Real Time Web Analytics Bruselas10: Colinas de Escayola

sábado, 22 de octubre de 2011

Colinas de Escayola


Parece que, por fin, nos estamos aproximando al final de la crisis del euro. Crucemos los dedos. Mañana domingo y el miércoles se van a celebrar en Bruselas dos cumbres de gran importancia para el futuro de la moneda única, en el fondo para la suerte que va a seguir Europa.

No les voy a contar lo que está en juego, que eso ya lo saben (si quieren lo cuento, ustedes mandan). Tampoco quiero entrar en lo que hay que decidir, que para eso están mis antiguos compañeros de armas, cuya dedicación a este farragoso asunto excede en mucho a la mía. (Pero otro tanto).

Lo que yo les voy a revelar a ustedes hoy es cómo se toman las decisiones en el Consejo Europeo, un microclima verdaderamente excepcional y raro, este. Y se lo voy a contar porque no es un conocimiento muy difundido. Lo veo útil para que ustedes se hagan una idea más funcional que la que les llega habitualmente de lo que pasa en las plantas superiores del Justus Lipsius, la sede del Consejo de Ministros de la Unión Europea .

Primero, un apunte paralelo: la construcción del edificio del Consejo comenzó bajo mandato de Paco Fernández Ordóñez cuando era ministro de Exteriores, en 1989, pero hasta años después de terminado el mamotreto, en 1995 (fue, en su día, la obra civil más grande de Europa, con sus 215.000 metros cuadrados y los 24 kilómetros de pasillos que lo recorren) no le pusieron la virgulilla al apellido que figura en la consiguiente placa conmemorativa. Cuando lo hicieron, recuperamos al Paco auténtico, el nuestro. Entero y con su tilde.

Le llaman “Justus Lipsius” porque este enorme edificio ocupó, entre otros jardines y manzanas de casas, una calle que había allí antes, y que estaba dedicada a ese ilustre humanista flamenco del siglo XVI muy conocido en Flandes. Como el nombre no les parecía desagravio suficiente a los del Consejo por haberle desposeído de la calle (me acuerdo de ella, era sombría y cochambrosa), a Justus le pusieron un busto conmemorativo en el hall de entrada. Es el enorme cabezón de pátina bronceada con el que uno se da de bruces al entrar allí. Lo curioso del caso es que el busto no es de bronce; sólo lo parece. Es una escayola. El alemán Jurgen Trumpf, que era en la época de autos secretario general del Consejo (le sustituyó Solana), pensó que el pensador flamenco se merecía todo el respeto del mundo pero no un presupuesto de bronce y lo dejó en mero bronceado. Una pizca de tan, sin el cuan. En el Coreper, (el Comité de Representantes Permanentes), se pensó durante muchos años que el secretario general se había pasado con el ahorro. Solana no fue más generoso. Los nuevos que se sientan en el Comité no conocen la anécdota.

El Justus se ha quedado pequeño y están construyendo otro al lado. Fin del apunte.

De modo que el cabezón del pensador renacentista ilumina la entrada de los mortales al edificio del Consejo, pero los que se llaman líderes, que suelen comportarse como inmortales, entran por otro sitio, por un patio interior al que se accede desde la calle en coche, después de salvar obstáculos diseñados como insalvables para aquel que no tenga las llaves del Reino. Greenpeace no las tenía, pero entró y montó un buen número.

Por el "Nivel -2", que es la denominación oficial del acceso para ilustres, los líderes se proyectan hacia las alturas que les son propias y que en el Justus son conocidas como el "Nivel 50".  Allí, en el quinto piso, (ese es el "Nivel 50", no más), pasa todo. Se trata de un lugar relativamente frío, hosco, con pasillos anchísimos por los que circulan las delegaciones nacionales como manadas de búfalos buscando pasto fresco cuando se dirigen al despacho de la presidencia de turno, a conocer los detalles de la última oferta que se les propone para cerrar esos acuerdos imposibles que construye esta Europa nuestra, en los que por un lado entra un dromedario y por el otro sale un camello con sus dos gibas.

Estamos acostumbrados a las fotos y los vídeos de la gran sala de reuniones que nos ofrecen las televisiones y los periódicos al comienzo de las cumbres, pero esa sala es una especie de "Estación Termini" en la que los expedicionarios de los pasillos recalan pocas veces. Sólo cuando tienen algo que decir a todos los demás juntos, lo que es rarísimo. La mayor parte de tiempo, en las vertiginosas alturas del quinto piso, la gente lo pasa en los despachos de sus delegaciones correspondientes, esperando a ver qué pasa, cuándo les llaman para decir "sí" o "pero" (notarán ustedes que no menciono el "no", eso ha desaparecido en las reuniones preparatorias del cónclave y si, por despiste, se pronuncia uno de ellos en sala la rebelión dura sólo un rato) y pasando consultas con el equipo asesor, que está constituido habitualmente por machos y hembras "alfa one", es decir, personal listísimo y sumamente capacitado. 

Cuando se reúne el Consejo Europeo en pleno para verificar las posiciones de cada cual, o para  sancionar los acuerdos construidos con dromedarios mutados en camellos, lo hace en distintas configuraciones: el presidente solo o acompañado por una, dos o más personas. Los momentos más intensos se viven en las "superrestringidas", cuando está el jefe solo frente a las demás soledades de esta comunidad de 500 millones de seres humanos. Son, cómo decirlo, momentos en los que el poder, que es solitario por definición aunque se adorne casi siempre de una cierta promiscuidad, se expresa en la intimidad. Las puertas se cierran como en la Capilla Sixtina cuando los cardenales buscan Papa, y nada sale al exterior salvo las notas de un secretario, uno solo, que queda dentro, y que va llenando páginas con lo que dice cada cual. El secretario, a quien llaman "antici" en recuerdo del embajador italiano de nombre Antici que instauró esta práctica en 1974 es, por pura lógica, una persona que sabe de lo que se habla y que tiene buena letra. Cuando termina un ciclo de intervenciones, el secretario sale del recinto y va a una sala aneja en la que dicta sus apuntes a otros tres secretarios. Estos, a su vez, transmiten la información a los secretarios de cada delegación nacional que se la pasan, a veces, a los jefes de prensa que se comunican con nosotros, los periodistas. Jamás he comprado ese pescado como fresco.

Estas reuniones han perdido toda su espontaneidad. Están regladas al minuto, con la mirada puesta en los ritmos de los medios audiovisuales. De lo que se trata es de salir en los telediarios con imágenes novedosas cada vez: llegadas al "-2" (foto), acogida por parte del presidente de turno y el presidente del Consejo (foto), intervención del presidente del Parlamento y su ulterior rueda de prensa (foto), primer turno de intervenciones, foto "de familia", negociaciones bi y trilaterales, segundo turno de intervenciones, rueda de prensa finales (muchas fotos), descenso al "-2" y huida precipitada hacia el aeropuerto, donde esperan los "jets" que devolverán a estos personajes a sus entornos naturales en poco más de una hora, cuando mucho.
Las reuniones del plenario han quedado muy limitadas porque cada turno de intervenciones consume fácilmente 145 minutos, a poco que cada cual hable 5 minutillos y Barroso y Van Rompuy tomen también la palabra. Desde los acuerdos de Sevilla (junio de 2002), la mayor parte de los asuntos tratados de las cumbres viene ya previamente aceptado por el Coreper o por el Comité de Política y Seguridad.

Ya no hay notas extemporáneas en estas reuniones, como la que dio Mitterrand poco antes de la última balcanada. Dijo que quería pasear después de la cumbre y allá se fue con su séquito y una docena de coches que le seguían a distancia de paso con los flashes azules destellando, Rue de la Loi adelante. Los belgas la habían cerrado precipitadamente para él, cerca de la media noche.

La verdad es que estas cumbres que se celebran a niveles de colina, sobre una estructura intelectual representada en escayola, producen lo que cabía esperar de ellas. Y aún así...

Les dejo con Justus. ¿Verdad que es cabezón?

3 comentarios:

  1. Dos apreciaciones, querido Fernando, sobre Justo Lipsio (al igual que Erasmus, precisamente maestro de Lipsio, es Erasmo en cervantino). La primera es recordar el chasco que me llevé, al cabo de algún tiempo de pasar junto al busto del gran humanista, cuando alguien me hizo notar que lo que perecía noble bronce era realmente modesta escayola. Una metáfora de lo que es la UE. Vista de lejos da el pego, pero de cerca...

    Hay un detalle que a la mayoría de los españoles se les escapa. Nuestro Francisco de Quevedo, a la sazón joven filólogo, mantuvo intercambio epistolar con Lipsio, lamentablemente pronto interrumpido por la muerte del filósofo en 1606. Lipsio anima a Quevedo y le ensalza, lo que no evita las diferencias entre el pacifista de Brabante y el apasionado madrileño. R.

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  2. Sospechaba que la referencia al pensador flamenco iba a provocar movimientos. Que a Justus (he mantenido el latín porque era la lengua culta de su época) se le conociera en Flandes no significa que no lo fuera en otros lugares del Orbe. Por lo demás, sigo pensando que lo de la escayola es lamentable.

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  3. Es la ventaja de que te lea gente Alfa One

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