Real Time Web Analytics Bruselas10: Vinilos

domingo, 7 de diciembre de 2008

Vinilos


Hace poco más de un año les contaba a ustedes que el vinilo –ya saben, las viejas ‘galletas’ de 33 o 45 revoluciones por minuto, y de 78 antes, en las que la música nos venía envasada antes de que la industria descubriera los CDs- estaba de vuelta; que cada vez había, al menos en Bruselas, más locales en los que se vendían los viejos discos a precios muchas veces de derribo.

La verdad es que aquella estimación fue premonitoria porque estos últimos meses, el fenómeno del que entonces les hablaba se ha consolidado hasta extremos insospechados. Hoy es el día en que los mejores comercios del ramo ofrecen vinilos reeditados, a veces a partir de viejos masters analógicos, a veces de nuevos remasterizados.

Se trata de un fenómeno de amplitud todavía limitada, pero aparentemente consolidado. Por lo que he leído, incluso las grandes discográficas podrían estar detrás, experimentando con la fórmula para combatir la piratería. Copiar un disco de vinilo no es fácil; sus calidades musicales, las que los hacen tan apreciados por los melómanos, desaparecen en buena medida cuando son transferidos a cinta y las pletinas modernas que disponen de una salida USB por donde, una vez digitalizada, la señal es transferida a un CD, adolecen de los problemas de siempre: tienen que ser muy buenas, lo mismo que el grabador de CD, para que la calidad del sonido resultante esté a la altura. Y todo eso cuesta muchísimo dinero.

En Bruselas, hoy, en el marco de este revival del vinilo, ha tenido lugar una feria de viejos discos. Era su segunda edición. El lugar escogido era la Galerie Ravenstein, frente a Bozar, uno de los templos bruselenses de las artes. Me he acercado por la mañana: había muchísimo material, casi todo él de segunda mano, clasificado por géneros y épocas. Y una multitud de aficionados dispuestos a invertir horas revolviendo en todo aquel batiburrillo, en busca de viejos tesoros.

No he podido dejar de pensar en los catálogos de vinilos dispuestos en Internet, con sus poderosas bases de datos incorporadas, que te permiten localizar una aguja en un pajar en fracciones de segundo, o en los modernos servidores de música que almacenan decenas de miles de canciones sin compresión en discos duros de enorme capacidad, y que te los ponen al alcance de los oídos con una ligera presión de los dedos sobre un mando a distancia que parece el cuadro de mandos de una nave espacial en una película de ciencia ficción. Y no se sabe muy bien quién ha copiado a quién: si los de la película a los del mando, o viceversa.

Pues el caso es que allí estaba aquella variopinta parroquia, discutiendo sobre la calidad de conservación de tal o cual cubierta o regateando precios que, no crean, no, tampoco permitían grandes alegrías. En determinadas estanterías de ‘rarezas’, las piezas andaban por los 50 euros, y aún más.

La verdad es que para un rato la situación resultaba simpática. Dedicarle más tiempo a la cosa requería unos niveles de entusiasmo que a mí me faltaban. Frente a la compra de música con el ratón del ordenador, bucear durante unos minutos en aquel montonazo increíble de soporte musical físico te transportaba a otro mundo.

Los organizadores del evento parecen tener claro que el mercado pide algo de esto: hasta noviembre del año que viene hay programados más de treinta actos como este en todo Bélgica. Dentro de un año les diré si se programan más ferias de estas o no, es decir, si el fenómeno va al alza o si retrocede.

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