitos comandados desde el Kremlin, según datos del SIPRI. El presidente ruso pretende gastar 700.000 millones de dólares en armas de ahora a 2025. En 2009 él mismo y otros renombrados políticos del Este, como Vaclav Havel, remitieron una carta a carta abierta a Obama advirtiéndole de que Rusia "es un poder revisionista que persigue una agenda del siglo XIX con tácticas y métodos del siglo XXI", como oportunamente recordaba hace unos días el Financial Times.

Rusia, en fin, acaba de retirarse del CFE, el Tratado de fuerzas convencionales de principio de los 90, sobre el que se erigió la nueva estructura de seguridad del continente. Era, este tratado, una pieza básica para la confianza mutua, pues impedía la acumulación masiva de fuerzas convencionales al otro lado del Telón de Acero, cuya existencia legitimaba el recurso de la Alianza Atlántica, en primera instancia, al arma atómica. Una opción, esta, que ponía de los nervios a Alemania, pues su territorio iba a ser el primer escenario de la batalla. Les dejo aquí 


un documento de la Agencia estadounidense de control y desarme que data de 1990, en el que se detallan los conceptos en valor y las dificultades a las que el Tratado CFE dio respuesta)

La inestabilidad comienza a pesar en las decisiones de los dirigentes europeos occidentales. Hace algunos meses les narraba a ustedes en estas páginas el aumento de la presión militar rusa -de sus provocaciones deliberadas también- en los espacios aéreos libres y el asunto no sólo se ha convertido en una prioridad para la OTAN, sino también para gobiernos reticentes de ordinario al gasto militar, como el alemán. Su ministro de Hacienda, Wolfgang Schauble, reconocía a comienzos de este mes que Alemania va a tener que gastar más en defensa, debido a que "mayor inseguridad del mundo de nuestros días". Suecia ha hecho lo propio y Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión, manifestaba, poco después de las declaraciones de Schauble, que Europa debe dotarse de un ejército propio. "Provista de su propio ejército, Europa estaría en condiciones de reaccionar con más credibilidad a toda amenaza contra la paz de un socio (de la UE) o de un país próximo", decía en unas declaraciones al Welt am Sonntag, lo cual quiere decir, entre otras cosas, que Europa carece de credibilidad militar.  Una encomienda tal no significa más que una cosa: más gasto en armas y menos en políticas civiles.


España acaba de decomisionar un portaaviones y ha demorado ad calendas grecas la renovación de su  cada vez más obsoleto arsenal de aviones de combate. Como el orden internacional modifique las prioridades habrá que estar preparados, porque los cazas de sustitución andan por los ciento y pico millones (la unidad).

martes, 10 de marzo de 2015

El mal ejemplo

En el fragor de la batalla europea sobre la Grecia de Syriza ha pasado relativamente inadvertida una noticia que, al menos a mí, se me antoja de una gran trascendencia: que la Comisión europea le ha vuelto a dar dos años adicionales a Francia, otra vez, como ya sucediera en 2013, para que reconduzca su déficit presupuestario por debajo del 3% definido en el Pacto de Estabilidad.

De paso, Bélgica, cuya deuda pública se situaba a finales de 2013 en el 105% del PIB, e Italia, que la tenía en el 128%,  no han sido objeto de apercibimiento alguno por parte de la institución comunitaria, como hubiera sido de rigor. El caso admite varias lecturas, pero vayamos antes con los hechos.

El Pacto de Estabilidad establece un límite máximo para el déficit fiscal de los socios del euro. Se trata del famoso 3% anual de PIB , pero no es este su objetivo primordial: lo que persigue es la estabilidad presupuestaria, que los Gobiernos gasten lo que recaudan, si no menos.

Francia no ha estado nunca en esa situación financiera. Desde que la entonces CEE asumió en Maastricht el objetivo de crear una moneda única, en diciembre de 1991, París no ha sido capaz de cuadrar sus cuentas; se aproximó bastante en 1999, cuando acumuló un déficit del -1,6% del PIB, en 2000 (-1,3%) y en 2001 (-1,4%), pero el resto de la serie estadística muestra, con total claridad, que la posición presupuestaria natural  de Francia es la del desbarate presupuestario más allá del límite del 3%, incluso en épocas de bonanza económica. Es evidente que Francia vive muy por encima de sus posibilidades y que no quiere cambiar de hábitos pues los compromisos de recorte del gasto público asumidos por París ante Bruselas, cuya aplicación se retrasa año tras año, son insuficientes para corregir esta situación, que merece ya el calificativo de endémica.

Por lo que a Italia y Bélgica respecta, sus situaciones difieren de la francesa. Bruselas mantiene una fiscalidad excepcionalmente alta sobre las rentas del trabajo,  pero su históricamente elevada deuda bruta que, con esfuerzos muy acusados de la población, había llegado a reducirse hasta el 86,9% en 2007, está otra vez desbocada, a causa de los rescates de su sector financiero (Dexia y Fortis en primera línea). E Italia, cuya deuda sólo estuvo por debajo del 100% del PIB en 2007 (se situó en el 99,7%), ronda ahora el 130%.  Pero las deudas públicas no están todavía entre las prioridades de Bruselas, que prefiere corregir su origen (el déficit fiscal anual) antes de entrar en estas complicadas harinas.

¿Lecciones a extraer de la decisión comunitaria? Primera, y primordial, que Francia sigue siendo diferente; que la austeridad no va con ella y, en menor medida, tampoco con Bélgica y con Italia. Que un comisario francés, Pierre Moscovici, haya dado a su país un respiro adicional de dos años para cuadrar las cuentas es un escándalo de proporciones mayúsculas aunque, como se ha dicho, haya sido necesario sopesar las consecuencias que una recesión en Francia tendría sobre el conjunto de la zona euro. Paparruchas: en época de vacas gordas, como de flacas, París no se aprieta el cinturón como los demás. El nuevo plazo le da al país la posibilidad de acogerse al repunte económico para camuflar su derroche habitual.

Segunda: que si bien es verdad que Grecia era un apéndice gangrenoso de la Eurozona, Francia sufre de  una dolencia enquistada, que limita severamente el movimiento del resto de los miembros que componen el cuerpo europeo. En cierta medida, este enfermo es mucho más problemático que el otro, el del la gangrena.

Tercera: que aunque en los pasillos del Parlamento y de la Comisión, políticos y altos funcionarios se rasgaran las vestiduras por la decisión comunitaria, un mal ejemplo de las características del permitido por Bruselas a Francia, en medio de la que está cayendo, sólo puede haber tenido lugar con un pacto previo de Hollande y Merkel.

Cuarta: que en año electoral, al Gobierno español le viene de perlas la laxitud demostrada por Bruselas con Francia. A ver con qué autoridad moral le va a decir Moscovici a de Guindos que Madrid tiene que gastar menos.

Y quinta: que Europa sigue siendo el resultado de un pacto primigenio a dos, de Alemania con Francia. En las crisis monetarias de los años 90, cuando George Soros forjó leyenda y fortuna apostando (y ganando) contra la libra, el franco francés contó con apoyo ilimitado del Bundesbank cuando los especuladores, después de haber forzado la salida de la esterlina, fueron a por París. Alemania, entonces, puso el grito en el cielo por la mejora de la competitividad implícita de la economía española en las sucesivas devaluaciones (ni más ni menos que cuatro) de la peseta de la primer parte de los 90, aunque en el fondo, Berlín no pasara  entonces de los dichos a los hechos porque creyera que la Unión Monetaria se iba a crear sin los países mediterráneos.

Seguimos casi en las mismas.

Enemigos y adversarios





El día a día de la Unión Europea se sustenta en sobreentendidos que orientan intangible, pero determinadamente, las actuaciones cotidianas de quienes la componen. Uno de ellos, y no precisamente de los estéticos, banales o irrelevantes, es el que establece que tus socios no son enemigos, aunque no compartan tu modo de ver las cosas. Merecen, por lo tanto, esos tus socios, un trato correcto que en ningún caso debe ser hostil. El actual Gobierno griego parece no haberse dado cuenta todavía.

El mes pasado (ayer también), los ojos de medio mundo volvieron a posarse, preocupados, sobre el edificio del Consejo de la UE, en la bruselense Rue de la Loi, donde, los ministros de Finanzas de 27 socios de la UE se reunían de un lado, por tercera vez en dos semanas, con su nuevo colega griego, en el otro, el muy visible (para no pocos quizás demasiado) Yanis Varoufakis. La negociación, en la que se dilucidaba, en última instancia, la permanencia de Grecia en la UE, no parecía tal sino la búsqueda de la cuadratura del círculo porque Alexis Tsipras, primer ministro griego, quien antes de llegar al poder en  Atenas tachaba de "gansgteres" a los socios comunitarios, pretende llevar a cabo en el país que gobierna políticas de izquierda radical con el dinero de los demás.

A comienzos de la actual crisis europea se dejaron oír en varios países miembros voces que reclamaban una verificación de la "legitimidad democrática" de las deudas públicas nacionales. Sucedió así entre miembros de la extrema izquierda francesa y algo parecido se está oyendo estos días en España, en boca de los heraldos de esa pretendida nueva izquierda radical que ideológica y organizativamente echa raíces en los soviets de comienzos del siglo pasado. Alexis Tsipras, como no podía ser de otra manera, participa de esta manera de ver las cosas; ha publicado recientemente artículos en los que reniega de la deuda acumulada por su país. Sus predecesores en el Gobierno, dice, no deberían haberla asumido porque los préstamos otorgados por la UE son excesivos y agotan las posibilidades de crecimiento de su país.

Tsipras exhibe ante el mundo la miseria en la que segmentos de la población griega han caído durante la crisis y culpa de ello a la voracidad de la Alemania enemiga, a cuya canciller se ridiculiza como se ha vilipendiado a los representantes de la troika, cuando visitaban Atenas para supervisar el cumplimiento de los compromisos asumidos para sacar al país de la situación de quiebra en la que se encontraba. El primer ministro necesita margen financiero (unos 12.000 millones) para sacar a esos estratos poblacionales de la miseria, pero no se conforma con eso: se niega a desprenderse de patrimonio y  empresas públicas como le exigen los compromisos asumidos por Grecia con sus socios europeos a través del programa de privatizaciones. Sus predecesores han hecho todo lo posible por retardarlo con diferentes escusas. Y contrata, además, a nuevos funcionarios, encareciendo la factura del Estado.

Las pretensiones de Tsipras van, financieramente hablando, mucho más lejos que lo que los socios europeos podrían concederle, esto es un aligeramiento limitado del superávit primario en presupuesto anual del 4,5% del PIB establecido en los compromisos asumidos por Grecia con sus acreedores y un nuevo retraso en los plazos de amortización de esos créditos, de por sí ya muy alejados en el tiempo. Atenas tiene de mora hasta 2023 para comenzar a pagar intereses de una parte sustancial de su deuda. El país se está financiando actualmente niveles del PIB próximos a los de Alemania, dadas las condiciones excepcionales que le han otorgado la UE y el FMI.

Pero el actual Gobierno heleno va, como vulgarmente se dice, a por todas; no busca árnica para las contusiones más aparentes de los suyos. Sus propuestas de compromiso no son otra cosa que artefactos para ganar tiempo durante el cual negociar nuevas condiciones para la deuda, escapando, al tiempo, de las limitaciones temporales impuestas por los plazos crediticios y la situación angustiosa de sus arcas. En el entretanto, los griegos siguen sacando su dinero del país porque desconfían del Gobierno, el fraude fiscal campa a sus anchas, las administraciones civil y de justicia son pozos sin fondo de corrupción y la irresponsabilidad, revestida, eso sí, de dignidad nacional, campa a sus anchas por todo el país.


Los enemigos que Tsipras ve en sus socios europeos son, en realidad, los que están intentando salvar a Grecia de la bancarrota. A pesar del destemple y la arrogancia con las que tanto él, como su ministro Varoufakis, están afrontando la situación.

sábado, 7 de febrero de 2015

Prédica y trigo

Yanis Varoufakis
Hace un par de semanas les contaba a ustedes que el firmamento del poder está permanentemente azotado por una corriente en chorro de gran violencia. Alexis Txipras la nueva estrella  en esa bóveda celeste, ha tenido ya ocasión de comprobarlo. Después de haber ganado unas elecciones, las griegas, prometiendo a sus conciudadanos el final de la austeridad, se está encontrando con que a sus palabras se las lleva el vendaval de las alturas con una gran desconsideración. Y que no tiene cortavientos para impedirlo.

La campaña de imagen puesta estos días en marcha por el Gobierno heleno para captar apoyos entre sus pares europeos está plagada de significados. Txipras ha buscado complicidades en Italia y Francia, los dos socios europeos "pata negra" que continúan arrastrando los pies en sus planes respectivos de reformas estructurales, mientras, su escudero, el ya muy popular Yanis Varoufakis, ha tenido que torear, "como ministro de Finanzas de un país en quiebra" (así define sus situación él mismo), al Eurogrupo y a Alemania, los dos mihuras (hay otros) que vagan desasosegados estos días por el coso. Lo ha intentado hacer con su brillante mente matemática y su talante franco y directo, pero se ha encontrado con que sus sugerentes postulados  sobre una interpretación innovadora del Dilema del Prisionero no interesan para nada a una Europa que no siente la necesidad de experimentar nuevas rutas para explicar situaciones bien contrastadas.

El tour de charme de ambos personajes ha producido lo que se esperaba: la constatación empírica de que una cosa es predicar y otra, bien distinta, dar trigo. De ahí que, a su vuelta, Tsipras haya tenido que retornar a la retórica de la dignidad nacional. No tenía en la mano nada que ofrecer a sus oyentes.

Al margen de algunas primeras escaramuzas que parecieron tranquilizar relativamente a los mercados, como el abandono del proyecto de quita en su deuda y su proyecto de sustitución por un esquema de bonos vinculado al crecimiento económico del país, apenas esbozado aún por Atenas, las medidas que el nuevo gobierno griego está poniendo en práctica constituyen una ruptura neta con las políticas adoptadas por los sucesivos gobiernos helenos ue le han precedido en esta crisis: está aumentando el gasto público con la recontratación de funcionarios despedidos de una Administración sobredimensionada y ha paralizado el programa de privatizaciones, con el que Atenas debería haber aliviado sus necesidades de capital. Anuncia, además, una subida del salario mínimo interprofesional y electricidad gratuita para los necesitados. Lo contrario, exactamente, de lo que le reclaman sus prestatarios europeos e internacionales. En las arcas helenas no debe quedar actualmente más que 2.000 millones que se desvanecerán a finales de mes, con los pagos por gasto corriente. Tsipras no quiere saber nada del nuevo tramo del empréstito europeo previsto para finales de febrero, por lo que el Banco Central Europeo se ha visto privado de las garantías que necesitaba para continuar aceptando la deuda griega como contrapartida para facilitar liquidez a la banca del país a precios privilegiados.

En el escenario de tormenta perfecta que se ha creado, el líder griego de izquierda radical emprende una huida hacia adelante, sin atender a los requerimientos de quienes mantienen la economía de su país en vida. Tsipras considera que sus socios están asfixiando a su país y a sus gentes. No quiere negociar su miseria con funcionarios como los de la troika y reclama interlocución constante y directa con el poder político de Europa, como si el poder político de Europa estuviera para discernir entre los sacrificios posibles que la economía griega debe poner en práctica en cada momento. Para eso está la troika, que continuará desempeñando sus funciones en Atenas o en Bruselas, junta o por separado, mal que le pene al líder heleno.

Y mal que le pene al líder heleno, su margen de maniobra, y el de sus generosos socios europeos, es muy estrecho porque Atenas disfruta ya de condiciones privilegiadas para afrontar sus deberes crediticios. 

A lo mejor, lo que Tsipras termina descubriendo es que Europa no es un proyecto de izquierda radical.


sábado, 24 de enero de 2015

Corriente en chorro

La deuda pública en la UE (2013), según la última estadística compilada por Eurostat

Cuando se sienten cerca del poder, los políticos locales sin experiencia internacional suelen sobrevalorar sus posibilidades, al tiempo que menosprecian las de los demás allende las fronteras propias. Se trata de una actitud transitoria, generalmente corta, que dura lo que tarda la nueva estrella en verse zarandeada por la corriente en chorro que azota permanentemente el firmamento del poder y cuya existencia es ignorada a nivel de suelo.  Es lo que le está pasando al griego Alexis Tsipras, ganador "in pectore" de las elecciones presidenciales de mañana domingo en Grecia y, en menor medida, pero con un amplio recorrido por delante aún, al español Pablo Iglesias.

Tsipras lleva arengando a los suyos con el sueño de lo imposible. Dice que si alcanza el poder, liberará a sus conciudadanos del yugo de austeridad impuesto por quienes han impedido que el país se hunda en la bancarrota. Y dice que lo hará, además,  sin abandonar el euro, e imponiendo al tiempo a quienes mantienen la economía griega con vida gracias a una cuantiosa perfusión financiera, una nueva reestructuración (quita) de sus préstamos. Las últimas horas ha acentuado la agresividad de su retórica, con eslóganes del tipo "vamos a terminar con la humillación", y otros del estilo.

Semanas atrás,  Tsipras hablaba (e Iglesias le secundaba), de una "regeneración de Europa", que comenzaría por el sur, por el Mediterráneo. En la visión catártica de Tsipras, los países menos competitivos y más corruptos de Europa liderarán necesariamente el retorno de la Europa luterana y calvinista al redil de la solidaridad del fuerte con el débil, que supone perdida aunque no sea ni remotamente así.

Desde Berlín le vinieron a decir a Tsipras que se callara, que lo mismo Grecia salía del euro y aquí no pasaba nada. Los de siempre, es decir, quienes defienden a los griegos frente a las exigencias primarias del capitalismo, esto es que los préstamos se devuelven, clamaron contra la "intolerable injerencia" de Merkel y Schauble en los asuntos internos griegos, sin ponderar, como debían, que el primero en amenazar lo había sido el griego. Dicho sea de paso, y sin ánimo de ofender, si Tsipras gana las elecciones el domingo con las estimaciones más favorables del momento (el 35% del voto), llegará al poder con unos 3,2 millones de apoyos, sobre un censo electoral del algo más de 9 millones de griegos, en un país de 11 millones de habitantes que representan el 2,18 por ciento de la UE-28. Se me antoja una cifra algo alejada de la masa crítica requerida para acometer la "regeneración" de Europa que el tándem Tsipras-Iglesias ve imperativamente necesaria e inminente.

Y la famosa deuda griega, 319.000 millones (2013) representa, exactamente, el 3,54% de la de la Eurozona de 18 miembros, que ascendía ese año referido a 9,07 billones. Con ser importante, no es que merezca la condición de apocalíptica. No es la espada que amenaza la supervivencia del euro, como el griego quiere hacernos creer. Por eso, desde Berlín le dijeron que los chantajes se han terminado.

En realidad Europa, la Europa del norte, tan denostada por los adalides de una solidaridad que se formula en términos categóricos y unívocos (que mis torpezas las paguen los demás), muestra un compromiso real con el proyecto común. Ahí está el billón de euros largo que el Banco Central Europeo ha puesto en manos de los bancos, a través de las denominadas "barras de liquidez", gracias a las cuales esos bancos, sobre todo en los países del sur comunitario, han podido afrontar las emisiones masivas de deuda pública con las que sus gobiernos respectivos han hecho frente a los disparates económicos de sus predecesores, o de ellos mismos. Ahí están los mecanismos creados para reforzar a la Eurozona frente a quiebras parciales del sistema financiero, la Unión Bancaria, todavía incompleta (particularmente en lo referido a la mutualización del riesgo) y los créditos específicos (100.000 millones para España de los que se han utilizado 40.000) para los países en dificultades. Y, desde este último jueves, el nuevo papel asumido por el Banco Central Europeo con su programa de compras masivas de deuda, que no busca otra cosa que liberar a la banca europea de su corsé monetario, para que financie la recuperación económica, como debe hacer.

Estas disposiciones serán más o menos imperfectas según la perspectiva de quien las juzgue: miserables y cicateras para los subsidiados, de una generosidad rayana en lo temerario para los prestatarios.

Pero lo que sí es cierto es que todos estos acontecimientos nos están aproximando, necesariamente, a un cambio de ciclo: la austeridad no da para más. Hay que ensayar otra cosa.


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